Inicio

J. A. Pagola

Homilías

Lecturas del día

El Día del Señor

Diapositivas Eucaristía

Contactos

 

 

DOMINGO, EL DIA DEL SEÑOR

 

 

COMENTARIOS SOBRE EL EVANGELIO DEL DOMINGO

PEDRO MARI ZALBIDE

 

30 Domingo

Festividad de Todos los Santos

31 Domingo

32 Domingo

33 Domingo

Festividad de Cristo Rey

 

 

 

 

26 de Noviembre de 2017
 


Festividad de Cristo Rey

Mt 25,31-46

EL AMOR, TEMA DE EXAMEN



En la festividad de Jesucristo Rey del Universo, la liturgia nos presenta la descripción detallada que el evangelista Mateo hace del Juicio Final; todo un muestrario de las distintas modalidades de amar al prójimo. Jesús ya manifestó, hace unos días, que su reino no era de este mundo, donde mandar es casi siempre someter y tiranizar a los súbditos, sino que era de amor, de paz, de servicio al hermano, sobre todo al hermano necesitado. Por eso hoy la relación minuciosa de las necesidades de quienes nos rodean es una proclamación del amor que hemos de ejercitar para que sea creíble nuestro amor a Dios: "Tuve hambre... tuve sed... fui forastero... estuve desnudo... me hallé enfermo... me encarcelaron...". En definitiva, que en el Juicio Final se nos examinará del amor.

En el amor cristiano podemos analizar una serie de consideraciones aclaratorias:

Su naturaleza. El amor al prójimo no es una limosna que le hacemos para acallar nuestra conciencia, sino que se trata de la forma más genuina de demostrar que vemos en él un trasunto de Jesús en persona ("A mi me lo hacéis").

Su intensidad. La medida del amor consiste en amar sin medida, Como lo hizo Jesús. Hasta dar la vida por aquel a quien se ama. Intentar rebajar la dosis sería como desertar.

Su exigencia. El verdadero amor ha de ser no sólo afectivo, sino también efectivo. Debe llevarnos siempre al compromiso. No podemos conformarnos con compadecernos, sino que se nos pide que hagamos lo que esté en nuestra mano para intentar colaborar en la solución de cada problema.

Requiere perseverancia. Está prohibido cansarse. Si abandonamos nuestra colaboración, la necesidad va a más y nos acusará de desertores. Como decía el poeta: "No permitas que me pare, pues por andar te he encontrado".

Requiere paciencia y generosidad. Todo lo soporta. Recordemos los elogios con que san Pablo ensalza al amor. El amor no pasa nunca.

Pero vayamos al escenario que nos ocupa:
el Juicio Final. El último examen... Lo primero que quisiera puntualizar es que, ante este examen, a diferencia de los puramente académicos, contamos con un privilegio altamente valioso, y consiste en que, en esta prueba final, conocemos ya lo que se nos va a preguntar; un solo tema: el amor a Dios y al prójimo..., ambos en una sola pieza.

Quienes hemos soportado, a lo largo de nuestra vida, muchos exámenes, tenemos sobrada experiencia acerca de asignaturas áridas, y de otras sensiblemente livianas a las que llamábamos "marías", así como de profesores difíciles de roer y de otros, benévolos y comprensivos...
En el caso de esta prueba final, el Catedrático tiene la virtud de saber compaginar la justicia con la misericordia: nos exige con un brazo en alto, pero luego nos abraza con los dos. Con ello no pretendo abrir una puerta a la relajación y a la desidia. Únicamente quiero sugerir que acudamos al examen con toda la naturalidad del mundo. Que nuestra preocupación no se cifre tanto en que podemos suspender cuanto en que nos esforcemos en superar la calificación. Lo que no nos está permitido es que, como los alumnos díscolos, dejemos la asignatura para setiembre... ¡Calla!, que me dicen que para esta asignatura no hay setiembre... ¡Ay, Dios mío!...
 

 

19 de Noviembre de 2017



33 Domingo T.0

Mt 25,14-30

EL NEGOCIO DEL CIELO




Hay personas emprendedoras que son muy amañadas para los negocios, que sacan astillas de cualquier circunstancia y crean pequeñas empresas, que luego crecen debido a la espléndida acogida de la gente. Otros, en cambio, nacieron negados para imaginar posibilidades de hacer medrar su hacienda. El evangelio de hoy continúa con las parábolas del reino, comparándolo con el mundo financiero: el cielo es un buen negocio y nosotros, los negociantes. A cada uno nos da Dios un número determinado de talentos de acuerdo con nuestras posibilidades (o cinco, o dos, o uno) y hemos de hacerlos fructificar.

Por ello, es absolutamente necesario que analicemos nuestros talentos, nuestros valores, nuestras posibilidades. Todos tenemos experiencia de que, en la vida, las cualidades, las aptitudes, las potencialidades que no se ejercitan, se atrofian, quedan sin desarrollarse. De ahí que, en el aspecto físico, para llegar a ser "un figura" en cualquier deporte, el atleta, el futbolista, los héroes del pedal..., dedican horas y horas al entrenamiento diario para estar en forma; en el campo del arte, el pintor, el escultor, el músico, el actor escénico... precisan de un adecuado adoctrinamiento, y mucha tenacidad y paciencia, para conseguir altas cotas que merezcan la aprobación de los espectadores; y lo mismo sucede con nuestra vida espiritual, con nuestro contacto con Dios, con nuestra fe: sin un ejercicio continuado, intenso y sincero, es imposible nuestro crecimiento como cristianos auténticos.

El evangelista Mateo puntualiza que el amo de los negocios, a la vuelta de un largo viaje, "se puso a hacer cuentas con sus criados"... Es decir que, una vez analizados los talentos que hemos recibido, tendremos que comparecer ante el "Amo" para rendir cuentas de nuestra gestión. Tendremos que comprobar si hemos sido, o no, buenos negociantes...

Pero tranquilos, que tenemos tiempo. Aún no ha llegado el "Amo". Dios sigue teniendo paciencia con nosotros; como la tuvo con la higuera perezosa; como la que poseen las madres, con la cuchara en la mano, esperando a que el niño inapetente abra la boca y decida comer. Pero ello no nos exime de la necesidad de reaccionar. No podemos seguir braceando indolentemente en la piscina de nuestra comodidad. El éxito es siempre el jornal de quien se esfuerza. Y, si enferman nuestra voluntad y nuestra decisión, habremos de acudir a "la farmacia" o al "médico" (a los profesionales de la espiritualidad) para que nos proporcione algún fármaco eficaz para solucionar nuestra indolencia. Tengamos en cuenta que lo que se negocia en estos momentos es nada menos que el cielo.

En los días que preceden al sorteo de la Lotería de la Navidad, en todas las administraciones se originan largas colas humanas que buscan la felicidad y quieren encontrarla en el vil metal. Entre la colección interminable números, de décimos y de locura, siempre hay un cartel que informa a los cliente: "No se reserva".

Entre el negocio del cielo y el "premio gordo" de la lotería existen unas diferencias abismales, de las que destaco al menos dos: la lotería reporta una felicidad falseada, urdida por la avaricia, totalmente vacía y poco duradera, en tanto que el premio del cielo es la misma felicidad, con mayúsculas, un derroche de gozo impensable; y la otra diferencia reside en que, así como el "premio gordo" recae sobre unos pocos jugadores, los agraciados con el premio del cielo son todos aquellos que han sabido ser buenos negociantes, cada uno en la medida de sus talentos...

Ahora, eso si, tanto la lotería como el premio del cielo coinciden en el cartel que nos avisa en todas las administraciones: "No se reserva".

 

 

12 de Noviembre de 2017




32 Domingo T. O.

Mt 25,1-13

HAY QUE ESPABILARSE
 


El tema obsesivo de Jesús fue sin duda el del reino de los cielos, y prodigó parábolas con el único objeto de que tuviéramos una idea más o menos aproximada de lo que este reino de los cielos habría de suponer para nosotros. Hoy nos sorprende con el símil de las diez muchachas que, ante un banquete de bodas, acuden con sendas lámparas de aceite encendidas cumpliendo con el ritual de esperar al novio.
De estas diez muchachas, cinco eran descuidadas y las, otras cinco, previsoras. Tardó mucho en llegar el novio, y las diez muchachas se durmieron. Al cabo de bastante tiempo, una voz les alertó de que el novio estaba ya cerca. Se despertaron las diez muchachas. Las descuidadas se percataron de que se les iba acabando el aceite y se habían olvidado de comprar liquido de repuesto. Pidieron ayuda a las previsoras, pero éstas, temiendo que no les llegara para todas, les instaron a que fueran a la tienda a comprarlo. Fueron y, cuando regresaron, la puerta estaba ya cerrada para ellas. No pudieron entrar.

Yo creo que Jesús, con esta parábola, pretende espolearnos y redimirnos de nuestra inercia que, evidentemente, nos atrofia y adormece. Es como la madre que, por la mañana, apremia al hijo joven y trasnochador para que se levante de la cama: "¡Hala! ¡Arriba! ¡Que ya es la hora!".

En definitiva, que Jesús quiere que nos espabilemos. Nos dice con toda claridad que el reino de los cielos no es para los dormidos. Y tengo la impresión de que a menudo nos parecemos a las cinco muchachas descuidadas. Tenemos las lámparas, sí (cumplimos con nuestros actos piadosos, colaboramos con algún donativo, ponemos la cruz, como Dios manda, en nuestra declaración de la renta...), pero nos falta el aceite (el entusiasmo por el mensaje de Jesús, la energía ilusionada por dar a conocer el evangelio, el coraje necesario para ser consecuentes con nuestra fe...). Y claro, nuestras lámparas no iluminan a nadie, por falta de combustible.

Siempre se ha dicho que "quien algo quiere, algo le cuesta". Y el acceso al reino de los cielos es gratuito, pero no barato. Como también es obvio que quien desea obtener algo, debe poner los medios adecuados para conseguirlo. Se acabaron aquellos tiempos en que el maná venía llovido del cielo y nos alimentábamos sólo con abrir la boca; como si dijéramos, "a mesa puesta".

Pero llegamos siempre a la misma conclusión: que nos falta coraje para decidirnos. Y esto sucede porque no nos hemos dejado, todavía, cautivar por Jesús. Sentimos cierta complacencia, pero nuestra voluntad no ha dado aún el paso hasta embriagarnos locamente de las enseñanzas del Nazareno, de su estilo de vida, de su riqueza interior.

Sin embargo, nuestra sociedad y nuestro mundo están necesitados, hoy como nunca, de luz para andar el camino, de modelos vivientes en quienes fijarse, de "señales de tráfico" que les orienten, de testigos de la fe en Jesús y su evangelio... Están necesitados de "lámparas"... Pero con aceite.

 

 

5 de Noviembre de 2017



31 Domingo T. O.

Mt 23,1-12


NO HAGÁIS LO QUE ELLOS HACEN



Jesús hoy nos previene y nos informa acerca de la conducta de los maestros de la Ley y de los fariseos.
Nos dice que éstos enseñan lo que hay que hacer, pero que ellos no lo ponen en práctica: no hacen lo que enseñan. Afirma que estos señores echan cargas pesadas sobre los hombros de los demás, pero ellos no están dispuestos a mover un dedo. Y, entre las "lindezas" que acompañan a su proceder, señala las siguientes: Todo lo hacen para que los vea la gente, usan ropajes llamativos para impresionar al público, les gusta ocupar los primeros puestos en los banquetes y sentarse en los lugares preferentes en la sinagogas... Y, como antídoto contra toda esta ostentación de vanidad, Jesús nos propone: "El más grande entre vosotros es aquel que está dispuesto a servir a los demás"... Es decir que, si queremos pertenecer a la familia de Jesús, es de todo punto necesario que adoptemos en nuestra vida su primer apellido: "No he venido a ser servido, sino a servir".

En una sociedad como en la que vivimos, donde todo son derechos y reivindicaciones y se fomenta el egoísmo y el lucro, resulta anacrónico y obsoleto hablar de "servicio a los demás". Nos tomarían por locos o por trasnochados, ajenos al devenir de los tiempos. Sin embargo, los seguidores de Jesús, que creemos en la utopia del evangelio, estamos convencidos de que el camino más certero para llegar al prójimo es sirviéndole.

Ahora bien, nuestro servicio a los demás, para ser el que Jesús nos pide, debe estar adornado de una serie de características ineludibles. Ha de ser:

* Sincero, sentido y eficaz. No se trata de un cumplido ni de una carga pesada, sino que debe obedecer al talante del Maestro: "No he venido a ser servido, sino a servir". Se trata de la actitud más hermosa de Jesús.

* Realizado en silencio. En el más riguroso anonimato. Sin alborotos, sin ruido de trompetas. No lo hacemos para que nos vea la gente, como los fariseos. Nuestra mano izquierda no tiene por qué enterarse de lo que hace nuestra derecha.

* Ejercitado con sencillez. Como quien inhala oxigeno cada vez que respira. Sin alardes ni sobresaltos. Como quien hace únicamente lo que tenía que hacer. ¿Qué ave se enorgullece de sus vuelos, si es lo suyo, su oficio?

* Hecho con el convencimiento de que se lo estamos haciendo al propio Jesús. "Lo que hagáis con uno de éstos, me lo estáis haciendo a mi". Tenemos que mentalizarnos de que, en nuestro entorno, en nuestra vida, estamos rodeados de muchos ejemplares del mismo Jesús.

Huelga decir que, a lo largo de los evangelios y en el libro de los Hechos de los Apóstoles, nos encontramos con ejemplos maravillosos de servicio al mensaje Jesús, personas que se entregaron con sencillez y tesón a propagarlo por doquier; y todo ello con sencillez y humildad y llenos de gozo por ejercer su apostolado, sin ninguna necesidad del aplauso de las gentes, y sin ambicionar los primeros puestos, como los fariseos, que sólo buscaban el ser admirados...
El Si de María, todo un derroche de humildad y generosidad... La actitud de Jesús lavando los pies a sus discípulos... La predicación incansable de los apóstoles dando vida y consistencia a la incipiente Iglesia; y la alegría con que iban al martirio por extender la doctrina de Jesús... Y todas aquellas multitudes de gente sencilla de pueblo, que defendieron con fogosidad a su Maestro, a su Médico, su Sanador...

A lo largo de veintiún siglos, son innumerables las personas que han ido, que hemos ido sirviendo al evangelio que se nos transmitió, dando vitalidad a la Iglesia, santa y defectuosa...

Un día recibiremos la felicitación y el premio tras el que corrimos nuestra carrera: "Venid, benditos de mi Padre, porque tuve hambre y me disteis de comer...".

 

 

1 de Noviembre de 2017
 


Festividad de Todos los Santos

Mt 5,1-12a


UN SERMÓN EXTRAÑO
 

Las Bienaventuranzas son el contrapunto del modo de pensar, valorar y actuar del ser humano, que casi siempre se manifiesta interesado, egoísta y con una tendencia enfermiza hacia la riqueza, el poder, o cualquier otro estimulo que garantice cuotas de superioridad... Jesús, al ver que le seguía mucha gente, se ha subido a una colina y se ha dispuesto a presentar quiénes serán los futuros inquilinos del cielo. Y aquello ha resultado ser como un "jarrón de agua" para todos los que se ríen en orgías y comilonas, los poderosos, los que se pringan en negocios sucios, los tiranos, los que siembran las guerras y las discordias, los que cometen injusticias, que son auténticos atropellos... En cambio, Jesús proclama que en el cielo serán felices los pobres, los sencillos, los que lloran, los misericordiosos, los que tienen limpia la conciencia, los que trabajan en favor de la paz, los que delatan las injusticias...

Entre esta nutrida lista de aspirantes a ocupar el Gran Hotel del cielo, he entresacado, para mi reflexión,
el grupo de los que lloran, de los tristes, de aquellos a quienes Dios les secará las lágrimas: "Felices los que lloran porque Dios mismo los consolará".

Y los que en este mundo están tristes y lloran son muchedumbre. Veamos:

* Los enfermos, sobre todo los terminales, los desahuciados, los sentenciados por la ciencia, que les ha marcado las fechas, notificándoles los meses y horas que les restan de vida... Sus familiares y quienes los cuidan... Y los niños pequeños afectados de enfermedades raras y al parecer incurables.

* Los que han perdido a su ser querido.

* Los que viven, en su casa, en soledad. La soledad de los solos.

* Las víctimas del desempleo. Los que mascan, cada día, en silencio la penuria y la escasez vergonzantes y se arrastran como pueden en un clima rodeado de carencias.

* Los que, por alguna tara, se sienten despreciados, obviados, no atendidos,

* Las familias donde existen problemas de drogas, alcoholismo...

* Las parejas que ya no se aman; sólo se soportan.

*Las mujeres atacadas por la violencia de género, que terminan por ser un objeto; un objeto que estorba...

Y podríamos continuar este lista interminable de angustias y tristezas que pesan sobre personas sin posibilidad de remediarlas. Parece como si tuvieran grabada en su corazón aquella máxima de los romanos:

"En la prosperidad contarás con muchos amigos; pero, si te sobreviene la adversidad, te dejarán solo"... Esta bienaventuranza referida a los que lloran, al igual que todas las demás, pone de manifiesto que el programa que nos presenta Jesús camina a contrapelo del mundo.

¿Cómo hemos de reaccionar ante este cuadro de las bienaventuranzas? En primer lugar, tratando de poner en práctica cada una de ellas, y luego ayudando a quienes nos necesitan (los pobres, los que lloran, los que sufren persecución por ser buenos, los que son víctimas de injusticias flagrantes). Pero, sobre todo, hemos de significarnos por defender la justicia y la verdad en todo momento.

Un ejemplo admirable de vivir la bienaventuranza que se refiere al dolor y al sufrimiento lo presencié, recién estrenado mi sacerdocio. Yo tenia veinticuatro años y llevé la comunión a una enferma de cuarenta y cinco, que llevaba desde sus veinte encamada y sin poder moverse. Charlé con ella un rato y me sorprendió su actitud y todo lo que me contaba. Me decía, con toda la naturalidad de mundo, que estaba feliz porque Dios la quería y la mimaba. Yo, con toda mi perplejidad anudada en la garganta, pensaba: "Esta mujer está...".
Pero no, no estaba loca, estaba llena de Dios. Así es que me refugié en el silencio.


 

 

29 de Octubre de 2017


30 Domingo T. O. Mt 22,34-40

JESÚS, A EXAMEN

 


De nuevo tenemos a los fariseos dando "la carga" a Jesús con intención retorcida, por supuesto. Esta vez se trata de un doctor de la Ley que intenta examinar al Mesías por ver si supera la prueba:
"¿Cuál es el mandamiento más importante de la Ley?". El letrado conocía, lógicamente, los más de seiscientos mandamientos de La Torá, repartidos entre disposiciones preceptivas y prohibiciones, circunstancia por la que los pobres eran también pecadores, dada la imposibilidad de conocer toda la normativa de la Ley.

Y Jesús, amante siempre de la sencillez, le respondió: "Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu inteligencia. Este es el primer mandamiento y el más importante. Pero hay un segundo mandamiento que es parecido a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. En estos dos mandamientos se resume toda la ley de Moisés y la enseñanza de los profetas"...

Con esta respuesta tan concisa, no sólo compendió toda la Ley, sino que, además, resaltó el nexo existente entre el amor a Dios y el amor al prójimo, extremo que dejó aclarado, ya que, en el libro del Levítico, aparecían por separado, inconexos. Por ello, Jesús insistirá constantemente en que "lo que hagáis a uno de éstos..., a mí me lo hacéis", o "tuve hambre y me disteis de comer", ratificando así que el prójimo es el retrato perfecto de Jesús.

"Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón". Sí, pero ¿qué es amar a Dios?

Hace unos años, una señora mayor acudió a mí a desahogarse de su angustia. Me decía: "no" sé si amo a Dios con todo mi corazón. Porque, cuando rezo, yo le hablo; pero, como él está mudo, yo no sé si lo que él me dice es lo cierto, o soy, yo quien le ofrezco el "guión" para que me diga lo que yo creo, o quiero. Y me armo un lío que me deja preocupada".

Y yo le contesté: "Mira. Tranquila. Te lo voy a explicar. Dios no es un tirano; te quiere mucho más que lo que tú te imaginas. Jesús, en el evangelio, inventó el "termómetro" para medir el amor: "Lo que hagáis a los demás es como si me lo hicierais a mí". En definitiva, que el prójimo es la cara visible de Jesús".

Y la señora mayor se fue, curada de su angustia, pero con una nueva preocupación: la de si sería capaz de amar de verdad al prójimo, a todos los prójimos.

Todos sabemos que "prójimo" es una palabra que significa "próximo". De ahí se deduce que tendríamos que empezar por los componentes de la unidad familiar. Hay hogares que son una delicia, y otros que se han convertido en auténticos "infiernos". La falta de diálogo, de tolerancia, de comprensión ha invadido la atmósfera de la convivencia y el ambiente se hace irrespirable.

Hay otros prójimos que rebasan el ámbito familiar, atravesando fronteras y muy necesitados de nuestra ayuda: la sociedad tan desnortada en que nos movemos, los problemas acuciantes extendidos por múltiples geografías de nuestro planeta, las injusticias, las guerras, el hambre, los niños que lloran desconsolados porque parecen haber nacido solamente para sufrir y morir, familias enteras expulsadas de su patria en busca de alguien que las acoja...

Pero vayamos de nuevo a nuestros prójimos "de cercanías". A las personas y a los ambientes con quienes tratamos a diario, con quienes convivimos: la viejecita que vive sola sin más compañía que los recuerdos, el enfermo crónico sin solución, los hogares con drogadicto incluido, el penoso panorama de la gente instalada en el paro, las personas que no encuentran motivos para vivir y arrastran su existencia, cadáveres ambulantes, dando tumbos en cualquier banco del parque...

De todo esto hablé con la señora mayor que me consultó hace unos años, mostrándole la enorme cantidad de prójimos que nos rodea... Precisamente el pasado jueves, anciana ya, fallecía en su domicilio. Yo la acompañé junto a la almohada de su cama y, antes de irse, me obsequió con su última confidencia. Henchida de felicidad, con el hilo de voz que le quedaba, me dijo muy despacio: "Muero contenta porque, en estos años he visto muchas veces a Jesús".


 

 

Inicio

J. A. Pagola

Homilías

Lecturas del día

El Día del Señor

PPS Eucaristía