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Lecturas del día Celebración de la Eucaristía J. A. Pagola C. Floristán
Génesis 3, 9-15 Los valores de la familia J. Garrido José Luís Sicre
II Corintios 4, 13 - 5, 1 Lo que se ve, lo que no se ve G. Gutierrez Florentino Ulibarri
Marcos 3, 20-35 ¿Quiénes son mi madre y hermanos? A. Pronzato Emma Eibe
Reflexión en grupo y personal     

 

 

 

Domingo 10 del Tiempo Ordinario

Misa Pr. Gl. Cr. Pf  dominical

10 de Junio de 2018

 

 

 


REFLEXIONES SOBRE LAS LECTURAS DE HOY

 

 

PRIMERA LECTURA (Génesis 3, 9-15)

Dios, qué es todo bondad, creó buenas todas las cosas.

Sin embargo existe el mal en el mundo. Y esta realidad nos tortura porque no alcanzamos a darle una explicación.

La causa del mal, según la 1ª lectura, no está en Dios, sino en el hombre que pecó, rompiendo el orden de bondad querido por Dios.

El pecado nos despoja de la vida de Dios. Nos deja desnudos. Con lenguaje sencillo y popular se nos explican las consecuencias del primer pecado.

Dios, que "salía a pasear" en las tardes con su amigo Adán, ahora se muestra como juez que interroga a los testigos de un trágico acontecimiento y, tras escuchar su defensa, emite la sentencia. Una sentencia que es condenatoria y, al mismo tiempo, esperanzadora.

El hombre quiere atribuirse unas funciones que son de exclusiva competencia de Dios ("seréis como dioses").

Y al querer prescindir de Dios en su vida, el hombre se hace responsable de su propia destrucción.

Al huir del verdadero y único Dios, produce una gran desarmonía en sí mismo, en las relaciones humanas y se hace acreedor del abandono de Dios.

Donde se quiere suplantar la presencia de Dios, aparece el pecado. Donde se quiere suprimir la Vida, surge la Muerte.

Pero el fin del hombre no es la destrucción ni el pecado, sino la salvación y la vida.

Por eso, junto al nacimiento del pecado, también nace la promesa y esperanza de la salvación, de la redención, tal como se nos anticipa en la 1 a lectura de hoy.


SEGUNDA LECTURA (II Corintios 4, 13 - 5, 1)


San Pablo reconoce que la debilidad, el sufrimiento, incluso el fracaso humano, son una condición inevitable de la naturaleza humana, de nuestra condición física, de nuestro ser carnal y corruptible, dice Borobio.

Pero esto no es lo definitivo; el hombre está hecho para la vida y la resurrección.

Al igual que Jesús pasó por la muerte para alcanzar la resurrección, así nosotros pasamos por la oscuridad del mal y del pecado para alcanzar la luz de la salvación.

Precisamente el mensaje que ofrecemos de esperanza y de vida, lo hacemos desde nuestra condición de humanos, llenos de debilidades, de sufrimientos y abocados a la muerte física.

Pero estamos llamados a la vida porque estamos creados por el amor de Dios; y él es Vida.

De ahí la afirmación de San Pablo que aunque se desmorone nuestra morada terrena, Dios nos dará una casa eterna en el cielo.


TERCERA LECTURA (San Marcos 3, 20-35)

En los versículos anteriores a los que leemos hoy, el evangelista San Marcos nos presenta a Jesús en el monte haciendo oración y eligiendo a sus Apóstoles.

Ahora Jesús regresa del monte a casa, de la cercanía de Dios, a la proximidad de los hombres.

La multitud sigue necesitándole y Jesús continúa entregándose a ella. Pero se encuentra con dificultades: unas provienen de su propia familia y otras de los maestros del templo.

No sorprende que su familia, que lo había estado tratando durante 30 años de su vida, se inquiete ahora por su proceder y por los hechos que se cuentan de él.

La explicación más congruente es creer que ha perdido la cabeza. Jesús se sale del modo "normal" de proceder de la gente y, por eso corre el riesgo de ser considerado como sospechoso o "anormal". Por ahora carecen de comprensión y de fe para dar otra explicación al caso de Jesús.

Respecto a Jesús, los maestros de la Ley, piensan que "es un enviado de Satanás". Y esto es grave porque la acusación llevaba consigo la muerte por lapidación.

Por eso Jesús se ve obligado a defenderse de las acusaciones vertidas sobre él: no es enviado de Satanás sino que es depositario y mensajero de las fuerzas divinas: es su identidad como Hijo de Dios.

Por otra parte, reconoce que tiene una familia humana, pero que, los rasgos fundamentales de la Buena Nueva, lo que nos hace miembros de la familia de Dios es: "la escucha de la Palabra de Dios y su cumplimiento".

Cristo ejerce su poder liberador como obra de Dios, tal como manifiestan todas sus actuaciones.

La actitud que Cristo pide para participar en su lucha contra el mal, es la fe, la aceptación incondicional de su Palabra, el compromiso de cumplir su voluntad.

Quien acoge su Palabra y se esfuerza , con gozo y entusiasmo, para llevarla a la práctica, ése es miembro "de la familia de Dios". Ese es ¡hijo de Dios!

Cuando se quieren reclamar ciertos derechos o se quiere resaltar la solidaridad humana, se apela frecuentemente al tópico de que "todos somos hijos de Dios".

Pero la palabra de Dios que hoy leemos, nos habla de dos situaciones distintas. Nos habla de dos mujeres, de dos estirpes, de dos reinos, de dos familias, como dice Flamarique.

Por un lado anda Eva seducida por la serpiente. No creyó a Dios cuando le avisaba que salirse del proyecto divino era entrar en la muerte. Le sedujo la aparente belleza de lo prohibido, de ser como Dios.

Por otro lado anda María. Creyó a Dios. No dudó en seguir los proyectos de Dios que tantas veces habrían de ser incomprensibles para su razón.

Una cosa es el hombre natural, salido de las manos de Dios lleno de posibilidades, pero arrastrado a vender su alma al diablo por independizarse de Dios.

Otra es el creyente. Son "hijos de Dios" los que se dejan llevar por el Espíritu, afirmaba San Pablo. Y Jesús dice, según el evangelista S. Juan: "Si Dios fuera vuestro Padre me amaríais... pero vuestro padre es el diablo".

No se es hijo de Dios sin una verdadera regeneración, sigue diciendo Flamarique. Tal es el sentido del Bautismo que hace que en el hombre se inserte una vida nueva. La filiación divina no es una moral sublime, sino una vida nueva. No exige fraternidad o solidaridad; más bien afirmamos que crea fraternidad solidaria.

Ahora en la Misa, como nos ha mostrado el Evangelio que Jesús hizo, toma el pecado del mundo y de cada uno de nosotros y quedará perdonado por el ofrecimiento que él hace a Dios nuestro Padre. ¡Por eso somos hijos de Dios!

 

 





Para la reunión de grupo

¿Vivo mi vida con convicción y valentía, como Jesús, o tengo miedo al qué dirán, me callo, no digo lo que pienso ni testimonio lo que creo...?

- La primera lectura es la del famoso «pecado original». Los mayores fuimos educados religiosamente concediendo a este elemento un puesto principal dentro de la cosmovisión cristiana. Pero hay muchas cosas que notar ahí:

- podemos releer despacio la Biblia y nos daremos cuenta de que ese relato prácticamente no tiene eco en el resto del Primer Testamento: en ninguna parte se habla de «pecado original», ni de ningún pecado especial que haya traído a la humanidad las consecuencias que nos enseñaron en el catecismo: la concupiscencia, el sufrimiento y, sobre todo la muerte. (Supuestamente, antes de ese pecado, no estábamos afectados por nada de ello).

- Hasta san Agustín, nadie habló de pecado original en los términos que nosotros hemos conocido. Él elaboró toda una teología con el pecado original –y su reparación, la redención– como centro. Conviene estudiar lo que dijo san Agustín, y valorar su autoridad...

- Hay que preguntarse: ¿forma parte esencial del ser cristiano el creer que hubo un tiempo (antes del pecado original) en el que los seres humanos no morían, no sufrían, tenían dones preternaturales, no tenían concupiscencia... como nos enseñó el catecismo?
 

 

 

 

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