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NUEVO CURSO 2017 – 2018
 

Aprender a Orar, Orando
 

 

 



Sentido del Tiempo de Adviento
 


Adviento: el tiempo de la venida del Señor. Eso significa la palabra latina adventus: venida, advenimiento. Una palabra que se aplicaba especialmente a la llegada de algún personaje importante, y que ahora nosotros dedicamos al único personaje realmente importante, Jesús.

Al inicio del año litúrgico, preparando la celebración de la Navidad, dedicamos unas semanas a contemplar esta venida: a esperarla, a desearla, a prepararla en nuestras vidas y, en definitiva, a celebrarla.

Porque, ciertamente, el tiempo que anhelamos que venga el Señor, y nos queremos convertir para ser para él «un pueblo bien dispuesto», ya podemos también vivir la alegría de su presencia en nuestras vidas.

Porque esta venida del Señor no es la ficción de estar esperando como si fuésemos los hombres y mujeres del Antiguo Testamento que no habían visto aún al Mesías.

Nosotros sí lo hemos visto, nosotros hemos conocido ya su venida en nuestra historia, hace dos mil años, en Belén. Pero esta venida histórica, que conmemoramos en la Navidad, deja en nosotros el anhelo de una venida más plena.

Y por ello, decimos que el Adviento celebra una triple venida del Señor:

en primer lugar, la histórica, cuando asumió nuestra misma carne para hacer presente en el mundo la Buena Noticia de Dios;

• en segundo lugar, la que se realiza ahora, cada día, a través de la Eucaristía y de los demás sacramentos, y a través de tantos y tantos signos de su presencia, comenzando por el signo de los hermanos, y de los hermanos pobres;

• y finalmente, en tercer lugar, la venida definitiva, al final de los tiempos, cuando llegará a plenitud el Reino de Dios en la vida eterna.

Todo esto celebramos en el tiempo de Adviento. Y lo celebramos como en una progresión:

primero, los primeros días, el interés principal se dirige hacia la venida definitiva al final de los tiempos, con la llamada a la vigilancia para estar bien dispuestos;

luego, nos centramos más en la venida cotidiana, que vemos marcada por los anuncios del precursor Juan Bautista y su invitación a preparar el camino del Señor;

• y finalmente, sobre todo a partir del día 17 de diciembre, nuestra mirada se fija ya de lleno en la espera del nacimiento de Jesús en Belén, acompañados por la figura amorosa de María y también de su esposo José.

• Y todo ello, acompañado a lo largo de todo el tiempo por los oráculos de Isaías y de los demás profetas, que nos hacen vivir en constante actitud de gozosa espera.




TIEMPO DE NAVIDAD

ADVIENTO, LA LLEGADA DEL SEÑOR




La vida humana necesita interpretación, necesita que se explique su sentido, qué es, para qué sirve, qué valor tiene cada cosa. El ser humano se caracteriza por preguntarse: ¿quién soy?, por poder decidir qué sentido dar a su vida... y por poder equivocarse.

Este es el sentido bueno de "salvación": acertar con el sentido de la vida, elegir bien, hacer que la vida merezca la pena. Esta búsqueda de sentido y realización del ser humano es la pregunta última, la que constituye el fondo de toda religión que merezca tal nombre. Y religión, fe, consiste en aceptar que hay Alguien para responder y dar sentido, y que ese Alguien está vivo y activo. La religión de Jesús es creer que ese Alguien vivo y activo está presente en nuestra aventura, ilumina y alimenta, es el Creador, el Espíritu. Se trata por tanto de una interpretación de la vida humana desde Dios, desde Jesús.

La celebración de la Navidad gira en torno al conocimiento de ese Dios que da sentido a la vida humana, DIOS-CON-NOSOTROS-SALVADOR. Todavía más, mejor aún que “Dios con nosotros”, sería DIOS-VISIBLE-EN UNO DE NOSOTROS, Dios dejándose ver en lo humano, revelando sentido, revelándose como sentido, y como ayuda, y como final en plenitud. Así entendemos a Jesús, eso es lo que creemos de Él. El nacimiento de Jesús es algo que pasó, pero La Navidad no es la celebración de un acontecimiento "que pasó", sino de algo que pasa, que sucede: la presencia de Dios como sentido, como luz, como ayuda y como destino.

En la Navidad celebramos que hay sentido para la vida, que lo podemos conocer y que lo podemos conocer en Jesús de Nazaret.

En la Navidad celebramos la fiesta de la luz a medianoche, la presencia del sentido de la vida dado por Dios. Lo hemos visto en Jesús, en quien se muestra Dios. Lo aceptamos como sentido de la vida: entendemos la vida así, y lo celebramos.

Esta fiesta, esta celebración, es demasiado importante para no prepararla bien. A eso dedicamos cuatro domingos, a los que llamamos “El Adviento” “La llegada”: preparamos con cuidado, con tiempo, la fiesta de “la llegada de Jesús”.

Adviento adquiere por tanto una significación variada:

Adviento, preparando la Navidad. Insistimos: celebrar las cosas es importante para que tengan más sentido, más importancia. Pensemos en cualquier celebración: se hace porque hay algo importante que celebrar. Pero, si se celebra bien, esa importancia se hace cada vez mayor: ésta es la fuerza de las celebraciones (y la fuerza de los sacramentos, pero esto es otro tema). Celebrando bien la Navidad, hacemos que sea cada vez más importante para nosotros el sentido que Jesús ha dado a nuestra vida.

Adviento, imagen de la vida humana: caminar hacia la luz plena del encuentro con Dios. Por eso, los Evangelios de Adviento insisten en el mismo tema de los últimos domingos del Tiempo Ordinario: ¡¡VELAD!!, estad preparados: esta vida no es un lugar para estar de cualquier manera: es para caminar, para sembrar, para crecer, para salir al encuentro de Dios: no os durmáis, que hay mucho que hacer, mucho que caminar, mucho que trabajar.... ya habrá tiempo de descansar cuando lleguemos a Casa.



 

 

 

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