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El Día del Señor ¿Quién es Jesús?  

 

 

 

 

 

 

 

 

HOMILÍAS PARA EL VERANO

Joaquín Madurga

 

 

 

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DOMINGO 12° del T. O. Ciclo C

¿Quién decís que soy yo?
 

Introducción
 

La primera lectura (Zac 12,10-11; 13,1) apunta hacia la acción redentora del enviado de Dios: «Me mirarán a mí, a quien traspasaron» (Zac 12,10-11).

El salmo nos invita a anhelar al Señor: «Mi alma está sedienta de ti, Señor, Dios mío» (Sal 62,2.3-4.56.8-9).

San Pablo hace referencia al bautismo, por el que «os habéis revestido de Cristo» (Gál 3,26-29).

«¿Quién decís que soy yo?». Pregunta fundamental la que el evangelio nos plantea y a la que nos ayuda a acertar con la respuesta: «El Mesías», que muere y resucita (Lc 8,18-24).

Homilía

«¿Quién dice la gente que soy yo?». Con los medios de sondeo y opinión con que contamos hoy, podríamos confeccionar una respuesta muy amplia, abarcando múltiples sectores: cristianos y no cristianos, creyentes y no creyentes, de distintas religiones e incluso de quienes no pertenecen a ninguna religión.

Una mayoría absoluta daría una respuesta muy similar a la que recoge el evangelio hace dos mil años. «Que ¿qué pienso de Cristo?: Pues que fue una gran persona». «Que hizo una gran aportación a la Historia». «Que fue un gran profeta que, por ir con la verdad por delante, se lo quitaron de en medio». «Que dijo cosas preciosas, pero un tanto utópicas». «Que hace falta que, de vez en cuando, aparezca alguien como él que muestre un modo nuevo de mirar la vida y las personas...».

Seguro que todos nosotros participamos en ese modo de considerar a Cristo como un gran personaje. Pero Jesús quiere llevarnos más allá. O, mejor dicho, quiere llevarnos más adentro, a nuestro propio interior, para lanzarnos la pregunta fundamental de todo cristiano: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?».

Seguro también que con Pedro cada uno de nosotros dará la respuesta: «Tú eres el Mesías de Dios». Pero es posible que, como Pedro, no acertemos a desentrañar el auténtico contenido de tal afirmación y nos quedemos en un concepto genérico del Mesías como «salvador», como «milagrero» o como «libertador del pueblo», pero siempre desde fuera: desde fuera de él mismo, con una especie de poder mágico que irradia; y desde fuera de nosotros mismos, dejando simplemente que llegue a nosotros esa acción salvadora, pero sin poner nada de nuestra parte y sin cambiar nuestro interior.

El Señor desmonta, desde luego, la idea de «Mesías político» que seguramente rondaba la cabeza de Pedro y de los apóstoles, encontrándose como se encontraban llegando a la gran ciudad de Cesarea de Filipo, emporio y símbolo de la dominación romana. Es un detalle que aporta san Marcos al relatarnos esta misma escena, y era una idea demasiado extendida y enraizada en la convicción del pueblo como para no participar de ella los discípulos. Por si acaso, Jesús la descarta de salida, y ese puede ser el sentido directo de «les prohibió terminantemente decírselo a nadie», al escuchar la respuesta de Pedro: «Tú eres el Mesías de Dios».

Pero también desmonta el Señor la idea de un Mesías que salva «desde fuera». Cristo es el Mesías que salva «desde dentro». Desde dentro de sí mismo, con una ofrenda y entrega total a la voluntad del Padre; dándolo todo y dándose todo: hasta el sufrimiento, la afrenta, la pasión y la muerte en cruz. Pero también hasta la resurrección. «El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, ser desechado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar al tercer día». Él es el Mesías hacia el que apuntaba la primera lectura: «Me mirarán a mí, a quien traspasaron».

Y Cristo es el Mesías que salva desde dentro de nosotros mismos: incorporados a él, revestidos de él, identificándonos con él, según nos decía la Carta a los Gálatas. O, con palabras del Señor en el evangelio: «El que quiera seguirme, que se niegue a sí mismo, cargue con su cruz cada día y se venga conmigo».

Eso es lo grande y lo apasionante de confesar a Cristo como «el Mesías»: hacerse como él, transformarse en él, adoptar su mismo estilo de vida y darla como él. Y darse como él, negándose a sí mismo, es decir, negándose a cuanto, por buscarse a sí mismo desde el egoísmo, nos impide ser de verdad nosotros mismos; entregando la vida por el bien de los demás, que es el único modo de encontrar una vida plena de sentido; cargando con la cruz de cada día para que, lejos de ser la cruz de nadie, ayudemos a llevar la cruz a quienes caminan junto a nosotros.

Sencillo pero importante compromiso este de llevar con garbo la cruz de cada día: la de la convivencia, a veces difícil, la de la comprensión y aceptación de los otros aun cuando no piensen o no sean como a nosotros nos gustaría. Que nadie de quienes pasan estos días con nosotros tenga que decir: «¡Qué cruz me ha caído contigo!». Al contrario, que dé gusto estar a nuestro lado.

«Señor, tú eres el Mesías de Dios». Que sea esta la respuesta que demos a Cristo al celebrar con él la Eucaristía. Él, por su parte, va a repetir su invitación a seguirle: «El que quiera seguirme... que se venga conmigo». Nos considera de los suyos; somos de los suyos, como nos decía san Pablo: «Todos sois uno en Cristo Jesús». Y va a actualizar entre nosotros su acción de Mesías salvador, renovando su entrega hasta la muerte, y su conquista de resurrección.



DOMINGO 13° del T. O. Ciclo C

Seguir a Jesús
 

Introducción
 

La primera lectura nos presenta a Eliseo como ejemplo de respuesta a la llamada de Dios. Lo deja todo por seguir la invitación que Elías le dirige en nombre del Señor (1 Re 19,16b.19-21).

Dios es lo único que cuenta: «El Señor es el lote de mi heredad», reza el salmo de respuesta (Sal 15,12a.5.7-8.9-11).

«Para vivir en libertad, Cristo nos ha liberado», dice Pablo en la Carta a los Gálatas (Gál 5,1.13-18).

También el evangelio de Lucas habla de llamamiento, y de las exigencias que entraña el seguimiento a Jesús (Lc 9,51-62).

 

Homilía

¿Queréis que os diga la verdad? A mí este evangelio me deja un tanto desconcertado. Bueno, a mí y, por lo visto, también a los mismos discípulos, que comenzaron por no entender el empeño de Jesús en emprender el camino a Jerusalén, después de advertirles que allí iba a padecer y a morir; que se disgustaron enormemente por la negativa de aquel pueblo de Samaría a darles alojamiento y que escucharon atónitos las duras exigencias que impuso durante el viaje a quienes quieren seguirle. San Marcos dice expresamente en este pasaje que «estaban sorprendidos y le seguían por detrás con miedo», y san Mateo afirma que «estaban consternados».

Pero la decisión de Jesús de «subir a Jerusalén, es precisamente la clave para, entendiéndola, entender todo lo demás. San Lucas nos ofrece una excelente catequesis al respecto. Su Evangelio culmina en esta última subida, a la que nos introduce con la siguiente afirmación: «Cuando se iba cumpliendo el tiempo de ser llevado al cielo, Jesús tomó la decisión de ir a Jerusalén». Es la subida a la glorificación, pero pasando inexorablemente por la cruz y la muerte. Solamente con la luz pascual de la resurrección los discípulos entendieron el verdadero significado de aquella decisión, que en aquel momento les dejó perplejos. Y solamente desde esa perspectiva podemos salir de nuestro desconcierto y entender las exigencias del Señor a quienes quieren seguirle.

En primer lugar, la exigencia de no violencia, incluso de respeto para quienes no comparten nuestras ideas. El Señor «regañó» a Santiago y Juan, que pedían solicitar «fuego del cielo» para acabar con aquella aldea de Samaría que no había querido darles alojamiento. Llegado el momento, reprenderá a Pedro, al querer defenderlo con la espada. Y, en pleno tormento de la cruz, implorará del Padre el perdón para quienes le han crucificado: «Padre, perdónalos».

Después, la exigencia de pobreza y disponibilidad absoluta: «Las zorras tienen madriguera y los pájaros nido, pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza».

Y como culmen, la exigencia de desapego total, de dejarlo todo, incluso la familia, de romper con el pasado. Eso es lo que en realidad significa el imperativo de Jesús al que le pide ir primero a enterrar a su padre o al que solicita poder despedirse de la familia. Más allá de la literalidad de las expresiones, descubrimos el verdadero requerimiento que Cristo hace a sus seguidores: desprenderse de todo, superar las categorías anteriores en las que uno estaba instalado y dedicarse a «anunciar el reino de Dios». «El que echa mano al arado y sigue mirando atrás no vale para el reino de Dios».

Sabiendo que la llamada es a «anunciar el reino de Dios», a construir un mundo nuevo de paz, de justicia y de dicha, comenzando por los pobres de esta tierra, entenderemos mejor la exigencia de romper con un pasado y un mundo viejo de conflictos, de injusticias y de desasosiego permanente. «Deja que los muertos entierren a sus muertos». Lo único que realmente hemos de enterrar y de lo que en verdad nos hemos de despedir es de esa vida anterior anclada en la maldad y el pecado. A partir de ahí hay que emprender la marcha siempre hacia adelante en busca de la construcción del nuevo reino.

Nosotros gozamos de la ventaja de poder interpretar el mensaje del Señor con la luz pascual, como los apóstoles tras la resurrección. Por eso sabemos que la llamada de Jesús es un privilegio incomparable, y la decisión de seguirle, una aventura increíble y maravillosa. Conocemos que el camino hacia Jerusalén sube hasta la cruz y que, por tanto, el seguir a Cristo supone sufrimiento, romperse a sí mismo y darse en entrega total. Pero conocemos también que el final es de vida y resurrección no sólo para el «más allá», sino «ya y ahora» para cuantos, en virtud de nuestro sacrificio, unido al del Señor, vayan siendo rescatados del dolor, del mal y de la muerte. Es el reino de Dios, ese nuevo orden social de convivencia y fraternidad, el que va resurgiendo desde la cruz y el que han de anunciar los seguidores de Cristo.

Traducido en lenguaje directo y práctico: ser cristiano y seguir a Jesús es dejar esa vida instalada y egoísta, siempre mirándonos a nosotros mismos y a lo nuestro, para emprender el camino fascinante de unirnos a los demás, de pensar en los demás, de ayudar y hacer la vida agradable y llevadera a los demás.

No sintamos pena de no tener donde reclinar la cabeza, ni sintamos la tentación de la añoranza de seguir mirando hacia atrás, porque a cambio encontraremos la dicha de una vida que va llenándose de sentido y experimentaremos la satisfacción de muchas vidas que van encontrando un nuevo resurgir. Pero, sobre todo, disfrutaremos de la presencia de Cristo que camina a nuestro lado y al que podremos dirigirnos con todo el gozo de nuestro corazón con el salmo de respuesta: «El Señor es el lote de mi heredad».

La primera lectura nos presentaba el ejemplo de la respuesta de Eliseo a la llamada de Dios a través del profeta Elías. Era un hombre acomodado, pero lo dejó todo, «cogió la yunta de bueyes y los ofreció en sacrificio... y ofreció de comer a su gente».

Hoy es el mismo Señor quien celebra el festín de la Eucaristía con sus elegidos. Que el participar de su convite nos dé fuerzas y ánimo y nos colme del gozo de sentirnos seguidores de Jesús.
 

 

DOMINGO 14° del T. O. Ciclo C

Mensajeros de la paz
 

Introducción
 

Nuestro Dios es el Dios de la paz. Una paz que correrá abundante cuando llegue su salvación: «Yo haré derivar hacia ella, como un río, la paz» (Is 66,10-14c).

El pueblo que recibe tal promesa se postra y aclama al Señor: «Aclamad al Señor, tierra entera» (Sal 65,13a.7a.16.20).

También san Pablo pide en la Carta a los gálatas que «la paz y la misericordia de Dios vengan sobre todos» (Gál 6,14-18).

Y Jesús en el evangelio envía a los setenta y dos discípulos como mensajeros de la paz (Lc 10,1-12.17-20).

 

Homilía

«¿Cuál es el papel de la Iglesia y del cristiano en el siglo XX?». ¿Os suena la pregunta? Como suele decirse en estos casos: es la pregunta del millón. Podemos afirmar que ha sido la pregunta más repetida durante todo el siglo, especialmente después del Vaticano II.

Hemos iniciado ya el siglo XXI, el tercer milenio, y continuamos planteándonos la misma cuestión: «¿Cuál es el papel de la Iglesia y del cristiano en el siglo XXI?». Y hacemos bien, porque, en definitiva, de su respuesta depende el que cumplamos con nuestra misión cristiana, es decir, con la tarea que Jesús nos ha encomendado para continuar su obra salvadora a través de los tiempos.

Efectivamente, hemos de saber en qué mundo vivimos y debemos conocer, cuanto más mejor, qué es lo específico que hemos de aportar para llevar el evangelio y la salvación de Cristo a las estructuras y a las gentes de nuestro tiempo.

Pero, por una parte, nos encontramos codo a codo con otras muchas gentes y organizaciones que, desde planteamientos no cristianos e incluso ni siquiera religiosos -ONGs, asociaciones, plataformas, coordinadoras...-, mantienen muchos puntos de coincidencia con nuestros objetivos cristianos de paz, de justicia, de solidaridad... Es lógico entonces que nos preguntemos: «¿Qué puede aportar un cristiano? ¿Qué añade el ser cristiano a dichos quehaceres?». Porque corremos el riesgo de que nuestro sentido cristiano quede tan diluido que lleguemos a la conclusión de que da igual ser cristiano o no serlo.

Por otra parte, al ver que las estructuras eclesiales están tan bien organizadas y extendidas por todos los rincones del mundo, corremos otro riesgo: el de instalarnos cómodamente y pensar que nuestra misión es dispensar salvación a través de nuestros despachos, oficinas, parroquias, organizaciones religiosas, departamentos sociales, obras de caridad... etc.

Comenzando por lo último, diremos que todo eso está muy bien. Como está muy bien, ¡y bendita la hora!, el haber incorporado a nuestros medios de evangelización los últimos adelantos de la técnica audiovisual, y hasta el habernos introducido en Internet. Pero todo ello son medios para...; y el para, el fin, el objetivo, la misión, nuestra misión cristiana es lo que hemos de redescubrir y replantear continuamente para ser fieles al envío del Señor.

Para ello necesitamos volver una y otra vez al evangelio y escuchar y desentrañar el mensaje de Jesús. El evangelio de hoy es una pieza ideal, porque la misión a que Cristo envía a los setenta y dos discípulos es la misma que nos encomienda a todos sus seguidores.

Y lo primero que aprendemos es que el Señor no se instala en un despacho de Jerusalén, pongamos por caso, ni lo hace con los suyos. Siempre en camino, siempre en búsqueda de las gentes. Él y sus enviados. «Designó el Señor otros setenta y dos y los mandó a todos los pueblos y lugares a donde pensaba ir él... "¡Poneos en camino!"». Son los sitios en los que viven los hombres donde el cristiano ha de desarrollar su misión. Ha de salir a su encuentro. Ha de caminar con ellos. Ha de participar de su misma existencia.

«Los mandó de dos en dos». Aunque cada uno debamos desempeñar nuestra propia tarea, no podemos olvidar la dimensión comunitaria del creyente. En la comunidad, en la parroquia, en los grupos de apostolado, recobraremos el ánimo, revisaremos nuestras actividades y celebraremos en comunión de fe y esperanza nuestra opción de vida cristiana.

Y llevaremos la paz. «Cuando entréis en una casa, decid primero: Paz a esta casa». Portadores de paz. Mensajeros de la paz». El don del Señor resucitado, «Paz a vosotros», es el don a transmitir como primera buena nueva por sus enviados. El evangelio es siempre portador de paz, de gozo, de esperanza. El cristiano nunca debería aparecer como una persona triste, y menos aún pesimista y catastrofista. Las únicas alforjas que debe llevar son las de su corazón lleno de esperanza. Y con esa esperanza ha de transmitir el núcleo de su mensaje: «Está cerca de vosotros el reino de Dios».

El reino de Dios. He ahí la gran noticia a comunicar: sus valores de trascendencia, de convivencia fraterna, de solidaridad en comunión, de hermandad universal entre pueblos y gentes. Y la presencia comprometida de Dios en su proyecto, y el anticipo de la realidad ya conquistada por Cristo en ese reino de justicia, de paz y de amor, inaugurado en su resurrección. Naturalmente que la implantación del reino de Dios entrará en conflicto con el imperio del mal que domina el mundo: «Mirad que os mando como corderos en medio de lobos». Pero nadie ni nada, en medio de la prueba y de la dificultad, podrá arrebatarle al creyente «la paz y la misericordia de Dios» que san Pablo pedía para todos los que vivan como él: «Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo» (Segunda lectura).

- «¿Cuál es el papel del cristiano en el mundo de hoy?», comenzábamos preguntando al principio. Pues justamente revelar esa dimensión trascendente y esperanzadora del reino de Dios que Cristo conquistó y que nos encomienda implantar en el mundo. Somos mensajeros de la paz y portadores de esperanza para que ese reino llegue como buena noticia a los pobres y como salud y respuesta a los enfermos y necesitados: «Curad a los enfermos que haya, y decid: "Está cerca de vosotros el reino de Dios"».

El Señor nos envía. Pero va con nosotros. Ahora mismo, en la Eucaristía, repite aquella escena de alegría, compartida con los discípulos que volvieron gozosos de cumplir con su misión. Y nos dice: «Estad alegres, porque vuestros nombres están inscritos en el cielo».
 


DOMINGO 15° del T. O. Ciclo C

El buen samaritano
 

Introducción
 

«Conviértete al Señor, tu Dios, con todo el corazón y con toda el alma... El mandamiento está muy cerca de ti: en tu corazón y en tu boca. Cúmplelo». Es la exhortación que nos pide la primera lectura, tomada del libro del Deuteronomio (Dt 30,10-14).

El que encuentra a Dios encuentra la vida. El salmo responsorial nos invita a esa búsqueda: «Buscad al Señor, y revivirá vuestro corazón». Y como un adelanto del evangelio, exclama: «Yo soy un pobre malherido; Dios mío, tu salvación me levante» (Sal 68,14.17.3031.33-34.36ab-37).

El evangelio también habla de alguien que busca la vida: «Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?». La respuesta, contenida en la parábola del buen samaritano, es toda una catequesis genial (Lc 10,25-37).

«Cristo Jesús es imagen de Dios invisible» y al mismo tiempo «el primogénito de entre los muertos», principio de una nueva humanidad, de una nueva creación. Es la lección de la carta de san Pablo (Col 1,15-20).

 

Homilía
 

¡Qué página evangélica tan bella y entrañable acabamos de proclamar! Es uno de esos evangelios que escuchamos con un silencio y una expectación muy especiales. Pero quizá, arrobados por la parábola del buen samaritano, olvidamos que dicha parábola es la respuesta a una pregunta fundamental que, a su vez, da lugar a otras dos preguntas también fundamentales. Toda la narración, al completo, es una catequesis magistral de san Lucas sobre la búsqueda primordial de toda persona, en concreto de toda persona religiosa: la búsqueda de la vida.

Comienza con la primera pregunta esencial a la que nos referíamos: «Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?». Heredar, alcanzar la vida: deseo, anhelo y búsqueda primera y principal de todo hombre.

Jesús va a dar un doble giro trascendental a tal pregunta. Primero, al señalar que la respuesta ha de buscarse dentro de uno mismo, en las propias creencias, en la propia fe, en el corazón de cada uno: «¿Qué está escrito en la Ley? ¿Qué lees en ella?». Es decir: ¿qué supone para ti aquello en lo que crees? Y, segundo, al corregir el término de la pregunta: el letrado ha preguntado por «la vida eterna» y Jesús ha concretado: «Haz esto y tendrás la vida». La vida. Punto. No porque Jesús suprima la dimensión eterna de la vida, sino porque esa eternidad ya comienza en quien se toma la vida en serio, y se compromete con ella, y la vive de forma que sea una vida que alcanza tal dimensión que queda trascendida por el amor. Una vida que hay que ponerla en camino, que hay que orientarla hacia el otro, que hay que palpitarla al unísono con los latidos del corazón del prójimo, máxime si está malherido.

La segunda pregunta capital, que el Señor introduce como contestación a la primera, es: «"¿Qué está escrito en la ley? ¿Qué lees en ella?". "Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma y con todas tus fuerzas y con todo tu ser. Y al prójimo como a ti mismo"». El amor a Dios, unido al amor al prójimo de forma inseparable, como mandamiento primero y unitario, es la respuesta a esta pregunta. «Bien dicho -subraya Jesús-. Haz esto y tendrás la vida».

Entonces surge la tercera pregunta: «¿Y quién es mi prójimo?». Es el momento en el que el Señor propone como respuesta la parábola del buen samaritano, que también encierra una enseñanza catequética de primer orden.

Podríamos pensar, como frecuentemente lo hacemos, que el prójimo es el otro, el que viene llamando a la puerta. Nuestro papel de creyentes sería el de atenderlo cuando se acerca al templo, al despacho o a la oficina de Cáritas en el horario indicado. Lo que suceda fuera de nuestro terreno religioso no es de nuestra incumbencia, no nos concierne. El camino de la existencia va por otros vericuetos que no son los nuestros. De hecho, el sacerdote y el levita se dan cuenta del pobre hombre malherido, y hasta sus oídos llegan los quejidos de dolor con que solloza su penosa condición. «Pero dan un rodeo y pasan de largo».

Evidentemente no es eso lo que piensa y propone Cristo. Allí donde haya una persona que sufre, allí donde surja un lamento, allí donde se origine una necesidad, allí deberá acercarse y hacerse presente el creyente con su corazón lleno de misericordia y con sus alforjas llenas del buen aceite del consuelo y del vino generoso de su atención. El lugar donde ha de vivirse la fe, donde ha de rendirse el culto verdadero al Dios en quien se cree, es el camino de la vida.

En otro momento se lo dirá Jesús expresamente a la Samaritana, a cuyo encuentro también sale el Señor. Hoy lo propone con el ejemplo del buen samaritano, que va de camino, que escucha al maltrecho, que cura al medio muerto, que lo monta en su cabalgadura, lo lleva a la posada e incluso paga generosamente el costo que pueda suponer su atención.

Y aquí viene un matiz asombrosamente original: «¿Cuál de estos tres te parece que se portó como prójimo del que cayó en manos de los bandidos?». Jesús no pregunta a ver quién atendió de verdad al herido, como si este fuera el prójimo. No. El Señor interpela a ver quién se portó como prójimo. Es el buen samaritano el que Cristo propone como prójimo. Es decir, cada uno de nosotros debemos ser los prójimos, los que se acercan, aproximan y atienden a sus hermanos. Es un paso importantísimo en el mandato del amor. Porque ayudar al prójimo, lo convertimos muchas veces en un acto de superioridad por nuestra parte al pobre indigente al que atendemos. Lo que realmente nos exige el Señor es aproximarnos, identificarnos, encarnarnos de forma igual y total con el hermano. Nosotros debemos ser el prójimo, el próximo al hermano.
Hacernos prójimo de quien nos necesite. Vendar sus heridas y ungirlo con el óleo de nuestra comprensión y consuelo, revivificarlo con el buen vino de nuestro gozo y esperanza, de nuestras ganas de vivir... He ahí la llamada de la parábola del buen samaritano.

Durante esta época veraniega se nos presentarán múltiples ocasiones de atender a quienes nos visitan: desde indicar la situación de una calle, del ambulatorio o de una tienda, hasta atender a un herido en accidente o prestar ayuda a quien se ha desorientado o ha sufrido una avería. Todo muy sencillo y elemental, pero, al fin y al cabo, propio del buen samaritano.

Una vez más, y como siempre, el Señor se nos adelanta. El bálsamo de su Palabra, el pan y el vino de su Eucaristía son atención generosa y exquisita del Señor que se acerca a nosotros. Como reza uno de los prefacios de la misa, reconocemos a Jesús y le damos gracias:

«Porque él, en su vida terrena, pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el mal. También hoy, como buen samaritano, se acerca a todo hombre que sufre en su cuerpo o en su espíritu, y cura sus heridas con el aceite del consuelo y el vino de la esperanza».

Cristo es en verdad el buen samaritano.
 

 

 

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