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 CAPITULO 5

 

La celebración

 

Indice

 

Introducción

Celebración de unas Bodas de Plata: 

• Desde lo humano

Resumiendo:

Conclusión: El hombre es celebrativo por naturaleza. 

La celebración desde la teología:

Motivo: El Misterio Pascual 

Celebramos en comunidad 

Celebramos en un lugar

La celebración une al grupo

Nos toca en nuestros sentimientos 

La celebración no se puede expresar 

Celebrar es hacer fiesta

Noción de celebración cristiana

Explicación

Profundizamos:

La celebración es misterio 

La celebración es acción: 

La celebración es vida 

Cuestionario


Introducción

Para situarnos ante el tema proponemos esta parábola contada por A. Pronzano:

Cuentan que en EE. UU. concedieron seis becas para ir al Polo Norte. Se inscribieron cinco científicos y un observador. De regreso a EE. UU. los científicos enviaron un dossier voluminoso y completo de su experiencia. El observador se pasó el tiempo paseando, disfrutando del lugar, contemplando y degustando lo que sus ojos le permitían ver, sus oídos escuchar, sus pies pisar, y su tacto palpar. Éste también envió un pequeño documento: ¡cómo se ve el Polo Norte cuando hay tiempo para disfrutarlo!. Cuentan que al año siguiente se inscribieron cinco observadores y un científico.

En la vida hay cosas que no "sirven". Hay personas que tienen una noción de eficacia muy diferente de aquella noción a la estamos habituados: saben gustar, observar, perder el tiempo, contemplar y celebrar. Cuando hablamos de celebración hay que introducirse en ella desde la gratuidad, desde la fiesta y no desde la eficacia.

Somos unos privilegiados. Lo más grande que ha hecho Dios por nosotros, su entrega por amor, lo podemos actualizar aquí y ahora. Es lo más grande que nos puede ocurrir, lo más hermoso. Nosotros, yo en ese nosotros, aquí y ahora somos incorporados a la obra de Cristo, somos salvados y, por tanto, damos a Dios el verdadero culto. "La gloria de Dios es la salvación del hombre" (S. Ireneo). Esto no se realiza por obligación, esto no es obligatorio. Esto es pura gracia. Es motivo de alegría, de agradecimiento, de fiesta, de celebración.

En este tema, trataremos de la celebración. Lo haremos de esta forma: 

Primero analizaremos una celebración, haremos, a continuación, una aproximación humana a sus características. 

Después, veremos la celebración desde la vertiente teológica. Así, pues, veremos qué supone humana y teológicamente el celebrar. 

A continuación intentaremos dar la noción de celebración. Profundizaremos en ella y la explicaremos en sus tres dimensiones: de misterio, de obra en acto y la dimensión de vida que encierra.


CELEBRACIÓN DE LAS BODAS DE PLATA

 

Ignacio y María hace 25 años que se casaron y quieren celebrar sus Bodas de Plata con sus hijos, padres y hermanos.

Veamos los aspectos que tiene esta celebración:

Desde lo humano

Tiene un motivo, hay un acontecimiento original, algo que se ha sido vivido y ha producido alegría, algo que ha hecho bien a la persona humana: un día sellaron su amor para siempre. Aunque en el momento de la celebración se recuerden aspectos negativos, siempre hay un aspecto positivo a destacar. Los negativos se recuerdan (viven) en cuanto que se han superado en la vida con la ayuda de otros. Hay, pues, un motivo: el día del Matrimonio, el día que sellaron su amor en el Señor.

Toda celebración siempre es comunitaria. Se celebra en familia, con los familiares, con los amigos, etc., han invitado a los padres, hermanos y algunos amigos más íntimos. No quieren celebrar en privado. Les parece que no tiene fuerza. La celebración es un medio para encontrarse y relacionarse con otros. La celebración es, pues, abrirse al otro en una comunidad, en un grupo.

La celebración cuida el lugar o el espacio celebrativo. Se adorna la mesa, se cuidan los objetos, el ambiente, la música, los gestos y los saludos: ellos han pensado celebrar con la Eucaristía y con una comida de hermandad; piensan en la iglesia y en el restaurante. Aquella ermita donde se casaron, era un lugar donde solían ir a pasear, a pasar la tarde, etc. Incluso han pensado cómo se colocarán los invitados en el restaurante.

La celebración une al grupo hasta el extremo de formar grupo o comunidad con las personas que se reúnen para compartir dicha experiencia: todos se sienten unidos, hermanos, amigos, como si fueran una gran familia. Se refuerzan los lazos interpersonales. Se desean nuevas celebraciones, se desea repetir aquello, vivirlo otra vez. Seguir viéndose, saludándose, unidos ¡Cuántas veces de una celebración sale otra!

Toca a las personas y en sus sentimientos. Veamos cómo:

Concentra la atención de las personas participantes en un valor determinado: los asistentes se dan cuenta de que el amor fiel es posible, deseable y hace bien a la persona, etc. Y esta concentración genera sentimientos religiosos, familiares, sociales, etc.

La celebración da un significado nuevo o especial al lugar elegido y transmite un mensaje: aquella ermita queda grabada en sus vidas. Nos imaginamos que prometen ir a esa ermita siempre que tengan dificultades.

Los elementos que se usan se comprenden y comunican un mensaje que se puede revivir y actualizar cuantas veces sea necesario: el símbolo que le ha entregado en la Eucaristía, como resumen de toda la vida juntos, adquiere un significado especial, más profundo. (Recuerdo una celebración de estas en la que el marido le entregó la primera foto que le entregó ella. Lo tenía como algo precioso y le entregó este día).

La celebración transforma moralmente al grupo. Es un medio educativo, medio de información o de comunicación: Con motivo de esta celebración se olvidan diferencias que han existido, se olvidan y se comienza a vivir de una manera más fraternal.

La celebración es una realidad que no se puede expresar en conceptos, en términos de razón, en normativa lógica y racional. La celebración, fundamentalmente, es acción, puesta en escena, vida: Si les preguntamos qué digan lo que han experimentado no saben qué decir.

Por último, celebrar es jugar, hacer fiesta. Fundamentalmente es algo gozoso y lúdico. Algo libre, desinteresado, gratuito, inútil, aunque llena de sentido: Se canta, se ríe, se baila, etc. Es poner de manifiesto el esplendor de la vida, las capacidades de una vida que se alegra de estar viva, una vida que se goza en sí misma. Es como la espuma de la existencia.

Celebrar, según el Diccionario de la Lengua Española, significa, "conmemorar, alabar, festejar, rememorar, ensalzar, encomiar" etc. Todo menos costumbre, rutina, pasividad...

Resumiendo

Celebrar es volver a recrear, a repetir, a compartir experiencias vividas que han sido y son significativas. Y la vida es rica en situaciones, acontecimientos, experiencias, vivencias que merecen la pena celebrarse.

Se celebra aquello de lo que se está satisfecho, orgulloso, porque ha nacido de nosotros mismos. La celebración libera horizontes, amplía la imaginación, ensancha los sentimientos, sumerge en experiencias gratuitas, de contemplación, de silencio elocuente, de comunicación no verbal.

La vida, nuestra vida de cada día, está llena de celebraciones pequeñas o grandes, de gestos rituales, de protocolos: desde el saludo más o menos formal ("celebro encontrarte, amigo") hasta el leer aquella página una y otra vez del libro que sólo tú conoces, escuchar tu música preferida, o descansar en aquel lugar de la casa que es remanso de paz y cuyos recuerdos y vivencias configuran de alguna manera tu propia identidad.

Conclusión: El hombre es celebrativo por naturaleza

La persona tiene el don, el regalo, la capacidad y la grandeza de volver sobre su acción. Es un privilegiado. No es algo adquirido por educación, pero se necesitan ojos para ver, oídos para escuchar, corazón para sentir. En definitiva, celebrar es descubrir dentro de nosotros pozos de creatividad y fecundidad.

Sólo el vértigo, el poder de la velocidad, el boom de la frivolidad, la superficialidad ordinaria son negativos para descubrir y gustar lo celebrativo de nuestro interior. Estamos demasiado habituados al pensamiento y experiencia funcionales, es decir, a considerar las cosas como cosas y el mundo exclusivamente como mundo. Se necesita un hombre nuevo para poder celebrar.

 

LA CELEBRACIÓN VISTA DESDE LA TEOLOGÍA

En primer lugar, hemos de decir, que todos los puntos que hemos analizado en una celebración humana se dan en la celebración litúrgica, porque no es otra cosa, es también celebración. Por eso vamos a seguir los pasos que hemos dado para analizar la celebración de las Bodas de Plata para ver las característicos de la celebración litúrgica:

Motivo: el Misterio Pascual

La celebración litúrgica tiene un motivo, hay un acontecimiento original. El acontecimiento original o el motivo de la celebración es siempre Jesús, el Cristo: su encarnación, su vida, sus palabras y acciones, su entrega en la cruz, su Resurrección, su Ascensión. Todo esto decimos que es el Misterio Pascual.

Llamamos, pues, Misterio Pascual, en general, a todo lo que realizó Cristo en su vida. Sin embargo, normalmente, cuando hablamos de Misterio Pascual nos referimos a lo más básico y fundamental de toda su vida: a la entrega total en la muerte y al sí del Padre, al paso de la muerte a la vida, que es el resumen y culmen de toda la vida de Cristo. Misterio Pascual, es pues, en resumen, su muerte y resurrección.

¿Por qué llamamos a todo Misterio Pascual? Porque todo lo que realizó Jesús en su vida era ya salvífico. Anticipaba la fuerza de su Misterio Pascual. Anunciaban y preparaban aquello que El daría a la Iglesia cuando todo tuviese su cumplimiento en la resurrección. Todo es salvífico en Cristo, puesto que Él es la salvación.

Pues bien, el Misterio Pascual es el motivo de la celebración litúrgica de la Iglesia. "Lo que antes era visible en nuestro Salvador ha pasado a ser invisible en los misterios (sacramentos) de la Iglesia " (S. León Magno, Sermón 74, 2).

Por tanto, lo que dijo y realizó Cristo es fuente, fundamento y motivo de la celebración litúrgica.

 

Celebramos en comunidad

Toda celebración litúrgica es siempre comunitaria. La razón es bien clara: para celebrar Cristo asocia siempre a la Iglesia::

"Realmente, en esta obra tan grande (la celebración de por la que Dios es perfectamente glorificado y los hombres santificados, Cristo asocia siempre consigo a su Iglesia" (SC 7).

La liturgia es, por tanto, acción del Cristo total. Celebra, pues, la Cabeza (Cristo) y el Cuerpo (Iglesia). El Cuerpo celebra unido a la Cabeza.

El concilio Vaticano II afirma tajantemente que las acciones litúrgicas, las celebraciones, no son obra de algunos privilegiados, sino obra de toda la Iglesia:

"Las acciones litúrgicas no son acciones privadas (particulares) sino celebraciones de la Iglesia que es sacramento de unidad, es decir, pueblo santo, congregado y ordenado bajo la dirección de los obispos. Por eso pertenecen a todo el cuerpo de la iglesia, lo manifiestan e influyen en él". (SC 26).

Con este texto la Iglesia ha recuperado una verdad que por diversas circunstancias había quedado en la penumbra desde la Baja Edad Media (s. XIII-XV). El estudio de los textos litúrgicos antiguos y de la teología bíblica han contribuido a restablecerla. Por tanto, no hay celebración ni reunión de unos pocos. Estarán presentes pocos, pero esa acción no es de ellos solos.

Por tanto, la fiesta litúrgica no puede ser celebrada por uno o dos o por un sector de la comunidad mientras los demás asisten pasivamente como meros espectadores de lo que unos pocos ejecutan.

La acción litúrgica es una celebración de la asamblea reunida, de la "ekklesía". Todos sus miembros están, deben estar comprometidos, implicados en la acción celebrativa. Esta tiene como sujeto protagonista a todo el cuerpo eclesial, es decir, a los reunidos en cuanto conjunto de personas y no sólo ellos sino todos los miembros de la Iglesia. Por ello, los nuevos textos no hablan del sacerdote como del "celebrante". Por ese motivo, los textos oracionales están en plural y con una estructura dialogal no sólo vertical (Dios-comunidad) sino horizontal (presidente-lector, cantor, pueblo).

 

Celebramos en un lugar

Nosotros también cuidamos el lugar o los lugares de la celebración (En el capítulo 13 trataremos con más detenimiento del lugar y de los lugares de la celebración. Decimos lugar de la celebración en singular porque todo el edificio, la iglesia, es el lugar para celebrar, pero también hablamos de lugares de la celebración en plural, porque dentro de la iglesia, hay unos lugares especiales para celebrar, como son, entre otros, la mesa-altar, el ambón y la sede.) 

"El edificio destinado a las celebraciones litúrgicas, como lo exige su naturaleza, debe ser hermoso, con una noble arquitectura, proporcionada al espacio circundante y a las necesidades de la comunidad. Ha de ser auténtico símbolo y signo de las realidades sobrenaturales, en el que todo resplandezca por la cuidada limpieza, la sencillez y el arte. La idiosincrasia y la tradición de cada lugar aconsejarán qué elementos habrán de emplearse y cómo habrán de disponerse para sugerir al Pueblo de Dios el significado de la Iglesia.

Se debe dedicar una atención especial al espacio interior, que debe servir para reunir la comunidad local en un ambiente que facilite el desarrollo normal de la liturgia y de la oración personal. La disposición general del edificio debe ser como una imagen de la asamblea eclesial, que permita un proporcionado orden de las diferentes funciones litúrgicas y que favorezca el ejercicio de todos los ministerios.

Es muy conveniente disponer de espacio de tránsito desde la calle (pórtico) que permita saludarse antes o después de las celebraciones. Estos recintos favorecen las condiciones psicológicas necesarias para crear un clima de comunidad".

 

La celebración une al grupo

De tal manera se realiza esto que en la celebración litúrgica nos hacemos Cuerpo de Cristo. Lo realiza el Espíritu Santo.

"La asamblea litúrgica recibe su unidad de la comunión del Espíritu que reúne a los hijos de Dios en el único Cuerpo de Cristo" (Catecismo de la Iglesia, 1097).

Recordemos algunas invocaciones al Espíritu que rezamos en la Eucaristía o Misa:

"para que fortalecidos con el Cuerpo y Sangre de tu Hijo y llenos de su Espíritu Santo, formemos en Cristo un solo cuerpo y un solo espíritu" (Plegaria III).

"que formen, por la fuerza del Espíritu Santo, un solo cuerpo en el que no haya ninguna división" (Plegaria de la Reconciliación).

La comunidad de los que participamos de la Eucaristía, al celebrar el Misterio Pascual de Cristo, nos vamos convirtiendo en el el Cuerpo y Sangre de Cristo, en la unidad que produce el Espíritu. La oración al Espíritu es para que la comunidad se transforme en Cristo.

 

Nos toca en nuestros sentimientos

- Concentra la atención en la Palabra y en el Cuerpo de Cristo. Aceptamos su Palabra y comemos su Cuerpo.

- La parroquia se convierte en punto de referencia en nuestras vidas: allí recibimos el Bautismo, la Eucaristía, la Confirmación, allí nos reunimos semanalmente. Lo cuidamos, lo reformamos.

- Todos los elementos que allí usamos para celebrar (cantos, palabra de Dios, oraciones, mesa-altar, ambón, sede, pan, vino, etc. ) nos comunican un mensaje: que Dios se acerca a nosotros y se entrega.

- Nos transforma. Salimos renovados, salvados, liberados, con ganas de vivir como cristianos.

 

La Celebración no se puede expresar

Externamente no pasa nada: Dios se ha acercado, se nos ha dado, pero si nos preguntan qué hemos sentido, qué hemos vivido, se nos hace difícil y complicado expresarlo en palabras.

Además, cuando una celebración se razona, pierde gracia y, entonces tenemos una celebración fosilizada, muerta, manipulada. Es decir, reducida a un mensaje ideológico.

Para algunos, después del Concilio, se da más importancia a las ideas que se transmiten en las lecturas que a la vida que se transmite por los elementos simbólicos. Y el resultado es una celebración demasiada razonada, con intención de transmitir ideas más que vivencias.

 

Celebrar es hacer fiesta

Fiesta porque la resurrección de Cristo es la garantía de todas nuestras pequeñas resurrecciones o victorias sobre los fracasos, pecados y desesperanzas.

Fiesta porque el Señor sigue actuando hoy y aquí; porque no nos abandona, sigue siendo el "hoy perpetuo", sigue siendo fiel a su Amor.

Fiesta porque una semana más reforzamos nuestra fraternidad, porque somos hermanos, miembros de su Cuerpo. Celebramos encontrarnos con los hermanos. Celebramos el entregar nuestros bienes para los que no tienen.

Todo lo que vivimos en la Eucaristía es motivo de alegría. Por eso cantamos. Para expresar nuestra alegría, el amor de Dios. En la Eucaristía no cantamos para distraernos, para no aburrirnos. Cantamos porque merece hacer fiesta.

 

Noción de celebración cristiana

 

La celebración es:

- el acto que evoca y hace presente, 

- mediante palabras y gestos,

- la salvación realizada por Dios en Jesucristo con el poder del Espíritu Santo.

 

Explicando la noción

• El acto es evocador. Decimos evocador porque hacemos memoria de todo lo realizado por Jesús, por Cristo. Siguiendo su mandato: "Haced esto en memoria mía". Y en la Eucaristía el sacerdote lo dice en alto: "Así pues, Padre, al celebrar el memorial de la muerte y resurrección de tu Hijo". Esta función es crucial en la celebración litúrgica, ya que la celebración es, primordialmente, memorial o anámnesis. Y el que lo realiza es el Espíritu Santo, memoria viva de la Iglesia: "El Espíritu Santo, que el Padre os enviará en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho" (Jn 14, 26). El memorial y la Palabra son los grandes resortes del Espíritu para despertar la memoria de la Iglesia.

Hace presente o actualiza. Con esto queremos decir que la salvación realizada por la vida, la muerte y resurrección de Jesucristo se actualiza aquí y ahora. Nosotros somos salvados, perdonados, pacificados, perdonados. En cada una de las celebraciones tiene lugar la efusión del Espíritu Santo que actualiza el único misterio. Precisamente en la epíclesis (Epíclesis es la invocación que hace la Iglesia al Espíritu Santo para que venga y transforme las cosas y las personas. Viene del griego epi-kaleo llamar sobre (en latín in-vocare). En la Eucaristía hay dos: para la transformación del pan y del vino (antes de la consagración) y otra para la transformación de la asamblea (después de la consagración).), que es el centro de toda la celebración sacramental, se pide al Padre que envíe el Espíritu con esa finalidad. El Espíritu Santo hace presente y actualiza el misterio de Cristo por su poder transformador. Como se ve, es la acción del Espíritu la que garantiza el realismo de la celebración.

• Dando un paso más, digamos que esta acción aparece y se manifiesta como un diálogo y un intercambio que tiene como interlocutores a Dios y al hombre, a Cristo y a la comunidad eclesial. En este diálogo juega un papel especialísimo la proclamación de la Palabra de Dios, y, papel no menos importante, la respuesta de la Iglesia hecha canto y oración.

• La Iglesia tiene que realizar este acto para hacer presente y actual el misterio de salvación. Naturalmente, que no es la única acción que debe realizar la Iglesia, pero sí es la acción fuente y culmen de todas las demás acciones, como son la evangelización, la catequesis, la llamada a la conversión, la caridad, el servicio a los hombres y la transformación de las realidades terrenas. (SC 7; LG 10-11). La razón es bien clara, la acción por excelencia de Jesucristo fue la muerte-resurrección y ésta es la que actualiza la celebración.

 

PROFUNDIZAMOS

Hemos pasado de la noción humana de una celebración a la cristiana o teológica. Quedan por resaltar tres ideas básicas de la celebración cristiana:

• La celebración cristiana es misterio.

• La celebración cristiana es acción.

• La celebración cristiana es vida.

 

La Celebración es misterio

Decimos que la celebración es misterio, porque en ella se da la presencia y una intervención salvadora de Dios. Es la otra cara de la moneda. Lo que está detrás de los signos, cantos y oraciones. Esto no lo podemos olvidar nunca.

Tomamos misterios como la realización del plan de Dios que en un tiempo era desconocido para los hombres pero que fue dado a conocer por Dios en la revelación o en la Biblia; sobre todo fue dado a conocer por Jesús: la Palabra hecha carne.

Esto que se nos ha dado a conocer, este misterio es lo que hay que vivir. Tenemos que llegar a decir también nosotros lo que dice Juan en el Evangelio: "Es el Señor" (Jn 21, 7).

"Puesto que la Liturgia es el ejercicio del sacerdocio de Cristo, es necesario mantener constantemente viva la afirmación del discípulo ante la presencia misteriosa de Cristo: "Es el Señor": Nada de lo que hacemos en la Liturgia puede aparecer como más importante de lo que invisible, pero realmente, Cristo hace por obra de su Espíritu. " (Juan Pablo II, Carta apostólica en el XXV aniversario de la Constitución sobre la Liturgia, n° 10).

Toda la creación participa de la presencia del Dios encarnado en Jesús. Pero esta participación se da principalmente en el interior de la realidad. Las cosas son algo más que lo que se ve, cuando nos dicen algo más que lo que vemos. Lo que aparece de todas las cosas es, para el creyente, la resonancia de la presencia de Dios. En cierto sentido, toda la realidad es imagen de Dios.

Cuando lo humano alcanza su límite,

queda aún la infinita belleza y

fuerza de Dios.

 

La celebración es acción

La celebración es una acción, la obra de Cristo y de la Iglesia. Ésta no se contenta con mirar la obra de Dios, sino que la actualiza con una gran variedad de ritos y fórmulas que manifiestan y realizan todo aquello que se está celebrando.

Esta acción de la Iglesia se concreta en estas tres:

• evoca, es decir, invoca y pide al Espíritu la salvación,

• anuncia la salvación, sobre todo en la Palabra,

• actualiza la salvación aquí y ahora.

La misma palabra liturgia nos dice que es acción. La palabra liturgia viene del griego leitourgía. Significa la obra o la acción que una persona realizaba libremente en favor del pueblo. Con el paso del tiempo, la acción hecha en favor del pueblo se institucionalizó, es decir, perdió la libertad. Se comenzó a hacer en favor del pueblo gratuitamente y se pasó a hacerlo cobrando. Y así llegó a llamarse liturgia a cualquier trabajo de servicio.

En en AT, liturgia indica el servicio religioso. En el NT nunca aparece liturgia como servicio religioso, por no confundirla con el servicio religioso de los judíos. Pero pronto, hacia el siglo II, comenzó a usarse, como acción de Cristo en favor de su pueblo y como servicio ministerial.

A la celebración venimos a actuar. No podemos ser espectadores pasivos. Es obra nuestra, de todos y todos debemos tomar parte.

El Concilio para ello nos dice:

"Para promover la participación activa, se fomentarán las aclamaciones del pueblo, las respuestas, la salmodia, las antífonas, los cantos y también las acciones o gestos y posturas corporales" (SC 30).

"La Iglesia procura que los cristianos no asistan a la Eucaristía como extraños y mudos espectadores, sino que, comprendiéndolo bien a través de ritos y oraciones, participen consciente, piadosa y activamente" (SC 48).

Desde los tiempo en que un acólito o monaguillo respondía al sacerdote hasta nuestros días han cambiado mucho las cosas. Sin embargo la mentalidad de muchos no ha cambiado todavía.

 

La celebración es vida

La celebración no sólo hace participar a una comunidad en un acontecimiento de salvación, sino que se convierte en un programa de vida. La celebración se manifiesta como un motivo de compromiso vital. Lo cual quiere decir que los cristianos vivimos lo que hemos celebrado. La salvación de Cristo no es para el momento de la celebración, sino para toda la vida. "Así también nosotros andemos en una vida nueva " (Rm 6, 4).

La celebración hace (capacita) que la Iglesia, el conjunto de los cristianos, siga siendo en el mundo signo de salvación para la humanidad. En este sentido se puede decir que la celebración empieza cuando la asamblea se pone en pie y termina al inicio de otra celebración, es decir, nunca. Cuando concluye el rito, llega la vida, una vida que no ha roto el rito, valga el juego de palabras.

Por tanto, cuando al final de la misa oímos "¡podéis ir en paz!", debemos escuchar en nuestro interior "¡no, no, no podemos irnos porque la misa no ha terminado". Se trata quizá del momento más difícil de la misa. Uno se va, no porque haya terminado algo, sino porque hay algo que continúa. La despedida no quiere decir, "¡muy bien!", podéis iros porque habéis cumplido con vuestro deber, estad tranquilos!", sino, "amigos, ha llegado vuestra ocasión".

Por tanto, no es señal de descanso, sino de movilización, no es señal de una "misión cumplida", sino "partida para una misión continuada". Algunos salen de misa con una actitud de satisfacción de haber cumplido con si deber, y, ¡no!; celebrar la eucaristía significa asumir un compromiso que va desarrollándose después, en el transcurso del día, de la semana; significar continuar, significa conectar con la vida cotidiana; la misa termina como acción litúrgica, como acto celebrativo y empieza como celebración de la vida, como liturgia, termina como rito y empieza como gesto vital.

Uno se levanta de la mesa, y empieza a trabajar, a construir el reino, de manera que saca afuera lo que ha recibido dentro, saca afuera aquello en lo que nos hemos convertido. El altar, la Eucaristía, es un punto de partida, pero la aventura no termina nunca, la misión nunca queda cumplida, no se puede fijar un término a la sorpresa: la misa ha terminado, pero la unidad de la celebración de la fe incluye la vida.

O sea, es breve y relativamente fácil el camino que lleva a la misa, pero se hace interminable y arduo el camino que va desde la misa a la vida. Esta unidad es uno de los aspectos de la liturgia que, a veces, hemos abandonado. Hemos puesto el ejemplo de la misa, pero podríamos poner otro ejemplo, como la penitencia.

La liturgia, concebida así de una manera unitaria, abarca toda la vida, no sólo el momento del rito. El rito de la penitencia no es únicamente la confesión de los pecados y esperar la absolución. El rito de la penitencia supone unos actos pasados, la vida pecadora, y comporta un propósito de futuro, de superación. O sea, también aquel rito puntual tiene un alcance que abarca toda la vida. Esto es celebrar la fe.

Si la liturgia cristiana es hacer toda la vida un acto permanente de gloria al Padre y, por tanto, salvación del hombre, el momento celebrativo y ritual de ese culto constituye el punto de encuentro decisivo y santificador para el hombre y para toda la comunidad.

Por último, otro aspecto a recalcar y que se da en la misma celebración, es el paso que hemos que tener en cuenta: el paso de la soledad a la comunidad. La asamblea constituye para nosotros un momento precioso en el que sobrepasamos los intercambios utilitarios que nos aíslan (sólo cogemos el teléfono cuando necesitamos a alguien). La celebración nos permite la convivencia auténtica que muchas veces no conseguimos en la vida cotidiana. La celebración debe tener un carácter muy englobante, es decir, somos pueblo, familia. Somos asamblea de hermanos.


Cuestionario

 

1 Sin querer juzgar a los demás ¿crees que vivimos la misa de los domingos como fiesta? ¿Por qué sí o no?

2 ¿Qué deberíamos hacer para que se tuviera una conciencia más clara de que la misa de los domingos es una celebración? Escribe algunas acciones.

3 ¿Qué elementos festivos se descuidan más en nuestras celebraciones?

4 ¿Te parece adecuada la parroquia o ermita para una celebración conjunta? ¿Las personas que se reúnen te parece que vienen con la convicción de fiesta, de celebración? ¿Qué catequesis habría que hace para vivir la misa de los domingos como celebración y fiesta?

 

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Capítulo 6: Carácter simbólico de la Liturgia

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