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El Día del Señor ¿Quién es Jesús?  

 

 

 

 

 

 

HOMILÍAS PARA EL VERANO

Joaquín Madurga

 

 

Domingo 16

Domingo 17

 

Domingo 18

Domingo 19

 

 

 

 

 

DOMINGO 16° del T. O. Ciclo C

 

Marta y María

Introducción
 

A veces, Dios se hace el encontradizo y se revela de la forma más sorprendente. El libro del Génesis nos cuenta el encuentro de Dios con Abrahán en la visita de tres personajes que se presentan a las puertas de su tienda. Ante la hospitalidad con que los trata, Dios le anuncia el nacimiento de un hijo, Isaac (Gén 18,1-10a).

Otras veces es Dios mismo quien nos invita a su tienda. Un tanto sobrecogidos, exclamamos con el salmo: «Señor, ¿quién puede hospedarse en tu tienda?» (Sal 14,2-5).

En ocasiones, Dios revela su misterio a través de sus enviados. San Pablo se presenta hoy como ministro de Dios con la tarea de anunciar «el misterio que ahora ha revelado a sus santos» (Col 1,24-28).

En una escena de hospitalidad familiar, el evangelio de san Lucas nos presenta a Jesús atendido por la solicitud de Marta y escuchado por la atención de María (Lc 10,38-42).

Homilía

Posiblemente alguno de vosotros, al escuchar este evangelio, habrá pensado: «Adivino de qué va a ir hoy el tema: acción u oración, ¿qué es más importante?; o que cada uno ha de responder a la vocación contemplativa o de vida activa a que haya sido llamado; que todo es necesario en la Iglesia...». Hasta es posible que alguien haya recordado el clásico ejemplo que suele proponerse en estos casos: «San Francisco Javier, patrono de las misiones, quemó su vida en plena juventud por anunciar el evangelio... Santa Teresa de Lisieux -Santa Teresita- vivió encerrada en la clausura de un convento carmelita, y también es patrona de las misiones...».

Está bien, muy bien. Todo lo dicho forma parte del mensaje de este domingo, y más en concreto del evangelio. Pero no es todo el mensaje. Diríamos que sí, pero con matices importantes.

Para empezar, el Señor no opone acción a oración, ni vida activa a vida contemplativa. Vaya, que no enfrenta a Marta con María, las dos buenas hermanas. Jesús agradece y reconoce todo el trajín de Marta y su afán por agasajarle. ¡Vaya que sí! Como que aquel hogar entrañable era uno de los lugares preferidos para disfrutar de un poco de descanso. Era su familia amiga, y él les corresponde con una amistad tan honda y sentida, que llorará ante la tumba del amigo Lázaro y responderá a la llamada de las hermanas devolviéndolo a la vida.

Lo que el Señor quiere hacer descubrir a Marta es que lo importante es gozar de la amistad, disfrutar de la compañía, aprovechar la jornada de convivencia sin complicarse demasiado la vida. Y algo aún más importante, lo más importante, «la parte mejor», que es llenar la vida, la actividad y el trabajo con un sentido más profundo y trascendente que sólo puede descubrirse escuchando su palabra.

No. Acción y oración no se excluyen. Vida activa y vida contemplativa no se oponen. La actividad apostólica ha de estar insuflada y movida por la escucha de la palabra, por la reflexión y la profundización. Sólo así estará impulsada por el Espíritu, adquirirá dimensión trascendente y será anuncio evangélico y presencia salvadora de Cristo en el mundo.

Por otro lado, tampoco la vida del claustro da la espalda a los aconteceres de la existencia humana. Dejar el mundo, abandonar el mundo, renunciar al mundo. ¿Cómo se puede expresar así la decisión de quien siente la llamada a la contemplación? Tendríamos que acercarnos de vez en cuando a algún monasterio de clausura para comprobar con qué interés se sigue y se sufre la marcha del mundo y sus problemas. Con qué gozo se participa de los logros de la humanidad. Y con qué fervor y ahínco se pide por todos. Es más, ¡cuántos de esos lugares ofrecen hospedaje y prestan sus locales a personas y movimientos inmersos en la actividad pastoral! ¡Y cuántas personas podemos certificar, y no terminaremos de agradecer, el haber podido recuperarnos a su cobijo de los cansancios o desgastes de nuestra actividad incontenida!

Acción y oración. El «Ora et labora» de san Benito. O el «encontrar a Dios entre los pucheros», de santa Teresa de Jesús. O aquel pareado dibujado sobre la entrada a la zona deportiva de un Seminario, reservada para los días lluviosos: «La pureza de intención hace del juego oración». Sabía a gloria el pensar que haciendo lo que más gustaba -jugar- se estaba rezando. O aquella respuesta que cuentan de san Luis Gonzaga, al ser preguntado, durante un recreo, sobre qué haría si le dijeran que iba a morir enseguida: «Seguiría jugando, porque es lo que Dios quiere que haga en este momento».

Acción y oración. A Dios se le encuentra cumpliendo con el deber de cada momento, y el hacer lo que uno debe hacer le lleva y acerca a Dios.

Bueno, según hemos escuchado en la primera lectura, mirad dónde se encontró nuestro padre Abrahán con el Dios de las promesas: en aquellos tres personajes que aparecieron ante su tienda y a los que agasajó con una hospitalidad extraordinaria.

Y, mucho más cerca, mirad dónde encontramos al Señor ahora mismo: aquí, en su casa, en la que nos
da hospedaje, departe su palabra en conversación con nosotros y comparte su pan y su vino de amistad. Todo ello trascendido por el misterio que contiene: el anuncio y adelanto del banquete de su reino. Que sepamos traer, como ofrenda para su convite, como detalle que nosotros aportamos para la invitación, nuestra hospitalidad entrañable para con los demás y nuestra disposición a que toda nuestra vida pueda ser oración.


DOMINGO 17° del T. O. Ciclo C

 

Enséñanos a orar

 

Introducción

En una página preciosa del Génesis se nos describe el pulso que Abrahán mantiene con Dios pidiendo el perdón para Sodoma en atención a las pocos justos que allí pueda haber (Gén 18,20-32).

El salmo responde con la confianza en Dios, que nos atiende: «Cuando te invoqué, Señor, me escuchaste» (Sal 137,1-3.6-8).

San Pablo confirma la mediación de Cristo: «Dios os dio vida en Cristo, perdonándoos todos los pecados» (Col 2,12-14).

San Lucas insiste en el poder de la oración y nos ofrece el mejor modelo: el Padrenuestro (Lc 11,1-13).

 

Homilía

En estos tiempos del progreso, de los avances portentosos de la ciencia y de la técnica, casi nos produce un cierto rubor el hablar de la oración. Y es que, efectivamente, las fórmulas mágicas utilizadas antaño para solicitar ayuda del cielo en muchas de nuestras eventualidades, hoy han sido sustituidas por la medicina, el tratamiento o la explicación pertinentes.

Hemos de aclarar rápidamente que no es sólo esa la oración a la que nos referimos, o al menos en ese aspecto mágico un tanto supersticioso. Pero hemos de añadir con la misma celeridad que las necesidades del hombre no se limitan a enfermedades y privaciones -que ya son bastantes y no están todas resueltas científicamente, ni mucho menos-, sino que abarcan otros muchos campos muy hondos del ser y de la persona. Además, orar es algo mucho más profundo y enriquecedor: es la actitud de quien entra en contacto, en lo más íntimo de su ser, con lo trascendente, con el espíritu, con Dios.

Lo que queda claro, según el mensaje escuchado hoy, es que el hombre es deficiente y limitado. En la oración, toma conciencia de su limitación humana, profundiza en el conocimiento de sus posibilidades y de lo que ha de poner de su parte y proyecta su anhelo hacia lo absoluto y perfecto.

Hacíamos referencia a que rezar no es sólo ejercer de pedigüeños, pero Dios es el primero en conocer nuestra fragilidad y debilidad. ¿No nos sale del alma ese «¡ay, madre mía!», cuando nos vemos en un aprieto?

¡Y qué satisfecha se siente nuestra madre de ello! Pues lo mismo piensa Dios cuando nos escucha implorar «¡Dios mío!», o cuando pedimos perdón porque le hemos fallado, o cuando acudimos a él porque algo no va.

¡Cuanto más, si la oración va dirigida en favor de la comunidad o del pueblo! Preciosa la página del Génesis en la que Abrahán echa un pulso y regatea con Dios, pidiendo el perdón para Sodoma. «¿Y si encuentro cincuenta inocentes?». «Perdonaré a toda la ciudad en atención a ellos». «¿Y si faltan cinco para los cincuenta?». «No la destruiré, si hay cuarenta y cinco justos». «¿Y si treinta?, ¿y si veinte?, ¿y si diez?».

Espléndida, igualmente, la página del evangelio con la elocuente parábola del amigo importuno, dándole la lata a media noche al vecino acostado, hasta que consigue lo que le pide. Alentadoras las palabras con que el Señor rubrica la parábola, instándonos a orar y pedir: «Pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá... Si vosotros, que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¿cuanto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo piden?».

El Señor acaba de introducir una dimensión extraordinaria de la oración: esta siempre es atendida. Siempre. Porque, aunque dentro de los planes de Dios no entre el concedernos en concreto aquello que solicitamos, nuestra oración nunca vuelve de vacío: siempre nos traerá luz, toma de conciencia, paz, conformidad, aceptación generosa, etc., etc., porque Dios nos dará siempre su mismo Espíritu, el Espíritu Santo, que ilumina, consuela y fortalece.

¿Y qué decir de la maravilla de oración que el Señor nos enseña, el Padrenuestro? Los discípulos han comprobado que «con frecuencia, el Maestro se retiraba a orar», especialmente antes de los momentos decisivos, como el bautismo, el comienzo de su vida pública, la elección de los doce, etc. La escena del evangelio de hoy ha surgido precisamente con motivo de una jornada de oración del Señor, según precisa san Lucas: «Una vez que estaba Jesús orando en cierto lugar, cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: "Señor, enséñanos a orar"».

Jesús no responde con un discurso ni con una lección magistral. Jesús contesta con una oración que vale por mil discursos, con una oración magistral: el Padrenuestro.

En ella nos enseña, antes que nada, a llamarle a Dios: Padre. La confianza, el gozo y la alegría de entrar en relación con nuestro Padre Dios debe ser nuestra primera actitud al rezar. Padre. Con esa premisa, el amor de hijos nos pone en sus manos, y su amor de Padre interpretará nuestros deseos.

A partir de ahí, san Lucas recoge cinco invocaciones, en vez de las siete que expone san Mateo, cuya fórmula es la que empleamos al rezar el Padrenuestro.

Pero el sentido esencial es el mismo: nos unimos a Dios alabando su nombre y pidiendo la cercanía de su reino; rogamos que Dios se una a nosotros dándonos el pan, el perdón y librándonos del mal.

El Padrenuestro es el resumen más perfecto de toda la obra de la salvación: Dios con nosotros y nosotros con Dios. Y es, a la vez, un compendio resumido de oración, porque, en su versión completa, es modelo de oración:

contemplativa -Padre-,

comunitaria -nuestro-;

litúrgica de alabanza y acción de gracias -santificado-,

eclesial misionera -venga tu reino-;

ascética y mística -hágase tu voluntad-;

de petición -danos el pan-;

penitencial (perdón y reconciliación) perdónanos así como perdonamos-;

de súplica -no nos dejes caer en la tentación-,

de intercesión -líbranos del mal-.

«Señor, enséñanos a orar». En medio del ajetreo de la vida, conscientes de nuestras limitaciones, confiados en Dios, que es Padre y nos ama, ilusionados porque el Espíritu nos anima, gozosos de que Cristo, nuestro hermano, nos apoya, celebramos la Eucaristía y rezamos, como Cristo nos enseñó, sin adiciones ni perífrasis añadidas: como Cristo nos enseñó: Padre nuestro...
 


DOMINGO 18° del T. O. Ciclo C

Trabajar para vivir
 

Introducción
 

Según una concepción muy pesimista, el libro del Eclesiastés recuerda la brevedad de la existencia y la vanidad de las cosas y aconteceres: «Todo es vanidad» (Qo 1,2-2,21-23).

El hombre se apoya en Dios, a quien el salmo canta: «Señor, tú has sido nuestro refugio de generación en generación» (Sal 89,3-4.5.6.12-13.14.17).

Los resucitados con Cristo, nos dice san Pablo, hemos de abandonar nuestro vivir a ras de tierra, en el pecado del hombre viejo, para apuntar más alto y «buscar los bienes de allá arriba, donde está Cristo, sentado a la derecha de Dios» (Col 3,1-5.9-11).

De nada sirve «llenar los graneros», dice el evangelio, porque el acumular no garantiza la vida. Lo importante es llenarse de la vida de Dios (Lc 12,13-21).

 

Homilía
 

¿Trabajar para vivir o vivir para trabajar? Es un resumen bastante acertado de los distintos modos con que podemos afrontar la existencia. Y en ese sentido apunta el mensaje de este domingo.

Desde luego, no se trata de volver a aquellos viejos planteamientos religiosos según los cuales todo era pecado o malo o peligroso. Creemos en el Dios de la vida, que nos regala la vida como un precioso don a disfrutar. Pero la visión pesimista, presentada por el Eclesiastés en la primera lectura, «¡Vanidad de vanidades; todo es vanidad!», encierra un consejo positivo: el de saber relativizar el trabajo y los afanes con que nos complicamos la vida. Y ese apunte es importante.

También san Pablo nos ofrece una disyuntiva a la hora de enfocar la vida: «bienes de arriba o bienes de la tierra», «hombre viejo u hombre nuevo», «vida de muerte según nuestra condición terrena o vida con Cristo en Dios». El creyente cristiano, renacido a la vida de Dios en Cristo, ha de ir realizando durante su vida todo un proceso que vaya actualizando su opción en cada momento: ir muriendo a su vieja condición pecadora -fornicación, impureza, pasión, codicia, avaricia», cita el Apóstol-, para ir resucitando a la vida de Cristo. «Despojaos del hombre viejo, con sus obras, y revestíos del nuevo, que se va renovando como imagen de su Creador». Tarea preciosa la que se nos propone: trabajar para que, poco a poco, nos vayamos revistiendo de esa nueva personalidad, a imagen de Dios; esforzarnos para que, en nuestro modo de ser y de actuar, aparezca el sello de Dios.

San Lucas nos va a plantear la misma cuestión, pero desde una perspectiva que a él le encanta: pobreza-riqueza, acumular bienes-acumular bondad. Es una constante en los escritos de este evangelista. Y la disyuntiva la presenta siempre con radicalidad, como en este pasaje, al chafar estrepitosamente los afanes de aquel rico por amontonar: «Necio, esta noche te van a exigir la vida. Lo que has acumulado ¿de quién será?».

Por supuesto que no se nos imparte una doctrina económico-social sobre el ahorro, la previsión y las posesiones. Tal enfoque ya ha quedado descartado en la respuesta de Jesús a quien le pedía terciar en una herencia. «Hombre, ¿quién me ha nombrado juez o árbitro entre vosotros?». Lo que se nos propone es algo mucho más importante: nada menos que la actitud cristiana a adoptar ante la vida y, en concreto, ante los bienes. En este sentido, el Señor nos previene contra ese modo de pensar, tan extendido entre los humanos, de que cuanto más acumulemos, más segura y feliz será nuestra vida. «Mirad: guardaos de toda clase de codicia. Pues, aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes». Para reforzar su aseveración, Jesús cuenta la parábola del hombre rico, que echa cálculos para ensanchar sus graneros y almacenar la abundante cosecha. «Y entonces me diré a mí mismo: Hombre, tienes bienes acumulados para muchos años; túmbate, come, bebe y date buena vida».

La codicia, el afán de amontonar, el convertir los bienes materiales en el fin primordial de nuestro interés. Ese es el error contra el que nos advierte el Señor. Y seguro que, a mayor o menor escala, todos encontraremos algo en que revisarnos. Un seguidor de Jesús no puede orientar su vida con esos criterios de ambición egoísta. Sobre todo cuando incluso coteja en la experiencia que el acumular no garantiza la felicidad, ni mucho menos la vida. Más aún, cuando comprueba el desastre de un mundo injusto e insolidario que estamos construyendo con dicha actitud.

«Así será el que amasa riquezas para sí y no es rico ante Dios». Estas palabras con que termina el evangelio, resumen perfectamente el mensaje de hoy. No se trata de acumular bienes; se trata de acumular bondad, que es la riqueza ante Dios. Llenando nuestra vida de bondad, de buenas obras, podremos repartir a manos llenas ayuda, comprensión, convivencia, perdón, fraternidad, reconciliación... Haremos acopio de la mayor riqueza de Dios, su vida de amor. Y entonces sí que disfrutaremos de la vida en los mil detalles que nos depara el cada día, porque sembraremos en ellos amor, y el amor siempre florece en dicha y gozo. Por si fuera poco, esa vida de amor, al ser la vida misma de Dios, quedará garantizada y trascendida para siempre.

Nos encontramos en una época especialmente propicia para el relax y el disfrute: el verano. Quizá, ante el tono un tanto pesimista del principio, alguien habrá pensado: «Vaya, la que nos amargan las vacaciones!». Pero la conclusión a que llegamos es justamente la contraria: disfrutemos de este tiempo especial que nos concede la vida. «No vivimos para trabajar, trabajamos para vivir», por eso hacemos bien en gozar de estos días de descanso. El único trabajo del que no puede librarse un cristiano es del de hacer el bien. Veréis la cantidad de ocasiones que se nos presentan para realizarlo. Y comprobaréis asimismo la felicidad que se siente al vivir así. Es la vida, es la única manera de vivir con autenticidad, es la Vida con mayúscula.

«Señor, tú has sido nuestro refugio», decíamos con el salmo de respuesta. Y añadíamos: «Baje a nosotros la bondad del Señor y haga prósperas las obras de nuestras manos». Celebramos la bondad del Señor. Él nos hace prosperar. Actualizamos el misterio de muerte y vida y escuchamos una vez más a Pablo: «Buscad los bienes de allá arriba».



DOMINGO 19° del T. O. Ciclo C

En vigilante espera
 

Introducción
 

La noche de la espera vigilante fue para Israel la noche de la pascua, la de la salida de Egipto hacia la libertad. Es el contenido de la primera lectura (Sab 18,6-9).

Israel es el pueblo escogido por Dios para tal hazaña. El salmo lo canta como respuesta: «Dichoso el pueblo que el Señor se escogió» (Sal 32,1.12.18-20.22).

La lectura de la Carta a los hebreos propone una lista de creyentes que mantienen la fe en esperanza, entre los que destaca Abrahán (Heb 11,1-2.8-12).

«Vosotros estad como los que aguardan al Señor», atentos y vigilantes. Es el mensaje del evangelio de san Lucas (Lc 12,32-48).

Homilía
 

En esta época veraniega, sobre todo durante los días de vacación, buscamos un relax que nos distraiga de los estudios y trabajos que nos ocupan durante el resto del año. Por eso, escuchar un mensaje sobre la vigilancia puede darnos la impresión de que se nos intenta llevar por dirección contraria. Con lo a gusto que disfrutábamos del descanso y diríase que nos lo quieren chafar.

Por una parte, sí que es cierto que, como en tantas ocasiones, Dios se nos presenta en dirección contraria. Pero es que nosotros casi siempre nos empeñamos en circular en dirección contraria a la de Dios. «Vuestros caminos no son mis caminos». Precisamente es ese un buen resumen de toda la historia de la salvación: Dios, empeñado en arreglar nuestros desastres y conducirnos una y mil veces a sus caminos de salvación. Es la historia del pulso que Dios mantiene con el hombre, doblegando con su amor el brazo de nuestro orgullo egoísta.

Pero, por otra parte, de intentar reventar la paz de nuestro descanso, nada de nada. Todo lo contrario: el Señor quiere alertarnos contra la insensatez de confundir asueto con despreocupación y disfrute con alocamiento. Vamos, algo semejante a la madre que previene al pequeño que está jugando para que se aparte un poco del borde de la carretera. Y algo mucho más bonito aún: el Señor pretende ensanchar nuestro gozo, añadiéndole el contento de su presencia sorprendente.

Vamos a fijarnos en este último aspecto. Porque, claro, al escuchar la palabra vigilancia y los ejemplos que san Lucas nos ha presentado sobre el ladrón, la noche y demás, es posible que se nos ocurra pensar que el cristiano ha de ser algo así como un «vigilante nocturno permanente». San Lucas remarca ese aspecto porque, según el sentir de los primeros cristianos, la vuelta del Señor iba a ser inminente: en cualquier momento, ¡«ya! Y era una espera expectante y gozosa, por supuesto. Pero también debía ser exigente y atenta. Del estilo a como la primera lectura nos ha recordado la espera de la noche de la liberación de Egipto: con ánimo y confianza. O del estilo de la espera puesta en camino de Abrahán y otros israelitas ejemplares de quienes nos hablaba la Carta a los hebreos.

Pero hoy deseamos destacar otro aspecto enriquecedor: el de estar atentos a la presencia de Dios, que irrumpe donde y cuando menos podemos prever. Los entendidos hablan de los signos de los tiempos. Son esos acontecimientos, movimientos sociales o corrientes históricas que en unos determinados momentos surgen como un anhelo de la humanidad o como un impulso para mejorar nuestro mundo. Para que se entienda: son las buenas aspiraciones de nuestro tiempo. Algo así como sus buenas vibraciones.

Naturalmente que el creyente ha de estar atento para descubrir e impulsar cuanto de evangélico y de presencia del reino de Dios pueda contenerse en ellos. Pongamos como ejemplo la valoración de la dignidad
de la persona, el anhelo de libertad, la solidaridad entre personas y pueblos, la promoción de la mujer, el avance de la democracia, la defensa de los derechos humanos y sociales, etc.

Pero vamos a contentarnos con algo mucho más sencillo y a nuestro alcance en este tiempo estival: descubrir y disfrutar de la presencia del Señor, que aparece por sorpresa en múltiples circunstancias. «Vosotros estad como los que aguardan a que su señor vuelva».

¡Y vaya que si viene el Señor! Viene en la sonrisa del pequeño que nos regala sus gracias. Viene en la confidencia del hijo o hija que nos cuenta su preocupación o sus logros o su primer enamoramiento. Viene en la alegría de una jornada compartida en familia. Viene en la conversación distendida entre los esposos. Viene en el disfrutar de la compañía de la persona amada. Pero también viene en el saber soportar las diferencias de carácter. Y en el saber pedir disculpas cuando nos hemos pasado de genio o de orgullo. Y en el saber acercarnos con el beso del perdón reconciliador.

¡Vaya si viene el Señor! Viene en la compañía agradable de las amistades. Y en el encuentro, seguramente menos agradable, con quien necesita «soltarnos el rollo», porque se siente agobiado y está falto de desahogo. Y en el veraneante despistado que pide orientación. Y en aquella persona que no ha podido salir de casa y con la que tenemos el detalle de una tarjeta o de una llamada telefónica. Y en cualquier prójimo que necesita ayuda y se la prestamos.

¿Todo eso va a menguar un ápice el disfrute del verano? ¡En modo alguno! Porque va a enriquecernos a nivel personal. Va a estrechar los lazos familiares. Va a aportar una dimensión nueva a nuestras relaciones sociales. Y vamos a experimentar que el evangelio sigue siendo buena nueva también en este tiempo. Pero, ¿qué digo «también»? Habremos de decir «especialmente» en este tiempo, porque Dios goza con nuestros gozos y se alegra con nuestras alegrías.

«Dichosos los criados a quienes el señor, al llegar, los encuentre en vela; os aseguro que se ceñirá, los hará sentar a la mesa y los irá sirviendo». El Señor cumple textualmente la promesa de su evangelio. Y por adelantado. Le basta con nuestro buen propósito para sentarnos a su mesa y servirnos. Somos unos privilegiados. Y, como tales, repetimos con el salmo: «Dichoso el pueblo que el Señor se escogió».
 

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