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J. A. Pagola

Contactos de la Parroquia Perdón, Amor El Día del Señor ¿Quién es Jesús?  

 

 

 

Lecturas del día Celebración de la Eucaristía  Cuando es demasiado tarde para pensar
Orar con el salmoPedro Mari ZalbideJosé Luís SicrePatxi Loidi
Erdu-Te invitoJosé M. CastiloMi Dios es ayudaJean-Piere Bagot
Gustavo GutierrezCasiano FloristánTe basta mi gracia Javier Garido

 

 

TIEMPO ORDINARIO CICLO C

HOMILÍAS JOSÉ ANTONIO PAGOLA

 

 

 

Había un hombre rico...

y un mendigo llamado Lázaro.

Lc 16, 19-31

 

 

Tienen suerte los pobres ROMPER LA INDIFERENCIA Bienaventuranzas de la misericordia
 

 

 

Tienen suerte los pobres

Jesús no excluye a nadie. A todos anuncia la buena noticia de Dios, pero esta noticia no puede ser escuchada por todos de la misma manera. Todos pueden entrar en su reino, pero no todos de la misma manera, pues la misericordia de Dios está urgiendo antes que nada a que se haga justicia a los más pobres y humillados. Por eso la venida de Dios es una suerte para los que viven explotados, mientras se convierte en amenaza para los causantes de esa explotación.

Jesús declara de manera rotunda que el reino de Dios es para los pobres. Tiene ante sus ojos a aquellas gentes que viven humilladas en sus aldeas, sin poder defenderse de los poderosos terratenientes; conoce bien el hambre de aquellos niños desnutridos; ha visto llorar de rabia e impotencia a aquellos campesinos cuando los recaudadores se llevan hacia Séforis o Tiberíades lo mejor de sus cosechas. Son ellos los que necesitan escuchar antes que nadie la noticia del reino: «Dichosos los que no tenéis nada, porque es vuestro el reino de Dios; dichosos los que ahora tenéis hambre, porque seréis saciados; dichosos los que ahora lloráis, porque reiréis» . Jesús los declara dichosos, incluso en medio de esa situación injusta que padecen, no porque pronto serán ricos como los grandes propietarios de aquellas tierras, sino porque Dios está ya viniendo para suprimir la miseria, terminar con el hambre y hacer aflorar la sonrisa en sus labios. Él se alegra ya desde ahora con ellos. No les invita a la resignación, sino a la esperanza. No quiere que se hagan falsas ilusiones, sino que recuperen su dignidad. Todos tienen que saber que Dios es el defensor de los pobres. Ellos son sus preferidos. Si su reinado es acogido, todo cambiará para bien de los últimos. Esta es la fe de Jesús, su pasión y su lucha.

Jesús no habla de la «pobreza» en abstracto, sino de aquellos pobres con los que él trata mientras recorre las aldeas. Familias que sobreviven malamente, gentes que luchan por no perder sus tierras y su honor, niños amenazados por el hambre y la enfermedad, prostitutas y mendigos despreciados por todos, enfermos y endemoniados a los que se les niega el mínimo de dignidad, leprosos marginados por la sociedad y la religión. Aldeas enteras que viven bajo la opresión de las élites urbanas, sufriendo el desprecio y la humillación. Hombres y mujeres sin posibilidades de un futuro mejor. ¿Por qué el reino de Dios va a constituir una buena noticia para estos pobres? ¿Por qué van a ser ellos los privilegiados? ¿Es que Dios no es neutral? ¿Es que no ama a todos por igual? Si Jesús hubiera dicho que el reino de Dios llegaba para hacer felices a los justos, hubiera tenido su lógica y todos le habrían entendido, pero que Dios esté a favor de los pobres, sin tener en cuenta su comportamiento moral, resulta escandaloso. ¿Es que los pobres son mejores que los demás, para merecer un trato privilegiado dentro del reino de Dios?

Jesús nunca alabó a los pobres por sus virtudes o cualidades. Probablemente aquellos campesinos no eran mejores que los poderosos que los oprimían; también ellos abusaban de otros más débiles y exigían el pago de las deudas sin compasión alguna. Al proclamar las bienaventuranzas, Jesús no dice que los pobres son buenos o virtuosos, sino que están sufriendo injustamente. Si Dios se pone de su parte, no es porque se lo merezcan, sino porque lo necesitan. Dios, Padre misericordioso de todos, no puede reinar sino haciendo ante todo justicia a los que nadie se la hace. Esto es lo que despierta una alegría grande en Jesús: ¡Dios defiende a los que nadie defiende!

Esta fe de Jesús se arraigaba en una larga tradición. Lo que el pueblo de Israel esperaba siempre de sus reyes era que supieran defender a los pobres y desvalidos. Un buen rey se debe preocupar de su protección, no porque sean mejores ciudadanos que los demás, sino simplemente porque necesitan ser protegidos. La justicia del rey no consiste en ser «imparcial» con todos, sino en hacer justicia a favor de los que son oprimidos injustamente. Lo dice con claridad un salmo que presentaba el ideal de un buen rey: «Defenderá a los humildes del pueblo, salvará a la gente pobre y aplastará al opresor... Librará al pobre que suplica, al desdichado y al que nadie ampara. Se apiadará del débil y del pobre. Salvará la vida de los pobres, la rescatará de la opresión y la violencia. Su sangre será preciosa ante sus ojos».

La conclusión de Jesús es clara. Si algún rey sabe hacer justicia a los pobres, ese es Dios, el «amante de la justicia». No se deja engañar por el culto que se le ofrece en el templo. De nada sirven los sacrificios, los ayunos y las peregrinaciones a Jerusalén. Para Dios, lo primero es hacer justicia a los pobres. Probablemente Jesús recitó más de una vez un salmo que proclama así a Dios: «Él hace justicia a los oprimidos, da pan a los hambrientos, libera a los condenados... el Señor protege al inmigrante, sostiene a la viuda y al huérfano». Si hubiera conocido esta bella oración del libro de Judit, habría gozado: «Tú eres el Dios de los humildes, el defensor de los pequeños, apoyo de los débiles, refugio de los desvalidos, salvador de los desesperados». Así experimenta también Jesús a Dios.

Quienes vivimos en los pueblos poderosos del Primer Mundo tendemos a considerar nuestra cultura occidental moderna como la verdadera cultura. Nos sentimos con derecho a juzgar, discriminar y excluir cultural, social y económicamente a los pueblos de cultura diferente. Nosotros somos «el centro del mundo». Miramos la tierra pensando sólo en nuestro propio desarrollo. Los demás tienen que girar en torno a nuestros intereses.

La lucha contra la pobreza y el hambre en la tierra sólo es posible desde una nueva conciencia de los derechos de los países pobres. Mientras nuestros pueblos sólo piensen en tener más y poder más, no habrá verdadera solidaridad.

La parábola del rico que "banqueteaba espléndidamente cada día" y del mendigo Lázaro a quien no se le daba ni lo que se tiraba de la mesa, es una grave advertencia.

Los cristianos traicionamos nuestra fe en Dios Padre de todos los hombres cuando no luchamos porque se supere ese distanciamiento injusto e insolidario entre los pueblos.

 

 

Bienaventuranzas de la misericordia


Dichosos nosotros si sabemos “entender”
la compasión de Dios hacia los últimos.

Dichosos si nos duele el sufrimiento
de quienes viven sufriendo.

Dichosos si no miramos a otro lado
para vivir tranquilos en nuestro pequeño bienestar.

Dichosos nosotros si sabemos “ver” a Dios crucificado
en los desgraciados y desgraciadas de nuestros días.

El Padre tendrá compasión de nosotros.

Dichosos nosotros si somos misericordiosos como el Padre.

Dichosos nosotros si sabemos acoger
a quienes viven solos e indefensos.

Dichosos si hacemos sitio en nuestra vida
a quienes no tienen sitio en la sociedad.

Dichosos si nos interesamos por aquellos
que no interesan a nadie.

Dichosos nosotros si creemos que ocupan
un lugar privilegiado en el corazón de Dios.

El Padre nos acogerá a todos con amor inmenso.

Dichosos nosotros si somos misericordiosos como el Padre.

Dichosos nosotros si sabemos defender
los derechos y la dignidad de toda persona.

Dichosos si aprendemos a estimar a los indeseables
y estar cerca de los humillados.

Dichosos si vivimos sin excluir ni discriminar
a quienes, de ordinario, son despreciados en todas partes.

Dichosos nosotros si entendemos
la “debilidad” de Dios por los pequeños.

Un día disfrutaremos de su ternura infinita de Padre.

Dichosos nosotros si somos misericordiosos como el Padre.

Dichosos nosotros si aprendemos
a vivir mirando a los últimos.

Dichosos si sabemos reducir nuestro bienestar
para compartirlo con los hambrientos de la Tierra
y los necesitados de nuestro entorno.

Dichosos si nos comprometemos en gestos, campañas
y pequeños compromisos por los empobrecidos.

Dichosos nosotros si creemos en el Dios de los últimos.

Un día seremos los primeros en disfrutar con ellos de la felicidad eterna del Padre.

Dichosos nosotros si somos misericordiosos como el Padre.

Dichosos nosotros si vivimos con un corazón lúcido
en medio de la abundancia del Primer Mundo.

Dichosos si contribuimos a despertar el sentido cristiano
de la austeridad y la solidaridad en nuestros hogares y ambientes,
en nuestras comunidades y parroquias.

Dichosos si buscamos la justicia de Dios
y no nuestros intereses egoístas.

Dichosos nosotros si “entramos” y ayudamos a “entrar”
en el reino del Padre de todos.

Un día conoceremos junto a él la fiesta de la vida.

Dichosos nosotros si somos misericordiosos como el Padre.

 

 

 

 

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