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J. A. Pagola

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Lecturas del día Celebración de la Eucaristía   Abad de la Trapa
Rezar con el salmo Vivid vigilantes Pedro M. Zalbide Jean-Pierre Bagot
Adviento: primavera al final del otoño_ Patxi Loidi José M. Castillo Javier Garrido
Comentarios de las lecturas Ayer y hoy: Vigilantes Josetxu Canibe Gustavo Gutierrez

 

 

 

TIEMPO DE ADVIENTO CICLO A

JOSÉ ANTONIO PAGOLA

 

Estad en vela Mt 24, 37-44
 

 

 

DespertarCON LOS OJOS ABIERTOSEl deseo de algo nuevo
 

 

 

 

DESPERTAR

Los ensayos que conozco sobre el momento actual insisten mucho en las contradicciones de la sociedad contemporánea, en la gravedad de la crisis socio-cultural y económica, y en el carácter decadente de este final de siglo.

Sin duda, también hablan de fragmentos de bondad y de belleza, y de gestos de nobleza y generosidad, pero todo ello parece quedar como ocultado por la fuerza del mal, el deterioro de la vida y la injusticia. Al final, todo son «profecías de desventuras».

Se olvida, por lo general, un dato enormemente esperanzador. Está creciendo en la conciencia de muchas personas un sentimiento de indignación ante tanta injusticia, degradación y sufrimiento. Son muchos los hombres y mujeres que no se resignan ya a aceptar una sociedad tan poco humana. De su corazón brota un «no» firme a lo inhumano.

Esta resistencia al mal es común a cristianos y agnósticos. Como decía recientemente el teólogo holandés E. Schillebeeckx, puede hablarse dentro de la sociedad moderna de «un frente común, de creyentes y no creyentes, de cara a un mundo mejor, de aspecto más humano».

En el fondo de esta reacción hay una búsqueda de algo diferente, un reducto de esperanza, un anhelo de algo que en esta sociedad no se ve cumplido. Es el sentimiento de que podríamos ser más humanos, más felices y más buenos en una sociedad más justa, aunque siempre limitada y precaria.

En este contexto cobra una actualidad particular la llamada de Jesús: «Estad en vela.» Son palabras que invitan a despertar y a vivir con más lucidez, sin dejarnos arrastrar o modelar pasivamente por cuanto se impone en esta sociedad.

Tal vez, esto es lo primero. Reaccionar y mantener despierta la resistencia y la rebeldía. Atrevernos a ser diferentes. No actuar como todo el mundo. No identificarnos con lo inhumano de esta sociedad. Vivir en contradicción con tanta mediocridad y falta de sensatez. Iniciar la reacción.

Nos deben animar dos convicciones. El hombre no ha perdido su capacidad de ser más humano y de organizar una sociedad más aceptable. Por otra parte, el Espíritu de Dios sigue actuando en la historia y en el corazón de cada persona.

Es posible cambiar el rumbo equivocado que lleva esta sociedad. Lo que se necesita es que cada vez haya más personas lúcidas que se atrevan a introducir sensatez en medio de tanta locura, sentido moral en medio de tanto vacío ético, calor humano y solidaridad en el seno de tanto pragmatismo sin corazón.

 

 

El deseo de algo nuevo

HAY un grito que se repite en el mensaje evangélico y se condensa en una sola palabra: «Vigilad». Es una llamada a vivir de manera lúcida, sin dejarnos arrastrar por la insensatez que parece invadirlo casi todo. Una invitación a mantener despierta nuestra resistencia y rebeldía, a no actuar como todo el mundo, a ser diferentes, a no identificarnos con tanta mediocridad. ¿Es posible?

Lo primero, tal vez, es aprender a mirar la realidad con ojos nuevos. Las cosas no son sólo como aparecen en los medios de comunicación. En el corazón de las personas hay más bondad y ternura que lo que captamos a primera vista. Hemos de reeducar nuestra mirada, hacerla más positiva y benévola. Todo cambia cuando miramos a las personas con más simpatía, tratando de comprender sus limitaciones y sus posibilidades.

Es importante, además, no dejar que se apague en nosotros el gusto por la vida y el deseo de lo bueno. Aprender a vivir con corazón y querer a las personas buscando su bien. No ceder a la indiferencia. Vivir con pasión la pequeña aventura de cada día. No desentendernos de los problemas de la gente; sufrir con los que sufren y gozar con los que gozan.

Por otra parte, puede ser decisivo dar su verdadera importancia a esos pequeños gestos que aparentemente no sirven para nada, pero que sostienen la vida de las personas. Yo no puedo cambiar el mundo pero puedo hacer que junto a mí la vida sea más amable y llevadera, que las personas «respiren» y se sientan menos solas y más acompañadas.

¿Es tan difícil entonces abrirse al misterio último de la vida que los creyentes llamamos «Dios»?

No estoy pensando en una adhesión de carácter doctrinal a un conjunto de verdades religiosas sino en esa búsqueda serena de verdad última y en ese deseo confiado de amor pleno que de alguna manera apuntan hacia Dios.

Según pasan los años, tengo la impresión de que uno se va haciendo más hondamente creyente y, al mismo tiempo, tiene cada vez menos «creencias».


 

 

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