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DOMINGO, EL DIA DEL SEÑOR

 

 

COMENTARIOS SOBRE EL EVANGELIO DEL DOMINGO

JOSE MARÍA CASTILLO

 

 

Domingo de Resurrección

II Domingo de Pascua

IV Domingo de Pascua

V Domingo de Pascua

VI Domingo de Pascua

La Ascensión del Señor

 

 

 

 

 

LA ASCENSION DEL SEÑOR

 

Mateo 28, 16-20

EN aquel tiempo, los once discípulos se fueron a Galilea, al monte que Jesús les había indicado.
Al verlo, ellos se postraron, pero algunos dudaron.
Acercándose a ellos, Jesús les dijo:
«Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado.
Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos».

Palabra del Señor

 


La fiesta de la Ascensión del Señor se presta a que nos hagamos montajes imaginativos, sobre Dios, sobre el cielo y sobre la "otra" vida, que no son nada más que eso, "representaciones", lo que es decir que se trata de frutos de nuestra imaginación. Y, a veces, también de nuestra ignorancia. Dios no está ni arriba ni abajo. Ni el cielo está por encima de las nubes y de las estrellas. Ni los cuarenta días que van de la Resurrección a la Ascensión indican fechas fijas, como nosotros podemos calcular y pensar. Estas ideas no son sino "proyecciones" humanas que nosotros hacemos sobre realidades divinas, que no podemos saber.


Jesús fue "constituido Señor e Hijo de Dios" por la resurrección (Rom 1, 4). Es decir el acontecimiento de la Resurrección y el de la Ascensión no son sino dos formas de decir la misma cosa: que el Resucitado fue Glorificado. Y todo eso ocurrió a la vez, fue un solo y único acontecimiento. La Iglesia lo celebra en dos días distintos, con una diferencia de cuarenta días, porque el número 40 indicaba, en tiempos antiguos, la idea de "plenitud" o "totalidad". La fiesta de la Ascensión sirve para que los cristianos recordemos esta plena y total glorificación con que el Padre exaltó a Jesús.


Esta fiesta, por tanto, nos viene a decir que aquel pobre y humilde trabajador manual, aquel desconocido vecino de la aldea de Nazaret, por su vida coherente, fiel al designio de Dios, llevada a cabo en libertad y audacia, para hacer lo que el Padre le pedía y esperaba de él: su lucha y su afán por hacer este mundo más habitable, menos ingrato sobre todo para los más desgraciados de la vida, aquel humilde y sencillo Jesús, aquel hombre tan humano y entrañable, es el que nos trazó el camino de la gloria, del ascenso hasta el logro de nuestras aspiraciones más profundas y más nobles. He ahí el significado de esta festividad de la Ascensión del Señor.


Jesús había dicho que sus discípulos estaban destinados a ver la comunicación de lo celestial con lo terrenal, cosa que se evoca en la imagen de la escala de Jacob (Jn 1, 51; cf. Gen 28, 12-17; 32, 28-30). Es la escala, por la que suben y bajan los mensajeros (y los mensajes) de Dios, la comunicación de Dios con los humanos. Tal escala es Jesús, la vida de Jesús, el seguimiento de Jesús o sea la identificación de vida con lo que fue la vida de Jesús. Es la imagen plástica que nos deja la festividad de la Ascensión.

 

 

 

VI DOMINGO DE PASCUA

 

Juan 14, 15-21

EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Si me amáis, guardaréis mis mandamientos. Y yo le pediré al Padre que os dé otro Paráclito, que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad. El mundo no puede recibirlo, porque. no lo ve ni lo conoce; vosotros, en cambio, lo conocéis, porque mora con vosotros y está en vosotros. No os dejaré huérfanos, volveré a vosotros. Dentro de poco el mundo no me verá, pero vosotros me veréis y viviréis, porque yo sigo viviendo. Entonces sabréis que yo estoy en mi Padre, y vosotros en mí y yo en vosotros. El que acepta mis mandamientos y los guarda, ese me ama; y el que me ama será amado por mi Padre, y yo también lo amaré y me manifestaré a él».

 

Palabra del Señor

 


Jesús hace aquí a sus discípulos la primera promesa de que les va a dar un "Defensor" que les acompañará y estará siempre de su parte. Este Defensor es el "Espíritu de la verdad" o el "Espíritu Santo (Jn 14, 26). Este "Defensor", es el "llamado" (por alguien para algo). En los escritos de Juan, lo define como el que es llamado para defender a los discípulos. Por tanto, se interpreta como el "abogado defensor" de los seguidores de Jesús.


Esto —concretando más— nos viene a decir que los cristianos, si son verdaderamente seguidores de Jesús, van a vivir de tal manera que necesitarán un "abogado defensor", el Paráclito, del que habla de forma insistente el IV evangelio (Jn 14, 16 s; 14, 26; 15, 26; 16, 7-11; implícitamente también en 16, 13-15). Es el Espíritu que estará "con", "junto a" y "en" los discípulos de Jesús. En otras palabras, los seguidores de Jesús van a vivir de tal manera que necesitarán constantemente un "abogado defensor" junto a ellos. Ahora bien, el que necesita siempre un abogado para que le defienda, sin duda es que se trata de una persona que se va a meter en problemas, que vivirá situaciones conflictivas y necesitará ayuda constante. En una sociedad, en la que se impone la desigualdad en dignidad y derechos, permanecer indiferente o en silencio es, en definitiva, hacerse cómplice del sufrimiento de los más débiles. Por eso, para ser coherente en la vida, necesitamos una luz y una fuerza, que solamente nos puede venir del Abogado Consolador, que es el Espíritu de Dios.


Por esto se comprende que la vida del que toma en serio el Evangelio, será inevitablemente una vida que se ve enfrentada a frecuentes situaciones problemáticas ante los poderes del "orden establecido", que no soporta los criterios de vida, los valores y las pautas de conducta ética que niegan los valores que rigen el presente "desorden" en que vivimos. Esto, evidentemente, es un reto que asusta. Pero es también una luz de esperanza para el futuro de la humanidad. Porque solo personas de Espíritu podrán darle un giro nuevo a la civilización y a la historia.

 

 

 

V DOMINGO DE PASCUA

 

Juan 14, 1-12

EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«No se turbe vuestro corazón, creed en Dios y creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas moradas; si no, os lo habría dicho, porque me voy a prepararos un lugar. Cuando vaya y os prepare un lugar, volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo estéis también vosotros. Y adonde yo voy, ya sabéis el camino».
Tomás le dice:
«Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?».
Jesús le responde:
«Yo soy el camino y la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí. Si me conocierais a mí, conoceríais también a mi Padre. Ahora ya lo conocéis y lo habéis visto».
Felipe le dice:
«Señor, muéstranos al Padre y nos basta».
Jesús le replica:
«Hace tanto que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: “Muéstranos al Padre”? ¿No crees que yo estoy en el Padre, y el Padre en mí? Lo que yo os digo no lo hablo por cuenta propia. El Padre, que permanece en mí, él mismo hace las obras. Creedme: yo estoy en el Padre y el Padre en mí. Si no, creed a las obras.
En verdad, en verdad os digo: el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y aun mayores, porque yo me voy al Padre».
 

Palabra del Señor

 


Sin duda, hemos leído este evangelio muchas veces. Y no nos damos cuenta de que, en realidad, no nos creemos lo que aquí dice Jesús. No lo creemos porque el Dios, que tenemos en nuestra cabeza, no es el Padre del que aquí habla Jesús. El mismo Jesús tendría que preguntarnos lo que le preguntó a Felipe: "¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre en mí?" Dios, el Padre, está en Jesús. Es decir, en Jesús lo divino se ha unido con lo humano. Por tanto, en la conducta de Jesús vemos cómo es la conducta de Dios. Y en las preferencias de Jesús aprendemos qué preferencias tiene Dios.


Probablemente preferimos que Dios esté en el cielo, allá lejos. Y nosotros aquí en nuestra tierra. Hay mucha gente que necesita un Dios lejano y grandioso al que adorar. Esa gente le teme a un Dios cercano, humano, tangible y visible, al que hay que imitar. La adoración es más fácil y menos exigente que la imitación. La adoración se hace en un rato y luego nos deja con paz y buena conciencia. La imitación es tarea de siempre, en el trabajo y en el descanso, en el templo y en la calle, en las alegrías y en las penas. La adoración se despacha pronto. La imitación es una carga pesada que no nos deja y nos exige constante vigilancia.


Las religiones son, por lo general, un proyecto de relación con Dios. El cristianismo es un proyecto de unión con Dios. La "relación" consiste en observar determinadas "mediaciones" (ritos, ceremonias, costumbres...). La "unión" consiste en hacer, a todas horas, lo que hace Dios. Por ejemplo, Dios manda el sol cada mañana a buenos y malos; y hace que caiga la lluvia al igual sobre justos y pecadores. O sea, Dios no hace diferencias. Creer en el Dios de Jesús es ir por la vida sin hacer jamás diferencias: ni entre amigos y enemigos; ni entre los de derechas y los de izquierdas; ni entre ricos y pobres; ni entre conocidos y desconocidos. Pero entonces, si esto es así. ¡Qué difícil es creer de verdad en nuestro Dios! Solo la bondad y la fuerza de Jesús pueden hacer eso posible.


Hay que preguntarse, con toda sinceridad y sin miedo: ¿Le tenemos miedo al Evangelio? Esta pregunta es capital. Porque, si nos olvidamos del Evangelio, si no lo tenemos constantemente presente en nuestros criterios, convicciones y pautas de conducta, ¿no será porque nos da miedo? ¿No nos sucederá que le tenemos pánico a tener que aceptar que la rectitud de nuestra vida depende de nuestra fidelidad al Evangelio?

 

 


IV DOMINGO DE PASCUA

 

Juan 10, 1-10

EN aquel tiempo, dijo Jesús:
«En verdad, en verdad os digo: el que no entra por la puerta en el aprisco de las ovejas, sino que salta por otra parte, ese es ladrón y bandido; pero el que entra por la puerta es pastor de las ovejas. A este le abre el guarda y las ovejas atienden a su voz, y él va llamando por el nombre a sus ovejas y las saca fuera. Cuando ha sacado todas las suyas camina delante de ellas, y las ovejas lo siguen, porque conocen su voz; a un extraño no lo seguirán, sino que huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños».
Jesús les puso esta comparación, pero ellos no entendieron de qué les hablaba. Por eso añadió Jesús:
«En verdad, en verdad os digo: yo soy la puerta de las ovejas. Todos los que han venido antes de mí son ladrones y bandidos; pero las ovejas no los escucharon.
Yo soy la puerta: quien entre por mí se salvará y podrá entrar y salir, y encontrará pastos.
El ladrón no entra sino para robar y matar y hacer estragos; yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante».
 

Palabra del Señor

 

 

 

La Palestina del tiempo de Jesús era un país en el que la ganadería y la agricultura eran dos realidades importantes. Se comprende la frecuencia con que el NT utiliza la imagen del pastor de ganado menor para explicar cómo deben comportarse los sacerdotes y los dirigentes religiosos en general (Mt 18, 12; 25, 32; Hech 20, 28-29; 1 Pe 5, 2-4; Mc 14, 27; Heb 13, 20). Sobre todo, para entender el alcance del capítulo 10 de Juan, hay que tener presente que Jesús dirige esta dura diatriba, no solo contra los "pastores de Israel" (los líderes religiosos), sino más en concreto contra los fariseos con quienes se ha enfrentado al curar al ciego de nacimiento (Jn 9, 19-41).

El oficio de pastor no era tarea de pobres, sino más bien uno de los "oficios despreciados" en Israel. La mayoría de ellos eran tramposos y ladrones. Por eso estaba prohibido comprarles lana, leche o cabritos. En estas condiciones, Jesús hace la gran denuncia pública contra los "pastores religiosos" de aquel pueblo, a los que acusa de "extraños", (Jn 10, 5), de "ladrones" y "salteadores" (Jn 10, 8). Dado que esta acusación se refiere a los fariseos, resulta notable que Jesús califique con tanta dureza la conducta moral de los pastores más observantes de los rituales religiosos. ¿Por qué esta denuncia? Porque los ritos son acciones que, debido al rigor en la observancia de las normas, se constituyen en un fin en sí. De ahí que lo primario en el comportamiento del ritual religioso es el rito mismo, y no la conducta moral.

Esto es lo que explica lo más profundo que Jesús denuncia en su acusación contra los pastores a los que, en verdad, no les importa el rebaño, y al que no conocen, ni son conocidos por sus ovejas. Pero sobre todo son ladrones y salteadores. La preocupación central de estos hombres es cumplir las normas, observar los ritos, ser vistos como hombres ejemplares. El problema es que hacen compatible esa preocupación central con "vidas ocultas" y "sentimientos inconfesables" que son propios de auténticos bandidos. Jesús viene a decir, con esta acusación, que quienes más daño hacen a la Iglesia son los "pastores" de la Iglesia. A los que ya San Pablo enumera entre los responsables de la comunidad cristiana (Ef 4, 11).

 

 

 

 

II DOMINGO DE PASCUA

 

Juan 20,19-31

AL anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en
medio y les dijo:
«Paz a vosotros».
Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió:
«Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo».
Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo:
«Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».
Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían:
«Hemos visto al Señor».
Pero él les contestó:
«Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo».
A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo:
«Paz a vosotros».
Luego dijo a Tomás:
«Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente».
Contestó Tomás:
«Señor mío y Dios mío!».
Jesús le dijo:
«¿Porque me has visto has creído? Bienaventurados los que crean sin haber visto».
Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Estos han sido escritos para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre.

Palabra del Señor

 


La situación del apóstol Tomás, que describe este evangelio, es la situación de tantas personas que, como aquel apóstol, al referirse a las cosas de Dios, de Cristo, de la Religión, dicen lo que dijo aquel: "si no lo veo, no lo creo". No es un problema sin importancia. A fin de cuentas, todos nosotros aprendemos por medio de los sentidos: por lo que vemos, oímos, tocamos, sentimos. De ahí que todo lo "sobrenatural", que no está al alcance de los sentidos, se nos hace un problema. Sobre todo, si se trata de algo que no es demostrable mediante argumentos o razones que se pueden justificar a partir de lo sensible.


Las señas sensibles del Resucitado son llagas de dolor y sufrimiento, que se pueden ver y tocar. Pero no solo eso. Además, son señales de dolor y sufrimiento en las que hay vida. Las llagas de Jesús, siendo llagas de muerte, se palpaban en un ser viviente. Eso justamente es lo que Tomás vio y palpó. Y eso es lo que le llevó a reconocer en Jesús su Señor y su Dios.


Dios entra por los sentidos. Cuando nuestros sentidos ven y palpan dolor y sufrimiento, llagas y cicatrices de muerte. Pero en las que no hay muerte, sino vida, esperanza, futuro. Es importante aplicar esto a nuestras vidas y a nuestra Iglesia: ¿qué enseñamos nosotros como pruebas de que lo de Jesús es verdad? ¿Se palpan en nosotros llagas y cicatrices con vida y con esperanza? ¿Y la Iglesia? ¿Qué enseña? ¿Llagas de dolor y cicatrices de sufrimiento? ¿O enseña, por el contrario, lujo, boato y ostentación? Lo que más daño hace a la causa de Jesús es ir por la vida ostentando poder, riqueza, privilegios, importancia, ostentación (la que sea), no el dolor de Jesús.


Por último, conviene advertir que el evangelio no presenta a Tomás metiendo el dedo en las heridas de Jesús, ni siquiera tocándolas. Ver las heridas basta para que Tomás haga su acto de fe (Jn 20, 27-28). La bendición final, que se expresa en el relato, es para aquellos que creen simplemente sobre la base del testimonio apostólico, sin haber visto por sí mismos (Jn 20, 29). El Evangelio es el mejor mensaje para quienes hacemos nuestro acto de fe en la fuerza de la vida, que vence a la muerte, porque creemos en la vida, en el futuro de la vida para siempre, incluso sin haber visto, ni tocado, al "Eterno Viviente", Jesús.

 

 

DOMINGO DE RESURRECCIÓN. JESUS ES NUESTRA ESPERANZA

 

Juan 20, 1-9

EL primer día de la semana, María la Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro.
Echó a correr y fue donde estaban Simón Pedro y el otro discípulo, a quien Jesús amaba, y les dijo:
«Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto».
Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corría más que Pedro; se adelantó y llegó primero al sepulcro; e, inclinándose, vio los lienzos tendidos; pero no entró.
Llegó también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro: vio los lienzos tendidos y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no con los lienzos, sino enrollado en un sitio aparte.
Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó.

Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos.
 

Palabra del Señor

 


El hecho mismo de la resurrección no lo cuenta ningún autor del Nuevo Testamento. Porque no se puede relatar un acontecimiento que no está a nuestro alcance. No existen medios de comunicación entre "este mundo" y el "otro mundo", como los hay entre los extremos más opuestos y lejanos del universo entero. Lo que nos relatan los evangelios de las apariciones son la "experiencia" del Resucitado, que tuvieron y vivieron los primeros testigos de la resurrección.


El testimonio de aquellos primeros testigos, prolongado durante siglos, es el hilo conductor que nos une al Resucitado. De ahí, la importancia decisiva, que tiene para los creyentes en Jesucristo, mantenerse fieles y perseverar, sin desalientos, en la fe de quienes vivieron aquellas primeras experiencias de Jesús como el Viviente, que supera la fuerza inevitable de destrucción y de aniquilación que es la muerte. La aspiración suprema del ser humano es vivir. Y vivir feliz. La respuesta a esa aspiración es Jesús resucitado.


Los relatos de las apariciones no son más que testimonios, inconexos en los detalles, de lo que representó, para los primeros testigos de la fe, esta experiencia fabulosa de saberse poseedores de la solución a lo que todo el mundo, durante todas las generaciones, ha vivido como anhelo supremo de lo más y mejor que se puede poseer. Algo más valioso y más motivador que todas las riquezas y todos los poderes de este mundo.


Además de lo dicho, nunca deberíamos olvidar que los seres humanos, tal como somos y existimos, necesitamos de la esperanza para poder vivir. Un ser humano, que ha perdido toda posible esperanza, pierde inevitablemente los motivos que necesitamos para seguir haciendo lo que de nosotros depende para seguir viviendo. También, en este punto capital, le debemos a Jesús y su memoria, lo más que se le puede deber a alguien. Jesús nos mantiene fuerte el instinto de conservación y la fuerza para superar toda desesperanza.

 

 

                                                                                                                                                                                                                                                                                              

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