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J. A. Pagola

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Lecturas del día

El Día del Señor

Diapositivas Eucaristía

 

 

Lecturas del día

Celebración de la EucaristíaJosé A. PagolaJean-Pierre Bagot
Hechos de los Apóstoles 2, 42-47 No seas incréduloC. FloristánG. Gutierrez
I Pedro 1, 3-9De crédulos y creyentesA. PronzatoJose Luis Sicre
Juan 20, 19-31Pascua, tiempo de admiraciónJ. Garrido Florentino Ulibarri
Reflexión personal y en grupoX. GoitiaAbad de la Trapa de ScourmontHermann Rodriguez

 

 

 

 

II Domingo de Pascua

23 de Abril de 2017

Misa pr. Gl. Cr. Pf Pasc I

En las PE, embolismos prs. Despedida con doble Aleluya

 

 

 

REFLEXIONES SOBRE LAS LECTURAS

 



 

REFLEXIÓN: Hechos de los Apóstoles 2, 42-47

Nosotros nos reunimos aquí para:

* celebrar la Eucaristía;

* escuchar la Palabra de Dios (enseñanza de los Apóstoles);

* hacer oración juntos;

* manifestar públicamente nuestra fe cristiana.

También lo hacían los primeros cristianos cuando vivían la noticia reciente de la Resurrección del Señor de un modo muy cercano. Sin embargo no sé si nuestra actitud, nuestro espíritu cristiano y nuestro compromiso de fe coincide con el de aquellas comunidades cristianas de las que nos habla la la lectura de hoy.

La resurrección del Señor les impulsa a reunirse para vivir en comunidad su fe (y no para cumplir un precepto).

Les hace cambiar su forma de vida y la alegría que llevan dentro de ellos por la fe en la resurrección de Jesús, les impulsa a dar testimonio claro de ella; de tal modo que la gente queda admirada y sorprendida del modo de proceder de los cristianos.

Se reúnen para compartir y vivir su fe en Comunidad; para escuchar la Palabra de Dios y ajustar a ella su vida; para hacer una oración de acción de gracias al Señor por la fe que les ha ofrecido y por saberse perdonados y redimidos.

Al escuchar esta lectura, que sepamos acoger lo que nos dice y contrastarla con nuestra fidelidad, personal y comunitaria, a la fe en Cristo Resucitado.

 

Nota: Hch 2,42-47


• 2,42-47:
Después del primer discurso misionero, el narrador nos invita a hacer una pausa de reflexión. Esta es la función de los sumarios o resúmenes de la vida comunitaria que aparecen a lo largo del libro, y que van marcando el avance del testimonio cristiano. La intención de Lucas no es tanto describir con precisión histórica la vida de la comunidad de Jerusalén, cuando presentar un modelo a la Iglesia de su tiempo, reflejando, eso sí, la fuerza y el ímpetu de la vivencia cristiana en aquella primera hora. Los rasgos característicos de esta vivencia se enumeran en Hch 2,42 y se explican en los siguientes versículos. El fundamento es la enseñanza de los apóstoles, acompañada de signos prodigiosos; después la unión fraterna, que se manifiesta en la comunión de bienes; finalmente la oración y la fracción del pan, expresión con que los primeros cristianos se referían a la Eucaristía.

 


 

REFLEXIÓN: I Pedro 1, 3-9

La 2ª lectura es un himno de alabanza a Dios por la transformación obrada en nosotros.

Con la resurrección de Cristo se nos concede una vida nueva a todos los que le aceptan por la fe en su palabra.

Como dice el Apóstol Pedro, nosotros no hemos visto a Cristo como él lo vio, pero creemos en él y por eso gozamos la alegría de nuestra salvación.

Cristo-Jesús, por su muerte y resurrección alcanzó y mereció el perdón y la salvación para todos nosotros.

Nuestra fe en Cristo y en su resurrección nos hace "vencer al mundo".

 

Nota: 1 Pe 1,3-9

• 1,3-12: Las palabras clave de este pasaje que anticipan los temas principales de la carta y que actúan como elementos estructurales de la misma son: renacer (regeneración), esperanza, herencia, salvación, alegría, autenticidad de la fe, padecimientos y gloria de Cristo. En este marco conceptual, la referencia a la pasión y glorificación de Cristo constituye el centro literario y temático del pasaje. Tanto la actividad profética en el pasado, como la acción evangelizadora en el presente, tienen un objetivo primordial: dar testimonio de la pasión-glorificación de Cristo y anunciarla como buena noticia de salvación.

 

 

REFLEXIÓN: San Juan 20, 19-31


Estamos reunidos en el día del domingo porque es el día en que Jesús resucitó y se manifiesta resucitado a sus apóstoles.

La manifestación a sus discípulos, tal como la recordamos en el evangelio de hoy, es una de las que "nos va mejor"... porque se nos ofrece la figura del Apóstol Tomás, a quien no le cabe en la cabeza lo que le cuentan sus compañeros.

Tomás quiere ver con sus ojos y tocar con sus manos a Jesús. No se fía del testimonio, desconcertante, que le dan sus compañeros, los Apóstoles.

Nosotros vivimos en un mundo en el que todo se mide, todo se pesa, todo se palpa y todo se demuestra... ¡o se exige que se demuestre!

Por eso queda tan poco espacio para la fe en aquello que supera toda medida, todo peso y toda demostración experimental. No hay mucho lugar al testimonio de la Palabra de Dios. ¡Como le sucedía a Tomás!

Sin embargo, hoy al igual que ayer, Jesús resucitado sigue ofreciendo sus dones más esperados y más necesitados:

* la paz (que es su habitual saludo en sus manifestaciones después de la resurrección),

* la fe para quienes admiten el testimonio de los que le vieron resucitado,

* y el gozo de saber y experimentar que Jesús vive en nosotros.

Veamos si nuestra postura personal es semejante a la de Tomás o a la de los otros Apóstoles.

De todos modos no olvidemos lo que dice Jesús, el Señor: "dichosos los que crean sin haber visto porque tendrán vida en mi nombre". Y es que para confirmar la fe no es preciso tocar físicamente a Jesús.

El ha dejado a nuestro alcance la "experiencia pascual" por la que pasaron también sus discípulos.

Los Apóstoles habían vivido una fantástica etapa de su vida al encontrarse con Jesús, gran Maestro y Profeta.

Pero todo hubiera resultado efímero y pasajero de no haber pasado por la "experiencia pascual de fe", de sentirse resucitados en la misma resurrección de Jesús.

Solamente bajo la fuerza de esa experiencia pascual se puede proclamar que Jesús es el Señor, como hizo Tomás, y llevar el mensaje de la Buena Noticia a todos los hombres.

 

Comentario: Jn 20,19-31

20,19-23 Apariciones a los discípulos. El presente relato está pensado desde el cumplimiento de las promesas de Jesús. He aquí la dialéctica entre promesa y cumplimiento. Jesús había dicho: volveré a estar con vosotros (Jn 14,18); el evangelista constata: se presentó en medio de ellos (Jn 20,19). Jesús había prometido: dentro de poco volveréis a verme (Jn 16,16ss); el evangelista afirma: los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor (Jn 20,20). Jesús anunció: os enviaré el Espíritu (Jn 14,26; 15,26; 16,7ss), y tendréis paz (Jn 16,33); el evangelista recoge las palabras de Jesús: la paz con vosotros... y recibid el Espíritu Santo (Jn 20,21ss). Jesús afirmó: voy al Padre (Jn 14,12) y el evangelista se encarga de recoger otras palabras de Jesús que significan el cumplimiento de lo que había prometido: voy a mi Padre, que es también vuestro Padre (Jn 20,17).

En los discípulos de Jesús no solamente no existía predisposición alguna para aceptar la resurrección, se ha dicho muchas veces que el deseo ferviente de volver a ver a Jesús les había hecho caer en la alucinación de verle, inventando todo lo relativo a las apariciones, sino que estaban predispuestos para lo contrario. Como hijos de su tiempo creían únicamente en la resurrección del último día. Así lo expresa Marta cuando Jesús habla de la resurrección de Lázaro (Jn 11,24). Cuando se les anuncia que Jesús vive ni siquiera se entusiasman. El relato sobre la Magdalena no puede ser más significativo: ante el sepulcro vacío, lo único que se le ocurre pensar es en el robo (Jn 20,2.13.15). Una vez convencida de la resurrección gracias al encuentro personal con el Resucitado, se lo anunció a los que habían vivido con él. ¿Resultado? No la creyeron (Mc 16,11). En los de Emaús, la «esperanza» en la resurrección se manifiesta en su decisión de abandonar aquel asunto e irse a sus casas (Lc 24,22s). Y cuando comunicaron a los demás su experiencia, el resultado fue el mismo: ni aun a estos creyeron (Mc 16,13).

Su escepticismo en este tema era lógico. La increencia o no aceptación de la resurrección de Jesús por parte de sus discípulos tiene buenas razones que la justifiquen. Es un acontecimiento que escapa al control humano; rompe el molde de lo estrictamente histórico y se sitúa en el plano de lo suprahistórico; no pueden aducirse pruebas que nos lleven a la evidencia racional. De ahí los argumentos tan distintos a los que emplea nuestra lógica. ¿Quién puede aceptar el testimonio de un joven, sentado a la derecha, que vestía una túnica blanca dado a las mujeres en el sepulcro (Mc 16,5), que en relato de Mateo se convierte en un ángel (Mt 28,5)? ¿Es más verosímil el relato de Lucas que habla de dos hombres se presentaron ante ellas con vestidos deslumbrantes (Lc 24,4) o el de Juan que convierte a esos dos hombres en ángeles (Jn 20,12)? ¿Quién de los cuatro tiene la razón? Todos y ninguno. Todos porque los cuatro afirman que la resurrección de Jesús es aceptable únicamente desde la revelación sobrenatural. Tanto los vestidos blancos como los ángeles hacen referencia al mundo de lo divino. La única diferencia es que Lucas y Juan duplican los testigos porque trabajan más con la categoría del testimonio y para que éste fuese válido se requería que, al menos, fuesen dos. Ninguno, porque las cosas no ocurrieron así. Estamos en el mundo de la representación.

20,24-29 Jesús y Tomás. El evangelista subraya la identidad del Resucitado con el Crucificado. El testimonio de los ángeles, los encuentros y apariciones y, en especial, las exigencias de comprobación por parte de Tomás, son de sumo interés. De ellas se deduce que el Resucitado y el Crucificado son el mismo, aunque su forma de vida sea diversa. Ambos aspectos son igualmente importantes. De ahí las exigencias de ver y palpar los agujeros de las manos y del costado: identidad. De ahí la dificultad en reconocer al Resucitado; creen ver un fantasma, un viandante, el jardinero: diversidad en su nueva forma de vida. La resurrección de Jesús no es la vuelta de un cadáver a la vida, sino la plena participación de la vida divina por un ser humano.

El contacto físico con el Resucitado no pudo darse. Sería una antinomia. Como tampoco es posible que él realice otras acciones corporales que le son atribuidas, como comer, pasear, preparar la comida a la orilla del lago de Genesaret, ofrecer los agujeros de las manos y del costado para ser tocados. Este tipo de acciones o manifestaciones pertenece al terreno literario y es meramente funcional: se recurre a él para destacar la identidad del Resucitado, del Cristo de la fe, con el Crucificado, con el Jesús de la historia.

También intenta poner de relieve la confesión adecuada de la fe cristiana al citar las palabras de Tomás: Señor mío y Dios mío. Tomás es presentado como representante de los que no quieren creer sin ver. Vencida su increencia, el evangelista nos lo presenta como modelo de fe. Son sus palabras las que recogen la auténtica confesión de la fe cristiana. En sus palabras el evangelio de Juan alcanza su cota más elevada: el reconocimiento de Jesús como Señor y Dios. Con esta claridad sólo se había hablado en el prólogo: la Palabra era Dios (Jn 1,1). De esta forma todo el evangelio queda incluido entre estas dos afirmaciones o confesiones de fe. El protagonista es el Hijo de Dios, y la fe descubre esta realidad en un ser humano como nosotros. El es la última y definitiva intervención de Dios en la historia.

20,30-31 Finalidad del evangelio. El evangelio terminaba originariamente con Jn 20,30-31. Estas palabras tienen una clara forma conclusiva y afirman de forma terminante cuál fue la finalidad que se propuso el evangelista: llevar a los lectores a la fe en Jesús, descubriendo en sus hechos la flecha indicadora que apunta a su mesianidad y divinidad. La consecuencia de tal descubrimiento y de la aceptación del mismo es la vida eterna.

Además de los siete, signos, narrados en el libro que lleva su nombre, en el mismo evangelio se nos cuentan otros, como el lavatorio de los pies. Al terminar su relato, el evangelista nos dice que Jesús hizo muchos más. Lo importante para el lector es entenderlos como signos que son, es decir, como acciones, significativas, que nos obligan a pensar en las realidades trascendentes de las que los hechos son únicamente un punto de referencia.

 


 

 

CON OTRAS PALABRAS

 

El relato del evangelio sobre la incredulidad y el acto de fe de Tomás está lleno de datos «materiales»: se especifica que Jesús ofreció a Tomás que le tocara los agujeros hechos por los clavos en las manos y por la lanza en el costado. Los evangelistas marcan estos aspectos para indicar que, según su experiencia, Jesús resucitado, Jesús vuelto a la vida, no es un fantasma, un espíritu etéreo, alguien «no material». Cuando los cristianos hablan de la resurrección «de la carne», de la resurrección «de los cuerpos», proclaman la unidad del ser humano, de todo el ser humano. También de su cuerpo, de la materia por la que su espíritu se expresa.

La mentalidad de Israel entendió siempre al ser humano como una unidad. Nunca consideró separadamente alma y cuerpo, como hicieron los griegos. No hay en la tradición de Israel desprecio por el cuerpo, por lo material. Para el israelita el ser humano es «basar» («carne» en cuanto debilidad física, limitación intelectual o pecado) y es a la vez «nefesh» («alma» en cuanto a su apertura a todos los valores espirituales y a Dios). En su unidad, el ser humano está inspirado por el «ruaj», el Espíritu de Dios. No se separa lo material de lo espiritual, el alma del cuerpo, sino que se considera al ser humano íntegramente, a veces débil y a veces lleno de posibilidades.

 

Reflexión personal y en grupo

- La historia de Tomás quiere enseñarnos que no era más fácil creer en Jesús por haber sido contemporáneo suyo, y que los que crean sin haber visto serán dichosos. ¿De verdad siento yo en mi vida la alegría de creer? ¿Vivo mi fe como fuente de gozo, o la veo a veces como una carga más o menos pesada?
 

- Tomás no cree, porque no ve. Y cuando llega a ver, ya cree... ¿Es posible «creer» cuando ya «se ve»? La vieja definición del catecismo decía que «fe es creer lo que no se ve». ¿Quién tiene la razón?

- ¿Qué relación (semejanzas, diferencias...) hay entre la fe humana (creer a alguien) y la fe religiosa (creer en Dios)? ¿Creemos «a» Dios, o «en» Dios?

- En una visión de conjunto, Lucas nos presenta lo fundamental de la Comunidad cristiana de todos los tiempos: escuchar la Palabra, participar en la «fracción del pan» (=Eucaristía), oración y vida en común. Hoy día, en bastantes regiones de la Iglesia Católica, el 80% de los fieles no puede participar en la Eucaristía semanal por falta de sacerdote, y no hay ministros ordenados suficientes porque sólo se admite al mismo a personas que tengan simultáneamente vocación al celibato, y que sean varones. ¿Qué reflexiones nos sugiere esta situación?


 

 

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