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JOSÉ ANTONIO PAGOLA

 

 

 

 

¿NO NECESITAMOS UNA SABIDURÍA DIFERENTE?

Los estudios que se vienen publicando estos últimos años sobre el futuro de la humanidad no son nada halagüeños. Una y otra vez se repiten las mismas palabras y preocupaciones: crisis de la cultura moderna, decadencia de la sociedad occidental, ocaso de valores, disolución de la identidad humana, amenaza de aniquilación mundial...

Muchos siguen pensando que el ser humano podrá superar esta crisis por medio de alguno de los sistemas existentes (capitalismo, socialismo, democracia...) o tal vez por medio de alguno nuevo que podamos descubrir. Otros lo esperan todo del desarrollo tecnológico, de una revolución económica profunda o de un replanteamiento de las relaciones internacionales.

Sin duda, todo ello puede ser necesario. Pero la crisis actual del ser humano no es solo un problema ideológico, tecnológico o económico. La persona misma es la que está enferma y necesita ser curada en su raíz.

El hombre moderno ha empobrecido su existencia creyendo que el pensamiento racional es lo único valido y definitivo, y se ha ido quedando ciego interiormente para captar lo más esencial. Ha desarrollado de manera insospechada sus técnicas de observación y análisis de la realidad, pero ha perdido el sentido de lo trascendente.

Han crecido cada vez más sus posibilidades de comunicación, pero no acierta a encontrarse consigo mismo y con su yo más profundo. Conoce cada vez más cosas, pero sabe cada vez menos sobre el sentido de su vida. Resuelve múltiples problemas, pero no sabe resolver el problema de su libertad interior.

No es extraño que se eleven cada vez más voces apuntando hacia la necesidad de una revolución más profunda que la que pueden aportar los sistemas ideológicos. El ser humano se está acercando a un «punto crucial» (F. Capra) en el que, si quiere sobrevivir, ha de aprender a vivir de manera nueva. La humanidad necesita reencontrar su «patria religiosa». Es urgente una «transformación de la conciencia».

¿No estamos necesitando una vez más de Jesús para redescubrir la sabiduría y el arte de vivir de manera más humana? Hoy se desprecia en Occidente la sabiduría del Profeta de Galilea, como lo hicieron sus propios vecinos. Sin embargo, ¿no será esa precisamente la sabiduría que andamos necesitando?

 

LA FE PUEDE CURAR

Durante mucho tiempo, Occidente ha ignorado casi totalmente el papel del espíritu en la curación de la persona. Hoy, por el contrario, se reconoce abiertamente que gran parte de las enfermedades modernas son de origen psicosomático.

Muchas personas ignoran que su verdadera enfermedad se encuentra en un nivel más profundo que el estrés, la tensión arterial o la depresión. No se dan cuenta de que el deterioro de su salud comienza a gestarse en su vida absurda y sin sentido, en la carencia de amor verdadero, en la culpabilidad vivida sin la experiencia del perdón, en el deseo centrado egoístamente sobre uno mismo o en tantas otras «dolencias» que impiden el desarrollo de una vida saludable.

Ciertamente, sería degradar la fe cristiana utilizarla como uno de tantos remedios para tener buena salud física o psíquica; la razón última del seguimiento a Jesús no es la salud, sino la acogida del Amor salvador de Dios. Pero, una vez establecido esto, hemos de afirmar que la fe posee fuerza sanadora y que acoger a Dios con confianza ayuda a las personas a vivir de manera más sana.

La razón es sencilla. El yo más profundo del ser humano pide sentido, esperanza y, sobre todo, amor. Muchas personas comienzan a enfermar por falta de amor. Por eso la experiencia de sabernos amados incondicionalmente por Dios nos puede curar. Los problemas no desaparecen. Pero saber, en el nivel más profundo de mi ser, que soy amado siempre y en cualquier circunstancia, y no porque yo soy bueno y santo, sino porque Dios es bueno y me quiere, es una experiencia que genera estabilidad y paz interior.

A partir de esta experiencia básica, el creyente puede ir curando heridas de su pasado. Es bien sabido que gran parte de las neurosis y alteraciones psicofísicas están vinculadas a esa capacidad humana de grabarlo y almacenarlo todo. El amor de Dios acogido con fe puede ayudarnos a mirar con paz errores y pecados, puede liberarnos de las voces inquietantes del pasado y ahuyentar espíritus malignos que a veces pueblan nuestra memoria. Todo queda abandonado confiadamente al amor de Dios.

Por otra parte, esa experiencia del amor de Dios puede sanar nuestro vivir diario. En la vida todo es gracia para quien vive abierto a Dios; se puede trabajar con sentido a pesar de no obtener resultados; la experiencia más negativa y dolorosa puede ser vivida de manera esperanzada; todo se puede unificar e integrar desde el amor.

El evangelista Marcos recuerda en su relato que Jesús no pudo curar a muchos porque les faltaba fe. Ese puede ser también nuestro caso. No vivimos la fe en Jesús con suficiente hondura como para experimentar su poder sanador. No le seguimos de cerca y no puede imponer sus manos curadoras sobre nuestras vidas enfermas.


 

 

 

 
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