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Índice del curso

 

 

CURSO DE ORACIÓN

 

Aprender a Orar, Orando

 

 


LA ORACIÓN: UNA NECESIDAD
 



La Fe que profesamos como cristianos exige y se expresa en la vida en dos dimensiones que se desarrollan conjuntamente:

un COMPROMISO en una existencia cristiana

una ORACIÓN que nos permite entrar en diálogo con ese Dios en quien creemos

Hablar de oración es hablar de algo que se localiza en el dominio de “lo espiritual” como una referencia directa e inmediata a Dios.

Hablar de compromiso es algo que se localiza en el dominio de las realidades operantes y eficaces en el mundo.

A través de la Oración entro en contacto con Dios.

A través del compromiso actúo en consecuencia con mi fe en Dios.

Oración y Compromiso son dos elementos de la fe que siempre han estado en cierta tensión a lo largo del cristianismo (los “espirituales” y los “comprometidos”), pero que siempre serán dos dimensiones inseparables.


CURSO DE ORACIÓN: Aprender a Orar, Orando.

En este Curso, nosotros vamos a insistir o fijarnos en ese aspecto que denominamos Oración Comunicación - Diálogo con Dios, teniendo siempre en cuenta que una vida expresión de mi compromiso de fe, es también oración.

De hecho, el hombre de todos los tiempos ha sentido siempre necesidad no solo de creer en algo, un ser superior, sino también de entrar en contacto, de alguna forma, con ese ser superior.

Veamos algunos ejemplos de oraciones encontradas en antiguas civilizaciones.

Antiguo Egipto

un hombre ciego, pide a la divinidad que le restituya la vista y reza así:

«Mi corazón desea verte... Tú que me has hecho ver las tinieblas, crea la luz para mí. Que yo te vea. Inclina hacia mí tu rostro amado» (trad. it. en Preghiere dell’umanità, Brescia 1993, p. 30).

Esta oración atestigua algo tan universalmente humano, como es la pura y sencilla oración de petición hecha por quien se encuentra en medio del sufrimiento. «Que yo te vea»: aquí está el núcleo de la oración.
 


Mesopotamia

Un penitente, abrumado por el sentimiento de culpa, pide ser liberado.

«Oh Dios, que eres indulgente incluso en la culpa más grave, absuelve mi pecado... Mira, Señor, a tu siervo agotado, y sopla tu aliento sobre él: perdónalo sin dilación. Aligera tu castigo severo. Haz que yo, liberado de los lazos, vuelva a respirar; rompe mi cadena, líbrame de las ataduras» (trad. it. en Preghiere dell’umanità, op. cit., p. 37).

Estas expresiones demuestran que el hombre, en su búsqueda de Dios, ha intuido, aunque sea confusamente, por una parte, su culpa y, por otra, aspectos de misericordia y de bondad divina.



En la antigua Grecia

Se produce una evolución muy significativa: las oraciones, aunque siguen invocando la ayuda divina para obtener el favor celestial, se orientan progresivamente hacia peticiones más desinteresadas, que permiten al hombre creyente profundizar su relación con Dios y ser mejor.

Sócrates (470-399 a.c.), considerado con razón uno de los fundadores del pensamiento occidental, rezaba así:

«Haz que yo sea bello por dentro; que yo considere rico a quien es sabio y que sólo posea el dinero que puede tomar y llevar el sabio. No pido más.» (Opere I. Fedro 279c, trad. it. P. Pucci, Bari 1966).

En las tragedias griegas, se encuentran también oraciones que expresan el deseo de conocer a Dios y de adorar su majestad. Una de ellas reza así:

«Oh Zeus, soporte de la tierra y que sobre la tierra tienes tu asiento, ser inescrutable, quienquiera que tú seas —ya necesidad de la naturaleza o mente de los hombres—, a ti dirijo mis súplicas. Pues conduces todo lo mortal conforme a la justicia por caminos silenciosos» (Eurípides, Las Troyanas, 884-886, trad. it. G. Mancini, en Preghiere dell’umanità, op. cit., p. 54).

Dios permanece un poco oculto, y aun así el hombre conoce a este Dios desconocido y reza a aquel que guía los caminos de la tierra.
 


Imperio Romano

También entre los romanos, que constituyeron el gran imperio en el que nació y se difundió en gran parte el cristianismo de los orígenes, la oración, aun asociada a una concepción utilitarista y fundamentalmente vinculada a la petición de protección divina se abre a veces a invocaciones admirables por el fervor de la piedad personal, que se transforma en alabanza y acción de gracias.

Apuleyo, un autor del siglo II después de Cristo, manifiesta la insatisfacción de los contemporáneos respecto a la religión tradicional y el deseo de una relación más auténtica con Dios. En su obra maestra, titulada Las metamorfosis, un creyente se dirige a una divinidad femenina con estas palabras:

«Tú sí eres santa; tú eres en todo tiempo salvadora de la especie humana; tú, en tu generosidad, prestas siempre ayuda a los mortales; tú ofreces a los miserables en dificultades el dulce afecto que puede tener una madre. Ni día ni noche ni instante alguno, por breve que sea, pasa sin que tú lo colmes de tus beneficios» (Apuleyo de Madaura, Metamorfosis IX, 25, trad. it. C. Annaratone, en Preghiere dell’umanità, op. cit., p. 79).

Marco Aurelio —el emperador que también era filósofo pensador de la condición humana— afirma la necesidad de rezar para entablar una cooperación provechosa entre acción divina y acción humana. En su obra Recuerdos escribe:

“Quién te ha dicho que los dioses no nos ayudan incluso en lo que depende de nosotros? Comienza, por tanto, a rezarles y verás» (Dictionnaire de spiritualitè XII/2, col. 2213).

Las religiones paganas invocan desde la tierra una palabra del cielo. Uno de los últimos grandes filósofos paganos, que vivió ya en plena época cristiana, Proclo de Constantinopla, da voz a esta espera, diciendo:

«Inconoscible, nadie te contiene. Todo lo que pensamos te pertenece. De ti vienen nuestros males y nuestros bienes. De ti dependen todos nuestros anhelos, oh Inefable, a quien nuestras almas sienten presente, elevando a ti un himno de silencio» (Hymni, ed. E. Vogt, Wiesbaden 1957, en Preghiere dell’umanità, op. cit., p. 61).


En estos ejemplos de oraciones de las diversas épocas y civilizaciones, recogidos por Benedicto XVI en una Catequesis sobre la Oración del 2011, se constata la conciencia que tiene el ser humano de su condición de criatura y de su dependencia de Otro superior a él y fuente de todo bien. El hombre de todos los tiempos reza porque no puede menos de preguntarse cuál es el sentido de su existencia, que permanece oscuro y desalentador si no se pone en relación con el misterio de Dios y de su designio sobre el mundo.

De hecho, en toda oración se expresa siempre la verdad de la criatura humana, que por una parte experimenta debilidad e indigencia, y por eso pide ayuda al cielo, y por otra está dotada de una dignidad extraordinaria, porque, preparándose a acoger la Revelación divina, se descubre capaz de entrar en comunión con Dios.

En los ejemplos de oración de las diversas culturas, que hemos considerado, podemos ver un testimonio de la dimensión religiosa y del deseo de Dios inscrito en el corazón de todo hombre, que tienen su cumplimiento y expresión plena en el Antiguo y en el Nuevo Testamento. La Revelación, en efecto, purifica y lleva a su plenitud el originario anhelo del hombre a Dios, ofreciéndole, en la oración, la posibilidad de una relación más profunda con el Padre celestial.

Al inicio de nuestro camino «en la escuela de la oración», pidamos pues al Señor que ilumine nuestra mente y nuestro corazón para que la relación con él en la oración sea cada vez más intensa, afectuosa y constante. Digámosle una vez más: «Señor, enséñanos a orar» (Lc 11, 1).

De hecho, es en Jesús en quien el hombre se hace capaz de unirse a Dios con la profundidad y la intimidad de la relación de paternidad y de filiación. Por eso, juntamente con los primeros discípulos, nos dirigimos con humilde confianza al Maestro y le pedimos: «Señor, enséñanos a orar» (Lc 11, 1).

En efecto, sabemos bien que la oración no se debe dar por descontada: hace falta aprender a orar, casi adquiriendo siempre de nuevo este arte; incluso quienes van muy adelantados en la vida espiritual sienten siempre la necesidad de entrar en la escuela de Jesús para aprender a orar con autenticidad. La primera lección nos la da el Señor con su ejemplo. Los Evangelios nos describen a Jesús en diálogo íntimo y constante con el Padre: es una comunión profunda de aquel que vino al mundo no para hacer su voluntad, sino la del Padre que lo envió para la salvación del hombre.



Necesidad y deseos de Dios.

Consecuencia de todo lo dicho es que la oración no puede situarse en nuestra vida en el plano de las cosas que tenemos que hacer por obligación. La oración no se practica para contentar a Dios, para estar a buenas con Él. Una oración hecha como "deber" no se integrará nunca en nuestra personalidad.

La oración debe sentirse como necesidad vital. Si yo siento a Dios como alguien que me ama, si veo a Jesús como el Amigo-Maestro que me acompaña en mi caminar por la vida, debo sentir no solo necesidad, sino también, y más aún, deseos de encontrarme con El, deseos de unos momentos de mayor intimidad donde ese amor, esa amistad, se exprese en un tú a tú, directo entre él y yo, ¿no es éste el lenguaje del amor?

Hay también en nuestra vida, momentos en donde sentimos la necesidad y perdón por la redundancia de sentir la necesidad que tenemos de Dios; necesidad de su Trascendencia, de reconocer nuestros propios límites, pecados, de pedir porque nos sentimos angustiados, con problemas que no sabemos resolver. ¿No es el momento de pararnos un poco y hablar con El de nuestra vida?, ¿de decirle que Él es el Trascendente, que da sentido definitivo a mi vida?

Entonces, a medida que nuestra relación con Dios va profundizándose, irá aumentando ese deseo de intimidad con Él, iremos acercándonos a ese Dios al que reconocemos como el absolutamente Otro, Trascendente, que tiene el poder de darnos nuestra propia existencia, pero un poder que surge de un amor de Padre.



Ahora os invito a hacer un rato de Oración con el Salmo 95

Orar con el Salmo 95 (94)

Oración.


• Lee el Salmo 95. Lentamente, párrafo a párrafo.

• déjate llevar por él, saborea los sentimientos que te inspira...

• párate... sin prisas.

• Si encuentras gusto y consolación, no pases adelante.


(1) Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.

Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.

(6) Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.

Ojalá escuchéis hoy su voz:
(8) "No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.

Durante cuarenta años
aquella generación me asqueó, y dije:
"Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso.

 




Para una mejor comprensión del Salmo


Llamado "Invitatorio".

Con él comienza todos los días el rezo de los Laudes del Oficio de las Horas.

Nos invita a levantarnos aclamando al Señor.


Himno de Alabanza

Tiene tres partes

Vv 1-5 Himno Comunitario de Alabanza

Vv 6-7 Invitación al recogimiento, a la oración y adoración

Vv 8-11 Llamamiento al pueblo

Vv 1-5 Himno Comunitario de Alabanza

Comienza con una invitación a la alabanza

En procesión mientras se camina hacia el Templo

Compuesto para ser cantado

Hay que sacudir la pereza. Resuena la música, los instrumentos, el coro.

La gente se contagia, la alegría es contagiosa.

Es himno para cantar las grandezas de Dios.

Ninguna en concreto: por ser quien es
Roca, Señor, soberano. El Dios creador.

Todo se contempla: las cumbres de los montes, las simas de la tierra, el mar

Vv 6-7 Invitación al recogimiento, a la oración y adoración

Cambio de ritmo

Adoración silenciosa. Nada de ruidos ni gritería

Postrados de rodillas. Nada de baile ni levantar los brazos

Hay que escuchar, dejar resonar la palabra de Dios que nos habla

Acto de sumisión y de obediencia

Vv 8-11 Oráculo Profético. Llamamiento al pueblo

La fiesta se interrumpe bruscamente

Parece que Dios no está contento. Se invita al arrepentimiento Ojalá escuchéis hoy su voz

Antes no lo habían hecho: Meribá (disputa), Massá (tentación). Ex 17,7


Les sitúa en el hoy

Dios rechaza la alabanza, las ofrendas y sacrificios si no provienen de un corazón limpio.
 

 

 

 

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