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DOMINGO, EL DIA DEL SEÑOR

 

 

COMENTARIOS SOBRE EL EVANGELIO DEL DOMINGO

PEDRO MARI ZALBIDE

 

 

Domingo 19 Ordinario

20 Domingo

21 Domingo

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23 Domingo

24 Domingo

25 Domingo

26 Domingo

 

 

 

 

1 de Octubre de 2017


26 Domingo T.O. Mt 21,28-32

HECHOS, QUE NO PALABRAS


Que las palabras no sirven de nada si no vienen refrendadas por los hechos, es lección que mamé desde niño con mi primer "pelargón". Se asemejan a esas hojas que, en otoño, se desprenden de las ramas de los árboles para emprender un viaje desganado, indolente, aburrido, sin rumbo, siendo recibidas finalmente por el suelo. Ya el refrán recogió el mensaje:
"Obras son amores, que no buenas razones". Y las pancartas reivindicativas que se pasean a diario por nuestras calles reclaman con fuerza: "¡Cansados de palabras, queremos hechos!".

Creo no descubrir nada nuevo si afirmo que, en una familia cualquiera, no todos los hijos son iguales. Lo comprobamos, una vez más, en la parábola del evangelio de hoy. Un padre que tenía dos hijos le dijo al primero: "Hijo, hoy tienes que ir a trabajar a la viña". Le respondió el muchacho: "No quiero ir", pero más tarde cambió de idea y fue. El mismo requerimiento le hizo al otro hijo. Éste le contestó: "Sí, padre iré". Pero no fue... Y Jesús alabó la conducta del primero porque fue quien cumplió deseo de su padre.

A lo largo de la vida, en muchas instituciones, parroquias, grupos, colectividades de todo género, constatamos que hay personas que, cuando se solicita algún voluntario para cualquier cometido, enseguida levantan la mano, se ofrecen y se comprometen; lo de que "se comprometen" es un decir, porque me refiero a aquellos que luego se escaquean, no pueden, tienen alguna consulta médica, algún familiar delicado de salud, o sencillamente habían concertado hora con el dentista... Existen otros, por el contrario, que quizá no levanten la mano alegremente, sino que quieren pensárselo con seriedad y cordura y que, una vez reflexionada la cuestión, responden afirmativamente a la llamada. Estos son los que agradan a Dios porque la evidencia de los hechos es siempre superior al oropel fantasioso de las palabras.

A continuación, Jesús explicó la parábola con la sentencia más desconcertante que jamás había escuchado el gentío que le seguía: "Os aseguro que los publicanos y las prostitutas entrarán en el reino de Dios antes que vosotros". Y lo razonó: "Porque vino Juan mostrándoos el camino de salvación, y no le creísteis; en cambio, sí creyeron los publicanos y las prostitutas. Y vosotros, ni aun viendo esto, quisisteis cambiar de actitud y creerle"... Esta preferencia que el Maestro otorga a los publicanos y las prostitutas no debe entenderse como un elogio al enriquecimiento injusto o al comercio del sexo, sino que pretende ensalzar la actitud dócil y receptiva de la gente sencilla y marginada. Él vino al mundo a redimir al pobre y liberarlo de cualquier esclavitud, a sanar enfermos y a. devolver la alegría a quienes la perdieron, o nunca la conocieron. Y a modo de ejemplo, como más representativos de la pobreza y la esclavitud, citó a los pecadores, eligiendo los dos prototipos más espectaculares de la condición de pecador: los publicanos y las prostitutas. Al fin y al cabo, estos, y estas, fueron quienes mejor comprendieron el mensaje de Jesús: que no se trata de utilizar palabrerías estériles, sino de predicar con los hechos, que son los que mejor evidencian que se ha captado el recado de Jesús.

 

 

24 de Setiembre de 2017


25 Domingo T.O.

Mt 20,1-16a

EL MISMO SUELDO


En la Salamanca que yo conocí hace casi cincuenta años, me llamó la atención constatar la afluencia que deambulaba por la Plaza Mayor, de catedráticos, estudiantes, camareros, vendedores ambulantes de tabaco y limpiabotas. Y había niños de esos sueltos y vivarachos que, por hacerse con algún dinero, se pertrechaban de una bayeta y un betún que vete a saber dónde lo habían adquirido, y se presentaban en los bares o en las aceras próximas y te abordaban:

"¿Quiere que le limpie los zapatos?".

Un día, caí en sus manos y a la oferta respondí con otra pregunta:

"¿Cuánto me vas a cobrar?".

"Dos pesetas".

Y le dije: "¡Hala!, manos a la obra".

Aún no había comenzado su tarea cuando se presentó otro niño con la misma intención e idéntica pregunta que el anterior.

Yo le dije: "Bueno, tú me limpias un zapato y tu compañero el otro".

Finalizado el trabajo, les di a cada uno dos pesetas. ¡La que me armó el primer niño porque le di al otro la misma cantidad que a él, alegando que él había llegado primero y que merecía más! Yo le hice ver que le había contratado por dos pesetas y que no tenía que importarle lo que le diera al segundo niño. La verdad es que no sé si le convencí del todo.

Algo parecido sucedió, en la parábola de hoy, con los jornaleros que contrató el dueño de la finca. Los de la hora undécima (las cinco de la tarde) cobraron el mismo sueldo que los que habían sido contratados de madrugada, a las nueve de la mañana, al mediodía y a las tres de la tarde... Y es que Dios no paga por horas, sino por la buena disposición con que se trabaja.

Me da la impresión de que Jesús, con este símil que acaba de ofrecernos, pretende arremeter contra el pecado de la envidia, llamar la atención a los permanentemente insatisfechos, a quienes no pueden ver con naturalidad el bien ajeno, a los especialistas en encontrar agravios comparativos por todos los rincones.

Una vez más, nos equivocamos cuando hablamos de Dios. El sueldo del que habla Jesús es nada menos que el Reino de los cielos; el estar para siempre, sonrientes y felices, cobijados en el abrazo del Padre. Y es que el cielo no tiene medida ni tiempo; se resiste a ser cuantificado y no conoce el reloj. Y sus inquilinos somos los jornaleros que hemos respondido a la invitación de Dios: "Venid también vosotros a mi viña"

Pero no puedo ocultar mi tristeza al contemplar la desidia, el desencanto, la vaciedad de tantos y tantos hombres y mujeres que permanecen aún en la plaza del aburrimiento porque nadie los ha contratado. Es decir, porque no han encontrado aún motivos para vivir, alicientes para dibujar una sonrisa. Son los pobres, los refugiados, los despreciados de la sociedad. Esos niños que conocen las guerras antes que las letras. La mole de sufrimiento y dolor que puebla una gran parte de la geografía de nuestro mundo. Son corazones rotos que tal vez no encontrarán ya sutura que los restablezca... Y por otra parte, están los desesperanzados, los que no se entusiasman ya por nada, los que no saben si creen o no creen, los tibios, los adormecidos en el sofá de la abulia, los indolentes...

Forzando mi optimismo, quiero pensar que algún día, quizá hoy mismo, Dios decida volver a la plaza del desencanto y, al verlos ociosos y aburridos, les ofrezca la delicada invitación: "Venid también vosotros a mi viña".

 

 

17 de Setiembre de 2017

24 Domingo T.O.


¿CUÁNTAS VECES?

Mt 18,21-35


La lección evangélica de hoy surge de una pregunta que Pedro le hace a Jesús:
"Señor, ¿cuántas veces he de perdonar a mi hermano, si me ofende?, ¿hasta siete?". A lo Jesús responde: "No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete". Es decir, siempre.

Y esto le da pie para inventar una nueva parábola:

Un rey que se dispone a hacer cuentas con sus criados. Uno de ellos le debía muchos millones y no tenía con qué pagárselos. De rodillas, le suplicó al soberano que tuviese paciencia con él que se lo abonaría todo. El rey tuvo compasión de él y le perdonó todo...

Pero al salir, el criado se encontró con uno de sus compañeros que, a su vez, le debía una cantidad insignificante. En cuanto lo vio, lo agarró por el cuello y le dijo: "¡Págame lo que me debes!". El compañero le suplicó que tuviera paciencia con él y que se lo pagaría. Pero él no quiso escuchadle, y lo hizo meter en la cárcel hasta que liquidara la deuda.

La reacción del rey no se hizo esperar. Encolerizado, mandó llamar al criado y le reprochó: "Malvado, tú no has querido compadecerte de tu compañero como yo me compadecí de ti". Y ordenó que se le castigara hasta que quedara saldada toda su deuda.

Comienzo con una pregunta obvia: ¿Qué es el perdón?, ¿en qué consiste perdonar? Suelo decir a menudo que, cuando hablamos de Dios y de sus cosas, corremos el riesgo de no ser exactos, ya que la naturaleza humana es diferente a la divina. Hecha la advertencia, me atrevo a distinguir entre el perdón de Dios y el nuestro, el de los hombres y mujeres que poblamos este complicado mundo.

El perdón de Dios brota de su misa esencia divina, que es misericordia, que es amor. El de los hombres no puede ser perfecto: las limitaciones hacen que inventemos recortes interesados, impidiendo a menudo que resplandezca en toda su pureza. Además, todos sabemos lo que es perdonar una deuda pecuniaria, que se hace con muy pocas palabras, "te perdono", y la deuda queda saldada. Pero perdonar una ofensa, una injuria, una calumnia es ya harina de otro costado. No nos resulta fácil olvidar la ofensa; y ello, porque tenemos memoria. A lo sumo, digo yo, podremos no guardar rencor ni deseo de venganza. Pero olvidarnos es tarea casi imposible.

Pero dejemos de elucubrar y escuchemos a Jesús:

"Hijo mío, ¡Cómo se nota que aún no me conoces! Yo te amo desde antes de que tú nacieras. Conozco todos tus pecados desde antes de que los cometieras. Y te los perdoné y me olvidé de ellos; más bien los destruí.

Te enseñé de mil formas que la otra cara del amor es el perdón; quien no sabe perdonar es que aún no ha aprendido a amar. Yo te perdoné siempre, y tú conoces muy bien el precio que me costaste: sufrimiento, incomprensión, persecución, salivazos, cruz, una muerte ignominiosa... ¿Y te parece heroico el perdón que solicito de ti para que lo vuelques en tu hermano? ¿No me expliqué bien cuando os enseñé a rezar: "Perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a quienes nos han ofendido"? ¿No comprendes que el Padre te perdonará en la medida en que tú perdones?...

Hijo mío, además, otro de los beneficios que reporta el perdón es que ofreces a quien te ofendió la oportunidad de imitarte haciendo él lo mismo cuando alguien le cause algún daño...

Por último, estoy escuchando tu pregunta por boca del discípulo Pedro: "Señor, ¿cuántas veces he de perdonar a mi hermano si me ofende?". Y yo te contesto: "No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete"...

Hijo mío, ¡qué razón tenías al comienzo cuando afirmabas que los humanos, cuando habléis de Dios sois siempre, por necesidad, imprecisos, inexactos.

 

 

10 de Setiembre de 2017



23 Domingo T. O. Mt 18,15-20

¡ESO NO SE HACE!



Una de las actividades más arduas, en el amplio campo de la convivencia, consiste en hacer comprender a alguien que no ha obrado bien, ó que se ha equivocado en algo que debe enmendar. Uno se expone a que la persona a quien se quiere orientar no digiera la indicación que se le hace con la mejor voluntad. De ahí que este tipo de intervención ha de hacerse con tino y delicadeza. Entre los cristianos, la conocemos con el nombre de
"corrección fraterna".

Me cuentan que en un pueblo cuyo nombre he olvidado hubo, hace años, un maestro de escuela, cascarrabias, rezongón y con cara de pocos amigos. Y que, cada vez que reprendía a algún niño, lo hacía desaforadamente, dando rienda suelta a su ira y haciendo llorar al niño. Con todas sus fuerzas le decía, o más bien le gritaba: "¡¡¡Eso no se hace!!!". Y aquello, más que reprensión parecía un castigo.

La corrección fraterna recomendada por Jesús dista mucho del comportamiento de aquel incontrolado docente. Para que resulte eficaz y provechosa, la auténtica corrección debe reunir una serie de connotaciones indispensables:

En primer lugar, ha de ser cuidadosamente premeditada. En quien la practica se requiere un conocimiento, lo más completo posible, de la persona a quien pretende corregir: su sicología, sus reacciones, su capacidad de aceptar de buen grado las recomendaciones que se le hacen...

Además, debe realizarse en un momento oportuno. Es decir, cuando el interlocutor se encuentre relajado, tranquilo, sin agobios. Es sumamente importante elegir un tiempo en que se halle en condiciones de escuchar serenamente la corrección.

Por supuesto, debe hacerse a solas. Sin auditorio. Como dice Jesús: "Habla a solas con él". Es de todo punto necesario mantener la privacidad.

Pero sobre todo, lo más importante es que la corrección se realice con amor. La persona que recibe la corrección ha de ser consciente de que quien le aconseja lo hace llevado por el amor y, consecuentemente, con delicadeza, ternura y amabilidad, buscando solamente su bien.

Y por último, la corrección ha de ser desinteresada. Quien la lleva a cabo no debe hacerlo por apuntarse un tanto en su haber de santidad, sino única y exclusivamente por ayudar a quien lo necesita.

La otra cara de la moneda sería la pregunta obligada: "¿Cómo encajo yo la corrección, cuando alguien me la hace a mi?". También en este caso se requieren una serie de actitudes por mi parte:

En primer lugar, debo ser receptivo. He de aceptar de buen grado la advertencia que se me hace y no intentar evadirme con falsas justificaciones, sino afrontar con valentía la verdad en toda su desnudez.

Además, he de estar agradecido por el favor que se me hace, porque bien pudiera ocurrir que no me percatara de mi defecto, o de mi acción errada y, gracias a la corrección, se me da la oportunidad de rectificar.

Todo esto de nada servirla, si no hiciese un propósito serio, efectivo, de cambiar de actitud, no sea que vaya a incurrir nuevamente en mi error o mi fallo.

Y por último, debo reaccionar con alegría porque, a fin de cuentas, se me ha brindado la oportunidad de comprobar el bien de que uno es capaz cuando se hacen las cosas por amor...

Bendita corrección fraterna.
 

 

3 de Setiembre de 2017
 

22 Domingo T. O. Mt 16,21-27


VIVIR COMO JESÚS
 

Jesús lo ha dejado bien claro repetidas veces: "El que quiera ser mi discípulo debe negarse a sí mismo, tomar su cruz y seguirme". Todos sabemos lo que es negarse uno a sí mismo, a sus caprichos, a sus veleidades. También conocemos nuestra cruz de cada día: problemas, dificultades, angustias, enfermedad, sufrimientos por causa del evangelio... Y el tercer requisito para obtener el certificado del discipulado consiste en seguir a Jesús. A fin de ahondar en la tarea del seguimiento, me ha parecido oportuno traer a colación la expresión de san Juan, el apóstol predilecto del Maestro, en su primera carta: "Quien se precia de vivir unido a Jesús; debe vivir como vivió él". La pregunta es obvia: "Y ¿cómo vivió Jesús?".

Si infancia, adolescencia y primera juventud transcurrieron en un clima de amor, sencillez y trabajo, en el seno de un hogar privilegiado, profundamente creyente. Allí fue educado en las más puras esencias de la fe y del resto de virtudes. Con aquella pequeña "trastada" en el templo de Jerusalén, el chiquillo comenzó ya a insinuar que "tenía que ocuparse en las cosas de su Padre". Por lo demás, de aquellos años carecemos de noticias, ya que nada dice al respecto el evangelio.

Al cumplir los treinta años, inició su vida pública, su vida de predicación. Durante un trienio llevó a cabo su tarea: enseñanzas, milagros, actuaciones, generosidad...; siempre al lado de los pobres, enfermos, leprosos, desarrapados. Las pautas que pueden aclararnos cómo vivió Jesús, me atrevo a sugerirlas con la intención de que puedan sernos útiles:

Jesús fue un hombre libre. Lo primero que aparece con claridad en Jesús es que no estuvo ligado por ninguna atadura, ni familiar, ni proveniente de institución alguna de carácter humano.

Jesús fue libre interiormente: ante las riquezas; ante su familia, ante sus amigos, ante los escribas, ante el poder político de las autoridades, ante las tradiciones de los antiguos, ante los ritos, y ante la Ley.

Enviado por el Padre. Jesús manifestó, en diferentes ocasiones, que había venido al mundo para hacer la voluntad de su Padre, que era quien le había enviado: "Mi comida es hacer la voluntad del que me envió".

Jesús oraba constantemente al Padre, sobre todo en los momentos más difíciles, o más importantes. Además, lo llamaba "Abba", que significa "papá". Y mantuvo su fidelidad al Padre hasta la muerte: "Padre, si es posible...; pero no se haga mi voluntad sino la tuya".

Vivid para los demás. Jesús no fue un hombre egoísta que viviera para sí, sino un hombre totalmente entregado a los demás. Consciente de que el criterio de actuación en la vida era el amor a los necesitados, no buscó nunca dinero ni seguridad, ni ambicionó ningún poder, ni siquiera se preocupó de su propia fama. Su amor a los demás fue tan generoso, tan sincero, tan consecuente, que le llevó hasta a perdonar a quienes lo ajusticiaron.

Se volcó en favor de los marginados. Jesús, en su vida de servicio a los demás, tuvo una gran "debilidad", una "escandalosa" preferencia: los más necesitados, los marginados, aquellos a quienes nadie quiere, ni escucha, ni ayuda. Anduvo siempre rodeado de la gente más despreciada y sospechosa de Israel: pecadores, publicanos, ladrones, prostitutas, poseídos, leprosos, ignorantes, enfermos...

Jesús se acercó con sencillez a los incultos, a los débiles, a los niños, a las mujeres marginadas por la sociedad judía, a los impuros, a los samaritanos..., en definitiva, a todas las gentes de la plebe, oprimidas y desorientadas...

Estas pinceladas han pretendido presentar cómo vivió Jesús.

Yo ahora preguntó: "¿Cuál es mi respuesta?, ¿cuál es tu respuesta?, ¿cuál es nuestra respuesta?".

 

27 de Agosto de 2017



21 Domingo T. O.

¿CÓMO LA QUIERES?

Mt 16,13-20



El arte de la fotografía admite infinidad de matices, modalidades, posturas..., según sea la demanda del usuario o el evento que celebra y quiere inmortalizar en un álbum para la posteridad. De ello dependerá la postura del que posa, el esto, el punto exacto del esbozo de sonrisa y todos aquellos detalles que precise captar el artista. Es por lo que el profesional inicia su protocolo con la pregunta obligada: "¿Cómo la quieres?"...
Hoy Jesús nos coloca ante la cámara y nos interroga: "Y vosotros ¿quién decís que soy yo?". Que, aproximándola hacia cada uno, sería como preguntarnos: "Y tú ¿quién dices que soy?". Es como si nos dijera: "Hazme una fotografía". Entonces nosotros le preguntaríamos: "¿Cómo la quieres?".

Para fotografiar a Jesús es conveniente que nos formulemos dos preguntas previas que pueden facilitar nuestra tarea: ¿Qué imagen tengo de Jesús? y ¿Qué influencia ejerce Jesús en mi vida?

Para responder a la primera cuestión, no tenemos más remedio que rebobinar nuestra existencia a fin de releerla detalladamente: En nuestra infancia se nos presentó a Jesús como un niño ("tú eres niño como yo") al que entregábamos nuestro corazón; definición que, aunque presentada en molde infantil, no dejaba de encerrar un profundo sentido teológico. En la adolescencia, se nos hizo hincapié en que Jesús era el amigo fiel, que no te falla nunca. Al llegar a la juventud, surgieron en las parroquias diversas comunidades o grupos para esclarecer y fortalecer nuestra fe mediante un estudio concienzudo del mensaje de Jesús.
Y el resto de nuestra vida lo hemos pasado tratando de imitar al modelo, el Maestro de Nazaret... En cuanto al estilo de religiosidad, tenemos que reconocer que, en general, se nos presentó la fe cristiana con un tinte legalista e individualista, basada en el cumplimiento estricto de los deberes y atendiendo siempre a la salvación de cada uno; en definitiva, que el motor de nuestra conducta estaba marcado por el temor al infierno, más que por el amor a Dios. Tuvo que venir el Concilio Vaticano II a recordarnos que la Iglesia era el Pueblo de Dios, y que éste era un Ser amoroso a quien debíamos acudir con confianza.

La segunda pregunta que hemos de hacernos era:
¿Qué influencia ejerce Jesús en mi vida? Se trata de profundizar en nuestro interior, que es donde habita la verdad, y analizar en qué medida repercute en mi quehacer diario mi vinculación con Jesús. ¿Me conformo con asistir a los actos piadosos y luego desconecto en cuanto salgo del templo como quien se cambia una prenda para ponerse otra la del vivir cotidiano? ¿Tengo claro que mi espiritualidad sólo tiene sentido cuando repercute en bien del prójimo? Al iniciar las eucaristías, solemos cantar: "Juntos como hermanos, miembros de una Iglesia, vamos caminando al encuentro del Señor". Y a mi me agrada repetir la canción al concluir la misa porque, cuando salimos del templo, nos vamos a encontrar de nuevo con el Señor, esta vez vestido de prójimo... Y sigo preguntándome: "Mi fe en Jesús, ¿es potente como un volcán, o lánguida y mortecina como una vela que se apaga? Para ser cristiano de verdad, ¿me conformo con actos sin llegar nunca a generar actitudes? Mi fe, ¿adolece de superficialidad, sin lograr que sea en mí como una segunda naturaleza incrustada bajo mi piel como un tatuaje indeleble?

Con todo este conglomerado de ideas, vivencias, recuerdos y actitudes, podríamos elaborar un cóctel, agitarlo adecuadamente y encontrarnos de nuevo con Jesús. Él nos diría a cada uno nuevamente:
"Y tú, ¿quién dices que soy yo?". Que es como si nos pidiera: "Hazme una fotografía". Entonces, nosotros le preguntaríamos: "¿Cómo la quieres?". Y él nos respondería: "La quiero... tatuada en tu corazón".

 

 

20 de Agosto de 2017




20 Domingo T. O.

ERRE QUE ERRE

Mt 15,21-28



El inolvidable actor cómico Paco Martínez Soria protagonizó una película, que así se titulaba, personalizando la constancia, la tozudez y la machaconería, hasta lograr lo que pretendía el citado personaje. Se trataba de un error bancario, debido al cual, en la libreta de sus ahorros, el saldo aparecía con una peseta menos. Fue a exigir su peseta y, por esas complicaciones de la burocracia, le volvieron loco de ventanilla en ventanilla. Él comprendía que la cantidad que solicitaba era mínima, pero no hacía sino reclamar lo suyo. Después de tanto trajín, al fin consiguió que le abonaran en la libreta de sus ahorros la exigua cantidad.

Hoy Jesús se dirigía a la zona de Tiro y Sidón y le ha salido al paso una mujer cananea suplicándole que cure a su hija, poseída por un demonio que le causa unos dolores espantosos. Jesús hacía como que no la oía, pero ella insistía. El Nazareno le ponía pegas e inconvenientes. Pero ella seguir insistiendo. Al fin, consiguió ganarse al Maestro: "
Muy grande es tu fe, mujer. Que se haga como deseas" Y añade el evangelista: "Y su hija quedó curada en aquel mismo instante".

En el evangelio no es difícil encontrar alusiones a la oración de petición y a la constancia en el saber pedir:
"Orad sin descanso", "Pedid y recibiréis"... A veces, sin pretenderlo, hemos caído en el error de descalificar este tipo de oración, tildándolo de egoísta e interesado. Sin embargo, Jesús insiste en que pidamos al Padre aquello que necesitamos y va a contribuir a nuestro bien y el de los demás. Son incontables las curaciones que, en su vida pública, realizó a petición del demandante, y siempre como premio a su buena disposición: "Tu fe te ha curada". "Es grande tu fe"...

La oración de petición, para ser aceptable, requiere una serie de connotaciones. Ha de ser:

Confiada. Todo buen edificio precisa de unos cimientos sólidos y duraderos. Y lo que sostiene de manera firme nuestras peticiones es precisamente nuestra confianza en Dios, aunque, en ocasiones, nos cueste aceptar su voluntad.

Supeditada a lo que Dios disponga. Los humanos no siempre sabemos si lo que pedimos es beneficioso o inconveniente. Nos sucede lo que a los niños; que piden a su madre un cuchillo o unas tijeras para jugar, y ella se lo niega cariñosamente con un beso y una explicación: que se puede cortar o lastimar alguna parte de su cuerpo.

Abierta al prójimo. No interesada ni egoísta, sino con una amplitud de miras que rebase las fronteras de nuestro interés personal. El mundo nos reclama. Los informativos de los medios de comunicación nos ofrecen puntualmente el estado lamentable por el que está pasando nuestra sociedad mundial: guerras, muertes indiscriminadas... Como si la vida humana fuese una colilla de cigarro, desechable y sin valor alguno.

Colaboradora. Como reza el refrán: "A Dios rogando y con el mazo dando". Un cristiano no puede limitarse a pedir y luego cruzarse de brazos como diciendo "Ya está". Existen voluntariados, asociaciones benéficas, colaboradores de cualquier tipo en lo poco o mucho que puede hacer cada uno.

Animada por la fe. Esa fe que, según Jesús, es capaz de mover montañas. Cuando uno pide desde la fe, constata fácilmente que Dios se ablanda y responde siempre con generosidad. En cambio, cuando titubea o se deja llevar por el miedo, se hunde como Pedro caminando sobre el agua, sobre la dificultad.

Constante. La oración de petición no puede ser esporádica, pasajera, ocasional, sino que debe convertirse en la atmósfera habitual del cristiano. En muchos órdenes de la vida, las cosas se consiguen a base de repetir muchas veces la súplica, a tiempo y a destiempo, sin descanso, machaconamente; de la misma manera, a Dios le gusta que le "demos la pelmada". Es por lo que nuestra oración de petición debe ser constante, machacona, erre que erre. Es decir, tenaz... Como el personaje que reclamaba la exigua cantidad de una peseta.


 

 

DOMINGO 19 TIEMPO ORDINARIO

 

13 de Agosto de 2017



19 Domingo T.O.

CON EL AGUA AL CUELLO

Mt 14,22-33



Existen programas radiofónicos que son una especie de puerta abierta al desahogo, adonde llaman una serie de personas contando sus problemas, sus angustias..., la presentadora les escucha pacientemente, intenta orientarlas, y cada intervención culmina con un cúmulo de mensajes del exterior intentando aconsejar a las personas atormentadas por su penosa situación. Los intervinientes exponen con crudeza su problema y a mí me sobrecogen algunos y me hacen meditar: la mujer maltratada por su esposo, el joven con depresiones al parecer invencibles, dramas familiares protagonizados por hijos que no se hablan con sus padres, infidelidades inesperadas... Se me arruga el alma y llego a la conclusión de que todas estas personas están como suele decirse, con el agua al cuello.

Hago este comentario con ocasión del evangelio de hoy, donde
vemos a Jesús andando sobre las aguas. Los apóstoles, acostados en su barca, lo ven sobrecogidos porque creen que se trata de un fantasma.

Jesús los calma: "Tranquilizaos, soy yo. No os asustéis".

Pedro le insta: "Señor, si eres tú, manda que yo vaya hasta ti andando sobre el agua".

Jesús le contesta: "Ven".

Pedro saltó de la barca y echó a andar sobre el agua para ir hacia Jesús. Hacia viento. El apóstol se asustó. Al punto comenzó a hundirse y empezó a gritar: "¡Señor, sálvame!".

Jesús le tendió la mano, lo sujetó y le dijo: "¡Qué poca fe tienes! ¿Por qué has dudado?".

Si analizamos la escena, constatamos que Jesús, al observar que los apóstoles pensaban que se trataba de un fantasma y sintieron miedo y extrañeza, lo primero que hizo fue calmarlos:
"Soy yo. No os asustéis". Otro detalle curioso es que Pedro, el impulsivo, al escuchar al Maestro, le hace un reto obligándole a que realice un milagro: "Si eres tú, haz que yo pueda andar hasta ti sobre el agua".

En tercer lugar, debido a que el viento era fuerte, el apóstol se asustó y empezó a hundirse. Y por último, el reproche de Jesús: "¡Qué poca fe tienes! ¿Por que has dudado?"...

Resumiendo: Dios es un sedante ("No os asustéis") para quien está agobiado y con el agua al cuello. Sólo exige que confiemos en él. Y, si tenemos duda de ello, nos lo reprochará: "¡Qué poca fe tenéis! ¿Por qué habéis dudado?".

Pero volvamos a los programas de radio, a ese inmenso océano de tristezas, penalidades y pobrezas que se nos sirven a diario a través de las ondas. Ante este panorama tan desolador y tan necesitado de que alguien los quiera, los escuche y les eche una mano, los cristianos no podemos permanecer impasibles, sino que hemos de sentir compasión y calambre en nuestras venas dormidas. ¿No veis que este colectivo de hambrientos está con el agua al cuello?... La mayor pobreza de la persona humana es sentirse sola. Y desgraciadamente existen en nuestro entorno multitud de solos, malviviendo con el agua al cuello. Son marginados, a la vera del camino. Y en más de una ocasión, tristemente, somos nosotros los marginadores y, ciegos voluntarios, les volvemos la cara.

Y por último, quisiera concluir esta reflexión acerca de la escena evangélica de hoy puntualizando que lo que Jesús pretende es dejar bien claro que quiere que nos fiemos absolutamente de él:
"Soy yo. No os asustéis", y que no dudemos de ello en ningún momento...

Esta confianza plena en Jesús la encontramos en la persona de Pedro: "¡Señor, sálvame!". Prueba de ello es que siendo, como era, pescador y sabiendo nadar perfectamente, al ver que el viento le hundía, en ningún momento se le ocurrió bracear para salir del apuro. Su confianza en Jesús fue tal, que hasta se olvidó de que sabía nadar.


 

                                                                                                                                                                                                                                                                                              

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