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El hombre y la mujer contemporáneos se están quedando poco a poco sin silencio. El ruido se va apoderando de los ambientes y de los hogares, de las mentes y de los corazones, impidiendo a las personas vivir en paz y armonía.

 Sería una ingenuidad pensar que el ruido sólo está fuera de nosotros, en las perforaciones que hacen en las calles, en el estrépito de la motocicleta que pasa o el alboroto del piso vecino. El ruido está dentro de cada uno, en esa agitación y confusión que reina en nuestro interior o en esa prisa y ansiedad que nos destruye desde dentro.

 Incluso podemos decir que algunas crispaciones y problemas externos que atormentan a muchos son, con frecuencia, una proyección de problemas y desequilibrios que no han sido resueltos en el silencio del corazón.

 Por eso, el silencio no se recupera solamente insonorizando las habitaciones del hogar o retirándose al campo durante el fin de semana. Es necesario, sobre todo, aprender a entrar en uno mismo y crear ese clima de recogimiento personal, indispensable para reconstruir nuestro interior.

 La persona cogida por el ruido y la agitación corre el riesgo de no conocerse a sí misma sino de manera superficial. Por eso, tal vez, lo primero es encontrarnos con nosotros mismos. Conocer mejor a ese personaje extraño que se agita a lo largo del día y que soy “yo” mismo.

 Esto sólo es posible cuando uno se atreve a poner en orden esa confusión interior, haciéndose las preguntas fundamentales de todo ser humano: “¿Qué busco yo en la vida? ¿Por qué me afano? ¿Qué amo? ¿Dónde pongo yo mi felicidad?”

 Estas preguntas se nos pueden hacer insoportables porque fácilmente despiertan en nosotros sensaciones diversas de fracaso, de mediocridad, de pecado o desesperanza. Entonces el silencio se hace oscuro y tenebroso. Da miedo entrar en uno mismo y penetrar en el fondo de la existencia.

 Así se encuentran aquellos discípulos a los que Jesús ha alejado del ruido y de la agitación, para conducirlos a lo alto de una montaña a orar. Los discípulos se asustan al entrar en la nube que comienza a cubrirlos. Su temor sólo desaparece cuando, desde el interior de la nube, escuchan una voz que les dice: “Este es mi Hijo, el escogido, escuchadle.”

 El creyente nunca está sólo en su silencio. Alguien lo acompaña y sostiene desde dentro. Siempre puede escuchar esa voz de Jesucristo que comprende nuestras equivocaciones, perdona nuestro pecado y despierta de nuevo en nosotros la esperanza.

 La aparición de Jesús representa para todos algo nuevo y sorprendente. Su predicación ya no se centra en la ira de Dios que llega como Juez, sino en el amor de un Padre que busca la salvación de todos, incluso la de los paganos y pecadores. No oculta Jesús el riesgo de quedarse fuera de “la fiesta final”, pero el que llega no es juez con su “hacha” amenazadora, sino un Padre cercano que quiere y sólo busca para los hombres y mujeres una vida más digna y dichosa.

 Tres rasgos caracterizan su actuación. En primer lugar, Jesús “hace sitio” en su propia vida al dolor, la soledad y la impotencia de los que sufren por no tener sitio en el corazón de las personas ni en la sociedad, Jesús, además, “defiende al débil” y ofrece cobijo a los que viven agobiados por la enfermedad, la culpabilidad o la marginación. Por último, Jesús se entrega a “salvar lo perdido”, la vida que se está echando a perder. El es de “los perdidos”. Ha venido a “buscar y salvar lo que estaba perdido” (Lc. 19, 10)

  

 

 

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