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CONTRAPORTADA

EL DOMINGO

 

 

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Valorarse y aceptarse a sí mismoMárcate un tiempo muerto en tu vida
¿Se me nota?Cosquillas en el corazón
Piensa bienPoema del alzheimer
Voy a luchar por vosotrosUna cosa es ser Dios y otra ser Abbá
Una comida diferente 
  
  
  

 

 

 

 

VALORARSE Y ACEPTARSE A SI MISMO

 

Hoy, en el autobús, vi una bella muchacha
de dorada caballera.

Me ha dado envidia. Parecía tan feliz,
y he deseado ser tan hermosa como ella.

De pronto, se ha levantado para salir,
y la he visto cojear por el pasillo;
sólo tenía una pierna y llevaba una muleta,
pero me sonrió, al pasar.

¡Oh Dios, perdóname cuando me quejo;
que yo tengo dos pies... y el mundo es mío!

(ANÓNIMO)


1. Las personas que se aceptan a sí mismas son felices.

2. A las personas que se aceptan a sí mismas les resulta fácil relacionarse con los demás.

3. Las personas que se aceptan a sí mismas siempre están abiertas a ser amadas y elogiadas.

4. Las personas que se aceptan tienen el poder de ser realmente ellas mismas.

5. Las personas que se aceptan a sí mismas se aceptan tal como son en el momento presente.

6. Las personas que se aceptan son capaces de reírse de sí mismas con frecuencia y sin dificultad.

7. Las personas que se aceptan a sí mismas tienen la habilidad de reconocer y atender sus propias necesidades.

8. Las personas que se aceptan a sí mismas son independientes.

9. Las personas que se aceptan a sí mismas mantienen un buen contacto con la realidad.

10. Las personas que se aceptan a sí mismas son asertivas.

 

¡Márcate un tiempo muerto en tu vida!
 


Amigo, veinticuatro horas tiene un día y, me imagino, que tú como tantas personas entre las que me incluyo yo, necesitaríamos de alguna hora más... Jugamos el partido de la vida a tiempo corrido, sin pensar, y claro... ¡las buenas jugadas brillan por su ausencia!.

Te invito a que a partir de hoy hagas, al menos 10 tiempos muertos a lo largo del día. Cada tiempo muerto de un minuto... ¿te atreves?... Pues apunta:

1. Piensa en algo bonito que te haya ocurrido últimamente.

2. En tu trabajo, en tu..., acércate a alguien con el que no hayas hablado nunca o muy poco, y pregúntale simplemente qué tal está.

3. Manda un mensaje de ánimo, de alegría, de amistad... a alguien que guardaste en la agencia del móvil por compromiso o por interés y que tienes pensado borrar de la memoria.

4. Descubre "algo bueno" en esa persona para la que siempre tienes pensamientos negativos.

5. Abre la Biblia, por algún evangelio, escoge al azar dos o tres versículos, y piensa qué es lo que Dios quiere hoy de ti.

6. Sonríe... sí, aunque no tengas motivos, sonríe sin pensar en absoluto, ¡sonríe y punto!.

7. Quédate mirando a un niño, presta mucha atención a todo lo que hace: sus gestos, sus palabras, su mirada...

8. Repite varias veces y en voz baja lo pletórico que estás hoy, porque DIOS te quiere con toda su alma.

9. Echa una parrafada con Jesús, de lo que sea, del trabajo, de la novia, del mendigo de la esquina o del último grano que te ha salido esta mañana.

10. Simplemente cierra los ojos y haz silencio en tu vida.

Ya ves, amigo, que no hay que tener un bagaje cultural impresionante o una preparación intelectual descomunal para llevar a cabo estos tiempos muertos. Sólo hace falta un poco de tiempo...
¡Ánimo! Verás cómo las jugadas que hagas después de cada tiempo muerto ganan muchos enteros.

 

¿SE ME NOTA?



Se nota fácilmente quienes siguen a Jesús Resucitado. Tienen un encanto especial.

Son alegres y acogedores.

No se dan importancia ni buscan aplauso o recompensa de cualquier tipo.

Están siempre dispuestos a aceptar los trabajos más duros o más humildes.

Son sinceros y responsables.

No tienen miedo o saben vencer el miedo.

No se echan para atrás.

Son colaboradores, participativos, imaginativos.

Siempre personas de esperanza, positivas.

Y son especialmente amistosas y pacificadoras cálidas y cercanas, personas de toda confianza.


VIVEN O SE ESFUERZAN POR VIVIR LAS BIENAVENTURANZAS.

No aman la riqueza por encima de todo, son austeras, sin apegos, saben compartir incluso de lo que necesitan. Hacen opción por los pobres y se esfuerzan por ser pobres. No consienten la pobreza miserable para ningún hijo de Dios.

No cultivan el orgullo ni se creen superiores. No envidian ni se comparan. Son humildes, vacías de sí mismas. Es la pobreza interior, la más difícil. Por eso son personas sufridas, llenas de paciencia y mansedumbre. No se sienten ofendidas, porque no viven para sí.

No son indiferentes ante los demás, sino sensibles y compasivas. Saben llorar con los que lloran, perfectas consoladoras. Otros lloran por los golpes que reciben, porque la vida les trata mal. ¡Cuántas lágrimas amargas e inocentes! No se rebelan ni odian ni se desesperan, pero lloran.

No toleran la injusticia, aunque sea al más pequeño. Luchan por un mundo solidario, en que todos consigan su dignidad y sus derechos. Sueñan con un mundo nuevo, con la civilización del amor.

No son duras inquisidoras, sino comprensivas y compasivas. Tienen entrañas de misericordia. Saben perdonar, estar cercanas, volcarse sobre las miserias humanas. Se conmueven ante cualquier sufrimiento, como Dios.

No aman la impureza o la mentira. Tienen el corazón limpio. Son libres, no les esclavizan los vicios. Son auténticas, transparentes, verdaderas. Se lavan con agua de arrepentimiento, reconocen su fallo o su error.

No utilizan la violencia, sólo para sí mismas. Pero irradian la paz, y la crean, la defienden. Para todos, personas amigas del diálogo y promotoras de reconciliación y del perdón.

No se acobardan a la hora de defender al oprimido. Lo defienden siempre aún a riesgo de ser criticadas y perseguidas. Son profetas de la libertad y la justicia, y por eso, tantas veces son mártires.
 



¿ME REFLEJO EN ALGUNO DE ESTOS RASGOS?

 

 

COSQUILLAS EN EL CORAZÓN


Mientras socialmente publicitamos como camino a la felicidad el consumo, la acumulación de cosas y el disfrute de placeres, hay quienes escogen el recoleto sendero de la renuncia. Elena era una chica normal y corriente, estudiante de Farmacia, que salía a divertirse y le encantaba ir al cine. Hasta que conoció a las monjas que atendían la residencia universitaria en que se alojaba en Sevilla.

"Me llamaba mucho la atención lo alegres que estaban siempre y me preguntaba qué sed debían tener para dejarlo todo y entregar su vida a Dios". Así fue cómo aquella joven extremeña se convirtió en la monja Elena, que hoy, con 43 años, es responsable del monasterio de Concepcíonistas Franciscanas Santa María del Socorro.

"Yo sabía que la clausura me suponía renunciar a estar presente físicamente en acontecimientos de mi familia. También me hubiera gustado viajar por el mundo o ir al cine los domingos por la tarde. Pero yo no vivo desde la renuncia, sino desde la acogida a la opción que he elegido y que me llena de felicidad".

Cuesta entenderlo, pero la monja Elena asegura que la vida contemplativa colma todas sus aspiraciones. "Sí, me encuentro a gusto con lo que soy y con lo que el Señor me ofrece. Y no es sólo porque a veces me haga cosquillas el corazón, sino por muchas otras pequeñas cosas que recibo del contacto con otras personas. Estoy a gusto con lo que estoy haciendo. No vivo desde la frustración".

La monja Elena tiene una explicación más para quienes no encuentran sentido a renunciar a todos los placeres y oportunidades que ofrece el mundo exterior. "En todos los aspectos de la vida tenemos que estar abiertos al amor, y el amor implica siempre renuncia, pero da la felicidad. A cada cual desde su propia vocación".

 

PIENSA BIEN


-Piensa bien, pues los que te han hecho sufrir, tal vez no sean tan malos. Manifiesta, eso sí, tu dolor, con paz y tranquilidad.

-Piensa bien, pues los que no son de tus ideas políticas o religiosas, no tienen por qué ser tus enemigos. Aprende a distinguir el enemigo del adversario. Este piensa distinto de ti; aquel está en contra de tu persona. En todo caso, aprende a perdonar y él también cambiará.

-Piensa bien, pues los que no discurren como tú, tal vez no sean unos ignorantes. ¡Qué bien sí somos capaces de encajar e integrar las ideas de todos! Respeta las suyas y haz que respeten las tuyas, con eficacia pero sin agresividad.

-Piensa bien, pues los que no te caen simpáticos no tienen por qué ser malas personas. Tal vez no son muy buenas pero no conectas con ellas. Examínate qué parte tienes tú en su actitud.

-Piensa bien, pues los que son más viejos que tú, tal vez no sean unos atrasados. Han vivido mucho y quizás han sufrirlo mucho. Aprovéchate de su experiencia y de su interioridad. Quiérelos por encima de sus ideas con tal de que te dejen a ti actuar en paz.

-Piensa bien, pues los que son más jóvenes que yo tal vez no sean unos inexpertos. Ahora tienen más preparación. Escúchalos y sé paciente con ellos.

-Piensa bien, pues los que tienen más éxito que tú tal vez lo han merecido o han dedicado más esfuerzo. Acepta incluso que han tenido más suerte. Lo ganará tu corazón.

-Piensa bien, pues los que te contradicen tal vez tienen razón. Dales las gracias, porque ayudan a clarificar tus ideas, confirmar los puntos clave y purificar tus actitudes.

-Piensa bien, pues los que te han dicho una palabra amable tal vez lo han dicho desinteresadamente, sin pedir nada a cambio si no es un ambiente de cordialidad. Devuélvesela tú a ellos igual.

- Piensa bien, pues los que te han hecho un favor, tal vez lo han hecho de mil amares. Suele suceder. Y haz tú lo mismo con entrega y generosidad.

 

POEMA DE ALZHEIMER



No me pidas que recuerde algo,
lo que tú pretendes que yo recuerde.

No trates de hacerme comprender nada

No intentes explicármelo.
Déjame descansar.

Sólo te pido una cosa:

Hazme saber que estás conmigo.

Abraza mi cuello y acaricia mi mano.

Estréchame fuerte en tus brazos.

Estoy triste, enfermo y perdido.

Todo lo que sé es que te necesito.

No me abandones.

No pierdas la paciencia conmigo.

No jures, no grites, no llores.
Es que no puedo hacer nada
con lo que me ocurre.

No puedo sacar nada de mí.
Sólo sé darte mis manos.

Aun si trato de ser diferente, no lo logro.
Se me oscurece todo. Todo.

Recuerda que te necesito.

Que lo mejor de mí ya se perdió
en la profunda niebla de mi atardecer prematuro.

Tú no me abandones, quédate a mi lado.

Ámame, hasta el fin de mi vida.
 

 

 

Voy a luchar por vosotros, porque no hay nada que me de más calma que imaginaros a todos descansando con vuestros ojitos cerrados paseando por el país de los sueños. Con la ilusión de mañana volver a la escuela a llenar de carcajadas los patios del colegio.

Que las aulas se adornen con la inocencia de vuestras miradas.

Para mí no hay nada más especial que verte echarle el brazo por encima a ese compañero que lo necesita tras la comprensión de un suspiro.

Los niños no entendéis de violencia y nosotros tenemos que seguir enseñándoos que ese término no significa nada, está vacío, hueco de significado, que sólo existe el término sonrisa e ilusión, para poder seguir disfrutando de vuestras pestañas llenas de pasión en la cena antes de ir a dormir.

Yo estoy aquí con las mismas ganas de protegerte que tienes tú por jugar mañana con la brisa que despeina tu pelo, y los rayos de sol que nunca se cansaran de peinar las carreras de tu alegría.

No me llores pequeña que mañana el día comienza de nuevo, y yo volveré a estar aquí contigo, agarrando fuerte tu mano, demostrándote que el miedo desaparece si lo miramos los dos de frente, nada hay que temer, porque por grande que le pareció Goliat a David, al final resultó que lo único que había que tener grande para arrodillar a ese gigante era el corazón de buenas noches familiar.

Feliz viaje a las estrellas

 

 

Jesús decía: "iAbbd, Padre!; todo es posible para ti; aparta de mi esta copa,

pero no sea lo que yo quiero, sino lo que quieres (Mc.14, 36)

¡No recibisteis un espíritu de esclavos para recaer en el temor; antes

bien recibisteis un espíritu de hijos adoptivos que nos hace exclamar:

¡Abbd, Padre! (Rom. 8,15)


Una cosa es ser Dios y otra ser Abbá.


Dices "Dios" y se te llena la casa
de teólogos, filósofos, obispos
y hasta la Inquisición con sus calculadoras de herejes.

"Dios" es una palabra demasiado contaminada
para expresar a Dios.

Diciendo, en cambio, "Abbá"
no sabes muy bien lo que dices
(¿acaso lo sabe un niño cuando balbucea "papá"?)
pero, hablando de Dios, es justo que sea así:
si supiésemos exactamente qué es Dios
(como algunos creen que lo saben)
qué Dios tan pequeño sería.


Sólo sabes que "Abbá" es algo muy bueno,
con una bondad que le viene de su bondad.
Llamar a Dios "Abbá" es reconocer
que todo lo que decimos sobre Dios es sólo aproximación,
excepto cuando lo pensamos
a partir de lo que de más divino tiene el hombre:
la bondad, la misericordia, la ternura.


Dios impulsa a disentir,
"Abbá" a comprender y a perdonar.


Los hombres se enfrentan unos a otros en nombre de Dios;
nunca podrían hacerlo en nombre de Abbá.


Dios produce ateos;
Abbá, hijos invitados a crecer
(aunque, para crecer,
haya que irse alguna vez de casa).


Con Dios la gente tiende a sentirse esclava,
en cambio, el espíritu de hijos
que está dentro de nosotros
grita: "Abbá" (papá).


Quizá por eso Jesús no nos enseñó a decir Dios,
sino ABBA.
 

 

UNA COMIDA DIFERENTE



Pagó la última ronda de unas cervezas que le habían sentado divinamente después de una intensa semana de trabajo, se lo habían pasado bomba despotricando del viaje del Papa, de la hipocresía de la Iglesia, de todo lo que les pedía el anticlericalismo que los unía como la amistad que se profesaban y que les servía para estar colocados en la misma empresa pública de la Junta. Se fue a casa para comer algo antes de echarse una buena siesta, pero de camino se encontró con un olor que lo llevó directamente hasta el paraíso efímero de su infancia. Un olor a cocido, a caldo humeante, el aroma que lo recibía cuando llegaba a su casa después del colegio, con su madre atareada en la humilde cocina donde la olla hervía sin cesar.

Entró en un local que le pareció un restaurante modesto, pero con encanto; iba distraído, pensando en el Informe Técnico sobre Prevención de Riesgos Psicosociales de las Personas Expuestas a Situaciones de Disrupción Económica Familiar que le habían encargado en la empresa pública donde trabaja. En realidad, no era un restaurante; sino un autoservicio frecuentado por gente de toda condición. Había personas ataviadas a la antigua usanza, junto a individuos solitarios que vestían según las normas alternativas del arte povera. De pronto abrió los ojos y se quedó pasmado al comprobar que, quien le servía la comida en la bandeja, era una monja.

Aquello era un comedor social y se vio rodeado de eso que nunca se nombra en los informes ni en los dosieres que prepara: pobres. Quiso retirarse; pero la monja no lo dejó. Le sonrió y le dijo que no se preocupara, que la primera vez es la más complicada, que no debía avergonzarse de nada, que el cocido estaba buenísimo y que, de segundo, había filete empanado; que no se perdiera las vitaminas de la ensalada ni de la fruta, y que podía rematar la comida con un helado de los que había regalado una fábrica cuyo nombre obvió. Se vio sentado a una mesa donde un matrimonio mayor, y bien vestido, comía en silencio, sin levantar los ojos de la bandeja. Enfrente, un tipo con barba descuidada sonreía mientras devoraba el filete empanado y le contaba su vida; había perdido el trabajo, el banco se había quedado con su casa, después del divorcio no sabía a dónde ir; menos mal que las monjas le daban comida y ropa, y que dormía en el albergue bajo techo. "Al final, he tenido suerte en la vida, compañero; así que no te agobies, que de todo se sale..."

No podía creer lo que estaba sucediendo. Nadie le había pedido nada por darle de comer, ni le habían preguntado por sus creencias.
Se limitaban a darle de comer al hambriento, sin adjetivos. Al salir, no le dio las gracias a la monja que le había dado de comer. Pero no fue por mala educación, sino porque no podía articular palabra. Una inclinación de cabeza. Ella le contestó con una sonrisa leve. "Vuelve cuando lo necesites y, si no estoy, di que vienes de parte mía. Me llamo Esperanza"

 

 

 

 

 

 

 

 

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