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LIBERARSE DE REPRESIONES

 

José Antonio Pagola

 

Me voy encontrando cada vez con más frecuencia con personas que me hablan más o menos en estos términos: «En el fondo, yo desearía creer de verdad en Dios, pero no puedo. Todo me parece un engaño. No quiero complicarme de nuevo con aquellos cuentos que me contaron de niño». ¿No te pasa a ti algo de esto?

 Has vivido cambios tan profundos durante estos años que ya no aciertas a ver qué puede haber de verdad en aquella fe infantil que todavía recuerdas alguna vez. Has suprimido de tu vida casi todo lo que tiene que ver con la religión. Ya no te comunicas con Dios. Pero, ¿es esto lo único que puedes hacer? ¿es lo más acertado?

 Aunque no piensas mucho en estas cosas, probablemente hay dentro de ti muchos interrogantes sin resolver. Por una parte, te preguntas: ¿Todo lo que hemos creído desde niños habrá sido un enorme engaño, un error monumental alimentado ingenuamente durante siglos? Por otra parte, no puedes evitar una especie de «nostalgia» en tu interior: ¿Es bueno vivir sin creer en nada? ¿No se necesita una luz interior, una fuerza, una esperanza para enfrentarse de manera digna y responsable a la vida?

 Pero quieres ser honesto. Aquellos «dogmas» que recuerdas todavía de lo que aprendiste de niño, lo que escuchas y ves cuando entras en una iglesia, el lenguaje que hablan el Papa, los obispos o los curas... apenas tiene eco en tu corazón. Entonces es fácil que sientas una especie de malestar: ese Dios en el que, a veces, quisieras creer y confiar, queda como tapado, encubierto por toda clase de prejuicios, dudas y recelos que nacen dentro de ti.

 Si te quedas sólo en eso, te puede pasar lo que les está ocurriendo hoy a bastantes: que su religión queda «reprimida» de manera poco sana en su conciencia. Probablemente habrás oído hablar del psicoterapeuta Víctor Frankl. Este científico, reconocido mundialmente como fundador de la logoterapia, afirma que Dios está hoy «reprimido» en lo profundo del inconsciente de no pocas personas que, por diversos motivos, han «ahogado» su relación con el Creador.

 Tal vez, también tú vives reprimido en el campo de la fe, sin desarrollar de manera sana tu inquietud religiosa. Te has sacudido de encima una religiosidad infantil pero no las has sustituido con nada. Tal vez, te has instalado en una vida pragmática y superficial que te impide llegar con un poco de hondura al fondo de ti mismo. En tu vida apenas queda sitio para Dios.

 Lo grave es que esta «represión religiosa», lo mismo que la represión sexual o cualquier otra, no te hará ningún bien. Cuando la fe queda atrofiada y sin desarrollar, bloqueada por imágenes y experiencias negativas que se arrastran desde la infancia, la persona no puede encontrarse con Dios de manera sana, libre y confiada.   

 Para liberarse de esta «represión religiosa», lo primero es tomar conciencia de lo que te puede estar pasando. Eres víctima de un pasado que no te hace bien, pero dentro de ti hay un deseo de sentirle a Dios de otra manera, como amigo liberador. Dios te entiende, comprende tus dificultades para creer y conoce los deseos que hay en ti.

No seas esclavo de tus prejuicios. Dios es más grande que todos nuestros esquemas, fórmulas y discursos. Lo importante es que le busques con un corazón sencillo y sincero. Como dice el profeta Isaías, Dios es «un Dios escondido». Esta latente en lo más íntimo de tu ser, aunque tú lo hayas olvidado. El hallará algún camino para encontrarse contigo.


Vengo a ti, Dios mío,

desde un país lejano.

Sólo te pido que me acojas

con tu misericordia.

Tú conoces mis secretos más íntimos,

nada se te oculta de mi ser.

Soy un pobre que implora tu ayuda

y busca tu protección.

Vengo a ti anhelando tu perdón.
 

 

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