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EL FARISEO Y EL PUBLICANO EN EL TEMPLO

 

José A. Pagola

 

 

 "EL FARISEO Y EL PUBLICANO EN EL TEMPLO"


A mi juicio es la Parábola más provocativa. De un fariseo y de un recaudador, un publicano, que suben al templo para orar. Y dijo así:

Dos hombres subieron al templo a orar. Uno era fariseo y el otro publicano. El fariseo, de pie, oraba en su interior: Dios mío, te doy gracias porque no soy como los demás hombres, rapaces, injustos, adúlteros..., ni tampoco como ese publicano. Ayuno dos veces por semana, doy el diezmo de todas mis ganancias, no sólo el trigo, el aceite, la uva...

En cambio, el publicano, manteniéndose a distancia, no se atrevía ni a alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho diciendo: ¡Oh Dios!, ten, compasión de mí, que soy pecador. Y terminó Jesús: Os digo que éste bajó a su casa justificado ( por Dios se entiende.) Y el otro, no.

¡Atención! Porque esta parábola está sin estrenar. En la parábola hay tres personajes; hay un fariseo, hay un recaudador, un publicano, y hay también alguien que vive en el Templo, Dios.

La parábola no nos va a hablar de cómo rezan estos dos hombres. Eso no tiene importancia. Sino cómo actúa Dios.

Los oyentes entraron seguramente muy pronto en el relato. Ellos también conocían el templo, habían ido a peregrinaciones de más de una vez.

Le llamaban la Casa de Dios, allí habitaba Dios. En el lugar más sagrado del Templo está el Arca de la Alianza. Y dentro de esa Arca, en esa "caja" estaban las dos tablas de piedra. Allí estaban grabados los mandamientos de la Ley. Y el Templo representaba la presencia de un Dios Santo, que reina sobre el pueblo y gobierna a su pueblo por medio de esas leyes, de esas dos tablas que están allí. ¡Qué contentos se presentaban allí los que observaban fielmente lo que decían estas tablas!

Cuando Jesús dijo "un fariseo y un publicano subieron a orar al Templo" la gente se interesó enseguida. ¡Cómo se van a sentir allí estos dos hombres, tan diferentes, en presencia de Dios! Dos hombres tan distintos como un fariseo y un publicano... Todos saben cómo es un fariseo: un hombre piadoso, ejemplar, observa fielmente los mandamientos que están allí, en aquellas dos tablas. Observa estrictamente todas las normas, paga rigurosamente los diezmos, es de los que sostienen el Templo, es de los del Culto y Clero... Sube al santuario sin pecados, Dios no tiene más remedio que bendecirlo. ¡Qué va a hacer con un hombre tan bueno...! Bendecirlo.

La gente sabe también quién es un recaudador, un judío que tiene una actividad despreciable. No trabaja a favor del Templo. Trabaja primero para él. No recoge las tasas de los grandes tributos del imperio. Recoge la tasas de los peajes, aduanas, de la calzada romana... Ahí anda con una actividad despreciada.

Es uno que no se puede convertir. No puede devolver todo lo que ha robado. No sabe ni a quién ha robado. Este hombre no se siente bien en el Templo. No es su sitio. Lo mejor que puede hacer es ofrecer un sacrificio de expiación... Porque lo necesita.

Entonces Jesús, con un alarde tremendo, describe al fariseo: no es hipócrita, es un hombre sincero. Dice la verdad. Es fiel a la Ley. Ayuna dos veces a la semana, lunes y jueves, cuando sólo era obligatorio una vez al año. Si este hombre no es justo, ¿quién va a serio? Este es un modelo de fidelidad. Si a alguien Dios tiene que bendecir es a este hombre... Están, todos de acuerdo., nadie duda de eso...

El recaudador se retira a un extremo, casi fuera del Templo. ¿Por qué? Porque no se siente cómodo en el Templo, no se siente digno de estar... Este hombre no levanta los ojos del suelo. Se golpea el pecho..., reconoce su vergüenza. Ya sabe él que no puede restituir lo que ha robado, no conoce ni la identidad de las personas a quienes ha robado. No puede cambiar de trabajo. ¿De qué va a vivir? Sabe que no tiene otra salida: abandonarse a la compasión de Dios. Oh Dios mío, ten compasión de mí que soy un pecador (literalmente dice: "espía tú mis pecados"). Su oración no es un sacrificio de alabanza como la del fariseo. Se parece a otra oración, al salmo 50, "mi sacrificio es un espíritu roto; un corazón roto y humillado. Tú, oh Dios, no lo despreciarás." Este recuerda, lo que todos saben, que es un pecador. Nadie quisiera estar en su lugar.

 

De pronto Jesús concluye la parábola con una frase tremenda: Os digo que este recaudador va a su casa justificado por Dios, hecho un santo. y aquel fariseo, no.

El hombre piadoso que ha hecho más de lo que pide la Ley no ha encontrado favor de Dios. Y el publicano que no ha hecho más que pecar, pero se abandona a la misericordia de Dios, sin comprometerse siquiera a cambiar de vida, recibe el perdón. Jesús los ha pillado a todos por sorpresa. De pronto se les abre un mundo nuevo que les rompe todos los esquemas.

Aquí no se está hablando de cómo reza el uno y de cómo reza el otro. Con esta parábola, aparentemente tan sencilla, Jesús no está amenazando...

Vamos a pensar. ¿Qué pecado ha cometido el fariseo para no encontrar gracia ante Dios? ¿Dónde está su falta? Y ¿qué méritos ha hecho el recaudador para salir justificado?

Era difícil de creer lo que decía Jesús. ¿Cómo podía Jesús hablar de un Dios que no reconocía al piadoso, y por el contrario, concedía su gracia al pecador? Si es verdad lo que dice Jesús, ya no hay seguridad para nadie; todos tenemos que apelar a la misericordia de Dios. Entonces, ¿para qué servirá el Templo?

¿Entonces para qué sirve una Religión de la Ley? ¿Qué había que pensar de la serie de religiones que confiaban totalmente en la observancia de la Ley, y en el cumplimiento del culto?

¿Será verdad esto? ¿Que Dios no confía en ese tipo de religión, que no confía en la justicia elaborada por los teólogos, moralistas..., sino que Dios funciona desde su compasión?... ¿En qué se podía basar Jesús para invitar así a vivir de la compasión de Dios, incluso fuera de los canales oficiales de la Religión?

Sin embargo, la Parábola es clara, es dura. Por encima de los valores morales que tiene el Fariseo, por encima de la Religión observada en el Templo, ha habido aquí un pecador. Es verdad: es pecador no es un santo. Un pecador despreciable que no ha hecho más que hablar de la misericordia de Dios, y ha encontrado gracia.

Ahora, a ver si me seguís: ¿No andará Jesús queriendo atraernos a todos hacia una experiencia que en el fondo todos percibimos. Es ésta: cuando uno se siente bien consigo mismo, y cuando uno se siente bien, con prestigio, ante los demás, puede apelar a su propia vida que no necesita más. No le condena su conciencia, no le condenan los demás, parece que no necesita de nada mes...

Pero, cuando su misma conciencia secretamente le declara culpable, y aunque de fuera le tengan por bueno, cuando él por dentro no tiene seguridad, se siente culpable... ¿No siente entonces el ser humano la necesidad de acogerse a la misericordia de Dios? Voy a decir más: cuando uno actúa como el fariseo, se coloca ante Dios en una Religión donde no cabe el publicano. Sólo caben en esa Religión los buenos.

Pero, cuando uno apela a la misericordia de Dios como el publicano, se está situando en una Religión diferente, donde caben todos. ¿Será verdad esto? ¿Tendrá la razón Jesús al decir que la última palabra no la tiene la Ley, que juzga nuestra vida, sino la misericordia de Dios que escucha nuestra invocación?

Jesús les había roto todos los esquemas del Templo. Habituados a la Religión oficial, no les resultaba fácil abrirse a la compasión de Dios. No resulta entonces y no resulta ahora. Basta que escribáis algo de esto, y os acusarán de luteranos. Jesús era luterano...

 


Resumen

La gente ya empezaba a intuir lo que podrían ser las exigencias del Reino de Dios. Recordad las cuatro parábolas de ayer:

- Si Dios era como aquel padre tan acogedor y comprensivo con el hijo perdido, tenía que cambiar mucho la actitud de las familias y de las aldeas hacia los jóvenes rebeldes que no sólo echaban a perder su vida, sino que ponían en peligro la cohesión de la familia. Mucho tenían que cambiar si querían actuar como actuaba aquel padre.

- Si Dios era semejante a aquel dueño de la viña que quería pan para todos, incluso para los que se habían quedado sin trabajo, había que cambiar, había que acabar con la explotación de los grandes terratenientes; había que acabar con las rivalidades entre los jornaleros, había que buscar entre todos una vida más solidaria. Que todos tuvieran pan, y todos tuvieran trabajo. El mayor fracaso del cristianismo es, por mucho, que haya millones de gente hambrienta. Este es el mayor fracaso.

- Si Dios en el mismo tiempo -seguía Jesús -acogía y declaraba justo al recaudador deshonesto que pedía y se acogía a la misericordia, había que replantear toda la Religión. No sólo las familias, no sólo los terratenientes..., toda la Religión había que replantearla. Aquella Religión que bendecía a los observantes y maldecía a los pecadores; y que separaba a la gente en justos y no justos, en puros y no puros.

- Si la misericordia de Dios nos puede llegar hasta de un hombre caído en el camino, no de un representante de Israel, sino mediante la acción compasiva de un hereje samaritano... había que ya suprimir odios, sectarismos. Sacerdotes del Templo, los laicos, todo tenía que cambiar. Y sin este cambio no llegaríamos a ninguna parte. No llegaría el Reino de Dios nunca a Israel.

. En resumen: Sed compasivos como compasivo es vuestro Padre del cielo.

Más adelante veremos cómo invita Jesús a cambiar. Jesús en ningún momento pensó en organizar una nueva religión. A Jesús no le preocupaba una religión más perfecta, con una moral mejor, con una liturgia más digna. A Jesús le preocupaba el sufrimiento de la gente. Eso está claro. Para Jesús lo primero es la vida. No la Religión.

El problema de los seguidores de Jesús es cómo hacer una Religión al servicio del Reino de Dios. Porque la verdad es que el cristianismo es una Religión más noble, con una moral más exigente, etc. Pero el problema es que si ésta religión está al servicio del proyecto de Dios, este es el único problema.

El problema. De poco sirve mejorar la Religión, cuidar mucho la ortodoxia, cuidar mucho la moral y cuidar mucho la Liturgia; si los seguidores de Jesús no estamos poniendo a la cultura, a la política, a la Religión mirando hacia los últimos, hacia los que sufren...

Si el cristianismo no es una Religión terapéutica, si el cristianismo sigue siendo una Religión de la Ley, y no ha introducido la curación de los enfermos, el alivio del sufrimiento, está viviendo algo que no es lo principal. Cuando Jesús quiso confiar su misión les dijo: El proyecto que he vivido con vosotros, continuadlo... No pensó en jerarquías, no pensó en obispos, no pensó en doctores, no pensó en los teólogos... Pensó en curadores: Vosotros id y curad.

La primera reacción de Dios ante sus criaturas es la compasión. Todo el que quiera parecerse a Dios tendrá que ser así: compasivo... Primera cosa, la compasión, condición necesaria para la venida del Reino de Dios.

La segunda, como meta de todo: la dignidad de los últimos. Jesús quiso poner toda la historia de la humanidad mirando a los últimos. El progreso consiste en mejorar la situación de los últimos. No hay otro progreso.

La tercera, la actuación terapéutica como programa. Es decir, hay que ir a curar, a quitar sufrimientos, a hacer una vida más humana, más feliz, más dichosa, más respirable para todos. Todas las religiones tienen que ir en esa dirección: la actividad terapéutica como programa.

La cuarta, el perdón insondable de Dios... Al final todos nos acogemos a la compasión, misericordia, perdón insondable de Jesús.

No creo que vamos hacer gran cosa, si no volvemos a la raíz, esto es, el evangelio.


 

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