Inicio

J. A. Pagola

Homilías

Lecturas del día

El Día del Señor

Diapositivas Eucaristía

Contactos

 

 

DOMINGO, EL DIA DEL SEÑOR

 

 

COMENTARIOS SOBRE EL EVANGELIO DEL DOMINGO

PEDRO MARI ZALBIDE

 

I Domingo de Cuaresma

II Domingo de Cuaresma

 

 

 

18 de Febrero de 2018
 


Domingo de Cuaresma Mc 1,12-15


ESTAMOS DE REFORMA



Jesús acaba de llegar del desierto, donde ha ayunado durante cuarenta días y donde el demonio le ha tentado con tres despropósitos, y ha comenzado a predicar la buena noticia del reino de Dios. Lo ha hecho en Galilea. Y ha hablado en estos términos:
"El tiempo ha llegado y el reino de Dios está cerca. Convertíos y creed en el mensaje de salvación"... Para mí, que el Mesías estaba obsesionado con la idea de que nos veía un poco descarriados. Y quiero interpretar que sus palabras son, una especie de acicate sugiriéndonos que debemos cambiar; que no podemos seguir buceando en la mediocridad.

La conversión consiste esencialmente en un "cambio de mentalidad" serio, profundo y sincero; no en algo accidental y transitorio, como podría ser un cambio de chaqueta, de caparazón, sino que se trata de una auténtica "operación quirúrgica" del corazón, que nos conduzca a pensar, sentir y actuar según el mensaje de Jesús.

Para llevar a cabo esta tarea resulta imprescindible recorrer tres pasos fundamentales:

En primer lugar, conocer el mensaje de salvación que predicó el Mesías. El evangelio, "libro de texto" del cristiano, no es un mero anecdotario de sucesos ni un entretenido álbum de fotografías que nos permite contemplar los paisajes y costumbres de Palestina. Es nada menos que la vida de un Dios hecho hombre para recuperarnos, hecho palabra para que la pongamos en práctica, y hecho cruz y muerte para que tengamos vida. En suma, el evangelio es, en toda regla, un mensaje de salvación... Es por lo que se nos pide que acudamos a él con sencillez, humildad, y un talante receptivo y disponible.

En segundo término, dejarnos seducir por la persona de Jesús y por sus enseñanzas y actitudes. Uno difícilmente se deja seducir por un slogan feliz, por un libro extraordinario o por cualquier tipo de ideología, si no vienen unidos a una persona concreta, a un líder auténticamente carismático. Y Jesús lo fue... ¿Cómo se explica, si no, que unos humildes pescadores, a la voz de "sígueme", no dudaron en hacerlo, dejando familia, redes y barca, su "modus vivendi", y se decidieron a irse tras él? ¿Qué vio la samaritana en Jesús para que se olvidara del cántaro y fuera gritando que había visto al Mesías y que ya sólo le importaba el "agua que quita la sed definitivamente?... La enseñanza de Jesús fue el amor... Y su más notoria actitud consistió el volcarse a los más necesitados y desheredados de la tierra.

Y por último, afrontar la "operación quirúrgica" en nuestras vidas, en nuestro comportamiento. Esta intervención de quirófano consiste en revolucionar nuestro interior, desprendiéndonos de lo que nos sobra e integrando lo que nos falta para que nuestra vida sea digna y coherente con nuestro líder.

Estamos de reforma. Y para ello, no basta con cambiar de sitio nuestras prendas y nuestro ajuar, sino que hemos de renovar nuestra mentalidad, nuestros hábitos, nuestra atmósfera, para que quienes nos vean y nos traten no queden defraudados con nuestro comportamiento y se sientan cómodos en nuestra casa...

Recuerdo que una vecina mía tenía la costumbre de, cada dos meses, mudar de ubicación todos los muebles de la casa, para impresionar a las visitas. Y las visitas no se impresionaban; únicamente se extrañaban de las peripecias que hacía la pobre mujer para que su casa pareciera "otra".

Amigos, estamos de reforma. Necesitamos urgentemente acudir al quirófano y someternos a una operación ineludible. No podemos contentarnos con trastocar el mueblaje y creer que con ello hemos logrado mejorar el aspecto de nuestra casa... Como mi vecina.

 



domingo de Cuaresma Mt 9,1-9


CLARIDAD EN EL AULA



Cualquiera que se dedique a la docencia ha de tener bien claro que el primer requisito para que los alumnos presten atención, se interesen por el tema y aprendan, consiste en motivarlos, en ofrecerles algo atractivo que los incentive y los sitúe en estado de alerta; de lo contrario, la lección se deslizará y se desvanecerá por las rendijas del aburrimiento...
Y Jesús, el gran Maestro, esta lección la tenía bien aprendida.

Hace escasamente una semana, les había anunciado a los discípulos que el hijo del hombre habría de ser juzgado, condenado, torturado, muerto en una cruz, y que a los tres días resucitaría. Los apóstoles no comprendieron muy bien lo que era eso de "resucitar", pero sí presintieron la dureza de los acontecimientos que se avecinaban. Estaban abatidos, tristes. Sin alegría, sin esperanza, sin vida. Fue entonces cuando el Maestro decidió llevar a Pedro, Santiago y Juan a un monte alto y allí transfigurarse para deslumbrar y motivar al alumnado, al objeto de que recuperasen el camino de la alegría... Jesús pretendía ofrecer un anticipo de lo que sería el cielo, el reino prometido.

En el escenario del monte Tabor la circunstancia más impactante, que se convirtió en protagonista, fue la deslumbrante luminosidad que propició la exclamación asombrada del impulsivo Pedro:
"¡Señor, qué bien se está aquí; hagamos tres chozas...". Y es que, al igual que los apóstoles, las personas, la sociedad y el mundo estamos necesitados de luz, hambrientos de claridad, de ganas de vivir.

En una ocasión escuché decir a un obispo amigo mío que en la vida, para ser feliz, no sólo se requieren medios sino también, y sobre todo, motivos... A mi me ponen muy triste las personas tristes. Hay algunos que parece que hubieran nacido con un gesto de sequedad congénita o que se les hubiesen atrofiado los músculos de la sonrisa; nunca están contentos, viven de espaldas a la alegría... Otros desearían ser felices, pero no encuentran algo, o alguien que los motive; su única compañera es la apatía, la indiferencia, el inmovilismo... En su interior anida la oscuridad, el desaliento, necesitan, como el paralítico, que alguien los introduzca en la piscina, o mejor en el océano de la alegría, del sosiego, de la paz.
En definitiva, tienen hambre de luz, de claridad.

La escena del Tabor, embriagada de luz y claridad, constituye un auténtico derroche de felicidad, premonición de la otra que no se acabará nunca.
En aquel local escueto y sencillo (la cima del monte), se estaba impartiendo la lección más brillante del Maestro de Nazaret, que contó con el refrendo de la voz del Padre: "Este es mi hijo amado; escuchadle a él". Aquella aula improvisada se llenó de claridad. Y la mejor prueba de la eficacia de la lección impartida la tenemos en sus resultados: en el comportamiento ulterior de aquellos discípulos... Yo me pregunto: "¿De qué hablarías los cuatro mientras descendían del monte?".

 

 

 

 

Inicio

J. A. Pagola

Homilías

Lecturas del día

El Día del Señor

PPS Eucaristía