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DOMINGO, EL DIA DEL SEÑOR

 

 

COMENTARIOS SOBRE EL EVANGELIO DEL DOMINGO

JOSE MARÍA CASTILLO

Domingo 29

Domingo 30

Domingo 32

Domingo 33

 

 

 

 

DOMINGO 33 TIEMPO ORDINARIO

 

Marcos 13, 24-32

EN aquel tiempo, aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«En aquellos días, después de la gran angustia, el sol se oscurecerá, la luna no dará su resplandor, las estrellas caerán del cielo, los astros se tambalearán.
Entonces verán venir al Hijo del hombre sobre las nubes con gran poder y gloria; enviará a los ángeles y reunirá a sus elegidos de los cuatro vientos, desde el extremo de la tierra hasta el extremo del cielo.
Aprended de esta parábola de la higuera: cuando las ramas se ponen tiernas y brotan las yemas, deducís que el verano está cerca; pues cuando veáis vosotros que esto sucede, sabed que él está cerca, a la puerta. En verdad os digo que no pasará esta generación sin que todo suceda. El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán. En cuanto al día y la hora, nadie lo conoce, ni los ángeles del cielo ni el Hijo, solo el Padre».

Palabra del Señor

 


 

Este evangelio, que la Iglesia presenta cuando ya se acerca el final del año litúrgico, recuerda a los cristianos "la época del cumplimiento de las promesas". Se trata de las promesas que se condensan en esta buena noticia, la gran noticia que a todos nos pueden dar: la instauración del reinado de Dios en la humanidad. No se trata de un momento concreto de la historia; no será un acontecimiento determinado. Será un proceso lento y largo en el que el Dios humanizado en Jesús se hará presente entre los humanos, hasta humanizar este mundo liberándolo de la deshumanización que origina tanto sufrimiento y tanta opresión.


Jesús dice que este grandioso proceso se producirá mediante la caída del sol, la luna y las estrellas. Con este lenguaje figurado, que Marcos toma de los profetas de Israel, el Evangelio afirma que la humanización de este mundo se producirá mediante la caída de los grandes imperios opresores. Uno tras otro, todos irán cayendo, se irán derrumbando. Es el anuncio gozoso de los grandes profetas (Is 13, 9 s; 34, 4; Jr 4, 23-24; Ez 32, 7 s; JI 3, 4; 4, 1-8...). Se irá debilitando la opresión, se implantará progresivamente la justicia, la igualdad, la solidaridad.


Además este proceso grandioso, de esperanza y gozo, se llevará a cabo de tal forma que en él, a diferencia de los antiguos anuncios proféticos, no irá acompañado de calamidades que afecten a la tierra; ni habrá sujetos que experimenten terror ante el eclipse de los astros. Todo lo contrario, será un proceso de creciente humanización y liberación. Tal es el anuncio de esperanza que Dios nos promete en Jesús. Pero se trata de una promesa que se realiza mediante la progresiva humanización de los individuos, los grupos, las instituciones y las naciones. He ahí la tarea que Jesús nos propone a todos.

 

 

DOMINGO 32 TIEMPO ORDINARIO

 

Marcos 12, 38-44

EN aquel tiempo, Jesús, instruyendo al gentío, les decía:
«¡Cuidado con los escribas! Les encanta pasearse con amplio ropaje y que les hagan reverencias en las plazas, buscan los asientos de honor en las sinagogas y los primeros puestos en los banquetes; y devoran los bienes de las viudas y aparentan hacer largas oraciones. Esos recibirán una condenación más rigurosa».
Estando Jesús sentado enfrente del tesoro del templo, observaba a la gente que iba echando dinero: muchos ricos echaban mucho; se acercó una viuda pobre y echó dos monedillas, es decir, un cuadrante.
Llamando a sus discípulos, les dijo:
«En verdad os digo que esta viuda pobre ha echado en el arca de las ofrendas más que nadie. Porque los demás han echado de lo que les sobra, pero esta, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir».


Palabra del Señor

 


 

La crítica de los escribas que hace Jesús no se refiere a la soberbia o al orgullo de aquellos hombres. Es lógico pensar que entre ellos habría individuos orgullosos y otros que serían humildes. Lo que Jesús critica es la institución misma de un colectivo de hombres que eran los intérpretes oficiales de la Ley, es decir, de la voluntad de Dios. A hombres así, revestidos de tal dignidad y autoridad, no había más remedio que someterse. Por eso ellos tenían que aparecer revestidos de dignidad, ocupar los primeros puestos y recibir las mayores reverencias. Cuando una institución religiosa se organiza de esta manera, los que pertenecen al grupo de los privilegiados de arriba (sacerdotes, rabinos, imanes...) inevitablemente se consideran, no solo con el derecho, sino además con la obligación de ser inflexibles en el mantenimiento de los dogmas, las normas, los ritos y las dignidades que solo a ellos les corresponden.


El contraste es la pobre viuda que da hasta lo que tiene para vivir, sin figurar ni aparecer, porque es una persona en la que no hay ni cargo, ni poder, ni dignidad, ni saberes, ni nada que no sea un corazón bueno, lo que es lo mismo que decir: una persona en la que no hay ni títulos, ni dignidades, sino solamente humanidad.


Somos muchos los que nos aferramos a la religión. Porque la religión es como el clavo ardiendo al que nos agarramos para tener alguna seguridad en la vida, y con vistas a lo que nos puede ocurrir después de la muerte. La religión es el "tranquilizante de los corruptos extrañamente estimables". Porque, si nos quitan la religión, y nos quedamos solamente con lo que hay de auténtica bondad en nuestras vidas, en ese caso ¿a qué nos agarramos? ¿Qué esperanza nos queda?

 

 

DOMINGO 30 TIEMPO ORDINARIO

 

Marcos 10, 46-52

EN aquel tiempo, al salir Jesús de Jericó con sus discípulos y bastante gente, un mendigo ciego, Bartimeo (el hijo de Timeo), estaba sentado al borde del camino pidiendo limosna. Al oír que era Jesús Nazareno, empezó a gritar:
«Hijo de David, Jesús, ten compasión de mí».
Muchos lo increpaban para que se callara. Pero él gritaba más:
«Hijo de David, ten compasión de mí».
Jesús se detuvo y dijo:
«Llamadlo».
Llamaron al ciego, diciéndole:
«Ánimo, levántate, que te llama».
Soltó el manto, dio un salto y se acercó a Jesús.
Jesús le dijo:
«¿Qué quieres que te haga?».
El ciego le contestó:
«“Rabbuní”, que recobre la vista».
Jesús le dijo:
«Anda, tu fe te ha salvado».
Y al momento recobró la vista y lo seguía por el camino.


Palabra del Señor

 


Este relato está redactado de forma que en él se destacan tres cosas:

1) La situación de Bartimeo: era ciego y mendigo.

2) La fe firme e insistente que tuvo este hombre.

3) Cuando la fe es así de fuerte, el que la tiene -en el caso de un ciego- empieza a ver la realidad tal como es.

Cuando en los evangelios se habla de ciegos que empiezan a ver, lo que menos importa es si se produjo o no se produjo un "milagro". Lo que importa de verdad es el "significado" que tiene para nosotros el relato. Y la significación consiste en que, con demasiada frecuencia no vemos la realidad, sino nuestras interpretaciones o representaciones de la realidad. La fe, cuando es auténtica, nos hace ver la realidad de la vida y de la sociedad en que vivimos.


Pero la fuerza de este relato se comprende si se tiene en cuenta:

1) Que la ceguera era considerada entonces como un castigo de Dios (Ex 4, 11; Jn 9, 2; Hech 13, 11).

2) Que los ciegos se veían obligados con frecuencia a mendigar (Mc 10, 46; Jn 9, 1).

3) Que la curación de un ciego se veía como un hecho portentoso (Jn 9, 16).

4) Que la ceguera simbolizaba las tinieblas del espíritu y la dureza del corazón (Is 6, 9 s; Mt 15, 14; 23, 16-26; Jn 9, 41; 12, 40).


Es evidente que Jesús le devolvió a este hombre la vista, lo liberó de su condición de mendigo y le restituyó la dignidad que las creencias religiosas y la sociedad le habían arrebatado. La religión atribuye a castigos divinos lo que son desgracias humanas. Y la sociedad margina y desprecia al que no es reconocido y estimado, bien sea por su mísera posición económica, por su indignidad ética o por su mala imagen como creyente. Jesús rompe con todo eso. Para Jesús, lo decisivo es la integridad de la vida, la felicidad de las personas y la dignidad de los que la "buena" sociedad y la religión más "ortodoxa" consideran indignos.
 

 

 

 

DOMINGO 29 TIEMPO ORDINARIO

 

Marcos 10, 35-45 (forma larga)

EN aquel tiempo, se acercaron a Jesús los hijos de Zebedeo, Santiago y Juan, y le dijeron:
«Maestro, queremos que nos hagas lo que te vamos a pedir».
Les preguntó:
«¿Qué queréis que haga por vosotros?».
Contestaron:
«Concédenos sentarnos en tu gloria uno a tu derecha y otro a tu izquierda».
Jesús replicó:
«No sabéis lo que pedís, ¿podéis beber el cáliz que yo he de beber, o bautizaros con el bautismo con que yo me voy a bautizar?».
Contestaron:
«Podemos».
Jesús les dijo:
«El cáliz que yo voy a beber lo beberéis, y seréis bautizados con el bautismo con que yo me voy a bautizar, pero el sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí concederlo, sino que es para quienes está reservado».
Los otros diez, al oír aquello, se indignaron contra Santiago y Juan. Jesús, llamándolos, les dijo:
«Sabéis que los que son reconocidos como jefes de los pueblos los tiranizan, y que los grandes los oprimen. No será así entre vosotros: el que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor; y el que quiera ser primero, sea esclavo de todos. Porque el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y dar su vida en rescate por muchos».


Palabra del Señor

 


El problema capital que plantea este evangelio no es el rechazo de la soberbia, sino el rechazo del poder. Para que los discípulos entiendan lo que el Evangelio les pide, Jesús no pone, como ejemplo de lo que hay que evitar, a los orgullosos, sino a los poderosos. Sin embargo, es un hecho que en la Iglesia se ha entendido y se ha justificado el "ministerio apostólico" como "sacerdocio" dotado de "potestad" (Trento, ses. 23. DH 1764; 1771) y como "episcopado" dotado de "plena y suprema "potestad" (Vat. II. LG 22). El problema que tiene la Iglesia con el Evangelio no está en el posible orgullo, la vanidad o la soberbia que puedan tener algunos de sus miembros, sino en el poder que el "ministerio apostólico" ejerce sobre los demás católicos.


Al decir esto, no se trata de afirmar que en la Iglesia no debe haber presbíteros, obispos y Papa. El problema no está en la existencia del poder, sino en el ejercicio de ese poder. Jesús no quiere que los apóstoles (y sus sucesores o colaboradores) ejerzan el poder como lo ejercen los jefes políticos. Sin embargo, resulta chocante que el texto evangélico en el que Jesús prohíbe eso, de forma tajante (Mt 20, 26; Mc 10, 43), no se cita ni una sola vez en los documentos principales del Magisterio de la Iglesia (DH, pg. 1583 s). Resulta inevitable pensar que el Magisterio eclesiástico ha escogido del Evangelio lo que ha justificado su poder y su forma de ejercer el poder, al tiempo que se ha marginado lo que plantea el más serio problema al ejercicio del poder eclesiástico.


Los documentos eclesiásticos sobre el poder en la Iglesia no son la última palabra sobre este asunto. La Iglesia tiene el derecho y el deber de seguir buscando el modo de ejercer el poder que sea coherente con el Evangelio. Un poder nunca basado en la sumisión incondicional de unos (los laicos) a otros (presbíteros, obispos, Papa), sino en el seguimiento de Jesús, el Señor. Porque el seguimiento genera, por sí solo y por sí mismo, ejemplaridad y felicidad. Es urgente que la Iglesia ofrezca a este mundo (de tantos poderes opresores) otro modelo de ejercer la autoridad.

 

 

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