SAN VICENTE MARTIR DE ABANDO,

UN TEMPLO INADVERTIDO PARA LOS BILBAINOS

 

San Vicente está escondido. La casa cural, adosada al muro meridional, impide observar desde el exterior el elemento más antiguo que conserva el templo: la portada tardo-gótica labrada entre los siglos XIII y XVI. Sus arquivoltas, su peana, su sabor medieval en pleno Ensanche, sólo puede ser degustado por los iniciados.


Por otra parte entra dentro de la lógica que San Vicente haya sido devorado por la ciudad. La parroquia de la antigua anteiglesia de Abando tiene un inequívoco cariz rural. En 1894, Nicomedes Eguiluz desmontó el pórtico que servía como centro de reunión a los labradores. Poco antes de esa fecha se recogían, en la actual zona de negocios de Bilbao, casi 10.000 litros de chacolí por año.


Pero el origen del templo se remonta a 1190 cuando el Señor de Ayala y Salcedo ordenó y costeó su construcción. En 1549 fue definitivamente ampliado por canteros coetáneos de los Beaugrant. Curiosamente se erigió y labró la portada antes de que se cerraran las bóvedas. El jefe de los 32 oficiales que trabajaron la portada fue Juan de la Peña.


Proveyeron la piedra, de Axpe y Arrigúnaga, Domingo y Martín de Ondarra. En primera instancia se cubrió la entrada, sin espadaña ni torre, con un sencillo tejadillo. La hornacina donde se contempla la imagen del titular y la ventana ciega son posteriores, romanistas.


Las columnas, que hoy presentan grietas aunque no constituyan ningún peligro, se levantan en 1616. En 1619 se calcula que el resto de la obra (coro, torre y tejados) costará 13.500 ducados. Pasados 31 años Martín Ibañez de Zalbidea contrata el abovedado de los primeros tramos por 2.300 ducados.


En este siglo se estableció que el alcalde de Bilbao, juez de la anteiglesia, visitara en procesión el templo el día de San Vicente -y no los días de Santiago o San Roque, co-patrono de la Villa, como se había hecho desde el siglo XIV- para escuchar Misa Mayor, hacer una ofrenda y reafirmar así anualmente su jurisdicción. Esta costumbre perdió sentido el 1 de julio de 1890 cuando Miguel de Aldama, último alcalde de la anteiglesia de Abando, firmó su anexión a la Villa. Poco más tarde, en 1894, José María Basterra diseñó la espadaña, sustituta de aquella antigua de corte clasicista. La obra recibió licencia en 1901, siendo una torre de campanas plana acompañada por dos parejas de pináculos.


Desde que en 1573 la pila bautismal fuera inaugurada por Diego de Ustara y Galdames pasaron por sus aguas varios personajes, entre otros, en 1865, Sabino Policarpo de Arana y Guiri. Algunas fechas antes del bautizo de Sabino Arana, San Vicente sufrió los avates de la primera guerra carlista. Se reabrió al culto en 1842 tras haberse repicado los nervios de las bóvedas y reforzado los pilares, todo lo cual supuso al municipio un millón de reales. Así, en 1860 se encarga un nuevo retablo para el altar mayor al escultor bilbaíno Bernabé de Garamendi, cuya traza corresponde al arquitecto Juan Blas de Hormaeche. Dividido en dos cuerpos alberga una imagen barroca de la Inmaculada (siglo XVIII) y una talla del titular del templo realizada por el propio Garamendi, con un precio de 6.000 reales de vellón. En 1864 se terminó la construcción de este retablo neoclásico con rasgos barrocos, el más antiguo del recinto, dorado por Isidoro Sanz.


Adosadas a derecha e izquierda aparecen dos capillas que rememoran la historia de la anteiglesia: la capilla Zumelzu o del Buen Suceso, iniciada en 1652 por maese Juan Pérez de Horma, y concluida siete años más tarde a pesar de que su autor se había fijado como plazo un año y medio. Pertenecía a la familia de los Aparicio de Uribe y el desembolso económico ascendió a 7.300 reales. Conserva en su interior dos impresionantes imágenes de una Dolorosa, y un Cristo yacente en urna, del escultor bilbaíno Quintín de la Torre.
 

En el otro extremo se encuentra la capilla del Carmen o de Villanías, que fue patrocinada por los Basurto de Acha. A su entrada, una breve placa en la pared atestigua una curiosa ofrenda de gratitud. «A Nuestra Señora del Carmen los supervivientes del Vapor Fernando L. de Ibarra como homenaje de agradecimiento». (Este navío de altura fue hundido el 20 de diciembre de 1943 en las costas de Portugal. Perecieron 25 tripulantes). El lateral izquierdo acoge un lienzo de Nuestra Señora de Guadalupe, fechado en México, 1890, obra de José María Iribarraran Ponce. Y, al fondo, dos imágenes, obras del imaginero sevillano Luis Alvarez Duarte, Jesús de la Pasión (2001) y Nuestra Señora de los Ramos y del Rosario (2006)
 

El arquitecto Ricardo Bastida fue el encargado de proyectar y dirigir la construcción de dos retablos dedicados a la Virgen Milagrosa y a Nuestra Señora del Perpetuo Socorro en 1926, labrados en los talleres de José Olabarria. Pero el templo acoge otras imágenes entre las que cabe mencionar un Cristo de madera moderno, de tamaño natural, de Julio de Beobide (1926), colocado a la entrada derecha del templo.
 

Por su arraigo en las antiguas tradiciones de Abando, hay que citar la de San Isidro Labrador: cada 15 de mayo los aldeanos celebraban la festividad de su patrón y una vez apagado el fervor religioso, comenzaba una romería que posteriormente se trasladaba al Campos Elíseos, según testimonios orales. A estas esculturas se añaden también la de San Ramón Nonato, ofrenda de la familia de La Sota, o dos tallas del artista bilbaíno Higinio de Basterra.
 

En el segundo tramo de la pared izquierda, una pequeña capilla acoge un amplio mural de unos 60 metros cuadrados que representa la Última Cena del Señor, pintada por Iñaki García Ergüín en 2008. Su original perspectiva ha permitido al artista un óptimo aprovechamiento del espacio, a la vez que incita al espectador a incorporarse al suceso que se representa, convirtiéndole en protagonista.

Esta obra, superpuesta al muro a modo de retablo, está formada por 23 paneles, pintados con colores negros, rojos, ocres, que son alegorías de la pasión y muerte de Jesús. El color blanco, que prefigura la Eucaristía, ilumina la escena desde la figura de Jesús, que preside desde lo alto y ocupa su eje central, dando sentido a todo el conjunto como presencia y horizonte.

Las manchas de color, que simbolizan a los apóstoles, están subrayando el color del drama que cada protagonista está viviendo en ese instante, en el que Jesús habla del amor, que se hace pan y vino.
 

La Sacristía sorprende. A través de los amplios ventanales que llenan de luz su espacio, se recrea la mirada en una de las sacristías de mayor belleza de las iglesias bilbaínas. Rectangular y moderna, de 1916, ornamentada con varios lienzos barrocos, cuenta con un aguamanil de 1914, entre otros objetos artísticos. Además fue lugar donde los carlistas colocaron «una formidable batería que causó muchos daños a la Villa», tal y como recoge Juan Delmas.
 

Tras la anexión de Abando a Bilbao, en 1894 se trasladan las sepulturas del camposanto abandoarra al de Mallona. Los restos de un personaje ilustre descansaban en este cementerio hasta que en 1920 retornan a San Vicente. Una lápida y un verso lo rememoran. «Aquí reposan los restos mortales del idílico cantor del País Vasco, feligrés que fue de esta parroquia Don Antonio María de Trueba y de la Quintana».