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El Día del Señor ¿Quién es Jesús?  

 

 

 

 

 

JOSE MARIA CASTILLO

 

 


Lectura del santo Evangelio según san Lucas 12, 35-40

EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Tened ceñida vuestra cintura y encendidas las lámparas. Vosotros estad como los hombres que aguardan a que su señor vuelva de la boda, para abrirle apenas venga y llame. Bienaventurados aquellos criados a quienes el señor, al llegar, los encuentre en vela; en verdad os digo que se ceñirá, los hará sentar a la mesa y, acercándose, les irá sirviendo.
Y, si llega a la segunda vigilia o a la tercera y los encuentra así, bienaventurados ellos.
Comprended que si supiera el dueño de casa a qué hora viene el ladrón, velaría y no le dejaría abrir un boquete en casa.
Lo mismo vosotros, estad preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre».


Un criterio capital que plantea aquí este evangelio: Jesús no tolera el miedo, ni quiere que sus discípulos sientan la amenaza del miedo. O sea, quienes creen en Jesús tienen que ser gente sin miedo. ¿Por qué? Muy sencillo: porque el Reino no es una promesa, es una posesión que ya es de ellos. Y hablar del Reino es hablar de Dios. En efecto, la expresión «Reino de Dios» es una forma de designar a Dios mismo. Por tanto, lo que en realidad afirma Jesús es enorme: Dios es vuestro. Es decir, Dios se ha entregado, lo tenéis a vuestra disposición. El don de Dios a sus creyentes es Dios mismo. Se nos ha dado. ¿Qué miedo puede caber, si eso es así?

 

La consecuencia es lógica: si vuestra posesión es Dios, ¿para qué queréis lo demás? Desprendeos de cualquier forma de apropiación. Haced con los demás, lo que Dios ha hecho con vosotros. La donación de sí a quienes se quiere amar. Pero, ¿qué es tener a Dios?, y, en consecuencia, ¿qué es darse a los demás? Vamos a ver: lo que nos separa a unos de otros es la propiedad. Lo que es mío no es tuyo. Y eso —la experiencia lo dice— nos separa, nos distancia, crea rivalidades, enfrentamientos, envidias, odios, rencores... Es lo más feo de la vida. Tener a Dios y ser de Dios, eso, comparado con los demás, es querernos, es darnos, es sentirnos seguros, gozar de lo que más felices nos hace, que es el cariño compartido, la confianza mutua, la seguridad en el otro. En esto, nada más y nada menos, consiste la utopía a la que aspiramos, el anhelo que siembra el Evangelio en lo más profundo de nuestros seres.


Supuesto lo dicho, todo lo demás no necesita explicación, fluye por sí solo. El que vive así, vive vigilante, contagia felicidad, es buena persona y cien ciudadano, es la realización concreta del Evangelio.
 

 

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