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DOMINGO, EL DIA DEL SEÑOR

 

 

COMENTARIOS SOBRE EL EVANGELIO DEL DOMINGO

JOSE MARÍA CASTILLO

Miércoles de Ceniza

I Domingo de Cuaresma

II Domingo de Cuaresma

 

 

 

 

 

 

II DOMINGO DE CUARESMA

 

Marcos 9, 2-10

EN aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a Juan, subió aparte con ellos solos a un monte alto, y se transfiguró delante de ellos. Sus vestidos se volvieron de un blanco deslumbrador, como no puede dejarlos ningún batanero del mundo.
Se les aparecieron Elías y Moisés, conversando con Jesús.
Entonces Pedro tomó la palabra y dijo a Jesús:
«Maestro, ¡qué bueno es que estemos aquí! Vamos a hacer tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías».
No sabía qué decir, pues estaban asustados.
Se formó una nube que los cubrió y salió una voz de la nube:
«Este es mi Hijo, el amado; escuchadlo».
De pronto, al mirar alrededor, no vieron a nadie más que a Jesús, solo con ellos.
Cuando bajaban del monte, les ordenó que no contasen a nadie que habían visto hasta que el Hijo del hombre resucitara de entre los muertos.
Esto se les quedó grabado y discutían qué quería decir aquello de resucitar de entre los muertos.

 

Palabra del Señor

 


Está claro que este relato, en el segundo domingo de Cuaresma, apunta claramente a la resurrección de Jesús. El relato lo sugiere al presentar a Jesús transfigurado, deslumbrante. Y el mismo Jesús hace referencia expresa a su propia resurrección de entre los muertos. Estamos, por tanto, ante un evangelio de vida que trasciende la muerte y pretende mantener viva la esperanza. Además, la palabra del Padre dijo muy claro, desde la nube, que escucharan solo a Jesús. Lo que era dar las máximas garantías de credibilidad a lo que Jesús iba a decir a los discípulos.


Pero el relato termina diciendo que ellos no se enteraron de lo que Jesús les anunció. Por eso discutían qué quería decir aquello. No era la primera vez, ni la última, que los discípulos se atascaban ante el anuncio de la resurrección. Siempre que, según parece, Jesús les anunció este desenlace final (Mt 16, 21; Mc 14, 28; Lc 9, 22; Mc 8, 31; 9, 8-10; 9, 31) no se enteraron ni supieron de qué hablaba, ni aquello les sirvió de motivo para la esperanza. Prueba de ello es que, según los relatos de las apariciones del Resucitado, los discípulos se resistieron a creer que aquello era verdad.


La transfiguración es el anticipo de algo que a muchos no nos acaba de entrar en la cabeza: la vida de Jesús no es un recuerdo de la historia pasada, sino que sigue presente en la historia nuestra, en la historia de todos los tiempos. Porque Jesús es el Viviente, que trasciende el espacio y el tiempo. Por eso ahora y siempre podemos seguir "escuchando" su palabra. Y por eso no nos debe sorprender que nos resulte tan complicado entender lo que quiere decir.
 

 

 

MIERCOLES DE CENIZA

 

Mateo 6, 1-6. 16-18

EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos; de lo contrario no tenéis recompensa de vuestro Padre celestial.
Por tanto, cuando hagas limosna, no mandes tocar la trompeta ante ti, como hacen los hipócritas en las sinagogas y por las calles para ser honrados por la gente; en verdad os digo que ya han recibido su recompensa.
Tú, en cambio, cuando hagas limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha; así tu limosna quedará en secreto y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará.
Cuando oréis, no seáis como los hipócritas, a quienes les gusta orar de pie en las sinagogas y en las esquinas de las plazas, para que los vean los hombres. En verdad os digo que ya han recibido su recompensa.
Tú, en cambio, cuando ores, entra en tu cuarto, cierra la puerta y ora a tu Padre, que está en lo secreto, y tu Padre, que ve en lo secreto, te lo recompensará.
Cuando ayunéis, no pongáis cara triste, como los hipócritas que desfiguran sus rostros para hacer ver a los hombres que ayunan. En verdad os digo que ya han recibido su paga.
Tú, en cambio, cuando ayunes, perfúmate la cabeza y lávate la cara, para que tu ayuno lo note, no los hombres, sino tu Padre, que está en lo escondido; y tu Padre, que ve en lo escondido, te recompensará».

 

Palabra del Señor

 


Este evangelio es un llamamiento a pasar por la vida -en cuanto eso depende de nosotros- de la forma más desapercibida posible. Por eso Jesús les dice a los cristianos: "No hagáis el bien para que os vean. Porque si hacéis el bien con esa intención, no os sirve para nada". Dios quiere que hagamos el bien, pero de tal manera que el bien se traduzca en bondad. Que no se note el bien que hacemos. Y, por tanto, que aparezcamos como los demás. Porque Dios está en lo escondido y ve solamente lo que se hace en lo escondido. Dios se vuelve ciego ante lo solemne, lo grandioso, lo que llama la atención. Lo que Dios quiere de nosotros es que quienes viven a nuestro lado se sientan más seguros, tengan paz, sean felices. Y eso se consigue solamente mediante la bondad, no mediante el cumplimiento ostentoso de lo que está mandado.


La limosna, la oración, el ayuno se hacen, con frecuencia, de forma que quien hace esas cosas se note que las hace. Y todo eso se hace así "con buena intención": para dar ejemplo, para hacer el bien a otros, para que la Iglesia se haga presente en la sociedad... Al Dios de Jesús no le interesa en absoluto nada de eso. Dios no quiere lo fastuoso, lo que llama la atención.


La doctrina del mérito ante Dios fue un mal invento de los teólogos antiguos. Con el Padre del Cielo no se hacen negocios. Hacer el bien en lo escondido es buscar únicamente el bien de los demás, no el negocio celestial de uno mismo. O mejor dicho: lo que Dios espera de nosotros es que siempre seamos personas que contagian bondad. He ahí el sentido profundo de la limosna, la oración y el ayuno. La doctrina del mérito (enaltecida por el monje Joaquín de Fiore) fue explicada y precisada en el 2º Concilio de Letrán, a comienzos del s. XIII.

 

 

I DOMINGO DE CUARESMA

 

Lectura del santo Evangelio según san Marcos 1, 12-15

EN aquel tiempo, aquel tiempo, el Espíritu empujó a Jesús al desierto. Se quedó en el desierto cuarenta días, siendo tentado por Satanás; vivía con las fieras y los ángeles lo servían. Después de que Juan fue entregado, Jesús se marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios; decía:
«Se ha cumplido el tiempo y está cerca el reino de Dios. Convertíos y creed en el Evangelio».

Palabra del Señor

 


Lo primero que se dice de Jesús, en cuanto fue bautizado por Juan, es que el Espíritu lo empujaba. Jesús fue un hombre llevado por el Espíritu, no por otros intereses o apetencias. ¿A dónde lo llevó el Espíritu? Al desierto. El desierto era, en aquel tiempo, ruptura con el sistema de vida y de sociedad en que se vivía. En el Egipto de los faraones, a eso se le llamaba Anachóresis, un fenómeno que se producía entre personas desarraigadas, deudores que no tenían resuelta su situación económica ante la Hacienda Pública, descontentos con el orden social imperante. Como leemos en Palladio o Rufino, los primeros monjes (s. III) eran en su gran mayoría personas ignorantes, esclavos o incluso individuos desarraigados, a los que bien podría llamárseles "cabezarrotas". Con tales gentes se asimiló Jesús, para empezar su ministerio público. El breve relato de Marcos da pie a pensar todo esto. Aunque lo más probable es que este relato no es histórico, sino que expresa simbólicamente lo que significa para nosotros Jesús de Nazaret.


Jesús ha sido decisivo en la historia de la humanidad. Lo ha sido, sobre todo, por su forma de entender la vida, las relaciones humanas, el poder, el valor del dinero, la extraordinaria importancia de los pobres, los últimos, los que sufren... Y también ha sido decisivo porque le dio un giro decisivo a la religión y a nuestra idea sobre Dios. Tales cambios, y tan asombrosos, empezaron a fraguarse en el "estado de ausencia ilegal" que inició Jesús en el desierto.


Y enseguida se puso a decir que ya estaba cerca el Reinado de Dios, el Reinado del Padre del Cielo. Es la Buena Noticia, porque es la noticia que anuncia una vida distinta, una sociedad distinta, una felicidad para todos, una esperanza para los pobres, los enfermos, los que sufren, los que ya han perdido toda esperanza. Y nos anuncia también —lo que es decisivo— cómo es el Dios que nos reveló Jesús al poner como centro de su mensaje "el Reino de Dios", es decir, cómo es Dios y dónde podemos encontrar a Dios: en la solidaridad con los últimos de este mundo.

 

 

 

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