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DOMINGO, EL DIA DEL SEÑOR

 

 

COMENTARIOS SOBRE EL EVANGELIO DEL DOMINGO

JOSE MARÍA CASTILLO

 

 

19 Domingo

20 Domingo

21 Domingo

22 Domingo

23 Domingo

24 Domingo

25 Domingo

 

 

 

25 Domingo Tiempo Ordinario

 

Mateo 20, 1-16

EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola:
«El reino de los cielos se parece a un propietario que al amanecer salió a contratar jornaleros para su viña. Después de ajustarse con ellos en un denario por jornada, los mandó a la viña.
Salió otra vez a media mañana, vio a otros que estaban en la plaza sin trabajo y les dijo:
“Id también vosotros a mi viña y os pagaré lo debido».
Ellos fueron.
Salió de nuevo hacia mediodía y a media tarde, e hizo lo mismo.
Salió al caer la tarde y encontró a otros, parados, y les dijo:
“Cómo es que estáis aquí el día entero sin trabajar?”.
Le respondieron:
“Nadie nos ha contratado”.
Él les dijo:
“Id también vosotros a mi viña».
Cuando oscureció, el dueño dijo al capataz:
“Llama a los jornaleros y págales el jornal, empezando por los últimos y acabando por los primeros”.
Vinieron los del atardecer y recibieron un denario cada uno. Cuando llegaron los primeros, pensaban que recibirían más, pero ellos también recibieron un denario cada uno. Al recibirlo se pusieron a protestar contra el amo:
“Estos últimos han trabajado solo una hora y los has tratado igual que a nosotros, que hemos aguantado el peso del día y el bochorno”.
Él replicó a uno de ellos:
“Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No nos ajustamos en un denario? Toma lo tuyo y vete. Quiero darle a este último igual que a tí. ¿Es que no tengo libertad para hacer lo que quiera en mis asuntos? ¿O vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?”.
Así, los últimos serán primeros y los primeros, últimos».

Palabra del Señor

 


La interpretación más correcta de esta parábola nos explica cómo es el comportamiento de Dios con los humanos. Dios no nos trata según los lógicos criterios de la productividad laboral (que se mide por las horas de trabajo), sino por los motivos que brotan de un corazón bueno y generoso. El corazón, que es tan profundamente bueno, que privilegia a los últimos, a los más desgraciados de la vida, a los que la lógica de los hombres nunca privilegia.


Pero esta parábola nos remite hoy a otra lectura, según la cual las leyes de la "economía humana", para que sea verdaderamente humana, tienen que aprender los proyectos de la "economía divina". La economía no es una ciencia exacta. Y se ha desquiciado hasta excesos que jamás pudimos imaginar. La economía, tal como funciona, es la "ciencia" (?) que privilegia a los privilegiados y hunde más y más a los que ya están hundidos. De ahí, los desequilibrios crecientes y escandalosos que sabemos. Y que padecemos al repartir las ganancias y beneficios que producen la tierra y el trabajo humano.


Urge encontrar y ponerse a practicar otras formas de gestionar la economía mundial. Y, si es que creemos en el Evangelio, tenemos que acabar con el escándalo de que haya tanta gente piadosa, o amiga de los piadosos, que no consiente que los últimos ganen lo que ganan ellos y vivan como viven ellos. ¿Puede haber mayor contradicción y hasta mayor desvergüenza? También en esto el Evangelio es norma de sabiduría y criterio determinante de humanidad.


Es la humanidad que se advierte en el tipo de patrono, que encarna el protagonista de esta parábola. Se trata, en efecto, de un patrono que, de la mañana a la noche, ofrece puestos de trabajo. Y un patrono, además, que, a la hora de pagar a sus trabajadores, empieza por "los últimos". Es un patrono desconcertante. Porque lo que le importa no es la productividad, sino la igualdad de todos. Sin hacer preferencias, ni favoritismos, ni desajustes que generan tensiones, resentimientos y odios. Los patronos que se ajustan a la letra de la legislación laboral, actuarán "legalmente". Pero no resuelven el verdadero problema del rendimiento laboral y la productividad, que brota de trabajadores que se sienten seguros e ilusionados con el trabajo que hacen.
 

 

El odio

 

24 Domingo Tiempo Ordinario

 

Mateo 18,21-35

EN aquel tiempo, acercándose Pedro a Jesús le preguntó:
«Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces?».
Jesús le contesta:
«No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete. Por esto, se parece el reino de los cielos a un rey que quiso ajustar las cuentas con sus criados. Al empezar a ajustarlas, le presentaron uno que debía diez mil talentos. Como no tenía con qué pagar, el señor mandó que lo vendieran a él con su mujer y sus hijos y todas sus posesiones, y que pagara así. El criado, arrojándose a sus pies, le suplicaba diciendo:
“Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo”.
Se compadeció el señor de aquel criado y lo dejó marchar, perdonándole la deuda.
Pero al salir, el criado aquel encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, agarrándolo, lo estrangulaba diciendo:
“Págame lo que me debes”.
El compañero, arrojándose a sus pies, le rogaba diciendo:
“Ten paciencia conmigo y te lo pagaré”.
Pero él se negó y fue y lo metió en la cárcel hasta que pagara lo que debía.
Sus compañeros, al ver lo ocurrido, quedaron consternados y fueron a contarle a su señor todo lo sucedido.
Entonces el señor lo llamó y le dijo:
“¡Siervo malvado! Toda aquella deuda te la perdoné porque me lo rogaste ¿no debías tener tú también compasión de un compañero, como yo tuve compasión de ti?”.
Y el señor, indignado, lo entregó a los verdugos hasta que pagara toda la deuda.
Lo mismo hará con vosotros mi Padre celestial, si cada cual no perdona de corazón a su hermano».

Palabra del Señor

 


Esta parábola afirma que cada cual va a recibir de Dios el trato que cada cual les dé a los demás. Es decir, el comportamiento de cada uno con los otros es la medida del comportamiento que Dios tiene con cada ser humano. Por tanto, el respeto, la tolerancia, la estima, la capacidad de perdón que cada ser humano tiene con las personas con las que convive, ese va a ser el respeto, la tolerancia, la estima y el perdón que va a recibir de Dios.


Aquí estamos, pues, ante un criterio fundamental para determinar cómo ha de ser nuestro comportamiento ético. Por supuesto, este criterio es válido para personas creyentes. Para justificar una conducta ética, no hay que echar mano de Dios. El agnóstico y el ateo pueden ser (y los hay en abundancia) personas intachables. Pero lo que no resulta fácil de entender es que una persona, que carece de un referente último que esté por encima de las circunstancias, pueda ser una persona que actúe, si es necesario, en contra de sus intereses y a favor de los intereses de los demás. Lo trágico de este momento es que hay ya demasiada gente, que no tiene más criterio, a la hora de actuar, que lo que le interesa o le conviene. Sin pensar que lo que haga con los demás, será la medida de su dicha o su desdicha.


¿Por qué hay personas incapaces de tratar a los demás como ellos quieren ser tratados? Porque no tienen más referente ni más criterio que la gratificación inmediata de lo que les satisface. La parábola de este evangelio deja patente que quien procede así, en el fondo, es el ser más desgraciado. Y el que, en definitiva, tiene peor futuro.

 

 

 

23 Domingo Tiempo Ordinario

 

Mateo 18,15-20

EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Si tu hermano peca contra ti, repréndelo estando los dos a solas. Si te hace caso, has salvado a tu hermano.
Si no te hace caso, llama a otro o a otros dos, para que todo el asunto quede confirmado por boca de dos o tres testigos. Si no les hace caso, díselo a la comunidad, y si no hace caso ni siquiera a la comunidad, considéralo como un pagano o un publicano.
En verdad os digo que todo lo que atéis en la tierra quedará atado en los cielos, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en los cielos.
Os digo, además, que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre que está en los cielos. Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos».

Palabra del Señor

 


El problema, que se plantea en este evangelio, es el problema del perdón de los pecados. El texto empieza presentando la situación del que peca: "Si tu hermano peca...". Si ocurre que otro te ofende, ¿qué solución tiene eso? Jesús no hace mención de ningún ritual, ni del recurso a un personaje sagrado, con poderes para perdonar en nombre de Dios. Jesús es muy claro: si uno ofende o hace daño a otro, no hay más que una solución: que se reconcilien entre ellos, es decir, que se perdonen mutuamente.


El dato capital es que el perdón mutuo, entre humanos, es también perdón de Dios. Por eso dice el texto: "lo que atéis en la tierra, queda atado en el cielo...". Es más, Jesús añade que "si dos de vosotros se ponen de acuerdo... Porque donde dos o tres están reunidos..., allí estoy yo en medio de ellos". Lo que une a las personas, une con Dios. O en otras palabras, "donde dos personas se unen, Dios se une con ellos".


La intervención de la autoridad eclesiástica (primero, el obispo y, a partir del s. VIII, los presbíteros) se introdujo relativamente pronto, ya en el s. III. Pero consta históricamente que siempre se admitió el perdón concedido por la bendición de un laico, una costumbre que pervivió, con seguridad, hasta el s. XVI. San Ignacio de Loyola, en su Autobiografía, cuenta que, en una situación de apuro, se confesó con un soldado. En todo caso, la confesión auricular detallada de los pecados a un sacerdote no está documentada dogmáticamente. Fue una decisión disciplinar del concilio de Trento, basada en un hecho históricamente falso (que siempre existió ese tipo de confesión) y en un argumento también falso (que el sacerdote actúa como juez, un cargo que jamás Jesús concedió a sus apóstoles).
 

 

 

22 Domingo Tiempo Ordinario

 

Mateo 16, 21-27

EN aquel tiempo, comenzó Jesús a manifestar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén y padecer allí mucho por parte de los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, y que tenía que ser ejecutado y resucitar al tercer día. Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo:
«Lejos de ti tal cosa, Señor! Eso no puede pasarte».
Jesús se volvió y dijo a Pedro:
«Ponte detrás de mí, Satanás! Eres para mí piedra de tropiezo, porque tú piensas como los hombres, no como Dios».
Entonces dijo a los discípulos:
«Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga.
Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí, la encontrará.
¿Pues de qué le servirá a un hombre ganar el mundo entero, si pierde su alma? ¿O qué podrá dar para recobrarla?
Porque el Hijo del hombre vendrá, con la gloria de su Padre, entre sus ángeles, y entonces pagará a cada uno según su conducta.
 

Palabra del Señor

 


 

A partir del momento en que los discípulos, por boca de su portavoz, Pedro, afirman su fe en Jesús como el Mesías (Mc 8, 27-30; Mt 16, 13-16; Lc 9, 18-21), este "empieza" a explicar a aquellos hombres en qué consistía su mesianismo y cómo se iba a realizar. Tal mesianismo no sería una carrera de éxitos, de triunfos, de poder y de fama. Todo lo contrario. El mesianismo, que podría traer salvación y solución al mundo, sería (tenía que ser) y se realizaría en una vida que iba a terminar en el enfrentamiento mortal con los poderes religiosos y políticos, hasta verse marginado, excluido y condenado por tales poderes.


Este hecho, tal como históricamente sucedió, le pareció a Pedro intolerable. Por eso "increpó" a Jesús. Lo que fue motivo de un enfrentamiento durísimo. Porque Jesús llegó a calificar a Pedro de "Satanás". ¿Por qué llegó aquel enfrentamiento hasta tal extremo? Estaba en juego lo más decisivo. ¿Por qué? El Mesías, según el A. T., era el "ungido". Y ungidos eran el "sumo sacerdote" y el "rey". El mesianismo estaba asociado, para cualquier judío, a lo más digno, el poder y a la grandeza. La idea del Mesías estaba, por tanto, vinculada a lo sobrehumano, al gobierno glorioso del rey David (Is 9, 1-6; 11, 1 ss; Mi 5, 1-5). Quizá en la idea del Mesías entraba también el concepto de "lo sagrado". Pero de lo que no cabe duda es que la idea judía del mesianismo estaba vinculada a la realeza, con el poder y dignidad que le corresponde al que encarna el papel y la grandeza de la salvación del pueblo elegido.


Estando así las cosas, y siendo esa la mentalidad del judaísmo proveniente del A. T., se comprende que Jesús, al explicar su mesianismo (tal como de hecho se consumó), tuvo que echar mano de una fórmula fuerte y tajante: "el Mesías tiene que ir a Jerusalén y padecer allí mucho". Pero, en la historia de la interpretación bíblica, esta necesidad ha planteado un problema en el que la teología se ha atascado: Jesús "tenía que" padecer y morir rechazado por las autoridades religiosas, ¿por qué así lo había decidido Dios? ¿Por qué el propio Jesús vivió de forma que aquella vida no podía acabar sino en el fracaso, el sufrimiento y la muerte de un subversivo? Aquí está el problema capital para entender a Jesús, para comprender lo que significa el cristianismo, y para vivir la fe cristiana con coherencia y según su razonable significado. ¿Qué quiere decir esto?


La afirmación fuerte, que hace Jesús, según la cual el Mesías "tiene que padecer mucho", asocia el sufrimiento y la muerte de Cristo con "una necesidad absoluta". Esto es lo que ha dado pie a decir que fue Dios quien decretó el sufrimiento y la muerte de Jesús. Pero, si llegamos a esta conclusión, en el fondo lo que estamos afirmando es que Dios necesitó sufrimiento y muerte, nada menos que la muerte de su Hijo. Lo cual es hacer de Dios un monstruo de maldad y sadismo. Semejante afirmación teológica es absolutamente intolerable e inaceptable. En un Dios así, no es posible creer.


Para poner las cosas en su sitio, es necesario saber:

1) En el N. T. se relaciona el vocablo "dei" con normas de Dios para la ética y la piedad (Hech 5, 29; 1 Tes 4, 1; Rom 8, 26; 1 Cor 8, 2; 1 Tim 3, 2. 7. 15; Lc 13, 14. 16).

2) Nunca se relaciona con sufrimientos que Dios manda o con decisiones divinas relativas a la muerte de alguien.

3) Y, por supuesto, jamás se vincula a sufrimientos, violencia y muerte cuyo origen esté en las autoridades religiosas


Hay que decir, por tanto, lo que dicen los evangelios cuando ponen en boca de Jesús los anuncios de la pasión: fueron los sumos sacerdotes, los letrados y los senadores los que decidieron torturar, humillar y asesinar a Jesús. En este sentido, se puede afirmar que no fue Dios, sino que fue la Religión (por sus representantes oficiales) la que mató a Jesús. El proyecto de matar a Jesús brotó de los observantes religiosos, los fariseos (Mc 3, 6). Y lo consumó el Sanedrín de las autoridades religiosas de Jerusalén (Jn 11, 47-53).


Pero lo que ocurrió, en el cristianismo primitivo, es que los evangelios se redactaron y difundieron (en su redacción definitiva) después del año 70, datación que está generalmente aceptada y comprobada. Pero, mucho antes, entre los años 41 y 51-52, las primeras "iglesias", fundadas casi todas por el apóstol Pablo, recibieron un mensaje distinto al de los evangelios. Fue el mensaje según el cual Cristo murió crucificado, como "sacrificio" y "expiación" por nuestros pecados. Lo que, a juicio de Pablo, fue un acto de generosidad de Dios. Fue el Padre quien entregó a su Hijo, para nuestra "justificación" y "redención" (2 Cor 5, 21; Rom 3, 24-26...).


Estas dos interpretaciones de la muerte de Jesús, la de los evangelios y la de Pablo, no se han integrado debidamente en la teología cristiana. Pero el hecho histórico nos dice que Jesús murió como un fracasado subversivo, por solidaridad con todos los que sufren en este mundo. Esto es lo capital. Y tendría que ser lo determinante para la Iglesia.
 

 

 

 

21 Domingo Tiempo Ordinario

 

Mt 16, 13-20

En aquel tiempo llegó Jesús a la región de Cesarea de Filipo y preguntaba a sus discípulos: Quién dice la gente que es el Hijo del Hombre?" Ellos contestaron: "Unos que Juan Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas". Él les preguntó. "Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?" Simón Pedro tomó la palabra y dijo: "Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo'. Jesús le respondió: "¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo. Ahora te digo yo: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará. Te daré las llaves del Reino de los Cielos, lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo, y lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo". Y les mandó a los discípulos que no dijesen a nadie que él era el Mesías.

 


Como es bien sabido, en este texto del evangelio de Mateo, las palabras que Jesús le dice a Pedro sobre el significado de su nombre, sobre le edificación de la Iglesia y sus poderes (Mt 16, 18-19), han sido (y siguen siendo) motivo de análisis y discusiones entre los especialistas. Porque resulta extraño que unas palabras tan importantes no aparezcan en los otros evangelios que relatan el mismo pasaje (Mc 8, 27-30; Lc 9, 18-21). Porque la palabra griega Pétros no existía como nombre antes del cristianismo. Y porque la "asamblea" se empezó a usar entre los cristianos después de resurrección.


Pero es un hecho que este texto, durante la Edad Media se utilizó como evangelio de las misas de ordenación de obispos. Lo cual quiere decir que, en casi todo el primer milenio, la Iglesia tuvo la conciencia de que estas palabras de Jesús, si es que las dijo Jesús tal como han llegado hasta nosotros, se referían a todos los apóstoles, puesto que fue a los Doce a los que Jesús preguntó. Pedro fue el portavoz de los Doce.


Lo que este evangelio nos recuerda son dos cosas:

1) La Iglesia tiene conciencia, desde sus primeros tiempos, de que es "apostólica". Es decir, la Iglesia procede de la fe que nos trasmitieron los apóstoles. En ese sentido, es "jerárquica", en cuanto que el episcopado proviene del "apostolado".

2) En el Nuevo Testamento, la figura de Pedro se destaca. Lo que se tomó como argumento para aceptar el papel especial del obispo de Roma en el gobierno de la Iglesia. Pero, lo que no tiene fundamento alguno en el Nuevo Testamento es la actual organización y la gestión que se hace del papado. El gobierno de la Iglesia se tiene que organizar y gestionar de manera distinta a como eso se viene haciendo desde el siglo tercero. Y se sigue haciendo en la actualidad.


De todas maneras, en el s. V, el papa Gelasio distinguía entre autoridad y potestad. La "autoridad" correspondía a los Pontífices, la "potestad" era propia de los Emperadores. Siglos más tarde, a partir de Gregorio VII (s. XI), el Papa se apropia el concepto y el ejercicio de la potestad. En el sentido de una monarquía total "nada se escapa de su potestad". Es evidente que Jesús no pudo pensar, y menos conceder, semejante potestad. Lo que la "potestad plena, universal e inmediata", de la que hablan los concilios Vaticano I y II (LG 22) se debería aclarar y precisar. Para bien de la Iglesia entera y garantía de la autoridad y credibilidad del papado.

 

 

 

20 Domingo Tiempo Ordinario

 

Mt 15, 21-28


En aquel tiempo, Jesús salió y se retiró al país de Tiro y Sidón. Entonces una mujer cananea, saliendo de uno de aquellos lugares, se puso a gritarle: "Ten compasión de mí, Señor Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo". Él no le respondió nada. Entonces los discípulos se le acercaron a decirle: "Atiéndela, que viene detrás gritando". Él les contestó: "Solo me han enviado a las ovejas descarriadas de Israel'. Ella los alcanzó y se postró ante él, y le pidió de rodillas: "Señor, socórreme". Él le contestó: "No está bien echar a los perros el pan de los hijos". Pero ella repuso: "Tienes razón, Señor; pero también los perros comen de las migajas que caen de la mesa de los amos". Jesús le respondió: "Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas". En aquel momento quedó curada la hija.

 


Está claro, por lo que se cuenta en este relato, que Jesús tenía la convicción de que su misión era recuperar a las "ovejas descarriadas" de Israel. Jesús dijo esto en un territorio pagano. Por lo tanto, en aquel momento, Jesús tenía la idea de que él había venido a este mundo para restaurar a Israel, para renovar la fe, la religiosidad, la vida y las costumbres de aquel pueblo. Es verdad que, al final del evangelio, después de la resurrección, el Resucitado que nos presenta Mateo envía a sus discípulos a "hacer discípulos de todas las naciones" (Mt 28, 19). Pero eso responde a ideas muy posteriores al año 70, cuando los israelitas se veían dispersos por todo el Imperio. Lo más probable es que la comunidad de Mateo era una comunidad de cristianos procedentes del judaísmo. Esto explicaría que Mateo presentara un Jesús limitado a renovar a los hijos de Israel.


Pues bien, lo notable es que, para restaurar a un pueblo tan profundamente religioso, Jesús no se dedicó a actividades principalmente religiosas. Jesús vio que la solución de aquel pueblo estaba en preocuparse por los enfermos y los hambrientos, por los que se agobiaban por el dinero y se dejaban llevar por deseos de poder. Jesús se dio cuenta de que la solución de una religión corrupta no está en exigir el cumplimiento de las normas religiosas y en fortalecer el poder de los sacerdotes. Jesús entendió que lo que el pueblo necesitaba era acoger a los que sufren, dar vida a los que carecían de dignidad y respeto, acompañar a los débiles, humanizar la convivencia todos con todos, sin rechazar ni a los extranjeros, como hizo con la mujer este relato.


Las religiones no se renuevan con más exigencias religiosas, sino con más humanidad, más respeto, más tolerancia, más bondad con todos. Si no hay eso, la religión exuberante y pomposa solo sirve para que tengan éxito los mandatarios religiosos. Eso es todo. Lo importante y lo decisivo no es renovar el "hecho religioso", sino desplazar el "hecho religioso". La religión se renueva cuando el centro de la religiosidad no se pone en los templos, los sacerdotes y los ritos, sino en la misericordia, la bondad y la solidaridad con las personas que sufren y se ven marginadas y excluidas. Los ritos no cambian a las personas.
La bondad sí las cambia, es lo único que de verdad las cambia.

 

 

19 Domingo Tiempo Ordinario

 

Mateo 14, 22-33

DESPUÉS de que la gente se hubo saciado, Jesús apremió a sus discípulos a que subieran a la barca y se le adelantaran a la otra orilla, mientras él despedía a la gente.
Y después de despedir a la gente subió al monte a solas para orar. Llegada la noche estaba allí solo.
Mientras tanto la barca iba ya muy lejos de tierra, sacudida por las olas, porque el viento era contrario. A la cuarta vela de la
noche se les acercó Jesús andando sobre el mar. Los discípulos, viéndole andar sobre el agua, se asustaron y gritaron de miedo, diciendo que era un fantasma.
Jesús les dijo enseguida:
«Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!».
Pedro le contestó:
«Señor, si eres tú, mándame ir a ti sobre el agua».
Él le dijo:
«Ven».
Pedro bajó de la barca y echó a andar sobre el agua acercándose a Jesús; pero, al sentir la fuerza del viento, le entró miedo, empezó a hundirse y gritó:
«Señor, sálvame».
Enseguida Jesús extendió la mano, lo agarró y le dijo:
«Hombre de poca fe! ¿Por qué has dudado?».
En cuanto subieron a la barca amainó el viento. Los de la barca se postraron ante él diciendo:
«Realmente eres Hijo de Dios».
 

Palabra del Señor

 


Este relato tiene su clave de interpretación en el gesto final de aquellos hombres asustados por el viento, que les era contrario; y por la visión de Jesús caminando en la noche sobre el mar, en el que creyeron ver un fantasma. A ello se unió, para colmo, el incidente de Pedro, tan sobrado de audacia como falto de fe, que se vio perdido al hundirse en el mar. En tal estado de confusión, desde el momento en que Jesús se unió a ellos en la misma barca, inmediatamente vino la calma. Y fue en la calma recuperada donde descubrieron al Hijo de Dios.


El gesto de aquellos hombres fue "postrarse" ante Jesús.

Lo esencial -y también lo novedoso y lo que impresiona- en este relato, es que, en Jesús, la Divinidad se hace presente en la humanidad. En la condición y la conducta de un hombre que no ha soportado ver al pueblo desfallecer de hambre, que no ha querido poder ni populismo, que ha necesitado irse solo a rezar al monte, que ha venido en busca de aquellos pobres pescadores asustados y desorientados. Así es el Dios que se muestra en esta nueva teofanía del lago, haciendo de la noche atormentada un amanecer de sosiego de paz y alegría.


Queda, por tanto, patente una vez más, que el Dios de Jesús no se nos revela en el poder dominante, sino en la humanidad que busca a los atormentados, a los inseguros, a quienes se debaten en la noche oscura, a los que ven fantasmas y gritan de miedo, a los que se hunden como se hundía Pedro... Todo este relato es un símbolo. El gran símbolo de la bondad apasionada, que vuela sobre las aguas y las tinieblas, en busca del que sufre y se hunde. En esto descubrimos y encontramos la genialidad del Dios de Jesús.
 

                                                                                                                                                                                                                                                                                              

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