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DOMINGO, EL DIA DEL SEÑOR

 

 

COMENTARIOS SOBRE EL EVANGELIO DEL DOMINGO

PEDRO MARI ZALBIDE

 

 

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Domingo de Resurrección

II Domingo de Resurrección

 

 

 

 

23 de Abril de 2017



II Domingo de Pascua

Jn 20,19-31



CREYENTES Y TESTIGOS

A la resurrección de Jesús le sigue el fenómeno de las apariciones: a María Magdalena el domingo pasado; hoy a los apóstoles, estando ausente Tomás y más tarde con Tomás incluido; y el próximo domingo leeremos el relato de la aparición a los dos discípulos de Emaús. En estas apariciones observamos unas características comunes que refuerzan e imprimen veracidad a lo narrado por los evangelistas.

Efectivamente, en todas ellas,
la iniciativa parte siempre de Jesús; los testigos reconocen que es el mismo Jesús que murió, lo identifican; Jesús les confía una misión, la de ser testigos suyos ante los hombres; y existe una auténtica experiencia del encuentro de Jesús con los apóstoles, a quienes se deja ver para que se cercioren de que Jesús está presente entre ellos y de que lo estará siempre "hasta la consumación de los siglos".

Cada vez que abordamos la lectura de este pasaje, solemos limitarnos a resaltar la tozudez e incredulidad del apóstol Tomás y su rapidez luego en arrepentirse de su terca actitud:
"¡Señor mío y Dios mío!"... Pero yo hoy quiero poner mi atención en lo que he calificado como "características" de las apariciones de Jesús resucitado.

La iniciativa parte de Jesús. Los apóstoles estaban tan afectados por todo lo sucedido, y "el temor a los judíos" era tan imponente, que estaban encogidos, como arrugados, con el cerrojo de la puerta echado y con la voluntad paralizada para tomar cualquier decisión. Jesús, cuando no se le busca, es siempre él quien viene a nuestro encuentro.

Los apóstoles reconocen a Jesús, lo identifican. A veces, tenemos a Jesús tan cerca de nosotros (léase prójimo) que una extraña ceguera nos impide verlo, identificarlo, sentirlo. Estamos lejos de la actitud de los apóstoles, que protagonizaron una auténtica "experiencia religiosa" ante la presencia del resucitado. Hasta el mismo Tomás, una vez aclarada la duda, se unió a la actitud mística de sus compañeros.

Jesús les confía una misión, la de ser sus testigos ante los hombres. Las dos modalidades más genuinas de ser testigos de Jesús y de su evangelio son la palabra y el ejemplo, concediendo prioridad a este último, ya que la palabra ilustra, e incluso convence, en tanto que el ejemplo arrastra. Como aconsejaba san Francisco de Asís: "predica el evangelio en todo momento; y cuando sea necesario, utiliza las palabras".

Jesús les asegura que estará siempre con ellos, hasta la consumación de los siglos. A menudo, los hombres somos tan torpes y tan vanidosos que los éxitos de nuestras buenas obras, de nuestros proyectos, de nuestros logros los atribuimos a nuestro buen hacer. Nos olvidamos de que es Dios quien da el incremento, es Jesús que está con nosotros hasta que se acabe el mundo. Ello debe reportarnos una buena dosis de humildad, ya que sólo somos insignificantes peones en la construcción del Reino; y una sensación placentera de tranquilidad, ya que nuestro "compañero de obra" es nada menos que Dios.

No me olvido del breve diálogo mantenido entre Jesús y el apóstol Tomás:
"No seas incrédulo, sino creyente". "¡Señor mío y Dios mío!". Y quiero puntualizar que creer no significa únicamente admitir como cierto lo que te dicen o comunican, sino hacer nuestro el mensaje recibido y vivirlo. Digamos, en conclusión, que la fe es sencillamente vida.

Resumiendo: Dios nos quiere creyentes y testigos. Como el apóstol Tomás.

 

 

16 de Abril de 2017

 


Domingo de Resurrección

Jn 20,1-9

"NO SABEMOS DÓNDE LO HAN PUESTO"



El pasaje evangélico de hoy nos relata la angustia de María Magdalena buscando a Jesús resucitado. En la mañana del domingo, antes de salir el sol, ella se ha dirigido al sepulcro. Al verlo vacío; ha acudido desaforada adonde se hallaban Pedro y Juan y les ha dicho, desconsolada y nerviosa:
"Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto"...

Dice el evangelista que Pedro y Juan corrieron inmediatamente hacia el sepulcro y comprobaron que estaba vacío (tan sólo estaban las vendas y un paño); entonces creyeron. Después, los discípulos se fueron a casa... Marea Magdalena se habla quedado fuera llorando junto al sepulcro. Se asomó al interior y vio dos ángeles vestidos de blanco, que le preguntaron: "Mujer, ¿por qué lloras?". "Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto".

Volvió la vista atrás y vio a Jesús que estaba allí pero no le reconoció. Jesús le preguntó:
"Mujer, ¿por qué lloras?, ¿a quién estás buscando?". Ella, creyendo que era el jardinero, le contestó: "Señor, si te lo has llevado tú, dime dónde lo has puesto y yo misma iré a recogerlo". Entonces Jesús la llamó por su nombre: "¡María!". Ella se volvió y exclamó en arameo: "¡Raboni!" (que quiere decir: "¡Maestro").

Los cuatro puntos cardinales de esta estampa evangélica son:

En primer lugar, la angustia de María Magdalena buscando al Maestro, como una pregunta sin respuesta...

En mi modesta experiencia, he visto y he tratado a personas profundamente angustiadas por intentar tener fe, por querer encontrar a Jesús; personas cuyo dolor les atormentaba en sus intentos fallidos de búsqueda. Yo les estimulaba a que siguieran buscando con tesón y sin prejuicios, que hicieran silencio en su interior y que miraran a su alrededor con ojos limpios y sinceros, garantizándoles que acabarían por encontrar a Dios y hasta saborearlo.

La angustia de María Magdalena ha cristalizado en la la patética frase:
"¡No sabemos dónde lo han puesto!"... Una de las necesidades más perentorias que anidan en el corazón humano es el deseo de felicidad. En nuestro camino encontramos a menudo promesas engañosas de felicidad (dinero, placer, confort, holganza...) que nos brindan tan sólo efímeros destellos de dicha fugaz que nos abandona apenas la tocamos. Es entes cuando nos lamentamos reconociendo el fracaso y derrotados, como barco sin brújula, clamamos angustiados: "¡No sabemos dónde la han puesto!"... Y es que nos hemos obcecado buscando la felicidad en lugares, personas o cosas en donde no estaba.

Todo esto nos conduce a no reconocer a Jesús, cuando en realidad lo tenemos delante. Como le sucedió a María Magdalena...
La fe nos dice que Dios está dentro de nosotros. De ahí que hemos de aprender a sumergirnos en nuestro interior más intimo y bucear hasta lo más profundo de nuestro corazón porque, como descubrió san Agustín de Nipona, "en el interior de cada persona habita la verdad"... Y el otro espejo donde encontramos a Dios es el prójimo, imagen de Jesús encarnado en todo aquel que nos necesita: "Lo que hagáis... a mi me lo hacéis".

Y por último, hemos de concluir que la escena evangélica que hemos contemplado tuvo un final feliz. En aquel cruce de miradas, de llamarse mutuamente por su nombre, de fundir sus corazones en una complicidad sincera, se hallaban destellos interminables de felicidad... Si profundizamos seriamente en el domicilio de la verdad, en nuestro corazón,
nos encontraremos con Jesús cara a cara, ojos a ojos; él nos llamará por nuestro propio nombre, y nosotros diremos llenos de júbilo: "¡Raboni!", que quiere decir "¡Maestro!".

 

 

SÁBADO SANTO

MARÍA ESTÁ MEDITANDO



Jesús ha muerto. A María le han arrebatado cruelmente a su hijo. El horrible espectáculo ha concluido. La farsa maquinada por las autoridades ha llegado a su fin. Poco a poco, escalonadamente y en silencio, los espectadores han ido abandonando el patíbulo del Gólgota.
Y María ha quedado sola... Ha decidido sumergirse en el océano de la vida de su hijo y entregarse al misterioso ejercicio de la meditación, tarea sobradamente conocida por ella y muchas veces practicada.

Su mente y su corazón han volado a la modesta casa de Nazaret donde un ángel de Dios le comunicó que habla sido elegida para ser madre del Mesías... Desconcierto, agradecimiento y miedos... Y por último, disponibilidad:
"Que se haga en mí lo que tú has dicho".

María ha abierto el álbum de los recuerdos, para deletrearlos uno a uno:

* Las penosas circunstancias que hubo de soportar, junto a José, cuando iba a nacer el niño:
viaje a Belén; no habla para ellos sitio en la posada... y el niño vino al mundo en una cuadra de animales, siendo la cuna en que lo acostaron el pesebre donde comían las bestias.

*
la huida a Egipto, para escapar de las fauces de Herodes.

* La difícil profecía de Simeón:
"Una espada de dolor atravesará tu alma".

* La angustia que pasaron José y ella cuando a los doce años, el niño se perdió en el templo y lo encontraron catequizando a los doctores porque
"tenia que ocuparse en las cosas de su Padre".

* Las mil anécdotas y chascarrillos vividos en el hogar de Nazaret, que nunca conoceremos porque no constan en los evangelios.

*
Y el escenario de las bodas de Caná: los comensales habían agotado las existencias de vino y María, para evitar el sofoco de aquellos jóvenes esposos, no tuvo reparo en comprometer a su hijo, obligándole a la ejecución de un milagro: "No tienen vino"... "Haced lo que él os diga".

La Virgen piensa ahora en el desgarro que supuso para ella la marcha de Jesús a su vida pública. Aquel hogar de Nazaret acusó un enorme vacío; le faltaba algo, le faltaba todo. Cada espacio de la casa, cada prenda que vistió siendo más niño, las herramientas del taller de José, que eran para él como unos juguetes con los que se entretenía...
Había marchado el niño... Pero María, ejerciendo de madre, en más de una ocasión escuchó a escondidas las palabras con que Jesús amonestaba a las masas, y preguntaba a todos cuantos podía para estar al corriente de las andanzas de su hijo.

Después, se ha puesto a imaginar escenas y lugares que ella no presenció: la llamada a los primeros colaboradores, allí en el lago de Tiberiades, mientras ellos pescaban y les pidió que lo siguieran: cuando resucitó al hijo de la viuda de Naim; la ternura con que trataba a los niños; las innumerables curaciones a toda clase de enfermos; su predilección por los pobres; la facilidad con que perdonaba pecados; la firmeza con que delataba situaciones injustas...

Y ahora, de repente, María ha dejado los recuerdos y se ha introducido en su interior más intimo: está buceando en su propio océano. Ha cerrado su "álbum" y está ensimismada. Su rostro rezuma serenidad.

Serenidad y silencio. Sumida en un extraño éxtasis... Para mí, que está escuchando a Dios Padre, que le está hablando.
 

 

VIERNES SANTO

COMO UN DELINCUENTE MÁS



La persona de Jesús fue todo un derroche de misericordia... Estamos en el Gólgota. Después de un recorrido doloroso y macabro, el Hijo de Dios es cosido a una cruz. Con él van a ser ajusticiados dos condenados; uno a la derecha y otro a la izquierda. Se trata de dos delincuentes vulgares, ladrones "al por menor", salteadores de caminos en busca de algo que llevarse a la boca. Uno está renegando, angustiado por su situación; el otro en cambio ha captado algo especial, divino, en el comportamiento del "compañero de viaje": "Señor, acuérdate de mi cuando llegues a tu reino". Y Jesús no ha dudado en responder: "Te garantizo que hoy mismo estarás conmigo en el paraíso".

La misericordia de Jesús es reflejo exacto e inconfundible de la misericordia de Dios Padre. Y la misericordia de ambos es consecuencia del imperativo del amor. Dios creó al hombre por amor, se hizo hombre por amor, nos perdona por amor, y se olvida de nuestro pecado, también por amor. A Dios la misericordia no se le acaba nunca; seria su fracaso. La palabra "misericordia" es un término que procede del latín (miseri - cor) y que podría traducirse como "inclinar el corazón hacia el necesitado".

La trayectoria de la vida de Jesús fue una constante dedicación a los enfermos, a los pobres, a los necesitados. En eso consistió su predicación durante sus tres últimos años: hablar claro para ser entendido por todos, y refrendar sus palabras con su actuación poniendo en práctica lo que decía. Y ahora este Jesús, que vivió escorado hacia los pobres, los sencillos, los despreciados de la sociedad, es considerado como un delincuente más, flanqueado en el Gólgota por dos pobres "bandidos", ladrones de gallinas, pendencieros de poca monta.

Hasta en la cruz ha encontrado un resquicio de oportunidad para ejercer su misericordia. Uno de los compañeros de suplicio ha sentido fascinación por Jesús, ha captado algo extraño en él, que le hace diferente a los demás y le ha suplicado:
"Señor, acuérdate de mi cuando llegues a tu reino". Y Jesús le ha respondido: "Te garantizo que hoy mismo estarás conmigo en el paraíso".

Siento escalofríos cada vez que contemplo a Jesús vilmente torturado en tan vergonzoso suplicio ideado para vulgares delincuentes y veo a María soportando, con fortaleza y en silencio, la horrible escena. El corazón de madre está partiéndose a pedazos de dolor y de impotencia... Al fin y a la postre, Jesús, en su vida, no había cometido otro "pecado" que derrochar misericordia: predicó el amor, lo ejercitó por doquier, se hizo pobre con los pobres, fue sencillo a más no poder, los enfermos, los hambrientos, los necesitados de cariño, los pecadores, la escoria de la sociedad constituyeron siempre el blanco de sus preferencias.

Hoy, el Nazareno pretende inyectarnos una buena dosis de misericordia. Recordemos el remate con que apostillaba la mayoría de sus actuaciones:
"Vete y haz tú lo mismo".
 

 

JUEVES SANTO

LA CENA DE DESPEDIDA



Una de las actividades festivas más entrañables entre los humanos fue el invento de la celebración de los encuentros y, sobre todo, de las despedidas.

En los primeros proliferan los abrazos, los besos y las narraciones interminables contando cada uno los avatares de su vida; y ello bien merece una cena para festejar el evento... Y las "cenas de despedida" tienen otro cariz; son como decir adiós a una etapa de la vida para tomar otros derroteros... En las despedidas de soltero, los protagonistas celebran el amor con miras a formar una familia. Y por otro lado tenemos a los que abandonan su tierra y a los suyos por razones de trabajo y se encaminan hacia parajes desconocidos y para un tiempo indefinido... En cada situación aparecen los consejos oportunos, la manifestación de voluntades íntimas; y, casi siembre, sobrevuela en el ambiente una atmósfera de tristeza y añoranza.

Hoy, Jesús sabe que mañana lo van a crucificar y ha tenido a bien organizar una cena de despedida con sus amigos. La celebración, como él la ha dispuesto, va a ser sumamente interesante y variada en su contenido, que voy a intentar desentrañar. La minuta es como sigue:

En primer lugar, se servirán unos entremeses variados de servicio a los demás y de sencillez. Les lavará los pies a los Doce, se agachará, ejercerá la labor propia del personal de servicio y les recomendará:
"Lo que acabo de hacer con vosotros, hacedlo vosotros con los demás"... Y, para entonar el espíritu, Jesús tiene preparado un modesto consomé, rico en calorías, que lleva por nombre "el mandamiento nuevo": "Amaos como yo os he amado"... Hasta ahora, le habíamos oído decir: "como a vosotros mismos"; pero ahora eleva el listón del amor: "Como yo os he amado".

A continuación, vendrá el "plato fuerte" de la cena. A Jesús le sucede lo que a muchos cuando se despiden: le gustaría, a la vez que irse, quedarse de alguna manera con los suyos. Y él podía hacerlo. Tan es así que lo hizo... Se trata de la Eucaristía: "Tomad y comed... Esto es mi cuerpo... Tomad y bebed... Este es el cáliz de mi sangre"... Él ha querido quedarse con nosotros; pero nosotros ¿queremos de verdad quedarnos con él? Si Jesús-Eucaristía es alimento, ¿por qué estamos tan desnutridos? Y si es medicina, ¿por qué estamos muchas veces tan enclenques, tan bajos de energías?

Pero, tristemente, esta cena concluirá con un postre amargo, que ennegrecerá la alegría del mantel:
"Os aseguro que uno de vosotros, esta noche, me va a entregar, me va a traicionar". Silencio. Dolor en el rostro de todos, Interrogación angustiada: ¿Seré yo?...

Se refería a Judas Iscariote. Para él, la vida de Jesús se devaluó de tal manera que alcanzó hasta el precio mezquino y ridículo de treinta monedas... Acabó la cena de despedida, y todos en silencio, uno a uno, mascando amargura y decepción, fueron desfilando lentamente hacia no se sabe dónde.

Supongo que aquellos corazones abatidos irían meditando el variado cóctel de sentimientos vividos en aquella cena. Y que, a partir de entonces, todo seria esperar acontecimientos y acompañar al Maestro en el camino doloroso de la cruz...

¡Fue una pena!

                                                                                                                                                                                                                                                                                              

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