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Capítulo 13


El lugar de la celebración (3)



 

Introducción

 

Un poco de historia:

• Inicios y primeros siglos

• Tras el edicto de Milán

• A partir de la Edad Media

• Época anterior a la reforma

 

La mesa - altar:

• El altar en la historia

• El altar en la reforma

• Uso correcto del altar

 

La Sede presidencial

• Historia

• Simbolismo y características

 

El ambón: Lugar de la Palabra

• Historia

• Simbolismo y características
 


 


A partir de la Edad Media

Es la época de las edificaciones romanas y góticas. Estamos en el momento en que el pueblo, que ya no comprende la lengua de la celebración, va perdiendo la vivencia de las realidades más estrictamente cristianas y, por ello, la vida cristiana va pareciéndose cada vez más a la de la religiosidad natural. Las celebraciones dejan de ser acción del pueblo y se convierten progresivamente en un solemne espectáculo en el que sólo actúan los ministros.

Como consecuencia, el lugar de la celebración deja su carácter de ser la casa de la comunidad para convertirse en templo cristiano, monumento elevado a la gloria de Dios. El maravillosos arte de estos edificios no nos puede deslumbrar como si en ellos tuviésemos el dechado de lo que debe ser el edificio para la comunidad. Son admirables por su arte, pero un desastre como casa de la comunidad.

Parte lateral y ábside de la catedral de Spira /Alemania). Siglo Xl. Como dato curioso, en esta catedral se celebró una asamblea, llamada Dieta, el año 1529, donde se prohibió hacer propaganda de los luteranos en los Estados católicos de Alemania.

 

Época anterior a la reforma

Después de la Edad Media los edificios cristianos van cambiando de estilo conforme al nacimiento de los diversos estilos arquitectónicos de las épocas. Pero la ideología de la Edad Media (monumento elevado a la gloria de Dios) no varía. Por ello, los lugares de culto continúan apareciendo como templos, nunca como lugares de reunión.

En parte es natural, ya que la asamblea que se reúne en ella ya no vivía el sentido de participar activamente en la liturgia. Por otro lado, esta participación no podía lograrse, si la lengua de la celebración era ininteligible. Y, mientras el edificio material siga siendo para gloria de Dios y no para la reunión y participación, difícilmente los fieles lograrán una auténtica participación. Es la pescadilla que se muerde la cola.

Hoy, con la reforma litúrgica, ha llegado el momento: la participación activa de los fieles empieza a ser común por todas partes. Ello exige, consiguientemente, que las iglesias recuperen su contexto de lugar de asamblea. Quizá el que no progrese suficientemente la participación del pueblo sea en parte debido a que nuestros edificios cristianos aún están dispuestos a manera de templo o sala de espectáculos. Por ello, es urgente revisar este extremo, y reformar la disposición del lugar que ocupan los fieles de acuerdo con lo que nos muestra la revelación cristiana.

 

Conclusión

"El edificio destinado a las celebraciones litúrgicas, como lo exige su naturaleza, debe ser hermoso, con una noble arquitectura, proporcionada al espacio circundante y a las necesidades de la comunidad. Ha de ser auténtico símbolo y signo de las realidades sobrenaturales, en el que todo resplandezca por la cuidada limpieza, la sencillez y el arte. La idiosincrasia y la tradición de cada lugar aconsejarán qué elementos habrán de emplearse y cómo habrán de disponerse para sugerir al Pueblo de Dios el significado de la Iglesia.

Se debe dedicar una atención especial al espacio interior, que debe servir para reunir la comunidad local en un ambiente que facilite el desarrollo normal de la liturgia y de la oración personal. La disposición general del edificio debe ser como una imagen de la asamblea eclesial, que permita un proporcionado orden de las diferentes funciones litúrgicas y que favorezca el ejercicio de todos los ministerios.

Es muy conveniente disponer de espacio de tránsito desde la calle (pórtico) que permita saludarse antes o después de las celebraciones. Estos recintos favorecen las condiciones psicológicas necesarias para crear un clima de comunidad' (Directorio sobre el lugar de la celebración, PPC, 125).


 

TRES LUGARES ESPECÍFICOS EN EL PRESBITERIO

 

Una vez analizado el lugar para la asamblea miraremos el lugar para los distintos ritos que se celebran y para sus ministerios.

Lo que cada uno aprecia en casa es sobre todo su aspecto practico, la organización de sus espacios en función de las diversas actividades de la vida, comer, trabajar, descansar, dormir, etc. Normalmente, a cada tipo de acción corresponde un lugar.

Al entrar en un edificio, desde la primera ojeada se sabe qué es lo que se hace allí: una vivienda, como un local administrativo, etc.

Pero, al mismo tiempo, una casa, un apartamento, dicen algo de la persona o de la familia que allí vive, por su distribución, por su estilo, por su decoración, etc. En otras palabras, ver el sitio en donde uno vive es captar algo de su personalidad.

Esto ocurre en la iglesia. Una vez dentro lo primero que debe sentir el que entra es que es un lugar de reunión, pero que allí se hacen diversas actividades. Vamos a fijarnos sólo en tres de estas actividades o ritos: la mesa-altar, el ambón y la sede de la presidencia. En cada uno de ellos haremos un breve recorrido por la historia, su significado y las disposiciones prácticas.

Aquí se propone una estructura del presbiterio. No es la única forma, pero propone colocar el altar en el centro, ya que es el centro de la celebración. En la última página de este capítulo proponemos más formas.

 


 

LA MESA - ALTAR

 

El altar en la historia

La historia nos enseña cómo nace el altar, cómo evoluciona, cómo, en ciertos momentos, se degrada o, en otras épocas, se restaura su verdadera naturaleza. Así la historia nos ayuda a descubrir cuál es la más genuina naturaleza de la mesa eucarística, para dar al altar su forma más funcional y adecuada.

En la época primitiva el altar fue simplemente una mesa. Ello vale tanto para la época apostólica como para el cristianismo de los primeros siglos. Basta recordar la última cena de Jesús. San Pablo lo llama la mesa del Señor (1 Co 10, 21).

 

Los motivos que influyeron en el cambio fueron éstos:

Después del edicto de Milán, la vida de la Iglesia toma nuevos aires. En Roma, el paganismo va muriendo con sus templos y altares. Una vez que ocurre esto, ya no son peligro de equívoco los templos y los altares paganos. Entonces, la mesa del Señor empieza a tomar la forma externa de altar. Ya no existe el peligro de tomar la mesa como altar de sacrificio pagano. Así, se va pasando de la antigua mesa del Señor al altar propiamente dicho, construido casi siempre de piedra.

- Comenzaron a construirse las grandes basílicas de piedra. Con esta arquitectura ensamblaba mejor un altar fijo de piedra que un pequeño mueble de madera. Además, algunas aras (altares) paganas fueron convertidas en altares cristianos.

- Una vez que tenemos El altar de piedra se piensa en la idea de que Cristo es la piedra angular. Él mismo lo dijo (Mt 21, 42. 1 Co 10, 4; cf. 1 Pe 2, 4-8). El es la piedra angular sobre la cual debe edificarse el templo espiritual de los fieles. "El altar es de piedra, porque significa a Cristo, que es nuestro fundamento y nuestra piedra angular" (Simón, obispo de Tesalónica).

- Más tarde, a Cristo y a su sacrificio (al altar que es Cristo) se asocian las muertes (sacrificios) de los mártires y el altar se convirtió en sepulcro de mártires. Al principio, se celebró la Eucaristía cerca de los sepulcros de los mártires; después, se construyeron altares sobre sus sepulcros y, finalmente, se colocaron en el altar sus cuerpos.

- En cuanto a las medidas, los altares son todavía pequeños (no pasan casi nunca de un metro), cuadrados y destinados sólo a sostener el pan y el vino.

 

En la Edad Media empieza a desdibujarse la verdadera naturaleza del altar. Deja de ser la mesa -de madera o de piedra- de carácter funcional para celebrar la cena del Señor y se va transformando en la peana donde se exponen a la veneración de los fieles diversos objetos. Veamos paso a paso este cambio:

1 Primero se colocan en el altar las reliquias de los santos o las urnas de sus cuerpos enteros, los cuales pasan de debajo a encima del altar.

2 Más tarde, cuando no se tienen reliquias, éstas son sustituidas por los retablos y las imágenes, colocadas también sobre el altar.

3 Finalmente, en el siglo XVI, el mismo sagrario se pone sobre la mesa-altar (1), y aparecen además, en la parte posterior de ésta, diversas gradas, que facilitan la exposición de los objetos santos, más visibles que sobre la superficie de la mesa-altar.

 

Mosaicos de la basílica de San Vital, en Rávena (s. VI). Altar bizantino. El mantel es el mejor adorno del mismo.

No hay nada más. ni velas, ni flores. Sólo pan y vino.

Altar de la basílica de San Saturnino, en Toulouse (s. IX). El altar va creciendo en proporciones y empieza a perder su función de mesa; su plataforma cóncava lo asemeja ya un poco a las aras antigua romanas y dificulta la colocación de manteles.

 

(1) El primero que inició la costumbre de poner la eucaristía reservada a los enfermos sobre el altar fue el obispos de Verona Giberti (+ 1543). San Carlos Borromeo, amigo de este obispo, extendió este uso en Italia. El papa Pablo IV se mostró favorable a esta innovación. Pablo V impuso esta práctica en la diócesis de Roma. Y se extendió a todas partes hacia el año 1863, de tal manera que este año la Sagrada Congregación de Ritos prohibió colocar la eucaristía fuera del altar.

 

El altar en la reforma litúrgica

El Concilio dejó en manos de la comisiones postconciliares la reforma del lugar de la celebración y la forma y construcción de los altares, indicando que debía de corregirse o suprimirse lo que pareciera ser menos conforme a la liturgia.

Las características esenciales y obligatorias de todo altar cristiano son éstas.

El altar

Debe ser una mesa y aparecer como tal. Es su nota más esencial. Antes se exigía siempre una piedra pequeña y sólo ella era propiamente hablando el altar. Sólo ella se bendecía. Ahora es toda la mesa la que se bendice. El último libro oficial que habla del altar (el Pontifical de la Dedicación del altar) dice que la primacía corresponde al carácter de mesa del Señor, no al de piedra sacrificial.

Debe estar separado de la pared para celebrar de cara al pueblo. Antes se veía sólo el movimiento hacia el Señor. Hoy se ha visto que la mesa es para alimentar al pueblo.

Debe ser el centro de la atención de toda la asamblea. El centro de la piedad no son las imágenes sino la acción de Cristo que en la celebración del sacramento.

Debe ser único y dedicado sólo a Dios. La pluralidad de altares se comprendía cuando los altares eran dedicados a los santos. Pero como el altar es sólo mesa eucarística, el altar debe ser único como una sola es la eucaristía. "A ninguno de los mártires levantamos altares, sino sólo al Dios de los mártires" (S. Agustín).

No debe haber imágenes ni reliquias. "Toda la dignidad del altar le viene de ser la mesa del Señor. Por eso los cuerpos de los mártires no honran el altar, sino que éste dignifica el sepulcro de los mártires" (Pontifical).

Debe estar dedicado o por lo menos bendecido. Antes de celebrar la Eucaristía sobre el nuevo altar, se hace la oración de la dedicación, que expresa la voluntad de dedicar para siempre el altar al Señor.

 

Uso correcto del altar

Si el altar es la mesa del Señor, se debe usar única y exclusivamente para el momento de la Liturgia de la Eucaristía. No para los ritos iniciales, ni finales, ni para la Liturgia de la Palabra.

Esto no es pura rúbrica, sino signó. El que preside, al principio de la eucaristía, venera el altar, pero nunca se queda junto a él, sino que va a la sede (OGMR 85-86; 102). En el altar aparecerá por primera vez en el momento de preparar los dones eucarísticos (OGMR 214).

Más clara es la consecuencia que se desprende de esto. No se debe celebrar ninguna otra cosa en el altar fuera de la eucaristía. La mayoría de las veces celebramos en el altar celebraciones de la Liturgia de la Palabra, celebraciones de la Penitencia. etc. Se deben excluir de la mesa todas las demás celebraciones.

El altar debe cubrirse con manteles sólo para la celebración eucarística. Es verdad que es mucho más cómodo dejar manteles puestos durante todo el día, pero también seria más cómodo dejar en casa los manteles puestos.

 

Roma. Cátedra episcopal. Basílica de los Santos Nereo y Aquitano

Cátedra del Obispo de Rávena. Siglo VI.

Sede moderna del monasterio de Poblet.

Cátedra moderna de la catedral de Lodi. (Italia)

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