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HOMILÍA PARA EL VERANO

 

 


DOMINGO 15° del T. O.

Llamados por Dios en Cristo
 


Introducción


La llamada de Dios es el tema coincidente de las tres lecturas. «El Señor me sacó de junto al rebaño y me dijo: "Ve y profetiza a mi pueblo de Israel"», responde Amós cuando se le pide que se vaya a profetizar a otra parte (Am 7,12-15).

El salmo expresa la súplica del pueblo, esperanzado por el anuncio de salvación que los profetas mantienen vivo: «Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación» (Sal 84,9-14).

«Él (Dios) nos eligió en la persona de Cristo, antes de crear el mundo», subraya Pablo como tema de su alabanza a Dios al iniciar la Carta a los efesios (Ef 1,3-14).

«Llamó Jesús a los Doce y los fue enviando de dos en dos». Es la escena que san Marcos nos relata en el presente evangelio (Mc 6,7-13).
 


Homilía

Cuando escuchamos la palabra vocación, frecuentemente la asociamos a curas, monjas, misiones o conventos. Aclaremos rápidamente: vocación es llamada; una llamada que supone elección, elección por parte de Dios en este caso. San Pablo es contundente: «Dios nos eligió en la persona de Cristo-antes de crear el mundo- para que fuésemos santos e irreprochables ante él por el amor». Y añade: «Él nos ha destinado en la persona de Cristo, por pura iniciativa suya, a ser sus hijos».

Así de claro: todo cristiano ha sido llamado por Dios, en Cristo, para ser su hijo, y ha sido destinado en la persona de Cristo a la vocación de ser irreprochable por el amor. La vocación cristiana, por tanto, es algo que nos concierne a todos: a ti y a mí.

Ya sé, entiendo lo que vas a decir, porque también a mí me pasa, como le sucedía a Amós, al que hemos escuchado en la primera lectura cuando contestaba: «Yo soy pastor y cultivador de higos, pero el Señor me sacó de junto al rebaño y me dijo: "Ve y profetiza a mi pueblo"».

Cada uno de nosotros podemos afirmar de forma parecida: «Pero si yo soy un simple trabajador, un ama de casa, un estudiante, un ciudadano común y corriente...». Da igual. Lo que importa es que hemos sido llamados a una vocación: la vocación cristiana.

Es Dios quien elige y es Dios quien llama. Suya es la iniciativa y él sale a nuestro encuentro. La vocación cristiana es llamada y regalo, es gracia y encargo por parte de Dios. Lo mismo ha hecho Jesucristo: «Llamó Jesús a los que quiso», decía el evangelista. Y hoy añade: «Los envió de dos en dos».

¿Cuál es esa vocación? ¿En qué consiste esa misión a la que somos enviados? San Pablo ha insistido en que «nos eligió y nos ha destinado en la persona de Cristo». Nos da el punto de partida de nuestra vocación: seguiremos siendo trabajadores, amas de casa, estudiantes o ciudadanos de a pie, pero hemos de encarar la vida, la profesión, la familia, etc., desde la perspectiva de Cristo: a su modo y estilo, con sus criterios y valores. Se puede plantear la vida desde muy diversas opciones: mahometana, budista, agnóstica o atea. La nuestra es la opción cristiana, siguiendo el modelo de Cristo.

El evangelio nos da las pistas sobre las que hemos de llevar a cabo nuestra vocación:

- Pobreza y desprendimiento. Es la actitud a la que san Marcos quiere conducirnos con sus expresiones llamativas: «Les encargó que llevaran para el camino un bastón y nada más, pero ni pan, ni alforja, ni dinero suelto en la faja; que llevasen sandalias, pero no una túnica de repuesto». Como sugiere Santos Benetti en el comentario a este evangelio: «Si confiamos en el amor de Dios que nos llama, abandonémonos en sus manos; desprendámonos de nosotros mismos. Vistámonos de Cristo -que sea esa nuestra única túnica-, apoyémonos en él, nuestro bastón. Llevemos la buena noticia de Jesús como nuestra única y gran riqueza».

- Predicar la conversión. «Ellos salieron a predicar la conversión», el cambio de vida que supone decidirse por el reino de Dios, abandonando los criterios mundanos sobre los que se establece el reinado del mal.

- Sembrar el bien. San Marcos lo concreta en expulsar demonios y curar enfermos: «Echaban muchos demonios, ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban». Si el mundo ha de convertirse en el reino de Dios, sólo podrá conseguirse con el Espíritu de Jesús, «que pasó por la vida haciendo el bien y venciendo el mal», un mal que procede del espíritu de la maldad. A partir de ahí, los primeros destinatarios de la buena nueva que los Doce predican, y que nosotros hemos de continuar anunciando, son los que sufren, los pobres, los enfermos y oprimidos por el mal. Ellos son el primer punto de encuentro del mensaje esperanzador y de la ayuda comprometida de todo cristiano que vive su vocación.

El Señor cuenta con nosotros. Él conoce mejor que nadie nuestra pequeñez y debilidad, pero cuenta con nosotros. Va a nuestro lado. Nos conforta y anima. Repara nuestras fuerzas debilitadas y nos sienta a su mesa. Al darnos su cuerpo y su sangre, nos llena de sí mismo, nos imbuye de su Espíritu. Revestidos de él y apoyados en él, saldremos dispuestos a cumplir con la misión de nuestra vocación cristiana.

 

 

 

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