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Jean-Pierre Bagot

 

Decimoquinto domingo ordinario

Caballería ligera
 


Amós 7, 12-15
Efesios 1, 3-14
Marcos 6, 7-13
 


1ª lectura


En el siglo VIII antes de Cristo, el reino de Israel, separado del de Judá, está atravesando una época de gran prosperidad material e incluso espiritual. Pero hete aquí que Amós, un sencillo pastor llegado del reino de Judá, el reino hermano-enemigo, se atreve a denunciar la injusticia y la decadencia moral de los grandes de la corte... ¡Y lo hace, además, durante una celebración religiosa oficial! Amós critica un culto que sólo sirve para encubrir las taras del país. ¿Quién es este pastor que se arroga tal derecho?, ruge Amazías, el sacerdote de Betel. ¡Que vaya a predicar a su tierra! Pero Amós contesta mostrando su vocación divina: no necesita mandato oficial alguno porque el mismo Señor le ha llamado para que sea su profeta.
 


2ª lectura

Pablo, prisionero en Roma, sin poder, por tanto, realizar su actividad apostólica, medita sobre la Buena Noticia, algo que no ha dejado de hacer a lo largo de su ministerio. Pablo da a su visión del designio de Dios una visión cósmica: la humanidad entera se halla inmersa en una corriente de amor que encuentra su plena manifestación en Jesucristo. En él aparece realmente toda la amplitud del designio divino, lo que Pablo llama misterio: toda la creación converge hacia él. Al recibir el Espíritu de Dios, los creyentes toman parte en esta corriente vital. Reunidos en pueblo de Dios, entran en la gran sinfonía del amor, que es el fruto de la gracia.

Recuerdo una de mis decepciones infantiles. Mi hermano mayor volvía de los «comando». Paseando por el jardín, me dejaba mecer por sus palabras mientras me imaginaba con un casco, armado hasta los dientes y con un bonito uniforme moteado.

Sin embargo, pronto supe que sus ropas eran normales y que llevaba lo mínimo de armamento. Lo importante era mantener la respiración, estar alerta y móvil, plegándose al terreno. ¡Qué decepción!


Vestirse ligero y no estorbarse.

Jesús envía a sus discípulos a luchar contra el mal. Los espíritus malignos son temibles. Todavía hoy no estamos seguros de vencerlos.

Nosotros tenemos grandes bibliotecas, muchas ideas, revistas, exposiciones, reuniones (¿demasiadas virtudes incluso?), pero seguimos siendo ineptos para el combate.

Pensemos en el combate de David contra Goliat El rey Saúl quiere vestir a David con todo su atuendo militar. «Le puso un casco de bronce en la cabeza y le cubrió con una coraza Ciñó a David su espada sobre su vestido, pero los intentos de David por caminar fueron vanos...» ¡Demasiado peso! David está petrificado bajo su armadura y apenas puede moverse. «Se lo quitaron, pues, de encima, tomó su honda, eligió en el torrente cinco piedras bien pulidas y las metió en su saco de pastor. Después, con la honda en la mano marchó sobre el filisteo...»

Cuidado con la sobrecarga, la celulitis y la obesidad espirituales. Cuidado con empacharse del apuntes, de notas y de archivos...

¿No aparece Jesús, a lo largo de los Evangelios, como la misma ligereza? ¿No nos hace soñar su libertad de movimientos? Por no tener, no tiene ni una piedra donde reclinar su cabeza.

Nosotros hemos de continuar su trabajo. O, mejor dicho, hemos de unirnos a Jesús en su trabajo. Nos esperan el mismo mensaje de conversión que anunciar la misma lucha contra las fuerzas del mal, la misma atención a los enfermos... Los discípulos han de ser tan ligeros como su maestro so pena de agotarse y quedarse rezagados.

Por eso, hay razones suficientes para comulgar. Estar con Jesús en la celebración, pero preparados para partir de nuevo, «con las sandalias en los pies y el bastón en la mano», como los hebreos en la noche pascual.

• El Evangelio de hoy es una ocasión para verificar si nuestra fe no se ha convertido en un ladrillo o en un camino.

Los textos de este domingo, que cae siempre en la primera quincena de julio, fecha de grandes migraciones vacacionales, proporcionan, asimismo, la ocasión de meditar sobre la «rentabilidad» de las salidas. Porque no es suficiente salir para abrir la puerta a una vida nueva.


• Ven y va

Ya desde el principio del texto, Jesús «llama» para «enviar». No llama a los discípulos para conservarlos junto a él, sino para lanzarlos a la ruta de la misión y de la evangelización.

Después de Jesús, también la Iglesia reúne para mejor enviar a cada uno a anunciar a todos los hombres el Evangelio de Jesucristo.


• Espacio de libertad

Las instrucciones que da Jesús a los discípulos subrayan a la vez la necesaria libertad y la total inseguridad de los enviados.

Nada, salvo un bastón y las sandalias, es decir, lo que es útil para andar. Todo lo demás sería pesado. Incluso en medio de la hospitalidad hay que pensar en repartir. Para los discípulos el camino es su casa. Si una casa acogedora abre su puerta, si deja entrar y salir, se convierte también ella en camino.

La casa que se cierra es como una piedra en el camino que sirve para sacudir el polvo de las sandalias.

El fruto del caminar es la conversión y la liberación de los hombres poseídos por sus «demonios» —ataduras, riquezas...— o por la enfermedad.
 

 

 

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