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NUEVO CURSO 2017 – 2018
 

ACERCANDONOS A JESUS
 

 

 

 



El Reino de Dios

Desde el inicio de su vida pública, Jesús tiene clara su Vocación. La Misión que ha recibido del Padre es anunciar la llegada del Reino de Dios, Dios viene ya a liberar a su pueblo de tanto sufrimiento y opresión.

“El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido para que dé la buena noticia a los pobres; me ha enviado a anunciar la libertad a los cautivos y la vista a los ciegos, para poner en libertad a los oprimidos, para proclamar el año de gracia del Señor”. Este es el pasaje de Isaías que Jesús se apropia para sí en el famoso episodio de Jesús en la Sinagoga de Nazaret (Lc. 4,14-22).

Jesús se convierte así en el Profeta del Reino de Dios.

Un Profeta itinerante

Jesús no se instala en su casa de Nazaret, sino que se dirige a la región del lago de Galilea y se pone a vivir en Cafarnaún, en casa de Simón y Andrés, dos hermanos a los que ha conocido en el entorno del Bautista. “Se volvió a Galilea. Dejó Nazaret y se fue a vivir a Cafarnaún, junto al mar” (Mateo 4, 12-13).

Cafarnaún

Un pueblo de entre 600 a 1.500 habitantes, que se extendía por la ribera del lago, en el extremo norte de Galilea, tocando con el territorio gobernado por el Tetrarca Filipo y bien comunicado con las ciudades fenicias de la costa y con toda la región de la Decápolis. Probablemente Jesús lo elige como lugar estratégico desde el que puede des arrollar su actividad de profeta itinerante.

Cafarnaún es una aldea importante si la comparamos con Naín, Betsaida, Caná o la misma Nazaret, pero no es una ciudad como lo es Séforis, Tiberíades o Cesarea de Filipo o Cesarea del Mar. Todo lo más, vivían algunos funcionarios, recaudadores de impuestos y una pequeña guarnición del ejército de Antipas, dado que en las afueras de Cafarnaún había un control de aduanas donde se controlaba el tránsito de mercancías de gran valor que llegaban en caravanas procedentes de Oriente. Funcionarios y recaudadores no eran bien vistos por la población judía al trabajar para la Administración Romana. Jesús irritó a un sector de Cafarnaún cuando se fue a la casa del recaudador Leví a comer con él, como relata Marcos 2, 14-17.

Los habitantes de Cafarnaún son gente modesta, campesinos que viven del producto de los campos y, sobre todo, pescadores en el lago de Galilea. Otros trabajan como jornaleros al servicio de los grandes terratenientes o de los propietarios de las barcas de pesca.

Al parecer, Jesús simpatiza pronto con estas familias de pescadores, entre ellos Simón y Andrés, oriundos del puerto de Betsaida, pero que tienen su casa en Cafarnaún, Santiago y Juan, hijos de Zebedeo y de Salomé, una de las mujeres que lo acompañará hasta el final; María, oriunda del puerto de Magdala, curada por Jesús y cautivada por su amor para siempre.

Jesús tampoco se instala en Cafarnaún, quiere difundir la noticia del Reino de Dios en todas partes. No es posible conocer los itinerarios de su viajes, pero sabemos que recorrió los pueblos situados en torno al lago: Cafarnaún, Magdale, Corozaín, Betsaida; visitó las regiones vecinas de la Baja Galilea: Nazaret, Caná, Naín, llegando hasta las regiones vecinas de Tiro, Sidón. Sin embargo, nunca se cita que visitase las grandes ciudades de Galilea, Tiberíades, la nueva y espléndida capital construida por Antipas a solo dieciséis kilómetros de Cafarnaún, ni Séforis, la preciosa ciudad a tan solo seis kilómetros de Nazaret. Además, cuando se acerca a las poblaciones, no entra en los núcleos urbanos, se queda en las afueras o en las aldeas cercanas donde se encuentran los más excluidos, gentes de paso y vagabundos errantes. Al llegar a un pueblo busca el encuentro con la gente, se acerca deseando la paz a las madres y a los niños, sale al descampado para hablar con los campesinos, va a la Sinagoga, el lugar donde se reunían los vecinos para rezar, cantar los Salmos, escuchar la escritura y hablar de sus problemas.

Al parecer, esta manera de actuar no era casual, respondía a una estrategia bien pensada

• El pueblo ya no tiene que salir al desierto y descalzarse para encontrarse con Dios, ya no tiene que subir al monte para recibir la Palabra de Dios. Es Jesús mismo el que recorre las aldeas para invitar a todos a entrar en el Reino, es la misma tierra que habitan, los sucesos cotidianos que viven, el escenario donde se produce la salvación. Las Parábolas del Reino con que Jesús explica la realidad del Reino, son imágenes cogidas del entorno habitual: el gano de mostaza, la levadura, el sembrador, la semilla. La curación de los enfermos, la liberación de los endemoniados, son signo de una sociedad de hombres y mujeres llamados a disfrutar de una vida digna de los hijos e hijas de Dios.

• Por otro lado, hay una razón más poderosa. En las aldeas que Jesús visita se encuentra la gente más humillada por los poderosos, allí viven los más pobres, las “ovejas perdidas” que representan al pueblo abatido de Israel. El Reino de Dios solo puede ser anunciado desde el contacto directo y estrecho con las gentes más necesitadas de respiro y liberación.

Pasión por el Reino

Nadie pone en duda esta información que nos traen las fuentes: Jesús iba caminando de pueblo en pueblo y de aldea en aldea, predicando el Evangelio del reino de Dios.

Podemos decir que la causa a la que Jesús dedica toda su tiempo, sus fuerzas y su vida entera es lo que él llama “El Reino de Dios”, término que aparece 120 veces en los Evangelios Sinópticos.

No enseña una doctrina religiosa.
No explica las tradiciones religiosas.
No intenta perfeccionar la religión judía.
No expone nuevas normas o leyes morales.
Predica un Acontecimiento para que lo acojan con gozo y felicidad.
Anuncia una noticia
Ayuda a intuir cómo es y cómo actúa Dios.

Habla constantemente del Reino de Dios, pero nunca explica directamente en qué consiste tal Reino, pero conocen que su venida es la esperanza que sostiene al pueblo.



José Antonio Pagola. Jesús. Aproximación histórica.

El Grano de Mostaza y la Levadura. Mateo 13, 31-33


Les contó otra parábola: El reinado de Dios se parece a un grano de mostaza que un hombre toma y siembra en su campo. Es más menudo que las demás semillas; pero, cuando crece, es más alto que otras hortalizas; se hace un árbol, vienen los pájaros y anidan en sus ramas.

Les contó otra parábola: El reinado de Dios se parece a la levadura: una mujer la toma, la mezcla con tres medidas de masa, hasta que todo fermenta.



La fe y la certeza de Jesús

Estas parábolas nos hablan de la fe que tanto enseñó Jesús. La fe y su potencial es clave para entender las realidades del Reino de los Cielos. Si uno tiene fe del tamaño de un grano de mostaza, ¿qué podría lograr? Hasta lanzar una montaña al mar.

Uno de los secretos sagrados del Reino de los Cielos, es el poder de la fe. La fe es la gran virtud para un cristiano, pues le hace creer que "para Dios TODAS las cosas son POSIBLES".

Jesús es optimista, está seguro del poder de la semilla, cree en la siega, la ve prefigurada cada vez que contempla la fiesta de la cosecha.


Nuestra vida religiosa

Y así, nuestra vida religiosa, nuestro seguimiento de Jesús, se expresan de la forma más natural y profunda. Cuidar la semilla, cultivar la Palabra, dejar que actúe, escuchar, entender, dejarse fermentar. Más allá de todo voluntarismo, miedo, intento de justificación. Retirar las piedras, arrancar abrojos, ahuecar la tierra, dar fruto desde dentro, sentir la alegría profunda, la absoluta confianza en el poder de la Vida que Dios siembra y riega. Es una excelente manera de entender la oración, la eucaristía, nuestros esfuerzos y nuestras acciones.


Dios dentro

Para nosotros, Dios está “fuera”, “arriba”, Para Jesús Dos está “dentro”, sembrado como semilla en lo más profundo de nuestro ser, esperando cualquier condición favorable para germinar, para fermentar, desde dentro, en silencio, toda la masa de la vida que sin Él puede ser estéril, sosa, intragable.


Porque como desciende de los cielos la lluvia y la nieve, y no vuelve allá, sino que riega la tierra, y la hace germinar y producir, y da semilla al que siembra, y pan al que come,
así será mi palabra que sale de mi boca; no volverá a mí vacía, sino que hará lo que yo quiero, y será prosperada en aquello para que la envié.
(Isaías 55,10-11)

 

 

 

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