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CONTRAPORTADA

EL DOMINGO

 

 

Anteriores El Domingo
Ser amable Las cosas pequeñas de cada día
Lo que la vida me va enseñando Si el mundo fuera una aldea
Canicas rojas ¿Reza la gente?
El amor no pasa nunca Mandar no es...
El porqué de nuestra alegría Vivir como un cura
La viejecita Oración del árbol de Navidad
Haz nuevo tu año El niño y los zapatos
El Bautismo Pido perdón
Cosas que pueden pasar ¿En qué se me nota que soy hija...?

 

 

 

 

 

SER AMABLE



Una persona amable es la que es digna de ser amada y capaz de mostrar su amor. La amabilidad esta unida a ser cariñoso, afectuoso, cortés, agradable, servicial. Cualidades que nos hacen salir de nosotros mismos para estar orientados hacia los demás.

Los niños no nacen siendo amables. La amabilidad se aprende. Corresponde a los padres sentar las bases para que los niños entiendan que ser amable con los demás es una ventaja para todos. Y esto se consigue ejercitando la amabilidad. Cuando una persona es amable, genera en los demás un sentimiento positivo, una complacencia. Por eso la persona así es digna de ser amada, merece y se gana el cariño de los demás, se hace querer.

Algunas pistas para ejercitar nuestra amabilidad en casa: tener detalles hacia cada uno de nuestros seres queridos; ofrecer y aceptar ayuda; dar siempre gracias; promover las buenas formas de relacionarse con los demás, como pedir por favor, permiso, disculpas o saludar; reforzar y promover las buenas acciones que tu hijo realice; mostrar cariño con abrazos, besos y palabras, y todo aquello que haga sentir a tu hijo que es digno de recibir amor.
 

 

Las cosas pequeñas de cada día

Un vaso de agua gratis,
dos minutos ayudando a atravesar la calle,
un objeto menos en nuestra casa,
unos céntimos que ni van ni vienen,
un día de ayuno consciente,
unos refrescos menos en nuestros sudores,
esas visitas al hospital o a la cárcel,
unas horas escuchando soledades,
una sonrisa, una disculpa a tiempo,
un "gracias",
un acercarse a quien se siente solo,
un quedar con quien no tiene motivos para salir de casa,
una palmada en la espalda,
un apretón de manos,
una compra menos en nuestros haberes...
son cosas pequeñas.

Nuestra cultura progresista las repele,

llamándolo: asistencialismo, limosnas,

caridades, paternalismo, justificaciones,

austeridad que ni va ni viene, parches...,

decimos en nuestro lenguaje.


Esas cosas chiquitas no acaban con la pobreza,
no sacan del subdesarrollo, no reparten los bienes,
no socializan los medios de producción,
no despojan las cuevas de Alí Babá,
no trastornan el orden, no cambian las leyes...

Pero desencadenan la alegría de hacer y mantener vivo el rescoldo
de tu querer y nuestro deber.

Al fin y al cabo, actuar sobre la realidad, y cambiarla, aunque sea un poquito, es la única manera de mostrar que la realidad es transformable.



Señor de la historia y de la vida,
no sea yo quien menosprecie y deje sin hacer
las cosas pequeñas de cada día.
 

 

 

Lo que la vida me ha enseñado


1. La vida no es justa, pero, aun así, es buena.

2. La vida es demasiado corta para perder el tiempo odiando a alguien.

3. Tu trabajo no te cuidará cuando estés enfermo. Tus amigos y tu familia, sí. Mantente en contacto.

4. Liquida tus tarjetas de crédito cada mes.

5. Llora con alguien. Alivia más que llorar solo.

6. Está bien si te enfadas con Dios. Él lo puede soportar.

7. Cuando se trata de chocolate, la resistencia es inútil.

8. Haz las paces con tu pasado para que no arruine el presente.

9. Si una relación tiene que ser secreta, no debes estar en ella.

10. Nunca es demasiado tarde para tener una niñez feliz, pero la segunda depende de ti.

11. Si se trata de lo que amas en la vida, no aceptes un 'no' por respuesta.

12. Enciende las velas, usa las sábanas bonitas, ponte la lencería cara. No la guardes para una ocasión especial. Hoy es especial.

13. Enmarca todo 'desastre' con estas palabras: «En cinco años, esto importará?».

14. No te tomes tan en serio. Nadie más lo hace.

15. Cede.

16. Cree en los milagros.

17. Sal todos los días. Los milagros están esperando en todas partes.

  

 

SI EL MUNDO FUERA UNA ALDEA DE CIEN PERSONAS...

Supongamos que, respetando escrupulosamente los datos existentes sobre la Humanidad, redujésemos el mundo a una aldea de 100 personas. ¿En qué se convertiría?

En esta aldea habría 61 asiáticos, 13 africanos, 13 americanos de los hemisferios norte y sur, 12 europeos y una persona de Oceanía; 52 serían mujeres y 48 serían hombres; 67 tendrían religiones diferentes del cristianismo y 33 serían cristianos; 6 poseerían el 59% de la riqueza global, y los 6 serían ciudadanos de Estados Unidos; 80 vivirían en condiciones inaceptables, 14 no sabrían leer, 20 sufrirían desnutrición, 1 se muere de hambre, mientras que 15 están demasiado gordos. Uno (sí, sólo uno) estudiaría en la universidad y sólo 2 tendrían un ordenador".

Si esta mañana, al abrir los ojos, has podido decir que gozas de buena salud, eres más afortunado que un millón de personas que no sobrevivirán a esta semana.

Si esta mañana al levantarte, has podido lavarte la cara y asearte, eres también más afortunado que el 20% de la población mundial que no tiene acceso al agua potable y que otro 40% que no dispone de un saneamiento adecuado.

Si no has sufrido ni una sola vez los peligros de la guerra, la soledad y los tormentos del encarcelamiento y los horrores del hambre, eres más afortunado que otros 500 millones de personas en el mundo.

Si puedes profesar tu fe sin temor de ser perseguido, encarcelado, torturado o asesinado, tienes más suerte que otros tres mil millones de personas en el mundo.

Si tienes alimentos en la nevera, ropa para vestirte, un techo sobre tu cabeza, un lugar donde dormir, vives en una abundancia que no conoce el 75% de los seres humanos del mundo.

Si tienes dinero depositado en el banco, dinero en la cartera o algunas monedas en un cajón de casa, perteneces al 8% de las personas más ricas del mundo.

Si tus dos progenitores están vivos y todavía estáis juntos, eres algo realmente extraordinario.

Si puedes leer este mensaje, eres afortunado por partida doble. Esto quiere decir que, al enviarte este mensaje, alguien ha pensado en ti, y también eres mucho más afortunado que los dos mil millones de seres humanos que no saben leer.

Alguien dijo una vez: Lo que damos siempre nos es devuelto. Así, pues, disfruta trabajando como si el dinero no tuviera importancia, ama a los demás como si jamás hubieses sido herido, baila como si no hubiese nadie mirándote, canta como si no hubiera nadie escuchándote.

Y por encima de todo, ama el hecho de que tú y todos los demás vivís aquí, en esta aldea.

Quizá si un número suficiente de nosotros aprendiese a amar esta aldea, todavía estaríamos a tiempo de salvarla de la violencia que la desgarras.
 

UNOS DATOS PARA PERSARNOSLOS EN EL DIA DEL DOMUND
 

 

CANICAS ROJAS


Durante los duros años de la Revolución en un pueblo pequeño de Aguascalientes, México, solía frecuentar el almacén del Sr. Muro para comprar productos frescos. La comida y el dinero faltaban y el trueque se usaba mucho. Un día en particular, el Sr. Muro me estaba empaquetando unas patatas. De repente me fijé en un niño pequeño, delicado de cuerpo y aspecto, con ropa roída pero limpia que miraba atentamente un cajón de peras frescas. Me sentí atraído por el aspecto de las peras. Admirando las peras, no pude evitar escuchar la conversación entre el Sr. Muro y el niño.

«Hola Torio, ¿cómo estás hoy?»

- «Hola Sr. Muro. Estoy bien, gracias... solo admiraba las peras... se ven muy bien.»

«Sí, son muy buenas. ¿Cómo está tu mamá?»

- «Bien. Cada vez más fuerte.»

«Vale. ¿Hay algo en que te pueda ayudar?»

- «No, Señor. Sólo admiraba las peras.»

«¿Te gustaría llevar algunas a casa?»

- «No, Señor. No tengo con qué pagarlas.»

«Bueno, qué tienes para cambiar por ellas?

- «Lo único que tengo es esto, mi canica más valiosa.»

«¿De veras? ¿Me la dejas ver?»

- «Acá está. ¡Es una joya!»

«Ya lo veo. El único problema es que ésta es azul y a mí me gustan las rojas. ¿Tienes alguna como ésta, pero roja, en casa?»

- «No exactamente, pero casi.»

«Hagamos una cosa. Llévate esta bolsa de peras a casa y la próxima vez que vengas muéstrame la canica roja que tienes.»

- «¡Claro!. Gracias Sr. Muro.»

La esposa de Muro se me acercó a atenderme y con una sonrisa me dijo:

«Hay dos niños más como él en nuestra comunidad, todos en situación muy pobre. A Salva, mi marido le encanta hacer trueque con ellos por peras, manzanas, tomates, o lo que sea. Cuando vuelven con las canicas rojas, y siempre lo hacen, él decide que en realidad no le gusta tanto el rojo, y los manda a casa con otra bolsa de mercadería y la promesa de traerle una canica color naranja o verde tal vez.»

Me fui del negocio sonriendo e impresionado con este hombre. Un tiempo después me mudé a Guadalajara pero nunca me olvidé de este hombre, los niños y los trueques entre ellos. Varios años pasaron, cada uno más rápidamente que el anterior. Recientemente tuve la oportunidad de visitar unos amigos en Aguascalientes. Mientras estuve allí, me enteré que el Sr. Muro acababa de morir. Esa noche sería su velatorio y sabiendo que mis amigos querían ir, acepté acompañarlos.

Al llegar a la funeraria, nos pusimos en fila para ofrecer a los parientes del difunto nuestro pésame. Delante de nosotros, en la fila, había tres hombres jóvenes. Uno tenía puesto un uniforme militar y los otros dos unos lindos trajes oscuros con camisas blancas. Parecían profesionales. Se acercaron a la viuda, que se encontraba al lado del cadáver de su esposo, tranquila y sonriendo. Cada uno de los hombres la abrazó, la besó, conversó brevemente con ella y luego se acercaron al ataúd. Los ojos llenos de lágrimas de la viuda, los siguió uno por uno, mientras cada uno tocaba con su mano cálida, la mano fría dentro del ataúd. Cada uno se retiró de la funeraria secándose las lagrimas.

Llegó nuestro turno y al acercarme a la Sra. de Muro le dije quién era y le recordé lo que me había contado años atrás sobre las canicas. Con los ojos brillando, me tomó de la mano y me condujo al ataúd.

«Esos tres jóvenes que se acaban de ir son los tres chicos de los cuales te hablé. Me acaban de decir cuanto agradecían los «trueques» de Salvador. Ahora que el Sr. Muro no podía cambiar de parecer sobre el tamaño o el color de las canicas, vinieron a pagarle su deuda.

«Nunca hemos tenido riqueza» -me confió- «pero ahora mi marido se consideraría el hombre más rico del mundo.»

Con una ternura amorosa levantó los dedos sin vida de su esposo. Debajo de ellos había tres canicas rojas exquisitamente brillantes.

 

No seremos recordados por nuestras palabras,

sino por nuestras buenas acciones.

 

 

¿REZA LA GENTE?


-¿Tú rezas? El otro, que jamás me ha hablado de creencia alguna, me ha mirado estupefacto.

-¿Yo? ¡No! -pausa-. Muy poco.

íbamos por el segundo plato en el restaurante, cuando él ha salido de un breve ensimismamiento.

-Cuando se tienen hijos muy pequeños y se les acuesta -ha dicho-, se reza, ya lo creo que se reza.

Le he mirado con atención, muy interesada. -¿Por qué?

-Son tan frágiles, tienes tanto miedo por ellos, por lo que es este mundo...

¿Cómo no vas a rezar? ¿Cómo no vas a pedir que les guarden los angelitos?

¿Cómo no vas a intentar creer que existen los ángeles?

¿Me dejo algo? Sí, esa ternura que mi amigo me ha metido dentro, mis rezos de descreída por los niños pequeños de todo el mundo, que ha suscitado en mí esa ternura: No dejes de tu mano a los inocentes que ahora mismo abren los ojos, acompáñalos siempre.

-¿Cuatro esquinitas? -le pregunto.

-Cuatro esquinitas, y lo que haga falta.

Después de comer hemos caminado lentamente, agarrados del brazo, hasta mi casa. Luego nos hemos separado, y se ha ido como loco a por el coche.

Ángel de la Guarda, protégelo, he rezado, deja que este hombre acueste a sus niños todas las noches, con confianza y paz.

 

Y tú rezas...?

 
 

EL AMOR NO PASA NUNCA


Esta es la historia de un amor. De un amor que es comprensivo y servicial, que no tiene envidia, que no presume ni se engríe, que no es mal educado ni egoísta, que no se irrita, ni lleva cuenta del mal, que no se alegra de la injusticia, sino que goza con la verdad, que disculpa sin límites, cree sin límites, espera sin límites, aguanta su límites. Ese amor no pasa nunca.

Y enmarcando este AMOR se sitúa esta otra historia que lo hace resaltar hasta el extremo.

Es la historia de una joven ciega que se odiaba a sí misma y a todo el mundo precisamente por ser ella ciega. Odiaba a todos, menos a su novio que le manifestaba su cariño y la amaba de todo corazón.

Un día le dieron la noticia de que una persona anónima le había donado sus ojos, se alegró, la operaron y pudo ver. ¡Maravilloso!

Cuando podía percibir incluso los destellos más pequeños de todo lo que le rodeaba y contemplaba, el novio le preguntó si se casaría con él, a lo que ella respondió que no, porque se dio cuenta que él era ciego.

El novio, triste, lo comprendió y desapareció de su vida. En su partida le dejó esta nota: "Tan solo te pido que cuides muy bien de mis ojos, pues yo te los regalé y ahora son los tuyos. Te amo lo mismo que te amaba cuando te contemplaba con ellos y tú eras ciega".

Este relato nos trae el recuerdo de algunas frases del Evangelio de Jesús:

"Portaos en todo con los demás como queréis que los demás se porten con vosotros". (Mt. 7, 12)

"Dad y se os dará, os verterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante, pues con la medida con que midiereis se os medirá a vosotros" (Lc. 6, 38)

"Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros como yo os he amado" (Jn. 13, 34)

"Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos". (Jn. 15, 13)

"Nosotros sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida porque amamos a los hermanos" (I Jn. 3, 14)

"El amor disculpa sin límites, cree sin límites, espera sin límites, aguanta sin límites" (1ª Cor. 13, 7)


¿Qué os parece?

 

 

Mandar no es...

Situarse en una situación de privilegio que permita vivir cómodamente sin hacer nada.

• Aprovecharse de las ventajas de un cargo.

• Hacer temblar a quienes nos rodean tratando de descargar en ellos los sinsabores de los que antes fuimos víctimas.

• Hacer sufrir a los colaboradores los altibajos de humor derivados de nuestras circunstancias personales.

• Apoyarse en los subordinados como columnas sobre las que medrar, inmovilizándolos más a ellos en el sitio donde se encuentran.


Mandar sí es...

Convertir en propia la tarea que se nos ha encomendado poniendo en ella todo el interés que se pone en las cosas propias.

• Integrarse en el equipo de personas que nos han sido dadas como colaboradores.

• Marchar delante con el ejemplo, a la hora de la dificultad.

• Luchar por los intereses de los subordinados, que es una de las formas más eficaces de luchar por los intereses de la empresa.

• Crear un ambiente de confianza en el propio equipo y de armonía y colaboración con los equipos ajenos.

Mandar es oír, porque sólo quien sabe escuchar llegará a un hondo conocimiento de los problemas.

• Prever porque el Jefe que no se adelanta a los acontecimientos se verá desbordado por ellos.

• Organizar los medios, las personas, y a sí mismo, planificando debidamente el propio trabajo.

• Actuar: el jefe que quiera de verdad hacer honor a su nombre se esforzará por suplir con su inteligencia, habilidad y comprensión tanto las limitaciones y lagunas propias como las de quienes le rodean: superiores, iguales o subordinados.

Eso es optar por una empresa más humana. ¿Podemos aplicarlo a la familia?

 

EL PORQUE DE NUESTRA ALEGRIA



La fuente de nuestra alegría es más bien secreta y misteriosa. No viene, desde luego, de este mundo. El cristiano se goza más en el servicio que en el poder, más en la pobreza que en el confort, más en el anonimato que en el éxito. No es una alegría que tenga relación directa con el placer o la comodidad o la fortuna. Tampoco es cuestión de temperamento o de receta psicológica o de terapia vitalista. Está en las antípodas de la diversión prefabricada o del fármaco hedonista o de las euforias del alcohol.

La alegría cristiana viene del Señor. Es un don o fruto del Espíritu.
 



DIEZ (10) RAZONES PARA LA ALEGRIA.
 


El cristiano se alegra:

1. Porque se siente inmensamente amado.

2. Porque ha dado sentido a su vida, que no es otro que el amor.

3. Porque nunca se siente solo. Vive siempre el gozo de la comunión, tanto hacia dentro —íntima comunión divina— como hacia fuera —gozosa comunión con los hermanos—.

4. Porque ya no teme nada. Sabe que está en buenas manos, y se siente enteramente y constantemente protegido.

5. Porque asegura el cumplimiento de su esperanza y deseos. Sabe de quién se fía.

6. Porque se siente salvado. Posee ya las arras del Espíritu, «que a vida eterna sabe».

7. Porque convierte su trabajo en vocación.

8. Porque puede iluminar sus realidades oscuras, como el sufrimiento, la limitación y el fracaso. Todo lo relativiza, con gran sentido del humor.

9. Porque está seguro que nada, ni sus pecados, le apartarán de su Absoluto, de su Amor. Por eso, sabe reírse de sí mismo.

10. Porque, gracias a Cristo, incluso la muerte se le convierte en Pascua. Es por eso el hombre de la mayor esperanza.

 


POR EL AMOR



Todas las razones vienen a resumirse en una:
el amor. Sólo el que se siente amado y el que ama, puede vivir la intensa y grande alegría.

Lo que pasa es que no conozco nada del amor, y menos aún del amor de Dios. El amor no busca motivos para amar. El amor de Dios siempre es gratuito. La belleza y la perfección nunca es la causa del amor de Dios, sino el efecto. Su amor nos crea, nos recrea, nos deleita y nos santifica.

 

 
 

VIVIR COMO UN CURA

 


(En el día del Seminario)


Esta es la frase que suele emplear la gente para referir que vives muy bien. Lo sorprendente es que para vivir tan bien, como al parecer viven, escasean voluntarios. Pero, ¿qué hay que hacer para poder vivir como un cura? Poca cosa.

Lo primero dejar la familia, la profesión o el trabajo, tu vida anterior en definitiva... Y tras seis años de estudios ya está uno disponible para que el obispo le envíe a cualquier parroquia.

Una vez allí... sólo hay que estar disponible 24 horas al día y 7 días a la semana, por si alguien tiene un problema que únicamente le puede contar al cura, por si alguno tiene que pedir algo que sólo un cura le puede dar o por si un vecino decide morirse...

Asimismo, entre sus obligaciones laborales está escuchar con interés los problemas, tragedias y desgracias de todo el mundo, gratis y sin cita previa...

Escuchar los interrogantes, los miedos, insatisfacciones e incertidumbres de tantos hombres y mujeres que abandonaron un día a un Dios en el que no podían creer y acompañarles hoy en la búsqueda del verdadero rostro del Dios de Jesús...

Sembrar un poco de esperanza en tantas personas que viven sin horizonte, sin saber qué sentido dar a su vida, llenos de cosas y con el alma vacía...

Denunciar modestamente pero con libertad y sin depender de las consignas de ningún partido, las mentiras, injusticias, manipulaciones, violencias y superficialidad de nuestras vidas...

Defender los derechos humanos que todos defienden e, incluso, los que apenas defiende hoy nadie, como el derecho a la vida interior y al silencio, el derecho a morir con sentido, el derecho a ser aceptados con nuestras cobardías y pecados, el derecho de toda persona al amor y a la solidaridad de todos, el derecho a buscar a Dios...

Él, por convenio, no tiene derecho a tener problemas... Debe asumir que será el representante en el pueblo de la institución más criticada y vapuleada del mundo y sobrellevar con agrado largas e inútiles conversaciones con gente que ni le va ni le viene lo de la Iglesia, pero que se creen con derecho a opinar lo que les viene en gana, casi nunca bueno, y a exigir una respuesta argumentada y coherente...

- Felices quienes han experimentado que repartiendo cada día más sonrisas no se empobrecen, sino que aumenta su felicidad al enriquecer a quienes las reciben.

Al igual que en María, la Madre de tu Hijo, suscita en nosotros sentimientos de acogida y de entrega; con tu fuerza renovadora ayuda a nuestros jóvenes a que estén atentos a tu llamada: "con vosotros para todos".
 


LA VIEJECITA

 


En todos hay siempre mucho de positivo


Cuentan de una viejecita que nunca, nunca, nunca... hablaba mal de nadie.

Un día murió un hombre, conocido por todos, que parecía reunir todas las miserias, defectos y desgracias: era un vago, un ladrón, un borracho y, encima, pegaba a su mujer y a sus hijos pequeños... ¡Vamos!, una verdadera calamidad, un auténtico estorbo para la vecindad.

La noche de su muerte, en el velatorio, llegó la viejecita a la sala en la que se rezaba por el difunto. Todos se miraban y se decían para sí: "Seguro que de éste no dice nada bueno"

La viejecita estuvo un momento callada. Estaba claro, parecía que, efectivamente, no tenía nada que decir.

Pero mientras todos pensaban esto, al fin, habló:

"Sabía silbar... la verdad es que daba gusto oírle cuando pasaba por debajo de mi ventana todas las mañanas. Lo "echaré de menos".

 

  

 

HAZ NUEVO TU AÑO



En este año nuevo hazte nuevo, reduce tu ansiedad, cultiva flores en la esquina de tu alma, riega de ternura tus sentimientos más profundos, imprime a tus pasos el ritmo de las tortugas y la levedad de las garzas.

No te mires en los otros; la envidia es un cáncer que mina la autoestima, fomenta la agitación y abre, en medio del corazón, el agujero en el que se precipita el mismo envidioso.

Mírate en ti mismo, asume tus talentos, cree en tu creatividad, abraza con amor tu singularidad. Evita, sin embargo, una mirada narcisista. Sé solidario; al extender hacia los demás tus manos estarás oxigenando tu propia vida. No te conviertas en rehén de tu egoísmo.

Cuídate de la lengua. No profieras difamaciones ni injurias. El odio destruye a quien odia, no al odiado. Cambia la maledicencia por la benevolencia. Comprométete a expresar al menos cinco elogios por día; tu salud espiritual lo agradecerá.

No desperdicies tu existencia hipnotizado por la televisión o navegando alocadamente por Internet, náufrago en el remolino de imágenes e informaciones que no consigues transformar en síntesis racional. No dejes que la espectacularidad de los medios anule tu capacidad de soñar y te transforme en consumista compulsivo. La publicidad sugiere felicidad y sin embargo no ofrece más que placeres momentáneos.

Centra tu vida en bienes infinitos, nunca en los finitos. Lee mucho, reflexiona, atrévete a buscar el silencio en este mundo ruidoso. Allí te encontrarás a ti mismo y, con seguridad, a Otro que vive en ti y que casi nunca es escuchado.

Cuida tu salud, pero sin la obsesión de los anoréxicos ni la compulsión de quienes devoran alimentos con los ojos. Camina, practica ejercicios aeróbicos, sin descuidar acariciar tus arrugas, y no temas a las señales del tiempo en tu cuerpo. Frecuenta también una escuela de ejercitar el espíritu. Y ponle cremas revitalizadoras de la generosidad y de la compasión.

No le des importancia a lo fugaz, ni confundas lo urgente con lo prioritario.

No te dejes arrastrar por las modas. Haz como Sócrates: observa cuántas cosas se ofrecen en los mercados que tú no necesitas para ser feliz. Jamás dejes pasar un día sin un momento de oración. Si no tienes fe, sumérgete en tu vida interior, aunque sólo sea durante cinco minutos.

No te dejes desilusionar por el mundo que te rodea. Así lo hicieron personas semejantes a nosotros. Has de saber que estás llamado a transformarlo. Si te causa fastidio la política, recibirás la gratitud de los políticos que la corrompen. Si eres indiferente, te lo agradecerán los que se apegan a ella. Si reaccionas y actúas, te podrán temer, pero la democracia se hará más participativa.

Arranca de tu mente todos los prejuicios y de tus actitudes todas las discriminaciones. Sé tolerante. Ponte en el lugar del otro. Todo ser humano es el centro del universo y es morada viva de Dios. Antes pregúntate a ti mismo por qué provocas en alguien antipatía, rechazo o disgusto. Revístete de alegría y serenidad. La vida es breve y de antemano sabemos que vamos a morir.

Haz algo para preservar el medio ambiente, para sanear el aire y el agua, para reducir el calentamiento global. No uses material no biodegradable. Trata la naturaleza como lo que ella es de hecho: tu madre. De ella viniste y a ella volverás; vives del beso que te da continuamente en la boca: ella te nutre de oxígeno y de alimentos.

Reserva un espacio en tu jornada para conectarte con el Trascendente. Deja que Dios acampe en tu subjetividad. Aprende a cerrar los ojos para ver mejor.

 

¡Feliz 2017!


Con amor, tu Padre

 

 

EL NIÑO Y LOS ZAPATOS

Un día frío de diciembre en Nueva York




Un niño de 10 años estaba parado frente a una tienda de zapatos, en la acera y descalzo, mirando a través del escaparate y temblando de frío.

Una señora se acercó al niño y le dijo: «Mi pequeño amigo, ¿qué estás mirando con tanto interés en ese escaparate?».

«Le estaba pidiendo a Dios que me diera un par de zapatos», fue la respuesta del niño.

La señora le tomó de la mano y le llevó dentro de la tienda; le pidió al empleado que le diera media docena de pares de calcetines para el niño. Preguntó si podría darle también un recipiente con agua y una toalla. El empleado rápidamente le trajo lo que pidió. Ella se llevó al niño a la parte trasera de la tienda, se quitó los guantes, le lavó los pies al niño y se los secó con la toalla. Para entonces el empleado llegó con los calcetines. La señora le puso un par de los calcetines al niño y le compró un par de zapatos. Juntó el resto de pares de calcetines y se los dio al niño. Ella acarició al niño en la cabeza y le dijo:

- «Pequeño amigo, ¿te sientes más a gusto ahora?».

Mientras ella se daba la vuelta para irse, el niño le alcanzó, le cogió de la mano, y mirándola, con lágrimas en los ojos, le preguntó:

«Es usted la esposa de Dios?».

Ella se quedó sin palabras, pero empezó a llorar silenciosamente.

 

¿Pueden decir de mí algo así?

 

EL BAUTISMO

La lluvia limpia el cielo,
refresca la hierba,
se extiende sobre la tierra
y desaparece enseguida.

El agua clara
alimenta lo que crece.
Sin ella no habría vida.

Señor Jesús, danos tu luz,
que romperá la noche de nuestros miedos,
de nuestras mentiras y engaños.

Cuenta con nosotros.

Ayúdanos a ver las cosas con tu mirada,
a hablar a los que nos rodean con tu verdad
y amar a todos con tu amor.

Quita la venda de nuestros ojos
y haz que abracemos tu luz,
que caminemos con ella y hacia ella.
 

 

Pido perdón


Me desprecio a mí misma. El otro día sostuve a una enferma de alzhéimer entre los brazos mientras la bañaban. Su escueto cuerpo casi se me resbalaba en la bañera y vi a su esposo llorar por el temor a perderla.

La restregamos, frotamos y secamos. La vestirnos y la acostamos. ¿Y saben qué pensé? Pensé que su muerte sería un alivio, que me parecían un desatino la mente completamente perdida y el cuerpo desmadejado de mi amiga, un contradiós.

Al día siguiente, en un golpe de lucidez, repasé estos pensamientos de la víspera. Y decidí pararme un momento a examinar por qué una cristiana practicante, bendecida por la vida y las circunstancias económicas, familiares y sociales, podía desearle la muerte a otra persona. Recordé mis manos lavando a la mujer y su cuerpo estremeciéndose de gusto por el agua caliente y las caricias de la esponja. Recordé su alegría por los colores del camisón y un resto de mirada tierna hacía su marido.

Ella no sufría, era feliz en su simpleza. Le recordé también a él, contento con la escena, satisfecho por conservarla a su lado, por ayudarla día adía, por mi amistad. Y caí en la cuenta de que en aquella escena sólo yo puse muerte. Y no lo hice por el bien de la enferma, que disfrutaba; no lo hice por su familia, que la quiere, lo hice simple y llanamente por cobardía. Porque sufrí viéndola y no quería seguir sufriendo. Porque no tenía una respuesta ante el misterio que tenía delante. Entonces me avergoncé de mí misma y lo que es más importante, caí en la cuenta de que el día anterior mí desconcierto me impidió apreciar que la enferma disfrutaba con nosotros y con el baño, y su familia también.

Así es, amigos. La mentalidad dominante está al acecho para colarse en nuestra mente a la menor oportunidad. Para sembrarnos de duda y de miedo la cabeza e impedirnos ver la belleza, el bien, la positividad.

Pido perdón por haber vacilado, por haber censurado la hermosura. Por haber creído en el mal.

Y concluyo: si yo, que apenas veo la tele; que leo a los clásicos porque mi padre me enseñó; que soy católica porque la Iglesia me ha abrazado; que lo tengo todo, albergo alguna vez pensamientos de muerte ¿Cómo no los va a albergar el resto de mis contemporáneos, sometido a un constante bombardeo de mentiras? ¿Cómo no los van a albergar ciertos enfermos desalentados, tantas personas ideologizadas sin siquiera saberlo, tantas víctimas de la mentira?

Si estoy contenta hoy es por haber pedido perdón y por haber caído en la cuenta de la verdad. Por haber reconocido la belleza de la vida de mi amiga y su marido, y haber redescubierto que vale más que la mía porque dan testimonio de una belleza que no se somete a los estándares de calidad. Queda mucha hermosura por mostrar en un mundo tan débil y tan lleno de tristeza como estamos creando.

 

 

¿EN QUÉ SE ME NOTA QUE SOY HIJO DE DIOS?


Los hijos de Dios se notan fácilmente. Tienen un encanto especial. Son alegres y acogedores. No se dan importancia ni buscan aplauso o recompensa de cualquier tipo. Están siempre dispuestos a aceptar los trabajos más duros o más humildes. Son sinceros y responsables. No tienen miedo o saben vencer el miedo. No se echan para atrás. Son colaboradores, participativos, imaginativos. Siempre hombres de esperanza, positivos. Y son especialmente amistosos y pacificadores cálidos y cercanos, personas de toda confianza.

Viven o se esfuerzan por vivir las Bienaventuranzas.

• No aman la riqueza por encima de lodo, son austeros, sin apegos, saben compartir, incluso de lo que necesitan. Hacen opción por los pobres y se esfuerzan por ser pobres. No consienten la pobreza miserable para ningún hijo de Dios.

• No cultivan el orgullo ni se creen superiores. No envidian ni se comparan. Son humildes, vacíos de sí mismos. Es la pobreza interior, la más difícil. Por eso son sufridos, llenos de paciencia y mansedumbre. No se sienten ofendidos, porque no viven para si.

-• No son indiferentes ante los demás, sino sensibles y compasivos. Saben llorar con los que lloran, perfectos consoladores. Otros lloran por los golpes que reciben, porque la vida les trata mal. ¡Cuántas lágrimas amargas e inocentes!, No se rebelan ni odian ni se desesperan, pero lloran.

• No toleran la injusticia, aunque sea al más pequeño. Luchan por un mundo solidario, en que todos consigan su dignidad y sus derechos. Sueñan con un mundo nuevo, la civilización del amor.

• No son duros inquisidores, sino comprensivos y compasivos. Tienen entrañas de misericordia. Saben perdonar, estar cercanos, volcarse sobre las miserias humanas. Se conmueven ante cualquier sufrimiento, como Dios.

• No aman la impureza o la mentira. Tienen el corazón limpio. Son libres, no les esclavizan los vicios. Son auténticos, transparentes, verdaderos. Se lavan con agua de arrepentimiento, reconocen su fallo o su error.

• No utilizan la violencia, sólo para sí mismos. Pero irradian la paz, y la crean, la defienden. Amigos del diálogo y promotores de reconciliación y del perdón.

• No se acobardan a la hora de defender al oprimido. Lo defienden siempre aún a riesgo de ser criticados y perseguidos. Son profetas de la libertad y la justicia, y tantas veces son mártires.


¿ME REFLEJO EN ALGUNO DE ESTOS RASGOS?

 

 

COSAS QUE PUEDEN PASAR


Aunque me tapo los oídos con la almohada y grito de rabia cuando suena el despertador... gracias a Dios que puedo oír:
hay muchos que son sordos.

Aunque cierro los ojos cuando me despierto, el sol se mete en mi habitación... gracias a Dios que puedo ver: hay muchos ciegos.

Aunque me da pereza levantarme de la cama y ponerme en pie... gracias a Dios que tengo fuerzas para hacerlo: hay muchos postrados que no pueden.

Aunque me enfado cuando no encuentro mis cosas en su lugar porque alguien lo desordenó... gracias a Dios que tengo familia: hay muchos solitarios.

Aunque la comida no estaba muy buena y el desayuno fue peor... gracias a Dios que tengo alimentos: hay muchos con hambre.

Aunque mi trabajo en ocasiones sea monótono y rutinario... gracias a Dios que tengo ocupación: hay muchos desempleados.

Aunque no estoy conforme con la vida, peleo conmigo mismo y tengo muchos motivos para quejarme... gracias a Dios por la vida.

Cuando me quejo que nadie me quiere... gracias al Padre de los Cielos porque envió a su Hijo Jesús. Él me ha demostrado su amor.

Gracias, Padre, por el aire que respiro, varios han dejado de hacerlo hoy.

Son tantas las cosas que tengo que agradecerte...

Por cada día que me permites despertar a la vida...

Gracias, Señor.


 

 

 

 

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