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NUEVO CURSO 2017 – 2018
 

Aprender a Orar, Orando
 

 

 



1.- ORAR CON EL EVANGELIO

Un método muy sencillo y muy habitual de hacer oración es coger un pasaje de los Evangelios y hacer un rato de meditación con él. El texto puede ser uno que me interesa especialmente, o el de la lectura evangélica del domingo o del día, o de la lectura continuada que voy haciendo del Evangelio.

¿Cuándo?, un día cualquiera, en un momento en el que vea que tengo un cierto tiempo libre (hay que buscarlo), la casa está tranquila, yo relajado, puedo sentarme y dedicarme a tener un rato de encuentro con Dios.

1. Me pongo en la presencia del Padre.

Caigo en la cuenta de que estoy en la presencia de Dios. El Dios de todo lo que es y existe, está en cada latido de mi corazón, está conmigo, aquí y ahora. Y me mira. (recuerda lo que comentamos el curso pasado sobre este punto como la “guía para hacer Oración”.)

Puedo hacer una invocación personal como introducción, cuando ya mi persona esté en disposición. Por ejemplo: Ayúdame, Señor, a entender tu Palabra, a estar abierto/a a todo lo que me digas, a guardarlo en mi corazón y a ser fiel. O cualquier otra que te salga.



2. Leo el fragmento que he elegido del Evangelio, con atención y pausadamente.

Lucas 18:35-43. (Mt. 20.29-34; Mr. 10.46-52)


El ciego de Jericó.

Cuando se acercaba a Jericó, un ciego estaba sentado junto al camino pidiendo limosna. Al oír que pasaba la gente, preguntó qué sucedía. Le dijeron que pasaba Jesús de Nazaret. Él gritó:

–Jesús, hijo de David, ten piedad de mí.

Los que iban delante lo reprendían para que callase. Pero él gritaba más fuerte:

–Hijo de David, ten piedad de mí.

Jesús se detuvo y mandó que se lo acercasen. Cuando lo tuvo cerca, le preguntó:

–¿Qué quieres que te haga? Contestó:

–Señor, que recobre la vista. Jesús le dijo:

–Recobra la vista, tu fe te ha salvado.

Al instante recobró la vista y lo seguía glorificando a Dios; y el pueblo, al verlo, alababa a Dios.



3. Una vez leído puedo hacer una pausa breve y repetir algunos versículos o frases que más me han llamado la atención, con la finalidad de ir interiorizando la Palabra de Dios.

• –¡Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí!

• –¿Qué quieres que haga por ti?

• - Señor, quiero recobrar la vista

• -Tu fe te ha salvado

• -En aquel mismo momento recobró el ciego la vista, y siguió a Jesús alabando a Dios.


Voy repitiendo la frase o frases que más me llaman la atención, y observo atentamente cómo resuenan en mi interior. Seguro que las identifico con situaciones personales, y que me mueven a un cambio de actitudes. Lo contemplo todo en mi interior.



4. Y después puedo convertir alguna o algunas de estas frases en oración personal, que surge de mi corazón, inspirada por la Palabra leída y contemplada:

• “Señor, Jesús, ten compasión de mí, de mi debilidad, de mi inseguridad, de mis miedos, que no me dejan seguirte con decisión”.

• Respondo a la pregunta de Jesús “¿Qué quieres que haga por ti?”, y de mi respuesta hago oración.

• “Señor, haz que recobre la vista, que vea claro lo que me pides, y haz que te vea, que confíe más en tu presencia a mi lado”.

• “Haz, Señor, que mi fe en Ti me haga vivir plenamente feliz, y que contagie a los demás mi felicidad”.

• “Dame fidelidad en tu seguimiento, y concédeme el don de saber agradecer todo lo que el Espíritu obra en mí”.



5. Para acabar, no olvido de tomar conciencia de las llamadas que he tenido (escribirlo me puede ayudar a concretar más), de pedir al Padre fidelidad y de darle gracias por este momento de oración.


Contemplar a Jesús

Se puede y se debe hacer oración con el personaje Jesús. Es decir, meterse dentro de la escena evangélica para ver a Jesús, desde cerca, fijarse, contemplarle, captar sus sentimientos, lo que sentía y movía su corazón, su pasión por el Reino de Dios, etc.

Recrear imaginativamente la escena en cuestión: basta que sea sencilla y me vea dentro de la escena evangélica con Jesús.

Sitúate al lado de Jesús para escucharle, verle, espiar amistosamente sus gestos, su mirada, su pasión, su dolor, su cariño…

Conviene dar mucho juego al corazón y a la voluntad. Y quedarse ratos en silencio: mirando, estando, gozando de que Jesús sea así, nos diga que Dios es de esta manera, ame tanto al ser humano, a mí, deseando parecerme a El, que El me enseñe, me conduzca, me guíe. En definitiva, dejándome amar por El.

Orar con el Evangelio tiene muchas ventajas. Permite asimilar los textos no sólo con la cabeza, sino con el corazón para llevarlos a la vida.

Cada uno debiera ir haciendo suyos textos que le digan mucho, que resuenen dentro de sí y que resultan iluminadores y llenos de luz para la propia vida.

Facilita el conocimiento cordial, amistoso, cercano, de la figura de Jesús. Acercarse al Jesús del Evangelio, con un poco de ayuda y comentarios, permite conocer la figura humana de Jesús en sus diversos registros y en su dimensión que apunta al Misterio. Nos permite tratar con el lado humano del Dios vertido hacia nosotros.

 




LOS EVANGELIOS UNA FUENTE QUE NO SE AGOTA

Cuando queremos buscar a Jesús para conocerlo y para establecer una relación íntima con él, la fuente más segura y confiable, y también la que está más cerca de nosotros, son, sin duda, los cuatro Evangelios: los tres Evangelios sinópticos – según san Mateo, según san Marcos, y según san Lucas -, llamados así porque son escritos paralelos, que narran los mismos acontecimientos con pequeñas variaciones, y el Evangelio según san Juan, que es el último que se escribió y el más elaborado teológicamente.

Al acercarnos a los Evangelios para conocer a Jesús, su persona y su mensaje de salvación y de vida eterna, tenemos que tener en cuenta algunas premisas:

1. Los Evangelios no son una biografía de Jesús, al estilo de las que conocemos como tales. No tienen como objetivo fundamental la comunicación de datos concretos y exactos sobre su vida en el mundo, ni nos presentan el record estricto de todo lo que Jesús hizo y dijo; su finalidad es otra bien clara; nos la presenta san Juan al final de su relato: “Jesús realizó además muchos otros signos en presencia de sus discípulos, que no se encuentran en este Libro. Estos han sido escritos para que ustedes crean que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y creyendo, tengan Vida en su Nombre“ (Juan 20, 30-31).

2. Los evangelios son, ante todo, y muy especialmente, un testimonio de fe en Jesús de los apóstoles y de las primitivas comunidades cristianas, y por lo tanto, no pueden ser comprobados científicamente, aunque se sabe con certeza, por el testimonio de diferentes historiadores cristianos y no cristianos, que Jesús es un personaje estrictamente histórico y no puede dudarse de su realidad.

3. Como testimonio de fe de las primeras comunidades, los Evangelios no fueron escritos por una sola persona, sino por un grupo, y sus diferencias en algunos aspectos obedecen precisamente, a las necesidades especiales y a las características particulares de las comunidades a quienes iban dirigidos originalmente: los judíos convertidos, los paganos, entre otros.

4. Lo mismo que en los demás libros de la Sagrada Escritura, en los Evangelios existen los llamados “géneros literarios”, que son modos de expresión especiales, que nos permiten acercarnos a la realidad de Dios, tan superior a nuestro entendimiento humano, y expresar lo que en gran medida es inexpresable. Jesús mismo utilizaba estos géneros literarios en su predicación, por ejemplo, cuando hablaba en parábolas.

5. Por la fe creemos que quienes escribieron los Evangelios: comunidades y personas sencillas, fueron iluminados de manera especial por el Espíritu Santo, para cumplir a cabalidad su tarea de dar a conocer al mundo la realidad única y maravillosa de Jesús, el Hijo de Dios, nuestro Señor y Salvador.



Lucas 18:35-43. (Mt. 20.29-34; Mr. 10.46-52)


El ciego de Jericó.

Cuando se acercaba a Jericó, un ciego estaba sentado junto al camino pidiendo limosna. Al oír que pasaba la gente, preguntó qué sucedía. Le dijeron que pasaba Jesús de Nazaret. Él gritó:

–Jesús, hijo de David, ten piedad de mí.

Los que iban delante lo reprendían para que callase. Pero él gritaba más fuerte:

–Hijo de David, ten piedad de mí.

Jesús se detuvo y mandó que se lo acercasen. Cuando lo tuvo cerca, le preguntó:

–¿Qué quieres que te haga? Contestó:

–Señor, que recobre la vista. Jesús le dijo:

–Recobra la vista, tu fe te ha salvado.

Al instante recobró la vista y lo seguía glorificando a Dios; y el pueblo, al verlo, alababa a Dios.




ORACIÓN DE JESÚS AL PADRE

Lc. 10, 21-24


Yo te bendigo Padre, Señor del cielo y de la tierra,
porque has ocultado estas cosas a sabios y prudentes
y se las has revelado a los pequeños,
pues tal ha sido tu beneplácito.

Todo me ha sido entregado por mi Padre.

Nadie conoce quién es el Hijo sino el Padre
y nadie conoce quién es el Padre, sino el Hijo
y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.

Dichosos los ojos de los que ven lo que vosotros estáis viendo.

 

 

 

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