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J. A. Pagola

Contactos de la Parroquia Por el abandono a la paz El Día del Señor ¿Quién es Jesús?  

 

 

Lecturas del día

Celebración de la EucaristíaJosé Antonio PagolaJavier Garrido
Orar con el Salmo 118La Ley de MoisésPedro Mari ZalbideJosé Luís Sicre
Ley Abad de la TrapaJosetxu CanibePatxi Loidi
Comprender la LeyGustavo GutierrezJosé Mª CastilloCasiano Floristán

 

 

JEAN-PIERRE BAGOT

 

Sexto domingo ordinario
 



Eclesiástico 15, 16-21

1 Corintios 2, 6-10

Mateo 5, 17-37


1ª lectura


A principios del siglo II a C., un sabio judío se inquieta por el abandono de los que lo rodean. Se llega a negar la libertad humana para justificar el incumplimiento de la ley. Ben Sirac reacciona y reafirma con fuerza la enseñanza tradicional del Deuteronomio, el libro que había conformado la espiritualidad de Israel: el hombre está llamado a escoger entre dos caminos. Es responsable de la orientación de su vida. Su decisión es fuente de muerte o de vida.


2ª lectura

Pablo acaba de denunciar el absurdo de las divisiones sectarias entre los cristianos de Corinto: son producto de una mentalidad que contradice la llamada de Cristo. Por su cruz, Jesús puso en tela de juicio todos esos comportamientos de rechazo mutuo. La cruz parece necedad y locura para los que sólo se fían de su propio juicio. En realidad, es fuente de sabiduría, de una sabiduría que viene de Dios. La plenitud de esta sabiduría es lo que Dios ha ido desvelando progresivamente a través de la historia del pueblo elegido. Ella es la que ahora hace conocer en plenitud al Espíritu Santo.


La Ley liberada

Lutero, dotado de una intuición genial de la Escritura, nos ha legado la siguiente afirmación fundamental: «Si quitas a Cristo de las Escrituras, ¿qué otra cosa podría encontrar en ellas?» Jesús es, pues, la piedra angular de toda la Palabra revelada: algo evidente para un cristiano, sin dejar de comprender que, para un judío, el Antiguo Testamento bascula en torno a la revelación del Sinaí.

Jesús quiso validar la Antigua Alianza en su integridad. Por eso este texto se haya colocado aquí, exactamente en su sitio, en el corazón del Evangelio. En efecto, el mensaje de Jesús chocaba por su novedad. Escandalizaba a los fariseos y sorprendía asimismo al pueblo dócil y sencillo. Y el pueblo decía: «no habla como nuestros especialistas de la Ley, sino como el que posee la autoridad misma de Dios». No enseñaba como los hombres del Libro. Por eso, la tentación de pensar que estaba creando una nueva religión era grande.

Jesús responde afirmando la continuidad de la Revelación y la permanencia de la Palabra de Dios. Confirma la autoridad de Moisés y de los Profetas. La Ley es la declaración de Alianza en forma de tratado, rubricada por Dios y por Moisés en el Sinaí. Los profetas son la Palabra ardiente de los trovadores de Yahvé, que cantan la maravillosa historia de amor entre Dios y la humanidad.

No, nada está suprimido ni caducado. Con una condición: que la Ley no se separe de la Profecía, que el Espíritu no sea ahogado por la letra. O lo que es lo mismo: Dios no quiere una actitud de esclavo o de militar. La fe es una respuesta en el plano del amor.

En definitiva, sólo podremos resolver esta aparente oposición entre la obediencia a la Ley y la fidelidad al Espíritu profundizando en nuestra fe cristiana. Se puede objetar que la fosa entre cristianos y judíos sigue siendo profunda. ¿Cómo sostener, entonces, que hemos guardado la herencia de la tradición? La sola presencia del Mesías, ¿no modifica enteramente la literatura profética? La clave está en la carta a los Hebreos: «En múltiples ocasiones y de muchas maneras habló Dios antiguamente a nuestros padres por los Profetas Ahora, en esta etapa final, nos ha hablado por su Hijo». Jesús resume —y, sobre todo, ilumina— la totalidad de la revelación del Misterio donde se casan el cielo y la tierra.

¿Qué añade Jesús a la revelación precedente? Todo. En efecto, Él la hizo resplandecer y la liberó, ya que la propia Palabra estaba cautiva de las tradiciones y de los discursos transmitidos de generación en generación. Cautiva también de una historia inacabada por naturaleza. Cautiva de la pasión de un pueblo. Sólo en la persona de Cristo se purifica la Palabra y reencuentra su luz y su integridad, puesto que Él no es sólo la fuente, sino también la encarnación.

Hay diversas formas de entender la Ley. Pero cualquier interpretación está siempre en función del corazón del hombre. La ley puede ser prohibición. Yes verdad que el texto dice: no harás...

Pero la Ley puede ser también el «camino de vida», significado de la palabra hebrea Torah.

«Yo soy el Dios que te liberó de Egipto», comenzó declarando el legislador del Sinaí. Lo que significa que las prescripciones siguientes eran la consecuencia de una profunda liberación, carta del hombre nuevo que, al fin, cesaba de hacerse un Dios a su imagen o de buscar en el placer el medio de darse la ilusión de vivir.

La apariencia negativa de la prohibición no es, pues, más que el reverso de una invitación fundamental a liberarse de todo lo que estorba el impulso hacia el futuro de Dios, a abrirse, a crecer en verdad, a amar.

Ahora bien, ¿cómo podría el hombre soportar una tal apertura que lo remite hacia su libertad y que lo confronta con la misma generosidad de Dios? Es entonces cuando el hombre calcula, tantea y legisla determinando las leyes del mercado y creyendo de esta forma que se garantiza un derecho.

Esto es lo que Jesús habe saltar por los aires. Él no aporta una nueva revelación. No hace más que repetir lo que ya estaba dicho, lo que los profetas no habían cesado de clamar en sus denuncias contra la «recuperación» de la ley.

Sin embargo, la repetición de lo que ya había sido dicho es en realidad una revolución que no afecta la letra de la Escritura, sino al corazón del que la lee. Esta Escritura remite entonces hacia el dinamismo de la vida.

 

 

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