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ABRIR LOS OJOS

José Antonio Pagola

 


Cuando me encuentro con personas que me dicen alegremente que no creen en Dios, suelo pensar casi siempre lo mismo: ¿qué sentirá una persona cuando pasa de creer en Dios a dejar totalmente de creer en él?

¿Qué quiere decir uno cuando afirma con toda seguridad que ya no cree en Dios?

A lo largo de estos años todos hemos cambiado mucho por dentro. Muchos hemos sometido a una crítica muy seria nuestra fe y nuestra manera de vivir la religión, pero no todos hemos seguido el mismo camino.

Algunos, después de una crítica total de lo religioso, han arrojado por la borda como algo totalmente inútil la fe en Dios que se habían formado desde niños. Hoy viven sencillamente sin
Dios. ¿Se ha enriquecido así su vida? No lo sé.

Otros han ido buscando, muchas veces con esfuerzo y dolor, el verdadero rostro de Dios. No se
sentían bien con su fe infantil de siempre, pero no se han contentado con destruir imágenes falsas de Dios. Han buscado positivamente encontrarse con él.

Hoy, a pesar de sus limitaciones y dudas, viven una experiencia diferente de Dios. Se sienten de nuevo a gusto con él. Dios se ha convertido en un Amigo bueno.

Y tú, ¿qué has hecho estos años? ¿Te has instalado en una religión rutinaria y aburrida? ¿Has buscado alimentar tu fe de manera nueva? ¿Te da todo igual? ¿Por qué unos se inclinan a creer en Dios y otros sienten «necesidad» de rechazarlo?

A veces pienso que nuestro gran error es no «abrir los ojos». Dice un proverbio judío que «lo último que ve el pez es el agua». Así somos nosotros. Como peces que no ven el agua en que están nadando, como pájaros que no ven el aire en el que vuelan. Nos movemos y vivimos en Dios, pero no lo vemos.

A veces me parece que creer es sencillo, y nosotros lo hemos convertido en algo muy complicado. Dios está muy cercano a cada uno de nosotros, y casi siempre lo imaginamos en un mundo extraño y lejano. Queremos comprobar su existencia con argumentos, y no saboreamos su presencia dentro de nosotros. Discutimos de religión, pero no escuchamos sus llamadas.

Haz tú mismo la prueba. Lo importante es abrirse a la vida hasta el fondo y acoger con confianza el misterio que te envuelve. No vivas tan esclavo de lo que te presiona desde fuera. Párate un poco. Baja en silencio a lo más íntimo de ti mismo y atrévete a decir con toda sinceridad: «Dios mío, que vea».

 

Yo sólo puedo decirte que he visto a más de uno y de una que se ha atrevido a dar este paso. Se habían cansado ya de hablar contra el Papa, la Iglesia o la religión. Después de haber abandonado durante muchos años toda clase de prácticas y creencias, un día se han puesto en silencio ante Dios y se han atrevido a hacer esta humilde oración: «Dios mío, que vea». Poco a poco, algo ha empezado a moverse en su interior. Ellos me están ayudando a ver que, muchas veces, creer es ya, de alguna manera, empezar a creer.

¿No necesitas tú despertar más tu deseo de verdad para estar más atento a las llamadas de Dios? ¿No necesitas desarrollar más esa sensibilidad interior que todos tenemos para percibir, más allá de lo visible y lo audible, esa presencia del que está sosteniendo tú vida? ¿No necesitas abrir los ojos?

No vivas como una persona que cree saberlo todo. No pienses nunca que tú lo tienes todo claro. No es verdad. Todos, creyentes y no creyentes, ateos y agnósticos, caminamos por la vida envueltos en tinieblas. Los científicos más prestigiosos de nuestros tiempos se encuentran tan impotentes como los humildes pobladores del paleolítico, para contestar a las preguntas decisivas del ser humano: «¿es la vida un paréntesis entre dos grandes «vacíos»?, ¿cuál es el destino último de la Humanidad?, ¿nos espera algo o alguien después de la muerte?»

Vive más bien como un «ciego» que busca luz y se quiere dejar «iluminar». Atrévete a enfrentarte al misterio de la vida confiando en un Dios que no está lejos de ti. Quizás sientes que, dentro de ti, la fe se te ha ido convirtiendo en algo cada vez más irreal. No importa. Tal vez ahora que no te puedes apoyar en falsas seguridades, puedes adoptar una postura humilde y sincera de búsqueda. La única que Dios quiere de ti.
 

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