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J. A. Pagola

Contactos de la Parroquia Perdón, Amor El Día del Señor ¿Quién es Jesús?  

 

 

Lecturas del día Celebración de la Eucaristía   Jean-Pierre Bagot
Rezar con el salmo Casiano Floristán Patxi Loidi José Luís Sicre
Y después, ¿que? Gustavo Gutierrez Todos murmuraban José Mª Castillo
El milagro de la conversión de Zaqueo Javier Garrido Pedro Mari Zalbide Un análisis riguroso

 

 

 

 

TIEMPO ORDINARIO CICLO C

HOMILÍAS JOSÉ ANTONIO PAGOLA

 

 

A buscar y salvar lo que estaba perdido

Lc 19, 1-10

 

 

 

Bajos de estaturaPARA JESÚS NO HAY CASOS PERDIDOSFuerza para vivir
 

 

 

 

BAJOS DE ESTATURA

Pocos serán hoy los que discutan teóricamente la afirmación de S. Freud que considera que la persona que no ha superada la fase «analerótica» y continúa preocupada exclusivamente por «tener» y «poseer», es neurótica.

Sin embargo, son innumerables los que dirigen sus principales energías a tener, acumular y ostentar. A esto se reduce su vida. A tener un nombre, una posición social, una buena imagen, un hogar confortable, una cuenta corriente envidiable, un bienestar seguro.

Empujados por su obsesión de «poseer», tienden a extender su necesidad de propiedad a todos los ámbitos de la vida. «Tienen» unos conocimientos, «poseen» buenas relaciones, «adquieren» nuevas amistades, «logran» éxitos y hasta se sienten «dueños» de su esposa y sus hijos.

Si fueran dos o tres, serían considerados como personas enfermas e inmaduras, pero al ser mayoría, su conducta se nos presenta, sorprendentemente, como normal y hasta envidiable.

Y sin embargo, son hombres y mujeres que viven desconectados de la vida. Dependen siempre de lo que tienen. Su identidad y seguridad personal se sostienen en algo exterior a ellos mismos, que les puede ser arrebatado.

Es normal que en sus vidas crezca la desconfianza, la dureza y la agresividad, y estén ausentes la ternura, la solidaridad y la verdadera amistad.

Pasan los años y nada cambia ni se transforma dentro de ellos. Pueden tener momentos de euforia, éxito y excitación, pero, difícilmente conocerán la alegría que acompaña y resplandece en quien vive creciendo desde dentro, desarrollando día a día su capacidad de dar, compartir y convivir.

¿Cómo recuperar la auténtica alegría de vivir? ¿Cómo salvar estas vidas que aparecen ya «perdidas»?

Es aleccionadora la actuación de Zaqueo, un hombre con una posición social en Jericó, rico propietario, jefe de publicanos, pero «bajo de estatura» en todo su vivir.

Zaqueo sabe reaccionar y dar un giro nuevo a su vida. Busca algo diferente. Siente la necesidad de encontrarse con Jesús, acoge su mensaje y toma la única decisión que le puede salvar.

Renunciar a una vida dominada por el afán de poseer, acumular y explotar, para descubrir la alegría del dar, ayudar y compartir. Esta es la experiencia de quien acierta a encontrarse con ese Jesús que ha venido a «salvar lo que estaba perdido».
 

 

FUERZA PARA VIVIR
 
Su posición de autoridad en medio de una sociedad de cristiandad ha conducido a la Iglesia, de manera más o menos consciente, a proponer la fe en Dios como un deber encuadrado en un sistema de leyes y prohibiciones.

Todavía hoy no pocos practicantes entienden y viven su religión como una «obligación». Esta percepción sesgada de la fe ha contribuido a generar un tipo de cristiano sin creatividad ni pasión, que «cumple con sus deberes religiosos» pero no siente deseo de Dios. A ellos se refería Simone Weil en su penetrante observación: «Donde falta el deseo de encontrarse con Dios, allí no hay creyentes, sino pobres caricaturas de personas que se dirigen a Dios por miedo o por interés».

Por otra parte, si se escucha hasta el fondo el desafecto y la alergia que sienten algunos hacia lo religioso, no es difícil observar que no es a Dios a quien rechazan, sino una idea agobiante de la religión, que parece recortar la libertad y ahogar el deseo natural que hay en nosotros de vivir plenamente. Es difícil que el hombre o la mujer de hoy acepte una fe propuesta como un «imperativo» que priva del gusto de vivir.

Lamentablemente se olvida que Dios, antes que nada, es el «Amigo de la vida», el que desea y busca siempre una vida más digna y dichosa para todo ser humano y para la creación entera. Se olvida que Dios no es controlador de un catálogo de prohibiciones y preceptos, sino fuente y estímulo de vida más coherente y sana, más gratificante y unificada.

«El Evangelio de Cristo es esperado hoy de manera nueva: como una fuerza para vivir». Es así. El Evangelio es, antes que nada, «una fuerza para vivir» y sólo será escuchado por personas que andan buscando razones para vivir, para amar la vida y para disfrutarla de manera sensata y responsable.

En el relato evangélico, Jesús se define en casa de Zaqueo como alguien «que ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido». No lo deberíamos olvidar. El Dios cristiano es un Dios que busca reavivar y reconstruir lo que nosotros podemos estropear y echar a perder. Dios no es carga pesada, sino vigor y estímulo para vivir con acierto.
 

 

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