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Explicación de las lecturasSer alguienA. PronzatoG. Gutierrez
ComentariosDios nos envía una invitación personalC. FloristánJosé Cervantes
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Florentino UlibarriAbad de la Trapa de ScourmontX. GoitiaPatxi Loidi

 

 

 

 

JOSÉ ANTONIO PAGOLA

 

 

Quedarnos sin oídos...También hoy es posible escuchar a DiosINVITACIÓNGONBITA
 

 

 



TAMBIÉN HOY ES POSIBLE ESCUCHAR A DIOS

Lo dicen todos los estudios. La religión está en crisis en las sociedades desarrolladas de Occidente. Son cada vez menos los que se interesan por las creencias religiosas. Las elaboraciones de los teólogos no tienen apenas eco. Los jóvenes abandonan las prácticas religiosas. La sociedad se desliza hacia una indiferencia creciente.

Hay, sin embargo, algo que nunca hemos de olvidar los creyentes. Dios no está en crisis. Esa Realidad suprema hacia la que apuntan las religiones con nombres diferentes sigue viva y operante. Dios está también hoy en contacto inmediato con cada ser humano. La crisis de lo religioso no puede impedir que Dios se siga ofreciendo a cada persona en el fondo misterioso de su conciencia.

Desde esta perspectiva, es un error «demonizar» en exceso la actual crisis religiosa, como si fuera una situación imposible para la acción salvadora de Dios. No es así. Cada contexto socio-cultural tiene sus condiciones más o menos favorables para el desarrollo de una determinada religión, pero el ser humano mantiene intactas sus posibilidades de abrirse al Misterio de la vida, que le interpela desde lo íntimo de su conciencia.

La parábola de «los invitados a la boda» lo recuerda de manera expresiva. Dios no excluye a nadie. Su único anhelo es que la historia humana termine en una fiesta gozosa. Su único deseo, que la sala espaciosa del banquete se llene de invitados. Todo está ya preparado. Nadie puede impedir a Dios que haga llegar a todos su invitación.

Es cierto que la llamada religiosa encuentra rechazo en no pocos, pero la invitación de Dios no se detiene. La pueden escuchar todos, «buenos y malos», los que viven en «la ciudad» y los que andan por los caminos. Es bueno que el ser humano busque un bienestar mayor, pero, ¿qué plenitud puede haber tras ese afán de poseer televisores cada vez más perfectos, coches más veloces, electrodomésticos más sofisticados? ¿No hay personas que poseen ya demasiadas cosas para ser felices? Después de caminar a la búsqueda de tantas cosas, ¿no son muchos los que pierden su libertad, su capacidad de amar, su ternura y hasta el disfrute sencillo de la vida?

Es normal que las nuevas generaciones busquen con afán otro tipo de salvación. Pero, ¿qué plenitud se puede encontrar cuando se han estrujado todas las posibilidades del sexo, se ha vuelto del «viaje» de la droga o se ha hundido uno en el aislamiento de un pasotismo total?

Los hombres seguirán siendo unos eternos buscadores de orientación, felicidad, plenitud, verdad, amor. Seguirán buscando, de alguna manera, el Absoluto. En medio de nuestra vida, a veces tan alocada y superficial, en medio de nuestra búsqueda vana de felicidad total, ¿no estamos desoyendo una invitación que, quizá, otros hombres y mujeres sencillos y pobres están escuchando con gozo «en los cruces de los caminos» de este mundo nuestro tan desquiciado?

Toda persona que escucha la llamada del bien, del amor y de la justicia está acogiendo a Dios.

Pienso en tantas personas que lo ignoran casi todo de Dios. Solo conocen una caricatura de lo religioso. Nunca podrán sospechar «la alegría de creer». Estoy seguro de que Dios está vivo y operante en lo más íntimo de su ser. Estoy convencido de que muchos de ellos acogen su invitación por caminos que a mí se me escapan.


 

QUEDARNOS SIN OÍDO PARA LO RELIGIOSO


Son cada vez más los que, entre nosotros, se confiesan increyentes. Pero, si se observa de cerca su postura, quizá haya que decir que su increencia no es tanto fruto de una decisión responsable cuanto resultado de una vida alienada y privada de interioridad.

En la vida de muchos contemporáneos faltan las condiciones mínimas para tomar una postura seria y responsable ante la fe o la increencia. Se vive un estilo de vida donde ni siquiera aparece la necesidad de dar un sentido a la existencia. Como dice un ateo contemporáneo, sencillamente «somos nosotros los que tenemos que dar un sentido a nuestra vida, viviéndola».

Pero cuando uno vive buscando solo un bienestar material cada vez mayor, interesado únicamente en «tener dinero» y «adquirir símbolos de prestigio», preocupado por ser «algo» y no por ser «alguien», la persona pierde capacidad para escuchar las llamadas más profundas que se encierran en el ser humano.

Esta persona carece de oídos para cualquier rumor que no sea el que proviene de su mundo de intereses. No tiene ojos para percibir otras dimensiones que no sean las del bienestar material, la posesión y el prestigio social. Como diría Max Weber, son personas que «carecen de oído para lo religioso».

La parábola de Jesús nos vuelve a recordar a todos que en el fondo de la vida hay una invitación a buscar la libertad y la plenitud por otros caminos. Y nuestra mayor equivocación puede ser desoír ligeramente la llamada de Dios, marchando cada uno a «nuestras tierras y nuestros negocios».

Seguiremos huyendo de nosotros mismos, perdiéndonos en mil formas de evasión, tratando de olvidar a Dios y evitando cuidadosamente tomar en serio la vida. Pero la invitación no cesa. En el fondo de muchas posturas de increencia, ¿no se esconde un temor al cambio que necesariamente se tendría que producir en nuestra vida si tomáramos en serio a Dios?

Sin duda se encierra una gran verdad en la plegaria de san Juan de la Cruz: «Señor, Dios mío, tú no eres extraño a quien no se extraña contigo. ¿Cómo dicen que te ausentas tú?».

 

 

 

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