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LOS PERDIDOS PERTENECEN A DIOS
 

José A. Pagola

 



Vamos a ver cómo Jesús, con diferentes parábolas trataba de ayudar a la gente a que vieran esto, la compasión de Dios... Mientras los escribas seguían explicando cómo había que cumplir el sábado, cómo había que hacer los sacrificios... Eran muchos los que hablaban de estas cosas en aquel tiempo...

Pero Jesús, con su lenguaje propio, decía: aquí lo que hay que hacer es entrar por el camino de la compasión de Dios. ¿Qué era lo primero? Tal vez lo primero era entenderle a Dios. Y entender la alegría de Dios cuando logra recuperar a un hombre perdido; cuando se recupera la dignidad de una persona, Dios se alegra.

Entonces, yo estoy convencido, que durante un cierto tiempo, no es posible cronológicamente situar las cosas..., pero Jesús dedicó bastante tiempo a meter en el corazón de todos una idea que El llevaba, que yo procuraría formularla así: Los perdidos le pertenecen a Dios. Son de El. El los busca apasionadamente. El pecador no es un pecador, es un hombre perdido al que Dios busca porque lo siente muy suyo. Y cuando lo encuentra, la alegría de Dios es incontenible.

Lo primero que tendremos que aprender, ¡lo primero!, es alegrarnos como se alegra Dios cuando una persona se recupera.

Entonces Jesús contó dos parábolas muy parecidas.

La primera sobre un pastor; un pastor que buscó la oveja perdida hasta encontrarla.

La segunda, una mujer que rastreó toda la casa, barrió toda la casa hasta dar con una moneda que había perdido.

Seguramente la gente se dijo: desde luego que Jesús inventa parábolas poco acertadas. Porque. ¿cómo se le ocurre empezar a comparar a Dios con un pastor, que pertenecía a un colectivo muy mal visto, despreciado socialmente. Entre otras cosas porque en aquel pueblo donde había poca hierba, se sabía que llevaban sus ovejas a otros terrenos... Eran muy mal vistos.

Pero, sobre todo, ¿cómo se le podía ocurrir a este gran Profeta de Dios comparar a Dios con una mujer y una escoba, barriendo la casa? ¿Cómo se le ocurrió? Jesús tenía una manía, tenía que dar siempre una sorpresa acerca de Dios, hablando de Dios.

Vamos a ver las dos parábolas. Les dijo así:

¿Quién de vosotros que tiene cien ovejas, si pierde una de ellas, no deja las noventa y nueve en el desierto, y va a buscar la que se perdió hasta que la encuentra? ¿Quién no hace eso? Y cuando la encuentra la pone contento sobre sus hombros, y llegando a casa convoca a los amigos y vecinos y les dice: Alegraos conmigo porque he hallado la oveja que se me había perdido.

Esta parábola es muy curiosa, porque comienza con una pregunta. Les dice: Imaginaos que sois un pastor, una pastora, tenéis cien ovejas, se os pierde una, ¿dejaríais las noventa y nueve en el desierto? Jesús da por supuesto que sí. Dice: ¿No dejaríais las noventa y nueve en el desierto para buscar la que se os perdió hasta encontrarla? La gente diría: ¡bueno, bueno!, una oveja vale mucho, pero las noventa y nueve valen más.

El pastor era una figura ambigua. Por una parte, tenía muy mala fama. Por otra, quedaba en la Tradición de Israel un recuerdo grato de los pastores. Todo los grandes líderes, cuando el Pueblo era nómada, sobre todo los grandes líderes de Israel todos habían sido pastores: Moisés, Saul, David..., otros grandes líderes. Les agradaba pensar en Dios como un pastor, que cuida de su pueblo, que le llevó por el desierto, que los alimenta, que lo defiende y lo guía... Jesús viene a decirles: Imaginaos que sois un pastor. La gente se dice: ¿De qué nos va a hablar?

Jesús supone que lo que hace ese pastor es normal. Es un hombre que siente a cada oveja como suya, y cuando se le pierde una, esta oveja perdida es suya, le pertenece. Por eso ese pastor no duda en dejar todo..., dice el texto: Dejó el resto de las ovejas en el desierto y salió buscar la perdida. ¿No es una locura esto. Arriesgar así la suerte de todo el rebaño?

Vamos a ser serios. ¿Es que una oveja perdida vale más que las noventa y nueve? Estos son nuestros cálculos, no los de Dios. El pastor no se entretiene, según Jesús, en cálculos de este género.

El pastor se deja llevar por su corazón, hasta encontrarla. Y entonces, ya veis, en gesto de ternura pone a esta oveja cansada, deprimida..., la pone sobre sus hombros, alrededor del cuello y se vuelve a casa. Y, al llegar, él revienta de alegría, invita a todos a alegrarse porque he encontrado la oveja que se me había perdido.

La gente no se lo podía creer. ¿Este pastor insensato puede ser metáfora de Dios? Todos admitían que Jesús era inteligente, todos sabían que las criaturas son propiedad de Dios, los seres humanos creados por El son de El. Le pertenecen. ¿Lo que decía Jesús será verdad?

Ahora las preguntas: ¿Puede Dios sentir a los pecadores como tan suyos como este pastor?

¿Será verdad que Dios en vez de mirar a los pecadores en una actitud de rechazo, de condena, como nosotros solemos imaginar de ordinario, ligeramente..., será al revés? ¿Será que Dios a esa gente a la que yo veo como pecadora, como perdida, sin salida, será que Dios las anda buscando? Porque no quiere dar por perdido a nadie. ¿Será así?

Todavía hay más cosas. La Parábola es tremenda. La oveja no hace nada para volver al redil. Es el pastor el que hace todo. El pastor la busca, la encuentra, la acoge, la trae, la recupera.

¿Es que Dios busca y encuentra a los pecadores así porque El lo quiere, antes que den signos de arrepentimiento?

Todos sabían, claro, que Dios acepta a los pecadores arrepentidos. Ni los fariseos más radicales se negaban a tener relaciones con los pecadores cuando habían dado signos de arrepentimiento. Eso sí. Aceptar a un pecador arrepentido. A una oveja que vuelve... Pero, ¿lo de Jesús no era demasiado?

Jesús estaba sugiriendo que el retorno, la vuelta de un pecador a Dios no es fruto de un esfuerzo, de sus propósitos, de su trabajo... Sino que en su vida ha irrumpido la misericordia de Dios. Eso cambia todo.

Pero Jesús la Parábola la estaba contando con otra intención. Esta parábola tiene muchas salidas. La Parábola está siempre abierta. Un día nos dirá una cosa, y otro día otra cosa.

Jesús la estaba contando por otra razón, porque quería que todos participaran de la fiesta. La gente se tuvo que preguntar. Los campesinos de las aldeas suelen ser muy pragmáticos. Todos tuvieron que pensar si eso no era demasiado arriesgado: ¿abandonar todo el rebaño para buscar a los pecadores? ¿No estaba Jesús perdiendo el tiempo? ¿Por qué no se dedicaba al conjunto, a restaurar, a asegurar la restauración de todo Israel? ¿Por que andaba preocupado por un puñado de prostitutas y de recaudadores , impuros...? ¿Por qué andaba con esos? Lo que había que asegurar era la restauración de todo el pueblo. ¿No es más importante para Dios asegurar la salvación de todos, que arriesgarse a andar detrás de los perdidos?

Sin embargo, el mensaje de Jesús es claro: No se puede hacer el Reino de Dios ignorando a los extraviados.

No se puede hacer fiesta con Dios sin compartir su alegría por la recuperación de los perdidos.

No se puede ser como Dios, ya podemos utilizar los nombres más venerables del cristianismo, no se puede ser como Dios sin tener misericordia y compasión por los pecadores..

Jesús volvió a insistir, porque esto no es fácil de asimilarlo. Para El era muy importante que todos entendieran bien lo que sentía Dios hacia los pecadores. Dios los veía algo como muy suyo a todos los perdidos y perdidas. Y Dios se alegraba de buscarlos y recuperarlos. Esto lo tenían que entender bien todos. Incluso la mujeres. Probablemente entre sus oyentes veía a muchas mujeres; iba acomodándose a diversas situaciones: varones, mujeres...


 

Les dijo esta Parábola: Qué mujer que tiene diez dracmas, si pierde una, no enciende una Lámpara, y barre la casa y busca cuidadosamente hasta que la encuentra. Cuando la encuentra convoca a las amigas, a las vecinas, y les dice: Alegraos conmigo porque he hallado la dracma que había perdido.

Las mujeres le entendieron de manera especial, y los demás también. Era una Parábola muy realista. Una mujer muy pobre tiene diez dracmas, y encima pierde una. No era gran cosa. Sólo valía un denario. Lo que un jornalero gastaba para comer un día. Se le pierde un dracma. La mujer no se resigna. Enciende una pequeña lámpara, eran casas sin ventanas, casas muy pequeñas, de barro.

La mujer barre la casa a oscuras a ver si suena la moneda... Cuando la encuentra, no puede contener su alegría. Llama a las vecinas y a las amigas, y las invita a que se alegren: Alegraos conmigo. Pues así es Dios, concluía Jesús. Así es Dios como esa pobre mujer barriendo la casa, buscando la moneda hasta que la encuentra.

Lo que a otros puede parecer muy poca cosa, de valor insignificante, una dracma, para ella es un tesoro. Los oyentes se tuvieron que quedar cortados, cortados, sorprendidos. Y más de una mujer se debió de encontrar conmovida...

¿Sería Dios así? ¿Será verdad que esos pecadores, las prostitutas, los desviados..., con los que Jesús parece que pierde el tiempo, gente de tan poco valor para los grandes líderes religiosos de Israel..., será verdad, sin embargo, que para Dios son tan queridos? ¿Será que Dios ve las cosas de una manera totalmente diferente?

Probablemente esta Parábola fue de las más llamativas. Jesús comparando a Dios con una mujer, una mujer muy pobre, de una aldea, como cualquiera de aquellas que le escuchaban... Dios es como vosotras cuando se os pierde algo, y barréis la casa... Como se trata de una mujer pobre, esto no ha entrado en la historia del arte religioso como la Parábola del Hijo pródigo, y más la del Buen Pastor...

¿Será así Dios? Y ¿dónde andamos los teólogos? ¿Qué estamos explicando? Jesús ya no sabía cómo invitar a la gente a parecerse a Dios, a tener compasión. No sabía. Se daba cuenta. El andaba haciendo comidas con los pecadores, y no sabían alegrarse de su bondad, no entendían a Jesús acogiendo a la gente perdida.

El Bautista -ya sabéis- había predicado otra cosa: había invitado a la gente a la austeridad, a una vida de ayuno. Y la gente no había entrado... Algunos decían "tiene demonio". Y ahora llega Jesús, invitando a todos a alegrarse de cómo es Dios con todos, incluso con los pecadores. El quiere que todos se alegren y que a ese banquete puedan también venir los fariseos. Pero, Jesús se da cuenta, que no. La gente dice: "Ahí tenéis un comilón, un bebedor de vino. ¡Vaya cómo le gusta el vino! Y es amigo de recaudadores. y gente pecadora.

Entonces Jesús les puso un ejemplo, una pequeña parábola.

Les dijo: Vosotros sois como niños, sois como críos que no entran en el juego. Están en la plaza, y no entran en el juego, no saben jugar. Y les dijo: ¿Con quién compararé esta generación? Se parecen a unos chiquillos que sentados en la plazas se gritan unos a otros diciendo: Os hemos tocado la flauta y no habéis bailado, os hemos entonado cantos , fúnebres y no os habéis lamentado. ¿Qué es esto? Jesús conocía los juegos de los niños y de las niñas. Los había observado más de una vez en la plaza del pueblo. Ya sabemos que le encantaba estar cerca de los críos.

La niñas solían jugar a entierros. Un grupo cantaba cantos fúnebres, e invitaban al otro grupo a llorar, a hacer de plañideras. Los niños jugaban a bodas. Unos tocaban algún instrumento para que los otros bailaran.

Pero, claro, el juego es imposible si un grupo invita y los otros no entran en el juego; ya se ha estropeado todo.

Y dice Jesús: "Algo de esto está ocurriendo." Vino Juan, y os invitó a hacer penitencia. No le hicisteis ni caso. Ahora vengo yo, estoy tocando, os quiero poner a todos bailando, cantando de alegría para que compartáis con gozo la compasión de Dios, incluso con los pecadores, y no queréis tomar parte en mi juego. ¿Se entiende? Estoy tocando la flauta, quiero que la gente baile de alegría, y que acojamos a esta pobre gente, que empecemos a hacer las cosas de otra manera, y no entráis en juego.

Jesús seguirá insistiendo. No se cansará. Hay que aprender a mirar de otra manera a esa gente extraviada. Hay que tener ojos distintos.

 

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