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DOMINGO, EL DIA DEL SEÑOR

 

 

COMENTARIOS SOBRE EL EVANGELIO DEL DOMINGO

JOSE MARÍA CASTILLO

 

 

14 Domingo

15 Domingo

16 Domingo

Santiago, apóstol

17 Domingo

 

 

 

 

 

 

SANTIAGO APOSTOL

Mateo 20,20-28

En aquel tiempo, se acercó a Jesús la madre de los Zebedeos con sus hijos y se postró para hacerle una petición. Él le preguntó:
- ¿Qué deseas?
Ella contestó:
- Ordena que estos dos hijos míos se sienten en tu reino, uno a tu derecha y el otro a tu izquierda.
Pero Jesús replicó:
- No sabéis lo que pedís. ¿Sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber?
Contestaron:
- Lo somos.
Él les dijo:
- Mi cáliz lo beberéis; pero el puesto a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí concederlo, es para aquéllos para quienes lo tiene reservado mi Padre.
Los otros diez, que lo habían oído, se indignaron contra los dos hermanos. Pero Jesús, reuniéndolos, les dijo:
- Sabéis que los jefes de los pueblos los tiranizan y que los grandes los oprimen. No será así entre vosotros: el que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor, y el que quiera ser primero entre vosotros, que sea vuestro esclavo.
Igual que el Hijo del hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por muchos.

Palabra del Señor

 


Para comprender el alcance de este episodio, es indispensable tener en cuenta, ante todo, que lo que aquí se relata es el enfrentamiento de las apetencias de los Doce con el proyecto de Jesús. No se trata de las apetencias de la gente o de los discípulos en general, sino específicamente de los apóstoles, que pretendían exactamente lo contrario de aquello que Jesús veía como su programa central. Este relato se redactó, por lo menos, treinta años después de la muerte de Jesús. O sea, se redactó cuando ya las comunidades cristianas estaban organizadas, con sus dirigentes que se sabían relacionados con los apóstoles. Es importante tener presente que "las iglesias" las había fundado, años antes, el apóstol Pablo. "Iglesias" domésticas, urbanas, que, a la muerte de Pablo (en los años 60) ya estaban organizadas, con sus "asambleas" y sus "dirigentes". Y con sus estructuras de gobierno organizadas.


Mateo sitúa este incidente inmediatamente antes de la entrada de Jesús en Jerusalén (Mt 21, 1-11). Marcos lo pone cuando Jesús enfila el camino hacia la pasión (Mc 10, 32-45). Lucas es más radical y coloca el enfrentamiento en la cena de despedida, en la institución de la Eucaristía (Lc 22, 24-27). Los Doce ya sabían que Jesús no estaba ligado ni a la realeza, ni al sacerdocio. Ellos sabían que Jesús era un profeta (Mc 6, 4; 8, 11; Lc 7, 39; 13, 33; 14, 9). Por tanto, cuando apetecen los primeros puestos, sin duda pensaban que lo más eficaz para realizar lo que Jesús quería era tener poder, ser importantes, estar por encima de los demás. El autoritarismo de Pablo (1 Cor 4, 11-13; 2 Cor 6, 4-10; 11, 23-29...) y las exhortaciones de la primera carta de Pedro (5, 1-4) indican que seguramente antes de conocer los evangelios, se empezaron a imponer en las "iglesias" formas de dominación que sometían a los fieles.


No solo los Zebedeos, sino todos, los Doce, se equivocaron y pretendieron desviar el proyecto profético de Jesús. Lo que Jesús quiso es dejar claro que este mundo no se arregla desde los "selectos", los "poderosos", los "famosos" o los "importantes", sino desde abajo, desde los esclavos y los sirvientes (Mt 20, 26-28; Mc 10, 42-45; Lc 22, 27). Solo invirtiendo el "orden" de este mundo se arregla este mundo. Pero resulta que son precisamente los dirigentes de la comunidad cristiana, los altos cargos de la Iglesia, los que tienen más peligro de desvirtuar lo que Jesús quiso. Y poner lo que quiso al servicio de intereses mundanos. La historia de la Iglesia se ha encargado de demostrar que esto ha sucedido. Y el autoritarismo clerical ha hecho mucho daño a los cristianos y a la Iglesia.

 

 

 

Domingo 17 Tiempo Ordinario

 

Mateo 13, 44-52

EN aquel tiempo, dijo Jesús a la gente:
«El reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en el campo: el que lo encuentra, lo vuelve a esconder y, lleno de alegría, va a vender todo lo que tiene y compra el campo. El reino de los cielos se parece también a un comerciante de perlas finas, que al encontrar una de gran valor se va a vender todo lo que tiene y la compra.
El reino de los cielos se parece también a la red que echan en el mar y recoge toda clase de peces: cuando está llena, la arrastran a la orilla, se sientan y reúnen los buenos en cestos y los malos los tiran.
Lo mismo sucederá al final de los tiempos: saldrán los ángeles, separarán a \los malos de los buenos y los echarán al horno de fuego. Allí será el llanto y el rechinar de dientes.
¿Habéis entendido todo esto?».
Ellos le responden:
«Sí».
Él les dijo:
«Pues bien, un escriba que se ha hecho discípulo del reino de los cielos es como un padre de familia que va sacando de su tesoro lo nuevo y lo antiguo».

 

Palabra del Señor

 


La primera de estas parábolas compara la oferta de Jesús, el reinado de Dios, con un tesoro. Un tesoro tan valioso y que seduce tanto y produce tanta alegría, que el que lo encuentra se olvida de todo lo que tiene, lo abandona todo y ve en eso lo único que vale la pena en este mundo. Como es lógico, esto quiere decir que quien encuentra a Jesús y su mensaje, por eso mismo cambia radicalmente de vida. Una novedad así, no puede ser ni la práctica religiosa, ni, menos aún, las obligaciones que impone la religión. Ni siquiera las promesas de felicidad para la otra vida. Nada de eso es -para la gran mayoría de la gente- un tesoro que le cambia la forma de vivir. La creencia en una esperanza (¿incierta?, ¿insegura?) de futuro, normalmente, no modifica el presente visible, tangible.


Lo mismo hay que decir de la perla. En el fondo, es la misma comparación formulada con otras palabras. ¿Qué pueden expresar el "tesoro" y la "perla"? Solamente lo que más nos llena a los humanos: un ámbito y un ambiente humano de respeto, tolerancia, estima, cariño y seguridad, en el que damos felicidad y recibimos felicidad, con la convicción de que eso es (y será) para siempre. Solo eso puede significar lo que, tal como somos los humanos, Jesús ofrece y afirma.


La comparación de la red y la separación última y definitiva de los peces abre el horizonte de las promesas de Jesús de tal manera, que trasciende todas las limitaciones inherentes a la condición humana. La intención de Mateo, al colocar aquí esta última comparación, es poner un "centinela en el horizonte" último de todo lo meramente humano, para superarlo y trascenderlo más allá de cuanto nos atreveríamos a imaginar o sospechar los mortales.


En definitiva, la garantía más segura de que el Evangelio está presente en la vida está en que esta vida nuestra avanza y funciona impregnada
de alegría por el hecho de haber conocido y encontrado a Jesús y su Evangelio.

 

 

 

Domingo 16 Tiempo Ordinario

 

Mateo 13,24-43

En aquel tiempo, Jesús propuso esta parábola a la gente:
- El Reino de los cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla en su campo; pero, mientras la gente dormía, un enemigo fue y sembró cizaña en medio del trigo y se marchó. Cuando empezaba a verdear y se formaba la espiga apareció también la cizaña. Entonces fueron los criados a decirle al amo:
- Señor, ¿no sembraste buena semilla en tu campo? ¿De dónde sale la cizaña?
Él les dijo:
- Un enemigo lo ha hecho.
Los criados le preguntaron:
- ¿Quieres que vayamos a arrancarla?
Pero él les respondió:
- No, que podríais arrancar también el trigo. Dejadlos crecer juntos hasta la siega, y cuando llegue la siega diré a los segadores: «Arrancad primero la cizaña y atadla en gavillas para quemarla, y el trigo almacenadlo en mi granero».
[Les propuso esta otra parábola:
- El Reino de los cielos se parece a un grano de mostaza que uno siembra en su huerta; aunque es la más pequeña de las semillas, cuando crece es más alta que las hortalizas; se hace un arbusto más alto que las hortalizas y vienen los pájaros a anidar en sus ramas.
Les dijo otra parábola:
- El Reino de los cielos se parece a la levadura; una mujer la amasa con tres medidas de harina y basta para que todo fermente.
Jesús expuso todo esto a la gente en parábolas, y sin parábolas no les exponía nada.
Así se cumplió el oráculo del profeta:
«Abriré mi boca diciendo parábolas;
anunciaré lo secreto desde la fundación del mundo».
Luego dejó a la gente y se fue a casa. Los discípulos se le acercaron a decirle:
- Acláranos la parábola de la cizaña en el campo.
Él les contestó:
- El que siembra la buena semilla es el Hijo del hombre; el campo es el mundo; la buena semilla son los ciudadanos del Reino; la cizaña son los partidarios del Maligno; el enemigo que la siembra es el diablo; la cosecha es el fin del tiempo, y los segadores los ángeles.
Lo mismo que se arranca la cizaña y se quema, así será al fin del tiempo: el Hijo del hombre enviará a sus ángeles, y arrancarán de su Reino a todos los corruptores y malvados y los arrojarán al horno encendido; allí será el llanto y el rechinar de dientes. Entonces los justos brillarán como el sol en el Reino de su Padre. El que tenga oídos, que oiga.]


Palabra del Señor

 


La enseñanza de esta parábola está clara: a juicio de Jesús, nadie tiene en esta vida el derecho de erigirse en juez del bien y del mal. Nadie tiene, por tanto, el derecho de decidir dónde está el bien (el trigo) y dónde está el mal (la cizaña). Y menos aún, nadie tiene el derecho de considerarse con poder para pretender extirpar el mal de raíz (arrancar la cizaña). Porque bien puede ocurrir que, pensando que arranca la cizaña, en realidad lo que está arrancando es el trigo.


Por tanto, nadie puede constituirse en juez de los demás. Nadie tiene derecho a hacer eso. Nadie puede condenar a nadie, rechazar a nadie, reprobar a quien sea. Porque corre el peligro de equivocarse. De forma que, pensando que hace una cosa buena, en realidad lo que lleva a cabo es un destrozo. Jesús condena así el puritanismo y la intolerancia. Todos tenemos el peligro de incurrir en ese tipo de conductas. Y de sobra sabemos hasta qué punto la gente anda por ahí condenando, rechazando, ofendiendo, insultando... Pero este peligro se aumenta en la medida en que una persona se hace más religiosa, sobre todo si su religión es de carácter fundamentalista. Entonces, la intolerancia supera todos los límites y llega a crear ambientes en los que no se puede ni respirar. Este mundo está lleno de fanáticos, que se consideran con el derecho y el deber de obligar a que los otros cambien, hasta pensar y vivir como piensa y vive el fanático intolerante. La gente "muy religiosa" da miedo. Y hace la vida insoportable y la convivencia amarga.


En el fondo, el problema está en que, a fin de cuentas, el bien y el mal son categorías que dependen de los que tienen poder para definirlas. F. Nietzsche lo dijo muy bien: "fueron los buenos mismos, es decir, los nobles, los poderosos, los hombres de posición superior... quienes se sintieron y se valoraron a sí mismos y a su obrar como buenos, o sea como algo de primer rango, en contraposición a todo lo bajo, abyecto, vulgar y plebeyo" (Genealogía de la moral, I, 2). ¿Y así es como vamos a limpiar el campo del Señor de la presunta cizaña? A fin de cuentas, la esencia del fanatismo consiste en el deseo (y hasta el empeño) de "obligar a los demás a cambiar". En este punto es en el que coinciden todos los fanáticos del mundo, que con frecuencia degeneran hacia la violencia y el terror.

 

 

 

 

Domingo 15 Tiempo Ordinario

 

Mateo 13,1-23

Un día, salió Jesús de casa y se sentó junto al lago.
Y acudió a él tanta gente que tuvo que subirse a una barca; se sentó y la gente se quedó de pie en la orilla.
Les habló mucho rato en parábolas:
- Salió el sembrador a sembrar. Al sembrar, un poco cayó al borde del camino; vinieron los pájaros y se lo comieron.
Otro poco cayó en terreno pedregoso, donde apenas tenía tierra, y como la tierra no era profunda, brotó enseguida; pero en cuanto salió el sol, se abrasó y por falta de raíz se secó.
Otro poco cayó entre zarzas, que crecieron y lo ahogaron.
El resto cayó en tierra buena y dio grano: unos, ciento; otros, sesenta; otros, treinta.
El que tenga oídos que oiga.
[Se le acercaron los discípulos y le preguntaron:
- ¿Por qué les hablas en parábolas?
Él les contestó:
- A vosotros se os ha concedido conocer los secretos del Reino de los cielos y a ellos no. Porque al que tiene se le dará y tendrá de sobra, y al que no tiene se le quitará hasta lo que tiene. Por eso les hablo en parábolas, porque miran sin ver y escuchan sin oír ni entender. Así se cumplirá en ellos la profecía de Isaías:
«Oiréis con los oídos sin entender;
miraréis con los ojos sin ver;
porque está embotado el corazón de este pueblo,
son duros de oído, han cerrado los ojos;
para no ver con los ojos, ni oír con los oídos,
ni entender con el corazón,
ni convertirse para que yo les cure».
Dichosos vuestros ojos porque ven y vuestros oídos porque oyen. Os aseguro que muchos profetas y justos desearon ver lo que veis vosotros y no lo vieron, y oír lo que oís y no lo oyeron.
Vosotros oíd lo que significa la parábola del sembrador:
- Si uno escucha la palabra del Reino sin entenderla, viene el Maligno y roba lo sembrado en su corazón. Esto significa lo sembrado al borde del camino.
Lo sembrado en terreno pedregoso significa el que la escucha y la acepta enseguida con alegría; pero no tiene raíces, es inconstante, y, en cuanto viene una dificultad o persecución por la Palabra, sucumbe.
Lo sembrado entre zarzas significa el que escucha la Palabra, pero los afanes de la vida y la seducción de las riquezas la ahogan y se queda estéril.
Lo sembrado en tierra buena significa el que escucha la Palabra y la entiende; ése dará fruto y producirá ciento o setenta o treinta por uno.]
 

Palabra del Señor

 


Para entender esta parábola, lo primero que hay que tener en cuenta es que la "palabra", en las culturas del antiguo Oriente, no era meramente un "signo" que trasmite una "idea, sino que era una "fuerza" que transmitía una "realidad". La realidad que expresaba la palabra. En esta parábola, lo que Jesús explica es por qué muchas veces la palabra no es fuerza, sino que se frustra y, por eso, resulta ineficaz o su eficacia queda disminuida, limitada.


Tal como se habla de esto en la Biblia, la "palabra de Dios", no se asocia al sacerdote (Zacarías, el padre del Bautista, se quedó sin palabra, mudo: Lc 1, 20), mientras que la palabra vino sobre Juan, no en el templo, sino en el desierto (Lc 3, 2). Y es que la palabra era el medio con el que los profetas comunican su fuerza al pueblo (Am 1, 6).


Pero con Jesús, el tema de la palabra da un paso adelante que resulta decisivo: la palabra de Dios es la palabra de Jesús: "Pero yo os digo" (Mt 5, 22. 28...). La palabra de Jesús tiene tal fuerza, que hace milagros (Mt 8, 8. 16; Jn 4, 50-53), perdona pecados (Mt 9, 1-7 par), transmite su poder personal (Mt 18, 18; Jn 20, 23), perpetúa su presencia (Mt 26, 26-29 par). Ahora bien, todo esto supuesto, la pregunta que tenemos que afrontar es fuerte: ¿Por qué, con tanta frecuencia, la palabra del clero, de los catequistas, de los profesores de religión, no es semilla para nada? ¿Por qué esa palabra resulta tan inexpresiva, tan pesada, tan incómoda, tan rutinaria? ¿No será que, en lugar de "profetas" de la palabra, tenemos "funcionarios" del templo? ¿No indicará todo esto que nos hemos apegado a una religión rutinaria y cómoda, al tiempo que nos hemos alejado del Evangelio de Jesús?


Pero, si vamos hasta el fondo de lo que entraña todo este asunto, lo que queda claro es que la Palabra, que ha dicho Dios al mundo, es Jesús mismo y Jesús solo. Porque la encarnación de la Palabra no alude a Jesús como a un enviado escatológico en quien Dios actúa actualmente, sino que afirma la presencia de Dios mismo en la carne. En otras palabras: la encarnación de la Palabra significa la presencia de Dios en la persona de Jesús. Es decir, que en Jesús, en su vida, sus hechos y sus palabras, es donde aprendemos quién es Dios, cómo es Dios, lo que tenemos que hacer para relacionarnos con Dios.

 

 

 

Domingo 14 Tiempo Ordinario

 

Mateo 11,25-30

En aquel tiempo, Jesús exclamó:
- Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y se las has revelado a la gente sencilla. Sí, Padre, así te ha parecido mejor. Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo, y aquél a quien el Hijo se lo quiera revelar.
Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera.
 

Palabra del Señor

 


Este texto impresionante es una revelación. No solo de la intimidad de Jesús con Dios, sino sobre todo de quién es Jesús y de quién es Dios. En efecto, el "conocimiento" mutuo y exclusivo entre Jesús y el Padre se expresa, no solo una "información", sino un "contenido teológico": la relación del Hijo con el Padre y la relación del Padre con el Hijo es la razón y el contenido de la revelación. Es "el conocimiento de lo igual por lo igual". Lo cual quiere decir que en Jesús, en su vida y su forma de proceder, ahí y en eso, es donde conocemos a Dios. Lo que, con otras palabras, significa que la vida y el comportamiento de Jesús es la revelación de Dios. En Jesús, pues, conocemos y encontramos a Dios.


Pero lo importante de este texto no está solo en la profunda relación de Jesús con el Padre. Lo que más impresiona en este texto es que esa revelación, que Jesús nos hace de Dios, no solo nos dice que en la vida de Jesús se nos revela el Trascendente, o sea Dios. Además de eso, nos explica por qué Jesús vivió de forma que centró sus preferencias en la "gente sencilla" (Mt 11, 25; Lc 10, 21). En la gente más sencilla, que carece de títulos y rangos, de dignidades y estima de parte de los notables. ¿Por qué? Porque son esos "pequeños", sencillos y últimos, los que no tienen más que su propia humanidad. Decididamente, el que se relaciona en serio y a fondo con Dios no puede estar con todo el mundo. Es decir, el que toma en serio a Dios, es el que toma en serio a los más humildes y desamparados de la sociedad. Pero sobre todo lo más decisivo aquí está en comprender que a Dios lo encontramos en lo humano, en lo más limpiamente humano, en lo que es sencillamente manifestación de nuestra condición humana. Eso fue Jesús en su vida. Y eso es lo más original y elocuente que nos revela Jesús, precisamente al explicar quién es Dios y cómo es Dios.


De ahí, que el llamamiento de Jesús se dirige a los que van por la vida "agobiados" y "cansados". Agobiados por un yugo que les oprime. Ese yugo es, por supuesto, todo lo que nos hace sufrir, sea lo que sea y venga de donde venga. En la Biblia se hace referencia al yugo de los poderes políticos opresores: Egipto, Siria, Babilonia y Roma (Lev 26, 13; Is 9, 4; 10, 27; 14, 5; Jer 37, 8; Ez 34, 17). Pero, en tiempo de Jesús, cuando se mencionaba el "yugo", se trataba sobre todo del yugo que era la Ley religiosa, que se había convertido en una carga insoportable, como consta por los Salmos de Salomón, un apócrifo del Antiguo Testamento, que se rezaba en las sinagogas. El salmo 17 se refiere expresamente a la Ley como "yugo". Por tanto, Jesús no quiere, no tolera, una ley religiosa que resulta una carga dura para la pobre gente. La religión de Jesús es suave, ligera, agradable de llevar. Porque es humanidad y felicidad para todos. El Evangelio es lo que más y mejor encaja con nuestra condición humana.

 

 

 

                                                                                                                                                                                                                                                                                              

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