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DOMINGO, EL DIA DEL SEÑOR

 

 HOMILÍAS 

JOSÉ LARREA GAYARRE

 

La ascensión del Señor


Domingo 20 de mayo 2012
 


La fiesta que hoy celebramos de la Ascensión del Señor, nos invita a pensar en la plena glorificación de Jesús de Nazaret.

El Hijo de Dios, nacido de María, hombre entre nosotros, al resucitar, vive ya junto al Padre, el hombre Jesús formará siempre parte de la misma divinidad. Pensemos hoy en este misterio, difícil, pero maravilloso, para nosotros cristianos es de una trascendencia extraordinaria.

Creer en la ascensión de Jesús, no es creer que Jesús se ha ido lejos, allá arriba, más allá de las estrellas. Es creer que Jesús, también hombre como nosotros, ha entrado en la vida íntima de Dios, que resucitado vive con el Padre y el Espíritu. En Dios Trinidad existe ya la presencia de un hombre, Jesús nuestro hermano, Jesús resucitado.

Ascender al cielo es “volver a Dios Padre". Por eso la figura que se utiliza de la ascensión hemos de entenderla más en su significado teológico que en el literal bíblico. La subida de Jesús al cielo no es como la subida de nuestros aviones o cohetes; éstos se trasladan constantemente al espacio, o de un espacio a otro, y por más lejanos que viajen por espacios desconocidos nunca pueden salir de las coordenadas de espacio y tiempo. La subida de Jesús al cielo es un pasar, pero del tiempo a la eternidad, de lo visible a lo no visible por nosotros, del mundo de los seres humanos a Dios.

Con su ascensión al cielo Jesús penetró en una realidad que escapa a nuestras posibilidades. Nadie vive allí si no ha sido resucitado por Dios. Jesús resucitado vive ahora en Dios, allí donde Dios está. Dios está también entre nosotros, en amor y felicidad. Cuando proclamamos que Jesús subió al cielo pensamos en todo eso. Es misterio, lo aceptamos por amor, con fe, fiados de Dios.

Alguno se preguntará qué sentido puede tener para nosotros esta fiesta, en la que Jesús nuestro salvador desaparece de entre nosotros, cuando lo que nos preocupa y nos importa hoy es la solución de los problemas de nuestro mundo tan graves y amenazadores. Necesitamos escuchar su mensaje.

Jesús, que nos ha traído el mensaje del Padre, no se ausenta de nosotros, vive desde Dios una cercanía nueva con nosotros, con nuestra vida. Es el primer ser humano que vive plenamente en Dios, la vida de Dios, e impulsa a toda la humanidad a comenzar a vivir ya desde ahora, en este mudo turbado, nuestro destino último, que es el suyo, vivir la fraternidad universal en el gozo de Dios. Si seguimos el camino que Jesús nos ha señalado, esperamos que al fin de nuestra vida Dios nuestro Padre nos resucitará, como resucitó a Jesús. Jesús es nuestro Camino, es el fin del Camino, Él nos lo dijo.

Jesús nos ha señalado durante toda su vida el camino de la verdadera plenitud humana. Hoy pensamos en la meta a la que ha llegado. Si creemos que nuestro objetivo es alcanzar la misma meta, está claro que tenemos que caminar en la misma dirección. Todos hemos salido del Padre y hemos llegado al mundo. Todos tenemos que dejar el mundo y volver al Padre, siguiendo la ruta de amor que Él vivió.

Orientando nuestra vida hacia el seguimiento de Jesús, de su palabra, de su vida, vamos adentrándonos en Dios, el lugar último de la reconciliación y de la paz para todos los hombres y mujeres de todos los pueblos y edades. Él nos asegura hoy que la humanidad entera tenemos ya en Dios una morada para siempre.

Esto, que será escuchado posiblemente por muchos con sonrisa escéptica, para los creyentes es la realidad que da sentido a nuestra vida, da sentido también a la apasionante historia de la humanidad.

Es cierto que los creyentes podemos parecer seres extraños en este mundo racionalizado, que solo cree y espera en sus propias posibilidades, en su propia tecnología, en sus propias verdades, en sus propios proyectos de paz y concordia, optimista unas veces y triste, injusto, sin esperanza otras, según sus éxitos o fracasos.

Los cristianos no podemos sentirnos extraños a este mundo, a sus angustias y esperanzas, a sus deseos de paz y de justicia, este mundo es también nuestro, en él nacemos, vivimos, morimos. Nosotros también hemos de transformarlo. Nuestra fe nos ofrece razones para vivir y para morir con esperanza, porque esperamos el encuentro definitivo con Jesús nuestro hermano y con nuestro Dios. No podemos renunciar a nuestra vocación terrena, hemos de ser fieles a ella, Jesús nos los propuso en las Bienaventuranzas.

Hoy lo hemos escuchado de nuevo: “Id a todos los pueblos y anunciad el evangelio, es mi mensaje de amor a todos los hombres y mujeres, a todos los pueblos”. Los que quieren seguirle hemos de estar presentes en el mundo. Es tarea nuestra, que hemos de desarrollar de muchos modos, según nuestra vida. Sin esta responsabilidad que nos brinda hoy Jesús, nuestra vida cristiana se vacía de sentido, queda privada de su verdadero horizonte.

Es el mensaje de paz, de fraternidad que hemos de llevar a nuestro mundo turbado, amenazado y amenazador. Se han encerrado y se están encerrando hoy en él muchos odios, muchas injusticias, se ha explotado y se sigue explotando a pueblos enteros, se abandona en el olvido a los que sufren las duras crisis que padecemos, retirándoles del mundo del trabajo, creando trabas a veces insuperables para que realicen sus estudios y se preparen para su vida profesional, se cierran puertas de los centros de salud imponiendo condiciones económicas insalvables, ¿cómo extrañarnos de que brote el la exigencia de justicia, también la ira?.

Pensémoslo una vez más, la vida del cristiano no es encontrarse con un difunto, con un muerto. Ser cristiano no es admirar a un personaje del pasado, que con su doctrina puede aportarnos alguna luz para la vida de hoy. Ser cristiano es encontrarse ahora con Jesús lleno de vida, cuyo espíritu nos hace vivir, con un Jesús que ha muerto por amor a nosotros, que nos pide amarnos como Él nos ama, con el vigor con el que Él vivió.

El nos asegura que su nueva presencia es presencia en todos y cada uno de nosotros, hoy nos emplaza para que nosotros realicemos su misión: ”id y proclamad esta verdad, ayudadles a vivir como hermanos, enfrentaos con decisión a quienes lo impidan. Anunciad a todos su destino futuro. Yo estoy con vosotros”. “Poned amor y encontraréis amor”, decía Juan de la Cruz.
Esta fiesta es una invitación para abrir a este nuevo horizonte a todos los hombres y mujeres, que no conocen el gozo de sentirse hijos de Dios y hermanos entre sí y desconocen que han de poner todo su esfuerzo y tesón para vivir como hermanos.

Es una llamada a nuestra responsabilidad y a nuestra esperanza. Jesús, está siempre entre nosotros, Él nos ayuda. Vivamos así esta fiesta de hoy.

 

 

La verdadera alegría. Juan 15,9-17
 


Domingo 6º de Pascua. Ciclo B. 13 de mayo



Continuamos con la lectura de estas páginas de la despedida de Jesús, cargadas de afecto, también de sabiduría, son una invitación a vivir desde el amor. Palabras que aunque nos pudieran parecer sencillas, o incluso poco viables para estos tiempos de crisis, son la medida perfecta de nuestro grado de humanidad y de nuestra fe.

La verdad es que somos reacios a que se nos hable de amor, cada uno tenemos nuestra experiencia de amor. Todos sabemos lo necesario que es ser amado y amar, es fuente de la felicidad y no nos suelen agradar las demasiadas lecciones, ni principios de moralidad.

Las lecturas que hoy escuchamos nos dicen que Dios es amor, que su amor se comunica a todos sus hijos, son una invitación para que nosotros amemos. Así la vida cristiana ha de ser la praxis del amor. Son las palabras de Jesús a sus amigos, “amaos como yo os he amado, viviréis en la alegría”.

La alegría que se nos promete hoy, es consecuencia de amar incondicionalmente, como Jesús nos ama. Nos dice que Él nos considera sus amigos, nos ha comunicado su espíritu, el espíritu de Dios, que es amor, que vive presente en el fondo de nuestra persona. Para transmitirnos este deseo de Dios, Él se hizo hombre como nosotros y es nuestro hermano. Por eso nos invita a vivir amando como Él amó en su vida, con la seguridad de que amarnos es nuestra mayor grandeza, hoy nos asegura, que es también nuestra alegría. Creámoslo.

Oyendo estas palabras puede parece que la religión que Jesús propone se parece poco a lo que nosotros practicamos y proponemos, parece que los seguidores de Jesús hemos inventado una religión diferente, al enseñar que el criterio para que Dios nos ame será consecuencia de que nosotros nos amemos, Jesús nos dice que no es así. Por eso tampoco es ser fiel al ser de Dios el definirle como castigador, en todo caso es el ser humano libre quien se puede abrir y cerrar al amor.

Ciertamente que en el amor de Dios, se entromete la persona humana. Dios nos ha dado la libertad y a veces la empleamos para seguir los deseos de Dios y amar, y a veces también para apartarnos abiertamente del deseo de Dios, sobre todo dañando duramente a sus hijos, creando ultrajes a su dignidad, con violencias, con crisis económicas criminales que todos conocemos, que mientras enriquecen locamente a unas minorías ocultas, acarrean la muerte de millones de hijos suyos y destrozan innumerables vidas. Dios nos ama siempre, mantiene el amor a todos sus hijos, pero también mantiene su promesa de hacernos libres y así es como pueden apartarse dramáticamente de Él quienes actúan de modo totalmente opuesto a su voluntad. No es que Dios castigue, es que rompemos libremente nuestra relación con Él, al realizar nuestra ambición, nuestro egoísmo antihumano. Dios nos respeta. Sin duda espera que cambiemos, que amemos. En el fondo es la persona por su libertad la que se cierra a Dios, escoge su propio camino al margen de Dios, al margen de la alegría que Jesús promete.

Volvamos a las palabras de Jesús a sus amigos: “amaos como yo os amo”, en realidad no son una ley, todos sabemos que el amor no se puede imponer por decreto. Nuestro acierto, la principal tarea del que quiere seguir a Jesús será descubrir la grandeza del amor que Dios nos tiene, nuestro amor será así prolongación del amor de Dios, que espera silencioso nuestra respuesta, una respuesta libre de cada uno de nosotros, el amar a nuestros hermanos, hijos todos de Dios.

Nuestro amor sincero se ha de manifestar en nuestras obras. Cada uno somos conscientes de cómo hemos de asumir estas palabras de Jesús, cuáles han de ser los compromisos que asumamos en nuestra vida por amor, por generosidad, también por justicia ante las realidades sociales en que vivimos.

No olvidemos, será nuestro encuentro con Dios en la oración, lo que nos ayude a vivir conscientes de la presencia del Amor de Dios en nuestra persona y a responder al deseo al que Jesús nos invita hoy de amarnos como Él nos ama.

Hoy la Iglesia nos propone una acción necesaria en nuestra sociedad.

Hoy celebra la Iglesia el día de la pastoral de los enfermos. Nuestra sociedad, construida desde los sanos y para los sanos, genera constantemente grupos marginales de personas enfermas y deterioradas, cuya atención y asistencia parece interesar a penas a nadie, a no ser que sea rentable económica o políticamente. Parece duro hablar así, pensémoslo despacio después de oír lo que se oye, si es o no verdad.

Enfermos crónicos, enfermos de patología desagradable, toxicómanos, alcohólicos, afectados por el sida, tantos otros que solo despiertan en torno a ellos miedo, desconfianza, rechazo…el resultado, enfermos, ancianos, marginados tan solos. Enfermos que han venido de otros países, emigrantes, para poder vivir, que alguien dice en estos días, que si no han cotizado a la Seguridad Social no deben tener derecho a la asistencia médica como los que han cotizado... El olvido, la insensibilidad ante las personas más necesitadas y desasistidas es reflejo de la existencia en la sociedad de quienes desean que se estructure en el olvido y la marginación de los más débiles e indefensos y cuyos protagonistas hacen del disfrute personal de la vida casi su único objetivo. ¿Será eso amar?

Qué necesario el crear una nueva sensibilidad social ante estos enfermos. Una sensibilidad social que ha de apoyarse en el amor generoso de las personas. Hemos de promover toda clase de iniciativas, actividades, grupos, asociaciones encaminadas a resolver sus problemas, apoyar las que existen, iniciativas individuales y colectivas, privadas y públicas, todas necesarias.

Esta realidad del mundo de los que sufren en su marginación nos ha de interrogar hoy a cada uno de nosotros: ¿amamos de verdad?, ¿a quiénes amamos?, ¿y a los demás?, hemos de exigir con firmeza la superación de estas realidades ¿votamos a quienes promueven las verdaderas exigencias de justicia social, de amor desinteresado a los excluidos y marginados?. Es también una exigencia de tomar en serio el amor de Jesús.

Convenzámonos, solo conoce la alegría quien sabe regalarla. Solo ama quien sabe dar. Solo es feliz, quien sabe amar como Jesús nos ha enseñado: poniendo nuestra vida como ayuda a los demás. Por eso recibamos hoy la palabras de Jesús como su mejor testamento: "amaos como yo os he amado, seréis felices”. Sin olvidar que la alegría de quien se siente amado por Dios es el mejor regalo que podemos recibir de Dios.

Pensémoslo de vez en cuando al menos.
 

 
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© 2012 Todos los derechos reservados.

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