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SALMO  84

 

Muéstranos, Señor, tu misericordia 

y danos tu salvación.

 

Voy a escuchar lo que dice el Señor: 

«Dios anuncia la paz a su pueblo y a sus amigos». 

La salvación está ya cerca de sus fieles 

y la gloria habitará en nuestra tierra.

 

La misericordia y la fidelidad se encuentran, 

la justicia y la paz se besan; 

la fidelidad brota de la tierra, 

y la justicia mira desde el cielo. 

 

El Señor nos dará la lluvia, 

y nuestra tierra dará fruto. 

La justicia marchará ante él, 

la salvación seguirá sus pasos.

 

JUSTICIA Y PAZ

 

«Voy a escuchar lo que dice el Señor:

Dios anuncia la paz a su pueblo

y a sus amigos y a los que se convierten de corazón».

 

La paz, Señor, es tu bendición sobre la faz de la tierra y sobre el corazón del hombre.

El hombre en paz consigo mismo, con sus semejantes, con la creación entera y contigo, su Dueño y Señor.

Paz que es serenidad en la mente y salud en el cuerpo, unión en la familia y prosperidad en la sociedad.

Paz que une, que reconcilia, que sana y da vigor.

Paz que es el saludo de hombre a hombre en todas las lenguas del mundo, el lema de sus organizaciones y el grito de sus manifestaciones.

Paz que es fácil invocar y difícil lograr.

Paz que, a pesar de un anuncio de ángeles, nunca acaba de llegar a la tierra, nunca acaba de asentarse en mi corazón.

«La misericordia y la fidelidad se encuentran,

la justicia y la paz se besan».

 

La justicia es la condición de la paz.

Justicia que da a cada uno lo suyo en disputas humanas, y justicia que justifica los fallos del hombre ante el perdón amoroso de Dios.

Si quiero tener paz en mi alma, he de aprender a ser justo con todos aquellos con quienes vivo y con todos aquellos de quienes hablo; y si quiero trabajar por la paz en el mundo, he de esforzarme por que reine la justicia social en las estructuras de la sociedad y en las relaciones entre clase y clase, entre individuo e individuo.

Sólo la verdadera justicia puede establecer una paz permanente en este afligido mundo.

La palabra bíblica para describir a un hombre bueno es «justo».

La justicia es el cumplimiento de mi deber para con Dios, con los hombres y conmigo mismo.

La delicadeza de reconocer a todos los hombres como hermanos para concederles sus derechos con generosidad alegre.

He de imponer la justicia aun a mis palabras, que tienden a ser injustas y despectivas cuando hablo de los demás, y a mis pensamientos, que condenan con demasiada facilidad la conducta de los demás en los tribunales secretos de mi mente.

Sólo entonces brotará la justicia en mis obras y en mi trato con todos, y yo seré «justo» como deseo serlo.

Si afirmo la justicia en mi propia vida, tendré derecho a proclamarla para los demás en el terreno público, donde se fraguan injusticias y se trama la opresión.

Igualdad y justicia en todo y para todos.

Tomar conciencia del duro abismo que separa a las clases y a los pueblos, con la determinación, tanto emotiva como práctica, de promover la causa de la justicia para que sobreviva la humanidad.

La justicia traerá la paz.

Paz en mi alma para calmar mis emociones, mis sentimientos, mis penas y mis alegrías en la ecuanimidad de la perspectiva espiritual de todas las cosas; y paz en el mundo para hacer realidad el divino don que Dios mismo trajo cuando vino a vivir entre nosotros.

La justicia y la paz son la bendición que acompaña al Señor dondequiera que vaya.

«El Señor nos dará lluvia,

y nuestra tierra dará su fruto.

La justicia marchará delante de él,

y la paz sobre la huella de sus pasos».

 

 

Del libro "Orar con los Salmos"

Carlos G-Vallés

 

 

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