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J. A. Pagola

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Lecturas del día

El Día del Señor

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Lecturas del díaCelebración de la EucaristíaJ. A. Pagola José Luís Sicre
Deuteronomio 8, 2-3.14b-16a

Abrir los ojos de la fe

A. PronzatoG. Gutierez
I Corintios 10,16-17 Unidos a Cristo...C. Floristán Dolores Aleixandre
Juan 6, 51-59 Dios nos atrae por el hambreJ. Garrido Florentino Ulibarri
Reflexión personal y en grupoX. Goitia Hermann Rodríguez José Moreno

 

 

 

DOMINGO

SOLEMNIDAD: SANTISIMO CUERPO Y SANGRE DE CRISTO

18 de Junio de 2017

Misa pr. Gl. Cr. Pf Eucaristía

 

 

REFLEXIONES SOBRE LAS LECTURAS

 

                             
 

REFLEXION: Deuteronomio 8, 2-3.14b-16a


Las lecturas de hoy nos manifiestan la intervención de Dios en aquellos aspectos más trascendentes de nuestra vida; aquellos por los que el hombre trabaja, se afana y hasta se destroza.

Dios ofrece pan para el hambre del pueblo, agua para saciar su sed y vida para dar esperanza ante la muerte.

Quien se mantiene fiel a los mandamientos de Dios no pasará hambre ni sed y quien cree en Jesús como Salvador, no morirá sino que "vivirá para siempre".

La 1ª lectura de hoy recuerda la intervención de Dios para quitar el hambre al pueblo de Israel en su peregrinación por el desierto. Pero la intervención de Dios no está ordenada exclusivamente a saciar el hambre de pan, sino a manifestarles que "no sólo de pan vive el hombre, sino de la palabra venida de sus labios". Porque Dios no abandona a quien le es fiel.

Por ello Moisés, según la lectura de hoy, quiere hacer reflexionar al pueblo para que piense en la actitud que el Señor ha tenido con ellos. Es verdad que han pasado por acontecimientos de sufrimiento y también de liberación. Pero Dios siempre ha estado con ellos en su largo camino, aunque éste sea un "desierto inmenso y terrible".

Dios permite el hambre y la sed, el cansancio y la enfermedad, pero El va a saciar extraordinariamente ese hambre y esa sed; va a aliviar ese cansancio y esa enfermedad.

La experiencia del desierto se aduce como lección para la vida en la tierra prometida. De los caminos del desierto, pasarán a los caminos de Dios. De él brota la vida; él es su fuente última.

Lo de menos es el maná que les va a ofrecer y el agua que va a sacar de la roca; lo importante es lo que esto significa: la providencia paternal de Dios, que un día alimentará a un pueblo con el maná de su Palabra y el sacramento de su Cuerpo.

 

Nota:  Dt 8,2-3.14b-16a

2 Acuérdate del camino que el Señor tu Dios te ha hecho recorrer durante estos cuarenta años a través del desierto, con el fin de humillarte y probarte, para ver si observas de corazón sus mandatos o no. 3 Te ha humillado y te ha hecho sentir hambre; te ha alimentado con el maná, un alimento que no conocías, ni habían conocido tus antepasados, para que aprendieras que no sólo de pan vive el hombre sino de todo lo que sale de la boca del Señor...

14 Que no se engría tu corazón ni te olvides del Señor tu Dios. Fue él quien te sacó de Egipto, de aquel lugar de esclavitud; 15 quien te ha conducido a través de ese inmenso y terrible desierto, lleno de serpientes venenosas y escorpiones, tierra sedienta y sin agua; fue él quien hizo brotar para ti agua de la roca de pedernal 16 y te ha alimentado en el desierto con el maná, un alimento que no conocieron tus antepasados, a fin de humillarte y probarte, para después hacerte feliz.

 

 

 

REFLEXION:  I Corintios 10,16-17


San Pablo recuerda a los cristianos de Corinto la historia del pueblo de Dios en aquella peregrinación por el desierto hasta llegar a la tierra definitiva.

Dios les acompañó permanentemente: les dio el maná, el agua; y, también sometió a prueba su fidelidad.

Algunos fueron idólatras y quedaron en el desierto; los fieles llegaron a destino.

Ahora San Pablo exhorta a los cristianos de la comunidad de Corinto a evitar la idolatría no participando en los sacrificios que los paganos hacen a sus dioses.

Insiste San Pablo en que la Eucaristía es el vínculo de unión entre los cristianos y Cristo y de los cristianos entre sí.

La Eucaristía no solamente es el "signo" de la unidad entre los cristianos, sino que produce y ayuda a construir la unidad del Cuerpo de Cristo, de la Iglesia. El bautismo nos incorpora a la Iglesia y la Eucaristía nos mantiene dentro de la unidad en la comunidad cristiana y con su Cabeza, Cristo-Jesús.

El pan y el vino, dice San Pablo, son algo más que comida y bebida; son signo de unidad. Quienes participan del pan y del cáliz se hacen miembros de un mismo cuerpo, fraternales y solidarios.

Compartir el sacramento del pan y del vino, comulgar a Cristo, lleva a comulgar con sus sentimientos, con sus sufrimientos, con sus esperanzas.

 

Nota: 1 Cor 10,16-17

16 El cáliz de bendición que bendecimos, ¿no nos hace entrar en comunión con la sangre de Cristo? Y el pan que partimos, ¿no nos hace entrar en comunión con el cuerpo de Cristo? 17 Pues si el pan es uno solo y todos participamos de ese único pan, todos formamos un solo cuerpo.

 

 

 

REFLEXION: San Juan 6, 51-59


Si el pueblo de Israel fue alimentado por Dios para que no pereciera de hambre, para que no muriese, es Jesús el que dice en el Evangelio de hoy, que "él es el pan que da vida eterna".

Y manifiesta que si no comemos el "pan que es su Cuerpo", no tendremos vida en nosotros.

Estas palabras de Cristo son audaces y esperanzadoras.

Se presenta a sí mismo como el verdadero "pan que ha bajado del cielo".

El pan mantiene nuestra vida corporal, humana; el Cuerpo de Cristo (el pan sacramental) nos ofrece la vida eterna.

Cristo es pan inmortal, capaz de dar vida interminable.

Y junto al "pan de vida", nos ofrece también "el cáliz de salvación". De este modo, Jesús nos ofrece un pan y un vino que es "signo, fe y sacramento".

Este pan y este cáliz son anticipo de la fiesta, del banquete del Reino de los cielos.

La verdad es que este mundo por el que caminamos, también es como un desierto en el que hay soledad, desamparo, enfermedad, idolatría y falta de luz.

La promesa del Señor de estar con nosotros en el Sacramento de la Eucaristía, que es Sacramento de amor, nos ofrece la confianza suficiente para superar estas dificultades en nuestro peregrinar por el mundo.

El día del Corpus es un día "que reluce más que el sol", porque es un día de esperanza y manifestación del amor de Dios.

La Eucaristía es centro de vida cristiana. En la "fracción del pan" debe suceder como cuando en la familia nos sentamos alrededor de la mesa y "se parte el pan para compartirlo".

Un pan partido, unos bienes compartidos y un Cuerpo que se entrega y hace unión entre los miembros de la comunidad.

El "pan del Corpus", ha de ser el pan de la concordia y de la unidad, porque "aun siendo muchos -como dice San Pablo- todos participamos de un solo pan".

Especialmente en el día de Corpus hemos de destacar el misterio de vida y de fraternidad que celebramos en todas las misas, particularmente en las del día de hoy.

 

Comentario: Jn 6,51-58

 

6,51-59 Discurso eucarístico. El presente discurso no procede de la sinagoga de Cafarnaún –no se podía hablar de este modo de la eucaristía antes de su institución, pues nadie entendería nada– sino de la última cena. Fue traspasado aquí por la pluma del evangelista, como continuación del discurso sobre el pan de la vida.

El discurso del pan de la vida se convierte en la preparación adecuada del discurso eucarístico. El lugar que debía ocupar, que era la última cena (Jn 13), lo eligió el evangelista para narrar el lavatorio de los pies. Sin embargo no se atrevió a omitir un relato tan importante. Entonces recurrió al sistema de trasladarlo a otro lugar. Y sin duda alguna que éste era el más indicado, por razón de la semejanza en la materia: pan material, pan bajado del cielo, pan eucarístico. El traslado está bien justificado. Cuando se hizo dicho traspaso Jn 6,59, que seguía inmediatamente a Jn 6,51a, fue desplazado adonde ahora está. Así nos da la impresión que todo, incluso el discurso eucarístico, fue pronunciado en la sinagoga de Cafarnaún.

Frente al carácter metafórico del discurso sobre el pan de la vida –Jesús como el pan dado por el Padre, bajado del cielo, del que hay que comer mediante la fe– destaca el realismo sacramental de esta unidad literaria estrictamente eucarística: es necesario comer y beber la carne y la sangre del Hijo del hombre. Al expresarse de este modo, el evangelista trata de dar respuesta al interrogante sobre cómo puede éste darnos a comer su carne. Un interrogante que supone una comprensión inadecuada de la cena del Señor. Incluso hay que contar con una polémica en contra de su celebración. ¿Procedía de las discusiones con los judíos, con los judeo-cristianos o con otras tendencias o grupos dentro de la Iglesia? Ignacio de Antioquía afirma: “no confiesan que la eucaristía es la carne del Señor”. Frente a ellos se pone de relieve la necesidad de tomar parte en la eucaristía para participar en la vida.

El evangelista insiste en presentar la carne y la sangre como verdadera comida y bebida. De este modo salía al paso de otra concepción errónea dentro del cristianismo primitivo: la corriente o tendencia gnóstico-doceta. Frente a una concepción que consideraría la eucaristía, a lo sumo, como mero símbolo, el texto subraya que se trata de una verdadera comida, de una comida real, en la que se participa de la carne y de la sangre de Cristo.

Los efectos de la Eucaristía se expresan mediante la fórmula de la permanencia mútua: el que come... permanece en mí y yo en él. Esta permanencia designa la vida cristiana como tal: el discipulado cristiano se define por la permanencia en la unión con Cristo (Jn 15,4-7).

La concepción joánica de la eucaristía pone de relieve los aspectos siguientes:

Su consideración y valoración dentro del acontecimiento salvífico en su conjunto, es decir, en estrecha relación con la misión del Hijo de Dios desde la encarnación a la cruz-exaltación. Los dones sacramentales (el pan y el vino) son medio para lograr la unión con Cristo. Esta unión es eficaz y se realiza cuando se cumple la exigencia única y decisiva impuesta al hombre, que es la fe en el Revelador, enviado por Dios y portador de la salvación.

Su enfoque cristológico-soteriológico: aparece Jesús mismo como sujeto de la acción que se desarrolla en la cena; su mismo ser, toda la realidad implicada en la figura del Hijo del hombre, muerto y resucitado, se hacen presentes en la celebración de la eucaristía.

El efecto principal de la eucaristía, la unión personal con Cristo, se expresa mediante la mutua permanencia: El que come mi carne y bebe mi sangre, vive en mí y yo en él (Jn 6,56).

La palabra “carne”, sarks, es la misma que utiliza el cuarto evangelio para designar la encarnación: el logos-palabra se hizo carne (Jn 1,14); es necesario comer la carne. La eucaristía es la prolongación de la encarnación y de sus efectos.

 

 

 

Reflexión personal y en grupo

¿Digo yo también, por dentro, al participar en la Eucaristía, desde mi más honda opción: "tomad y comed, éste es mi cuerpo...", poniéndome en disposición de dejarme comer por el servicio a mis hermanos?

¿Es mi vida realmente un "compartir"?

¿Estoy sentado, participo en alguno de los "grupos de cincuenta" para reflexionar qué hacer frente al hambre del pueblo?
 
- La doctrina y la teología clásica (de los últimos siglos sólo, al fin y al cabo) sobre la Eucaristía ha estado centrada en el concepto de la transubstanciación. Compartir en el grupo lo que este concepto filosófico, escolástico, aristotélico en el fondo, comporta.

- ¿Es necesario aceptar la filosofía escolástica para estar en la verdad de la Iglesia sobre la Eucaristía? Explicitar las relaciones entre la fe en la Eucaristía y las opiniones filosóficas involucradas en los conceptos con que se expresan las formulaciones oficiales de la fe.
 

 

 

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