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DOMINGO, EL DIA DEL SEÑOR

 

 

COMENTARIOS SOBRE EL EVANGELIO DEL DOMINGO

JOSE MARÍA CASTILLO

Domingo 10 Ordinario

Domingo 11

Natividad de San Juan Bautista

 

 

 

 

 

 

NATIVIDAD DE SAN JUAN BAUTISTA

Domingo 12 Tiempo Ordinario

 

Lucas 1, 57-66. 80

A Isabel se le cumplió el tiempo del parto y dio a luz un hijo. Se enteraron sus vecinos y parientes de que el Señor le había hecho una gran misericordia, y la felicitaban.
A los ocho días fueron a circuncidar al niño, y lo llamaban Zacarías, como a su padre. La madre intervino diciendo:
«¡No! Se va a llamar Juan».
Le replicaron:
«Ninguno de tus parientes se llama así».
Entonces preguntaban por señas al padre cómo quería que se llamase. Él pidió una tablilla y escribió: «Juan es su nombre». Todos se quedaron extrañados.
Inmediatamente se le soltó la boca y la lengua, y empezó a hablar bendiciendo a Dios.
Los vecinos quedaron sobrecogidos, y corrió la noticia por toda la montaña de Judea. Y todos los que lo oían reflexionaban diciendo:
«¿Qué va a ser este niño?»
Porque la mano del Señor estaba con él.
El niño iba creciendo, y su carácter se afianzaba; vivió en el desierto hasta que se presentó a Israel.

 

Palabra del Señor

 


El día de san Juan Bautista nos recuerda a todos el momento en que se inicia uno de los cambios más decisivos en la historia de la humanidad. Juan Bautista es el único santo del que la Iglesia celebra su nacimiento. Aparte de las razones que tuvieran, quienes instituyeron esta fiesta, para conmemorar hoy, no su muerte sino su nacimiento, lo que debe retener la atención del creyente es que, con la llegada de Juan Bautista a este mundo, se cierra una etapa en la historia de las tradiciones religiosas, y se abre otra: "La Ley y los Profetas llegaron hasta Juan Bautista; desde entonces se anuncia el Reino de Dios" (Lc 16, 16; Mt 11, 13). Con Juan se cierra la etapa marcada por la ley religiosa y se abre la etapa del Reino, que es vida para pobres, enfermos y pecadores. Dicho más claramente: la presencia de Juan Bautista en este mundo nos anuncia a todos que el "hecho religioso" se desplaza. El centro de ese hecho deja de estar en el templo y pasa a la calle, al campo, al desierto. Lo central ya no será "lo sagrado", sino "lo profano". Así de fuerte es esto.


Juan representó una innovación importante en su tiempo. Era hijo de un sacerdote (Zacarías) y su madre (Isabel) era de la familia de Aarón (Lc 1, 5). O sea, Juan era de familia sacerdotal en sentido pleno. Lo lógico es que él hiciera lo que le correspondía, integrarse en el Templo y vivir como sacerdote. Pero no lo hizo así. Juan fue un hombre del desierto, lugar de peligro y marginación social, donde vivían gentes que no tenían buena relación con el Templo, como era el caso de los monjes de Qumrán.


Pero Juan fue solo el primer paso de un desplazamiento decisivo. El paso de la etapa de la Ley y el Templo, a la etapa del Reino de Dios. Pero hay diferencias entre Juan y Jesús. Reduciendo estas diferencias a lo central, es seguro que el centro de las preocupaciones de Juan fue la conversión de los pecadores, en tanto que el centro de las preocupaciones de Jesús fue la salud de los enfermos y la alimentación de todos, especialmente de los pobres y excluidos sociales. El fondo de todo estuvo en que Juan creía en un Dios justiciero y castigador (Mt 3, 12; Lc 3, 17), mientras que Jesús creyó siempre en un Padre absolutamente bueno con todos (Lc 15, 11-32).

 

 

 

DOMINGO 11 TIEMPO ORDINARIO

 

Marcos 4, 26-34

EN aquel tiempo, Jesús decía al gentío:
«El reino de Dios se parece a un hombre que echa semilla en la tierra. Él duerme de noche y se levanta de mañana; la semilla germina y va creciendo, sin que él sepa cómo. La tierra va produciendo fruto sola: primero los tallos, luego la espiga, después el grano. Cuando el grano está a punto, se mete la hoz, porque ha llegado la siega».
Dijo también:
«¿Con qué podemos comparar el reino de Dios? ¿Qué parábola usaremos? Con un grano de mostaza: al sembrarlo en la tierra es la semilla más pequeña, pero después de sembrada crece, se hace más alta que las demás hortalizas y echa ramas tan grandes que los pájaros del cielo pueden anidar a su sombra».
Con muchas parábolas parecidas les exponía la palabra, acomodándose a su entender. Todo se lo exponía con parábolas, pero a sus discípulos se lo explicaba todo en privado.

Palabra del Señor

 


En el evangelio de este domingo, Jesús propone dos parábolas para explicar lo que es y lo que entraña el Reino de Dios. A primera vista, estas dos parábolas pueden parecer cosa de poca importancia. En realidad, las dos parábolas tocan directamente dos cuestiones de notable importancia para comprender la presencia actual del Evangelio y del proyecto de Jesús en la vida y en la Historia. ¿Por qué?


La primera parábola se puede denominar como la parábola de la "semilla automática". Es decir, la "semilla que crece por sí misma", aunque el sembrador de esa semilla esté dormido, descansando, se olvida de la semilla que sembró en la tierra. Y es que el Reino de Dios tiene una fuerza, por sí mismo, que donde hay vida humana, por eso mismo hay Reino de Dios. Lo cual quiere decir, que de la misma manera que, si nos "humanizamos", igualmente en nosotros y en nuestros ambientes aumenta la "humanización", así, sin que nos demos cuenta, se extiende y se hace más profundo el "reinado de Dios" en el mundo.


La segunda parábola nos indica que, en el proyecto de Jesús, un criterio capital es que "lo pequeño" es lo que "tiene fuerza y poder de cambio", de transformación. Este criterio se opone radicalmente a nuestra obsesión por lo grande y por la grandeza. No. Jesús elogió siempre a los niños, a los pequeños, a los últimos, a los "nadies". Porque de los que son eso y son así, de esos es el Reino de Dios. Ellos son los que hacen más humano este mundo. Una cosa es "el ser humano"; y otra cosa es "ser humano". Los pequeños son los más humanos. ¿Por qué nos impresiona tanto un niño maltratado, enfermo o muerto? Porque eso es lo que toca las fibras más sensibles y más hondas de nuestra condición humana. Por ahí va la fuerza del Reino de Dios.

 

 

 

 

DOMINGO 10 TIEMPO ORDINARIO

 

Marcos 3, 20-35

EN aquel tiempo, Jesús llegó a casa con sus discípulos y de nuevo se juntó tanta gente que no los dejaban ni comer. Al enterarse su familia, vinieron a llevárselo, porque se decía que estaba fuera de sí.
Y los escribas que habían bajado de Jerusalén decían:
«Tiene dentro a Belzebú y expulsa a los demonios con el poder del jefe de los demonios».
El los invitó a acercarse y les hablaba en parábolas:
«¿Cómo va a echar Satanás a Satanás? Un reino dividido internamente no puede subsistir; una familia dividida no puede subsistir. Si Satanás se rebela contra sí mismo, para hacerse la guerra, no puede subsistir, está perdido. Nadie puede meterse en casa de un hombre forzudo para arramblar con su ajuar, si primero no lo ata; entonces podrá arramblar con la casa.
En verdad os digo, todo se les podrá perdonar a los hombres: los pecados y cualquier blasfemia que digan; pero el que blasfeme contra el Espíritu Santo no tendrá perdón jamás, cargará con su pecado para siempre».
Se refería a los que decían que tenía dentro un espíritu inmundo.
Llegan su madre y sus hermanos y, desde fuera, lo mandaron llamar.
La gente que tenía sentada alrededor le dice:
«Mira, tu madre y tus hermanos y tus hermanas están fuera y te buscan».
Él les pregunta:
«Quiénes son mi madre y mis hermanos?».
Y mirando a los que estaban sentados alrededor, dice:
«Estos son mi madre y mis hermanos. El que haga la voluntad de Dios, ese es mi hermano y mi hermana y mi madre».


Palabra del Señor


 

Lo primero, que llama la atención en este relato, es que las relaciones de Jesús con su familia no fueron fáciles. Aquí se nos dice que los familiares de Jesús lo tenían por loco; más adelante, en Mc 6, 1-6, se nos informa de que los parientes más cercanos de Jesús no creían en él. Es más, el evangelio de Lucas (4, 28-29) llega a decir públicamente que, en su pueblo (Nazaret), quisieron matar a Jesús despeñándolo por el tajo de un barranco. ¡Qué difícil y complicado es comprender a Jesús! Es duro aceptar su mensaje y su proyecto de vida.


Pero es frecuente, en la vida, que quienes no comprenden las exigencias del Evangelio, en lugar de comprender y aceptar la propia incomprensión, lo que suelen hacer es insultar a los profetas de Dios y a la "imagen de Dios", que es Jesús. Llegando a decir que incluso Jesús, no trae la salvación ni la solución que necesita este mundo, sino que en realidad lo que trae es el demonio que nos endemonia a todos. Lo que entraña una mentira y una contradicción sin pies ni cabeza.


Y es que, en el mensaje de Jesús, la relación humana y fraterna entre los discípulos —si esa relación es verdaderamente humana y fuerte— tiene un poder que está por encima incluso de las relaciones más fundamentales de familia.

Cuando estamos dispuestos a eso, es decir, cuando ponemos de verdad a Jesús en el centro de nuestras vidas, tiene más poder y es más determinante que el amor a una madre y a unos hermanos. Esto es capital para empezar a entender la vida y la enseñanza de Jesús.

 

 
 
 
 
 
 
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