Inicio

J. A. Pagola

Contactos de la Parroquia Perdón, Amor El Día del Señor ¿Quién es Jesús?  

 

 

 

Lecturas del día Celebración de la Eucaristía  Jean-Pierre Bagot
Rezar con el salmo Dos hombres, dos actitudes Patxi Loidi Gustavo Gutierrez
Desconcierto Señor, ten compasión de mí José M. Castillo Javier Garrido
José Luís Sicre  Abad de la Trapa Pedro Mari Zalbide Hermann Rodriguez

 

 

 

 

TIEMPO ORDINARIO CICLO C

HOMILÍAS JOSÉ ANTONIO PAGOLA

 

Ten compasión de este pecador

Lc 18, 9-14

 

 

 

Parábola del fariseo y del publicano ¿Quién soy yo para juzgar? Recuperar la oración
 

 

 

 

PARABOLA DEL FARISEO Y DEL PUBLICANO: LUCAS 18, 9-14
 


Notas aclaratorias

En la parábola se presenta la actitud de dos personajes distintos, opuestos. Pero lo que interesa a Jesús es descubrir la actitud de Dios, más que descubrir la actitud de ellos. Nos dirá esta parábola quién es Dios, aunque Lucas la ha empleado para dar una catequesis sobre la oración.

El v. 14 ofrece dos conclusiones:

1ª: “Os digo que éste bajó a su casa justificado y aquel, no”, (y aquí podría terminar la parábola).

2ª: “Porque todo el que se ensalce será humillado…”

Esta segunda frase fue añadida por Lucas para dar una catequesis sobre la oración.
 


Centrémonos ahora en las dos posturas y nos preguntamos sobre su significado:

Actitud del publicano: Los publicanos, en tiempos de Jesús, eran el prototipo del pecador, del ladrón, representaban a los infractores de la ley. No eran recaudadores de impuestos sino de las contribuciones o tasas que se ponían en las fronteras: aduaneros diríamos hoy. El sistema era el siguiente: al principio del año, alas autoridades civiles arrendaban los distintos puestos fronterizos al que daba más dinero. Por ejemplo, la frontera de Cafarnaún controlaba la entrada de todos los artículos que llegaban de Siria.

El que compraba el puesto, por ejemplo, por 10.000 denarios, se dedicaba a conseguir 50.000. Podía salir ganando y podía perder, pero generalmente y con mucha habilidad sacaban el dinero que deseaban. Por eso eran considerados como pecadores públicos y como tales gente despreciable y despreciada como lo eran los ladrones, cambistas, prostitutas… Los publicanos no tenían derechos civiles; no podían ser jueces ni testigos en un juicio. No se aceptaban su dinero en el templo porque era dinero impuro.

No se les saludaba y eran expulsados de las comunidades. Eran el prototipo del pecador.

El publicano se queda a cierta distancia, no se atreve a levantar los ojos ni mucho menos las manos como era costumbre al orar. Por el contrario, se golpea el pecho, el corazón que es la sede del pecado del hombre. Para un judío el golpearse el pecho es querer destruir el pecado, el mal. El publicano reconoce sincera y totalmente su pecado y se abandona a la misericordia de Dios con frases del Salmo 51: “ten compasión de mí que soy un pecador”.

El publicano es consciente de su culpabilidad; no puede invocar ningún mérito, no puede poner delante de Dios ninguna obra buena. No puede compararse con los demás hombres ni siquiera con los más pecadores que él. No se atreve. Su situación es desesperada, si quiere convertirse, según la teoría rabínica, tiene que hacer penitencia por sus pecados, abandonar su profesión y restituir todo lo robado, si no hace todo eso no es aceptado por los fariseos. Como robaban tanto, esto les resultaba imposible. Y solo después de hacer todo eso podían obtener el perdón de Dios. Le quedaban, pues, dos salidas: desesperarse o abandonarse totalmente, sin pensar en sus méritos, a la misericordia de Dios.

Por eso, su oración es una confesión sincera del pecado, conversión, humildad, petición de ayuda, confianza total en el perdón de Dios. Era una verdadera oración.
 


Actitud del fariseo: El fariseo ora de pie; no era un signo de soberbia sino una costumbre normal judía y también según esa costumbre hace una oración que, a primera vista, es de acción de gracias pero, en realidad, es una manifestación de autosuficiencia ante Dios.

Veamos el contenido de esa oración: Hace un examen de los pecados que no ha cometido, enumera los que ha evitado y tiene el atrevimiento de compararse con los demás pecadores y concretamente con el publicano.

Después recuerda las obras buenas que ha hecho: el ayuno dos veces por semana y el pago de los diezmos, hasta de la menta, el anís y el comino (Mt. 23, 23).

Se presenta como cumplidor exacto de la ley y con una observancia legal en la que lo importante es la observancia de la ley y, a partir de ella, adopta dos posturas: una ante Dios y otra ante los hombres. Su postura ante Dios es de seguridad, de autosuficiencia porque no encuentra dentro de sí misma nada que reprochar, nada malo. Por eso su oración no es de petición de perdón ni de agradecimiento ni de nada, porque, aunque no lo parezca, es una alabanza de su justicia. En vez de orar, recuerda a Dios todas sus buenas obras de tal manera que, en su mentalidad, Dios aparece como un deudor.

Ante los hombres, adopta una actitud de desprecio. Se compara y se considera incomparable. Desprecia a los demás que no merecen otra cosa que la ira y la cólera de Dios.
 


Actitud de Dios: El final de la parábola es realmente sorprendente porque Jesús nos descubre cómo ve Dios a estos hombres; como actúa ante el fariseo, perfecto cumplidor de la ley y ante el publicano que es en realidad un pecador. Nosotros solemos creer lo contrario… Dice Jesús: … sin embargo, Dios concede su gracia al publicano y no al fariseo: “yo os digo que éste bajó justificado a su casa y no el fariseo”.

¿Quién es Dios? Según Jesús, Dios es alguien que dice SI a un pecador arrepentido que se arroja confiada y humildemente en su misericordia, y que dice NO al que se siente seguro ante El, ante sí mismo y ante los demás.

Dios es el amigo de los pecadores que acuden a El confiadamente pero no justifica a quien a sí mismo se justifica.

Dios no concede la gracia al que cree que la merece e incluso cree que la puede exigir por sus méritos. El la concede al que se siente indigno de ella y la espera, pero la espera de la Bondad de Dios y, por lo tanto, la pide con confianza.

Jesús nos descubre así a un Dios desconcertante.

Predicación de la parábola hoy:

A) Esta parábola nos está diciendo que si queremos presentar al Dios de Cristo lo tenemos que presentar como alguien que adopta siempre una actitud de perdón y de misericordia ante el hombre que se presenta sin exigencias, sin reclamaciones ni derechos sino humilde, arrepentido y confiado en el perdón. Dios siempre es así. Presentarlo de otra manera es falsearlo.

B) La justificación del hombre se basa, en último término, en la misericordia de Dios y no en sus obras y méritos. Dios sólo justifica y santifica al hombre que sabe arrepentirse. Por consiguiente, el mensaje de Jesús es un mensaje de aliento, de esperanza. Es una Buena Noticia para los que se sienten pecadores. Y ese mismo mensaje quita garantía de seguridad a quien no tiene conciencia de pecado: ¡pobre del que no se sienta pecador!. Lo que eleva al hombre es la misericordia de Dios. No es suficiente cumplir exactamente la religión: el fariseo ha hecho todo pero le ha faltado lo más importante: una actitud de humildad ante Dios.

C) De esta parábola se concluye que hay que criticar esa tendencia legalista que tenemos todos y que es siempre la gran tentación del hombre. Inconscientemente buscamos una seguridad ante Dios, basada en nuestras obras. Casi sin darnos cuenta que buscamos el llenar nuestras manos para presentarnos seguros ante Dios. El Evangelio de Jesús es una crítica de esa postura. Y hay una Buena Noticia mucho mejor: Podemos presentarnos ante Dios con seguridad PERO no por lo que hayamos hecho sino por lo bueno que es El.

D) Es también una crítica de cualquier postura de los creyentes que desprecian o enjuician a otros. ¡Tengamos cuidado!. Sin darnos cuenta podemos estar identificados con el publicano y juzgar despectivamente a los que viven la religión de forma parecida a los fariseos: es muy fácil ser fariseo creyéndose publicano…

E) Y por último: para que la oración sea un encuentro fructuoso con Dios, debe ser humilde, arrepentida, confiada. Una oración hecha con autosuficiencia y con orgullo ante Dios no justifica nunca. De ahí la necesidad de que sepamos criticar posturas que hay en nosotros de autosuficiencia y de perfección litúrgica. A veces criticamos liturgias mucho peor hechas pero que, quizás, son más sinceras. Ante Dios no hay perfección litúrgica sino una persona que se golpea el corazón, rece el rosario o haga una celebración de María, la pobre de Yahve…


 

RECUPERAR LA ORACIÓN

¿Qué puede hacer una persona que ha vivido de prácticas religiosas y quiere ahora comunicarse con Dios de manera más viva, sin limitarse a «rezar sus oraciones»? ¿Qué puede hacer quien lleva algún tiempo alejado de todo, pero comienza a sentir la inquietud por Dios? ¿Es posible recuperar la oración?

El primer paso es el deseo de encontrarse con Dios. Un deseo débil y tal vez impreciso. O un deseo poderoso y fuerte. Poco importa. Si la persona siente ese deseo en su interior, ya está orando. Mejor dicho, el Espíritu de Dios está orando en ella. En el fondo, orar no es más que prestar atención a ese deseo de Dios que hay en nosotros. A veces, puede parecer que la fe de una persona está muerta para siempre. No es así. En cualquier momento se puede despertar.

En segundo lugar, es importante buscar la comunicación con Dios dirigiéndonos a Él directamente. Al principio nos podemos sentir un poco extraños, pues nunca lo hemos hecho, o hemos perdido la costumbre. No importa. Ch. de Foucauld decía que orar es «hablar con Dios amándolo». Es difícil decirlo mejor.

En tercer lugar, hay que recordar que la oración sincera se alimenta de la vida, de los acontecimientos que nos ocurren, de las experiencias que vivimos. No se reza de la misma forma cuando uno está triste y abatido, cuando vive a gusto y con paz, cuando necesita sentirse perdonado o cuando está deprimido y harto de todo.

Los salmos son un ejemplo vivo de cómo orar desde los diferentes estados de ánimo:

«Dios mío, ¿por qué te escondes en las horas de angustia? Trátame bien, con la ternura de tu bondad.»

«Señor, Tú sí que eres bueno. Toda mi vida te bendeciré.»

«Mírame, oh Dios, que estoy solo y afligido.»

«Señor, limpia mi pecado, renuévame por dentro, devuélveme la alegría de tu salvación.»

 

 

 

Inicio

J. A. Pagola

Contactos de la Parroquia Perdón, Amor El Día del Señor ¿Quién es Jesús?