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Lecturas del día

Celebración de la EucaristíaJ. A. PagolaJean-Pierre Bagot
I Reyes, 19,9a. 11-13a.¡Qué poca fe!C. FloristánJosé Luís Sicre
Romanos 9, 1-5 Caminar sobre el aguaA. PronzatoG. Gutierrez
Mateo 14, 22-23Sálvame, SeñorJ. Garrido Florentino Ulibarri
Reflexión personal y en grupoX. GoitiaAbad de la Trapa de Scourmont Herman Rodriguez

 

 

 

DOMINGO XIX DEL TIEMPO ORDINARIO

13 de Agosto de 2017

Misa pr. Gl. Cr. Pf dominical

 

 

 

COMENTARIOS SOBRE LAS LECTURAS

 

                         
 

PRIMERA LECTURA (I Reyes, 19,9a. 11-13a.)

Pensando un poco en el mundo que vivimos, nos damos cuenta que hay excesivo ruido; demasiados gritos; las armas no están calladas; las gentes están alborotadas...

Es cierto que Dios está en todas partes. Pero para encontrarse con él es preciso buscarle: en la brisa, en el susurro, en el silencio. Un mundo muy distinto al mundo en el que vivimos.

De ello nos habla la la lectura de hoy.

En el reino del Norte, la reina Jezabel, de origen fenicio, quiere implantar entre los israelitas el culto al dios Baal. El profeta Elías levanta su voz contra aquella imposición idolátrica que mata a la religión de Yahvé-Dios. Por ello es perseguido y tiene que huir hacia el sur de Judá, y camina hacia el monte Horeb, ocultándose en una cueva porque le buscaban para quitarle la vida.

El profeta busca a Dios como refugio en su angustia. Y va al lugar donde el Señor se había revelado en varias ocasiones.

El Horeb es el "monte de Dios" en el desierto.

Allí el Señor le asegura que "salga de la cueva porque va a pasar" y quiere encontrarse con él.

Pero el Señor no estaba ni en el huracán, ni en el terremoto, ni en el fuego devastador, sino en la brisa, en el susurro, en la suavidad del viento.

Los signos de la presencia de Dios son imprevisibles. Pero, desde luego, no se le encontrará en la violencia, en el alboroto, en el fragor de la guerra.

El hombre busca a Dios, pero es Dios quien elige el modo de su manifestación a los hombres.

En nuestras angustias; en nuestros sufrimientos; en nuestras dudas, busquemos a Dios con sencillez, con humildad y él se hará presente en el modo que más nos convenga.

No le pidamos que se manifieste espectacularmente porque nos pasará como al profeta Elías: no lo hallaremos.

Nuestro encuentro con Dios se realizará en la calma y en la serenidad. Ese es el "riesgo de nuestra fe": confiar en Dios que se manifestará de forma imprevisible.

Pero no hay duda que el encuentro con Dios nos empujará, como al profeta Elías, a reemprender la aventura de una vida cargada de riesgos y de gozos.

 

SEGUNDA LECTURA (Romanos 9, 1-5)

San Pablo siente gran pena por su pueblo ya que, habiendo sido elegido como el nuevo pueblo de Dios, no acepta al Mesías, a Jesús, que ha de hacer realidad las promesas proféticas.

Y es que Jesús, en su vida y en su mensaje evangélico, no coincide con la idea que ellos tenían del Mesías: sorprendente, libertador, glorioso, triunfador.

Jesús se ofrece con sencillez, con humildad y, para colmo, muere en la cruz.

Pero San Pablo ha experimentado en su propia vida que Jesús es el Mesías anunciado, el Redentor.

El drama interior que vive San Pablo lo expresa de modo exageradamente acentuado diciendo que "quisiera estar separado de Cristo y que cayera sobre él la maldición de Dios" con tal que sus compatriotas aceptaran la salvación venida de Cristo-Jesús.

Afirma que "desea ser condenado si con ello alcanza la salvación de sus hermanos". Pero si "los llamados a poseer las promesas de Dios" no aceptan al Salvador, otros ocuparán su puesto.

Ahora ya no se trata de pertenecer a un pueblo que ha recibido el regalo de ser el depositario de las promesas de Dios, sino que es necesario aceptar a Jesús (en quien se cumplen todas esas promesas) por la fe.

Por eso, San Pablo que había sido un judío en toda su plenitud, ahora es Apóstol de los gentiles.

Es una gran advertencia para nosotros. Se nos ha ofrecido el conocimiento de Dios; la fe en Cristo-Jesús; la Buena Nueva de la redención. ¿Cuál es nuestra actitud: aceptación, dudas, indiferencia?

Como San Pablo dice, si nosotros, que somos cristianos de toda la vida y se nos ofrece el mensaje evangélico de salvación, no lo aceptamos coherentemente, será ofrecido a otros que ahora están alejados de ese mensaje salvador.

Hagamos que fructifique en nosotros la elección de que hemos sido objeto.

 

TERCERA LECTURA (San Mateo 14, 22-23)

Jesús ha vivido una jornada colmada de emociones. Necesita de la soledad y del silencio "para encontrarse con el Padre" en la oración. Los discípulos se adentran en el mar y comienza la lucha contra el viento, en la oscuridad.

Al amanecer (Jesús es Luz) se les acerca Jesús, caminando sobre las aguas.

Pedro está asombrado y por la fuerza de su fe en la palabra de Jesús, comienza a caminar sobre el mar.

Mientras miraba a Jesús, su caminar era seguro. Pero cuando miraba la fuerza del viento, comenzó a hundirse.

El apóstol Pedro fracasa porque pierde de vista la invitación de Jesús y la fuerza de su Palabra.

Fiarse de Jesús no cabe duda que es arriesgado. Como lo era el atreverse a andar sobre las aguas.

Pero solamente quien es capaz de correr el riesgo (fiándose en la Palabra de Jesús) será salvado, como lo fue el apóstol Pedro.

La barca en que se encuentran los discípulos, es una imagen de la Iglesia, acosada en la noche por vientos contrarios y fuerte oleaje. La actitud de Pedro, mezcla de confianza y vacilación, es la que nos inunda a todos hoy día.

Sin embargo, Jesús nos invita a no tener miedo a lo que él significa. Nos invita: a creer en él; a fiarse de su Palabra; a seguir su camino; a proclamar su Evangelio.

Si confiamos en él no nos hundiremos en las dificultades. Tampoco el apóstol Pedro se hundió en las aguas, porque Jesús le dio la mano.

Así lo hará con nosotros si le decimos con sinceridad: "mándame ir a Ti".

Jesús, presente en la comunidad, vence los peligros y los miedos que la paralizan, y le impulsa a confesar: "realmente eres el Hijo de Dios". "Sé bien de quién me he fiado".

 

 

Reflexión personal y en grupo

- La fe es capaz de mover montañas… y de hacernos caminar sobre el mar. ¿Cómo va mi fe? ¿Tengo confianza ciega en Dios? ¿Qué hago con mis dudas? ¿Me pasa como a Pedro, que me hundo en la vida... por dudar?
 

- La segunda lectura, del libro segundo de los Reyes, es una lectura clásica para discernir la presencia de Dios. Hagamos una aplicación alegórica de los símbolos que utiliza: el huracán, el terremoto, el rayo, la brisa…
 

- Prolonguemos la misma reflexión aplicándola hacia categorías más modernas: el estrés, la angustia, la depresión, la tranquilidad de conciencia, la autoestima, la autosatisfacción por el trabajo realizado...
 

- Este episodio de la vida de Elías ha sido utilizado casi siempre para ponderar la capacidad que la naturaleza de hacernos patente la presencia de Dios. Muchos elementos de decoración religiosa facilona se basan en ello: bellos amaneceres, montañas escarpadas, paisajes llenos de luz, horizontes infinitos... nos hemos acostumbrado a considerarlos símbolos de la presencia de Dios. Se trata de la imagen de un Dios connaturalmente presente en la «naturaleza», no en la «historia»: sería difícil ver a Dios en un cuadro pictórico sobre la lucha de Espartaco y los esclavos, o las luchas de las reivindicaciones obreras... Comentar esto. Relacionarlo con aquel eslogan de la espiritualidad de la liberación: «Contemplativus in Liberatione», ser «contemplalivo en (el proceso de la) liberación»...
 

- Es fácil ver que los conflictos de justicia entre pobres y ricos en el Primer (Antiguo) Testamento no son una peculiaridad de la historia de Israel... sino un elemento casi pudiéramos decir «esencial» lamentablemente infaltante en toda sociedad. Las apelaciones a un tipo u otro de (imagen de) Dios, no es quizá sino el reflejo de las luchas que en esa sociedad se dan entre las fuerzas utópicas profundas del sobsconciente colectivo y los egoísmos humanos de grupos y de personas. Entonces –y también ahora- se batían estas fuerzas en el campo del imaginario y del discurso religioso, como era «natural» a ese tipo de sociedad. Estamos entrando en un tipo de sociedad en la que, por efecto de lo que Guiddens llama «destradicionalización», la dimensión religiosa institucional tradicional pierde fuerza, se hace menos plausible, y en las sociedades avanzadas (cercanas a lo que se llama técnicamente «sociedades del conocimiento») se hace sencillamente ininteligible. ¿Cómo continuará históricamente la defensa de los pobres y de la justicia en las sociedades avanzadas (y en la nuestra –cualquiera que sea- en el futuro) cuando el discurso y el imaginario religioso no estén a la mano para llevar adelante esa lucha entre la utopía de justicia y los intereses egoístas?
 

- Muchos de las narraciones de los evangelios sabemos que son simbólicas, teológicas, no históricas. No son una narración objetiva de lo que realmente pasó. Ni era ésa la intención del evangelista al incorporar ese texto al evangelio. Pero durante más de milenio y medio la cristiandad entendió aquellas narraciones al pie de la letra como hechos reales. Todavía muchas personas los entienden así. ¿Es un problema, o no lo es? ¿En qué sentido sí y en qué sentido no? ¿Qué habría que hacer?
 

 

 

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