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Semana 32 Tiempo Ordinario

 

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Día: 18-11-2017
 

Dedicación de las basílicas de San Pedro y San Pablo
 

Sábado XXXII semana del tiempo ordinario

 

Lectura 1

 

Lectura del libro de la Sabiduría 18,14-16; 19,6-9

Un silencio sereno lo envolvía todo,
y al mediar la noche su carrera,
tu Palabra todopoderosa se abalanzó,
como paladín inexorable,
desde el trono real de los cielos
al país condenado.
Llevaba como espada afilada tu orden terminante;
se detuvo y lo llenó todo de muerte;
pisaba la tierra y tocaba el cielo.
Toda la creación, cumpliendo tus órdenes,
fue configurada de nuevo en su naturaleza,
para guardar incólumes a tus siervos.
Se vio la nube dando sombra al campamento,
la tierra firme emergiendo donde había antes agua,
el mar Rojo convertido en camino practicable
y el violento oleaje hecho una vega verde;
por allí pasaron, en formación compacta,
los que iban protegidos por tu mano,
presenciando prodigios asombrosos.
Retozaban como potros y triscaban como corderos,
alabándote a ti, Señor, su libertador.

Palabra de Dios

 

Salmo

 

Sal 104, 2-3. 36-37. 42-43

R. Recordad las maravillas que hizo el Señor.

Cantadlo al son de instrumentos,
hablad de sus maravillas;
gloriaos de su nombre santo,
que se alegren los que buscan al Señor.

Hirió de muerte a los primogénitos del país,
primicias de su virilidad.
Sacó a su pueblo cargado de oro y plata,
y entre sus tribus nadie tropezaba.

Porque se acordaba de la palabra sagrada,
que había dado a su siervo Abrahán:
sacó a su pueblo con alegría,
a sus escogidos con gritos de triunfo.

 

Evangelio


Lectura del santo evangelio según san Lucas 18,1-8

En aquel tiempo, Jesús, para explicar a los discípulos cómo tenían que orar siempre sin desanimarse, les propuso esta parábola:
- Había un juez en una ciudad que ni temía a Dios ni le importaban los hombres.
En la misma ciudad había una viuda que solía ir a decirle: «Hazme justicia frente a mi adversario»; por algún tiempo se negó, pero después se dijo: «Aunque ni temo a Dios ni me importan los hombres, como esa viuda me está fastidiando, le haré justicia, no vaya a acabar pegándome en la cara».
Y el Señor añadió:
- Fijaos en lo que dice el juez injusto; pues Dios ¿no hará justicia a sus elegidos que le gritan día y noche?, ¿o les dará largas? Os digo que les hará justicia sin tardar. Pero cuando venga el Hijo del Hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?

Palabra del Señor

 

 

Reflexión

 

Dedicación de las basílicas de los santos Pedro y Pablo, apóstoles (L)

Después de su martirio, el cuerpo de Pedro, el «buen pastor», fue sepultado en el Vaticano y el de Pablo, el «maestro de vida», en el camino de Ostia. En el siglo IV, Constantino erigió las correspondientes basílicas en el Vaticano (350) y en la Vía Ostiense (390). «Los méritos y las virtudes, que superan toda ponderación, de estos dos hombres, no los hemos de considerar disociados: la elección los unió, el trabajo los hizo parecidos, la muerte los igualó» (San León el Grande, Sermón 82).

 


Lo más claro y patente, que se encuentra en esta breve parábola que presenta Jesús, es que quien se dirige a Dios mediante la oración de súplica, jamás debe cansarse de pedir, de insistir sin desfallecer. Por más que tenga la impresión de que su oración no tiene efecto ni sirve para nada. Jesús pone el ejemplo de un juez perverso al que la insistencia de la pobre viuda acabó por cansarle. Y así, concedió lo que se le pedía.


Como es lógico, al poner este ejemplo, Jesús no pretende insinuar que nuestra insistencia orante doblega a Dios y le hace querer lo que nosotros queremos. Ni Dios es así. Ni la razón de ser de la oración de súplica consiste en modificar la voluntad de Dios. Lo importante, en este asunto, está en comprender que quien acude a Dios y le suplica o le expone sus deseos y necesidades, en el fondo, lo que hace es manifestar su fe. Es decir, su convicción de que Dios es Padre, que Dios es bueno, que Dios es fuente de esperanza, de confianza, de fortaleza para superar las dificultades que nos presenta la vida. Esto es lo importante, cuando hablamos de la oración, es decir, cuando hablamos de la fe. Y en esto, dice Jesús, jamás debemos desfallecer.


Jesús refuerza esta enseñanza al poner, como ejemplo de dificultad a superar, la resistencia de un juez sin fe y sin piedad. En tiempo de Jesús, los tribunales de justicia solían estar presididos por sacerdotes o por rabinos. Cosa, por lo demás, que sucedía con frecuencia en las culturas antiguas, concretamente desde el tiempo de los antiguos juristas de Roma. Tales juristas pertenecían a los ambientes sacerdotales —los pontífices romani—, ya fuera por su carácter sagrado o por su condición de notables pertenecientes a los grupos de poder en la sociedad. Jesús, pues, era consciente de que en tales ambientes había individuos que "ni temían a Dios ni les importaban los hombres". Así, Jesús refuerza el valor de una fe en el Padre que supera la dureza humana más cruel.


En el momento actual, lo que importa para que el Estado de derecho funcione y la justicia sea fiable, es enteramente necesaria la independencia de los jueces. Es decir, que la administración de justicia no esté condicionada -y menos aún, controlada- por el poder ejecutivo (los gobernantes). Esto es capital. Si la justicia funciona como debe ser, la sociedad tendrá seguridad y consistencia. De no ser así, el país se desmorona y se hunde. Será el caos.


Punto de reflexión y plegaria

La oración es seguridad en el amor providente del Padre. Incluso cuando pedimos a Dios imposibles se nos concede el don de escucharnos a nosotros mismos y cambiar de actitud. Si lo que Dios quiere es nuestra felicidad, inspira todo aquello que nos ayudará a conseguirla. Para Dios no hay buenas o malas peticiones.

- Señor, danos el pan de cada día y perdona nuestras ofensas.



 

 

 

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