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Oramos con el Salmo El efecto multiplicador de la Pascua A. Pronzato Florentino Ulibarri
¡Ha resucitado! Pequeñas resurrecciones X. Goitia Patxi Loidi

 

 

 

 

JOSÉ ANTONIO PAGOLA

 

Sí a la vida VOLVER A GALILEA Resucitado por Dios
 

 

 

Ha resucitado.
 

 

SI A LA VIDA


Cuando uno es cogido por la fuerza de la resurrección de Jesús, comienza a entender a Dios de una manera nueva, como un Padre «apasionado por la vida» de los hombres, y comienza a amar la vida de una manera diferente.

La razón es sencilla. La resurrección de Jesús nos descubre, antes que nada, que Dios es alguien que pone vida donde las personas ponemos muerte. Alguien que genera vida donde los seres humanos la destruimos.

Tal vez nunca la humanidad, amenazada de muerte desde tantos frentes y por tantos peligros que ella misma ha desencadenado, ha necesitado tanto como hoy hombres y mujeres comprometidos incondicionalmente y de manera radical en la defensa de la vida.

Esta lucha por la vida debemos iniciarla en nuestro propio corazón, «campo de batalla en el que dos tendencias se disputan la primacía: el amor a la vida y el amor a la muerte».

Desde el interior mismo de nuestro corazón vamos decidiendo el sentido de nuestra existencia, O nos orientamos hacia la vida por los caminos de un amor creador, una entrega generosa a los demás, una solidaridad generadora de vida.., O nos adentramos por caminos de muerte, instalándonos en un egoísmo estéril y decadente, una utilización parasitaria de los otros, una apatía e indiferencia total ante el sufrimiento ajeno.

Es en su propio corazón donde el creyente, animado por su fe en el resucitado, debe vivificar su existencia, resucitar todo lo que se le ha muerto y orientar decididamente sus energías hacia la vida, superando cobardías, perezas, desgastes y cansancios que nos podrían encerrar en una muerte anticipada.

Pero no se trata solamente de revivir personalmente sino de poner vida donde tantos ponen muerte.

La «pasión por la vida» propia del que cree en la resurrección, debe impulsarnos a hacernos presentes allí donde «se produce muerte», para luchar con todas nuestras fuerzas frente a cualquier ataque a la vida.

Esta actitud de defensa de la vida nace de la fe en un Dios resucitador y «amigo de la vida» y debe ser firme y coherente en todos los frentes.

Quizás sea ésta la pregunta que debamos hacernos esta mañana de Pascua: ¿Sabemos defender la vida con firmeza en todos los frentes?

¿Cuál es nuestra postura personal ante las muertes violentas, el aborto, la destrucción lenta de los marginados, los asesinatos de tantas mujeres por sus parejas y de los niños, genocidio de tantos pueblos, la instalación de armas mortíferas sobre las naciones, el deterioro creciente de la naturaleza?

 

 

Resucitado por Dios


«¿Por qué?». Esa es también la pregunta que se hacen los seguidores de Jesús. «¿Por qué ha abandonado Dios a aquel hombre ejecutado injustamente por defender su causa?». Ellos lo han visto ir a la muerte en una actitud de obediencia y fidelidad total. ¿Cómo puede Dios desentenderse de él? Todavía tienen grabado en su corazón el recuerdo de la última cena. Han podido intuir en sus palabras y gestos de despedida lo inmenso de su bondad y de su amor. ¿Cómo puede un hombre así terminar en el sheol?

¿Va Dios a abandonar en el «país de la muerte» al que, lleno de su Espíritu, ha infundido salud y vida a tantos enfermos y desvalidos? ¿Va a yacer Jesús en el polvo para siempre, como una «sombra» en el «país de las tinieblas», él que había despertado tantas esperanzas en la gente? ¿No podrá ya vivir en comunión con Dios él que ha confiado totalmente en su bondad de Padre? ¿Cuándo y cómo se cumplirá aquel anhelo suyo de «beber vino nuevo» juntos en la fiesta final del reino? ¿Ha sido todo una ilusión ingenua de Jesús?

Sin duda les apena la muerte de un hombre cuya bondad y grandeza de corazón han podido conocer de cerca, pero tarde o temprano este es el destino de todos los humanos. Lo que más les escandaliza es su ejecución tan brutal e injusta. ¿Dónde está Dios? ¿No va a reaccionar ante lo que han hecho con él? ¿No es el defensor de las víctimas inocentes? ¿Se ha equivocado Jesús al proclamar su justicia a favor de los crucificados?


¡Dios lo ha resucitado!

Nunca podremos precisar el impacto de la ejecución de Jesús sobre sus seguidores. Solo sabemos que los discípulos huyeron a Galilea. ¿Por qué? ¿Se derrumbó su adhesión a Jesús? ¿Murió su fe cuando murió Jesús en la cruz? ¿O huyeron más bien a Galilea pensando simplemente en salvar su vida? Nada podemos decir con seguridad. Solo que la rápida ejecución de Jesús los hunde si no en una desesperanza total, sí en una crisis radical. Probablemente, más que hombres sin fe son ahora discípulos desolados que huyen del peligro, desconcertados ante lo ocurrido.

Sin embargo, al poco tiempo sucede algo difícil de explicar. Estos hombres vuelven de nuevo a Jerusalén y se reúnen en nombre de Jesús, proclamando a todos que el profeta ajusticiado días antes por las autoridades del templo y los representantes del Imperio está vivo. ¿Qué ha ocurrido para que abandonen la seguridad de Galilea y se presenten de nuevo en Jerusalén, un lugar realmente peligroso donde pronto serán detenidos y perseguidos por los dirigentes religiosos? ¿Quién los ha arrancado de su cobardía y desconcierto? ¿Por qué hablan ahora con tanta audacia y convicción? ¿Por qué vuelven a reunirse en el nombre de aquel a quien han abandonado al verlo condenado a muerte? Ellos solo dan una respuesta:

«Jesús está vivo. Dios lo ha resucitado». Su convicción es unánime e indestructible. La podemos verificar, pues aparece en todas las tradiciones y escritos que han llegado hasta nosotros. ¿Qué es lo que dicen?

De diversas maneras y con lenguajes diferentes, todos confiesan lo mismo: «La muerte no ha podido con Jesús; el crucificado está vivo. Dios lo ha resucitado». Los seguidores de Jesús saben que están hablando de algo que supera a todos los humanos. Nadie sabe por experiencia qué sucede exactamente en la muerte, y menos aún qué le puede suceder a un muerto si es resucitado por Dios después de su muerte.

Sin embargo, muy pronto logran condensar en fórmulas sencillas lo más esencial de su fe. Son fórmulas breves y muy estables, que circulan ya hacia los años 35 a 40 entre los cristianos de la primera generación. Las empleaban, seguramente, para transmitir su fe a los nuevos creyentes, para proclamar su alegría en las celebraciones y, tal vez, para reafirmarse en su adhesión a Cristo en los momentos de persecución. Esto es lo que confiesan: «Dios ha resucitado a Jesús de entre los muertos». No se ha quedado pasivo ante su ejecución. Ha intervenido para arrancarlo del poder de la muerte. La idea de resurrección la expresan con dos términos: «despertar» y «levantar» . Lo que sugieren estas dos metáforas es impresionante y grandioso. Dios ha bajado hasta el mismo sheol y se ha adentrado en el país de la muerte, donde todo es oscuridad, silencio y soledad. Allí yacen los muertos cubiertos de polvo, dormidos en el sueño de la muerte. De entre ellos, Dios «ha despertado» a Jesús, el crucificado, lo ha puesto de pie y lo «ha levantado» a la vida.

Muy pronto aparecieron otras fórmulas en las que se confiesa que «Jesús ha muerto y ha resucitado». Ya no se habla de la intervención de Dios. La atención se desplaza ahora a Jesús. Es él quien se ha despertado y se ha levantado de la muerte, pero, en realidad, todo se debe a Dios. Si está despierto es porque Dios lo ha despertado, si está de pie es porque Dios lo ha levantado, si está lleno de vida es porque Dios le ha infundido la suya. En el origen siempre subyace la actuación amorosa de Dios, su Padre.

En todas estas fórmulas, los cristianos hablan de la «resurrección» de Jesús. Pero, por esa misma época, encontramos también cantos e himnos litúrgicos en los que se aclama a Dios porque ha exaltado y glorificado a Jesús como Señor después de su muerte. Aquí no se habla de «resurrección». En estos himnos, nacidos del primer entusiasmo de las comunidades cristianas, los creyentes se expresan con otro esquema mental y otro lenguaje: Dios «ha exaltado» a Jesús, «lo ha elevado a su gloria», lo «ha sentado a la derecha de su trono» y lo «ha constituido como Señor».

Este lenguaje es tan antiguo como el que habla de «resurrección». Para los primeros cristianos, la exaltación de Jesús a la gloria del Padre no es algo que sucede después de su resurrección, sino otro modo de afirmar lo que Dios ha hecho con el crucificado. «Resucitar» es ya ser exaltado, es decir, ser introducido en la vida del mismo Dios. «Ser exaltado» es resucitar, ser arrancado del poder de la muerte.

Los dos lenguajes se enriquecen y complementan mutuamente para sugerir la acción de Dios en el muerto Jesús.

La confesión de fe más importante y significativa la encontramos en una carta que Pablo de Tarso escribe, hacia el año 55/56, a la comunidad cristiana de Corinto, una ciudad cosmopolita donde conviven en extraña mezcla diferentes religiones helenistas y orientales, con sus diversos templos erigidos a Isis, Serapis, Zeus, Afrodita, Asclepio o Cibeles. Pablo les anima a permanecer fieles al evangelio que él les ha enseñado en su visita hacia el año 51: esa «Buena Noticia» es «lo que os está salvando». Esta «noticia» no es una invención de Pablo. Es una enseñanza que él mismo ha recibido, y que ahora está transmitiendo fielmente junto a otros predicadores de gran prestigio que viven y anuncian la misma fe:

Os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí:

que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras, que fue sepultado.

Y que resucitó al tercer día, según las Escrituras, que se apareció a Cefas y luego a los Doce...

Hay algo en esta confesión que nos puede sorprender. ¿Por qué se dice que Jesús «resucitó al tercer día, según las Escrituras»? ¿Es que ha estado muerto hasta que, por fin, Dios ha intervenido al tercer día? ¿Ha sido alguien testigo de ese momento crucial? ¿Por qué los relatos evangélicos hablan de apariciones el «primer día de la semana», antes de que llegue el «tercer día»? En realidad, en el lenguaje bíblico, el «tercer día» significa el «día decisivo». Después de días de sufrimiento y tribulación, el «tercer día» trae la salvación. Dios siempre salva y libera «al tercer día»: él tiene la última palabra; el «tercer día» le pertenece a él. Así podemos leer en el profeta Oseas:

«Venid, volvamos a Yahvé, él ha desgarrado, pero él nos curará; él ha herido, pero él vendará nuestras heridas. Dentro de dos días nos devolverá la vida, al tercer día nos levantará y viviremos en su presencia».

Diferentes comentarios rabínicos interpretaban este «tercer día», anunciado por Oseas, como «el día de la resurrección de los muertos», «el día de las consolaciones en el que Dios hará revivir a los muertos y nos resucitará». Los primeros cristianos creen que, para Jesús, ha llegado ya ese «tercer día» definitivo. El ha entrado en la salvación plena. Nosotros conocemos todavía días de prueba y sufrimiento, pero con la resurrección de Jesús ha amanecido el «tercer día». Probablemente, este lenguaje podría ser entendido en ambientes judíos, pero los misioneros que recorrían las ciudades del Imperio sentían que la gente de cultura griega se resistía a la idea de «resurrección». Lo pudo comprobar Pablo en el Areópago de Atenas, cuando empezó a hablar de Jesús resucitado. «Al oír aquello de resurrección de entre los muertos, unos se echaron a reír y otros dijeron: "Ya te oiremos sobre esto en otra ocasión"».

Por eso, en algunos sectores encontraron otro lenguaje que, sin distorsionar la fe en el resucitado, fuera más apropiado y fácil de aceptar por gentes de mentalidad griega. Lucas fue, tal vez, uno de los que más contribuyó a introducir un lenguaje que presenta al resucitado como «el que está vivo», «el viviente». Así se les dice en su evangelio a las mujeres que van al sepulcro: «¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo?». Años más tarde, el libro del Apocalipsis pone en boca del resucitado expresiones de fuerte impacto, muy alejadas de las primeras fórmulas de fe: «Soy yo, el primero y el último, el que vive. Estuve muerto, pero ahora vivo para siempre y tengo en mi poder las llaves de la muerte y del abismo».


¿En qué consiste la resurrección de Jesús?

¿Qué quieren decir estos cristianos de la primera generación cuando hablan de «Cristo resucitado»? ¿Qué entienden por «resurrección de Jesús»? ¿En qué están pensando?

La resurrección es algo que le ha sucedido a Jesús. Algo que se ha producido en el crucificado, no en la imaginación de sus seguidores. Esta es la convicción de todos.

La resurrección de Jesús es un hecho real, no producto de su fantasía ni resultado de su reflexión. No es tampoco una manera de decir que de nuevo se ha despertado su fe en Jesús. Es cierto que en el corazón de los discípulos ha brotado una fe nueva en Jesús, pero su resurrección es un hecho anterior, que precede a todo lo que sus seguidores han podido vivir después. Es, precisamente, el acontecimiento que los ha arrancado de su desconcierto y frustración, transformando de raíz su adhesión a Jesús.

Esta resurrección no es un retorno a su vida anterior en la tierra. Jesús no regresa a esta vida biológica que conocemos para morir un día de manera irreversible. Nunca sugieren las fuentes algo así. La resurrección no es la reanimación de un cadáver. Es mucho más. Nunca confunden los primeros cristianos la resurrección de Jesús con lo que ha podido ocurrirles, según los evangelios, a Lázaro, a la hija de Jairo o al joven de Naín. Jesús no vuelve a esta vida, sino que entra definitivamente en la «Vida» de Dios. Una vida liberada donde ya la muerte no tiene ningún poder sobre él. Lo afirma Pablo de manera taxativa:

«Sabemos que Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, no vuelve a morir, la muerte no tiene ya dominio sobre él. Porque, cuando murió, murió al pecado de una vez para siempre; su vivir, en cambio, es un vivir para Dios».

Sin embargo, los relatos evangélicos sobre las «apariciones» de Jesús resucitado pueden crear en nosotros cierta confusión. Según los evangelistas, Jesús puede ser visto y tocado, puede comer, subir al cielo hasta quedar ocultado por una nube. Si entendemos estos detalles narrativos de manera material, da la impresión de que Jesús ha regresado de nuevo a esta tierra para seguir con sus discípulos como en otros tiempos. Sin embargo, los mismos evangelistas nos dicen que no es así. Jesús es el mismo, pero no es el de antes; se les presenta lleno de vida, pero no le reconocen de inmediato; está en medio de los suyos, pero no lo pueden retener; es alguien real y concreto, pero no pueden convivir con él como en Galilea. Sin duda es Jesús, pero con una existencia nueva.

Tampoco han entendido los seguidores de Jesús su resurrección como una especie de supervivencia misteriosa de su alma inmortal, al estilo de la cultura griega . El resucitado no es alguien que sobrevive después de la muerte despojado de su corporalidad. Ellos son hebreos y, según su mentalidad, el «cuerpo» no es simplemente la parte física o material de una persona, algo que se puede separar de otra parte espiritual. El «cuerpo» es toda la persona tal como ella se siente enraizada en el mundo y conviviendo con los demás; cuando hablan de «cuerpo» están pensando en la persona con todo su mundo de relaciones y vivencias, con toda su historia de conflictos y heridas, de alegrías y sufrimientos. Para ellos es impensable imaginar a Jesús resucitado sin cuerpo: sería cualquier cosa menos un ser humano. Pero, naturalmente, no están pensando en un cuerpo físico, de carne y hueso, sometido al poder de la muerte, sino en un «cuerpo glorioso» que recoge y da plenitud a su vida concreta desarrollada en este mundo. Cuando Dios resucita a Jesús, resucita su vida terrena marcada por su entrega al reino de Dios, sus gestos de bondad hacia los pequeños, su juventud truncada de manera tan violenta, sus luchas y conflictos, su obediencia hasta la muerte. Jesús resucita con un «cuerpo» que recoge y da plenitud a la totalidad de su vida terrena.

Para los primeros cristianos, por encima de cualquier otra representación o esquema mental, la resurrección de Jesús es una actuación de Dios que, con su fuerza creadora, lo rescata de la muerte para introducirlo en la plenitud de su propia vida. Así lo repiten una y otra vez las primeras confesiones cristianas y los primeros predicadores. Para decirlo de alguna manera, Dios acoge a Jesús en el interior mismo de la muerte, infundiéndole toda su fuerza creadora. Jesús muere gritando: «Dios mío, ¿por qué me has abandonado?», y, al morir, se encuentra con su Padre, que lo acoge con amor inmenso, impidiendo que su vida quede aniquilada. En el mismo momento en que Jesús siente que todo su ser se pierde definitivamente siguiendo el triste destino de todos los humanos, Dios interviene para regalarle su propia vida. Allí donde todo se acaba para Jesús, Dios empieza algo radicalmente nuevo. Cuando todo parece hundirse sin remedio en el absurdo de la muerte, Dios comienza una nueva creación.

Esta acción creadora de Dios acogiendo a Jesús en su misterio insondable es un acontecimiento que desborda el entramado de esta vida donde nosotros nos movemos. Se sustrae a cualquier experiencia que podamos tener en este mundo. No lo podemos representar adecuadamente con nada. Por eso, ningún evangelista se ha atrevido a narrar la resurrección de Jesús. Nadie puede ser testigo de esa actuación trascendente de Dios. La resurrección no pertenece ya a este mundo que nosotros podemos observar. Por eso se puede decir que no es propiamente un «hecho histórico», como tantos otros que suceden en el mundo y que podemos constatar y verificar, pero es un «hecho real» que ha sucedido realmente. No solo eso. Para los que creen en Jesús resucitado es el hecho más real, importante y decisivo que ha ocurrido para la historia humana, pues constituye su fundamento y su verdadera esperanza.

¿Cómo hablan los cristianos de la primera generación de esta acción creadora de Dios que no cae bajo nuestra observación? Es esclarecedor el lenguaje de Pablo. Según él, Jesús ha sido resucitado por la «fuerza» de Dios, que es la que le hace vivir su nueva vida de resucitado; por eso, lleno de esa fuerza divina puede ser llamado «Señor», con el mismo nombre que se le da a Yahvé entre los judíos de lengua griega. Dice también que ha sido resucitado por la «gloria» de Dios, es decir, por esa fuerza creadora y salvadora en la que se revela lo grande que es; por eso Jesús resucitado posee un «cuerpo glorioso», que no significa un cuerpo radiante y resplandeciente, sino una personalidad rebosante de la fuerza gloriosa del mismo Dios. Por último, dice que ha sido resucitado por el «espíritu» de Dios, por su aliento creador.

Por eso su cuerpo resucitado es un «cuerpo espiritual», es decir, plenamente vivificado por el aliento vital y creador de Dios.

Los primeros cristianos piensan que con esta intervención de Dios se inicia la resurrección final, la plenitud de la salvación. Jesús es solo el «primogénito de entre los muertos», el primero que ha nacido a la vida definitiva de Dios. Él se nos ha anticipado a disfrutar de una plenitud que nos espera también a nosotros. Su resurrección no es algo privado, que le afecta solo a él; es el fundamento y la garantía de la resurrección de la humanidad y de la creación entera. Jesús es «primicia», primer fruto de una cosecha universal. «Dios, que resucitó al Señor, nos resucitará también a nosotros por su fuerza». Resucitando a Jesús, Dios comienza la «nueva creación». Sale de su ocultamiento y revela su intención última, lo que buscaba desde el comienzo al crear el mundo: compartir su felicidad infinita con el ser humano.


 

 

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