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DOMINGO, EL DIA DEL SEÑOR

 

 

COMENTARIOS SOBRE EL EVANGELIO DEL DOMINGO

PEDRO MARI ZALBIDE

 

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22 de Abril de 2018

4 Domingo de Pascua Jn 10,11-18

CONOCER AL PASTOR



Jesús hoy se ha vestido de pastor, uno de los oficios más humildes y abnegados de la sociedad. Nos dice que conoce perfectamente a sus ovejas y que estas le conocen a él... El asalariado, en cuanto ve venir al lobo, las abandona y huye porque no le importan las ovejas. Él no, él da la vida por ellas... El papa Francisco nos invitaba, en una ocasión, a que oliéramos a oveja, uno de los animales más queridos por Jesús... Puestos a analizar, yo me pregunto: "¿Cuáles son los encantos de las ovejas?". Un listado de urgencia me permite esbozar lo que pienso de estos animales entrañables:

En primer lugar, destacarla su instinto comunitario. Las ovejas caminan siempre en manadas; para ellas el rebaño representa el colegio en el que fueron matriculadas nada más nacer, y su virtud más acusada es el compañerismo. Cuando alguna se desvía o se distrae, todas sus compañeras acusan su ausencia, y ella se colma de soledad. Y,e1 pastor, apenas detecta la pérdida, se pone en seguida en camino y se desvive y-angustia hasta que 4 encuentra. Y ella, al regresar a la comunidad ovina, es recibida con alegría y júbilo por el colectivo de sus compañeras.

Otra condición de las ovejas reside en su exquisita finura de oído para detectar el silbido del pastor.

Conocen como nadie su sonido nítido, la tesitura adecuada y la cadencia dulce, amorosa e inconfundible de sus finales. El silbido de su amo lo distinguen perfectamente de ese otro, acatarrado y basto, de cualquier asalariado a quien no le importan las ovejas... Cuando el amo las reclama, ellas retozan y bailan de alegría; y, en su lenguaje ovejuno, se dicen unas a otras: "¡Vamos, que nos llama el que nos quiere!".

Y la tercera joya que adorna a las ovejas es el seguimiento, alegre y decidido, al pastor, que cuida de ellas día y noche. Seguir al pastor significa, ante todo, fiarse de él, aprender de sus consejos y de su conducta, caminar por los senderos que él marca, sintonizar con sus sentimientos, dolores y deseos; en una palabra, configurarse plenamente con su modo de pensar, sentir y actuar.

Nos tranquiliza enormente la seguridad de que el pastor se preocupa por los derroteros de la oveja que se pierde y se despista: es preciso recuperarla, buscarla día y noche, sin tregua ni descanso, hasta encontrarla. Y luego, se alegra con júbilo por haberla encontrado... Jesús, el buen Pastor, se encargará sin duda de hacernos posible lo imposible, fácil lo difícil, llevadero lo que nos parece arduo. Pero ello requiere que seamos ovejas dóciles, ejemplares y activas; y no hay otro camino que seguir los pasos y las huellas de Jesús.

De ahí la necesidad de conocerle a fondo, para a fondo imitarle.
 

Monseñor Francisco Ohisma, en un libro de cuentos, nos relata que un afamado actor estaba recitando, ante un público selecto, textos de Shakespeare. Un sacerdote, con tono tímido, preguntó al actor si conocía el Salmo 22: "El Señor es mi Pastor, nada me falta". "Si, lo conozco y estoy dispuesto a recitarlo con una condición: que después, también lo recite usted". El sacerdote aceptó la propuesta. El actor realizó una bellísima interpretación, con una dicción perfecta. El público aplaudió a rabiar. Lo recitó después el sacerdote y, al terminar, no hubo aplausos, sino silencio y lágrimas emocionadas. El actor reflexionó y se dirigió al público: "Señoras y señores, entiendo perfectamente lo que ha sucedido esta noche. Yo conocía el salmo, pero este hombre conoce al Pastor".

Y yo lanzo la pregunta:
¿Nos atreveríamos a recitar en público el Salmo 22?

 

 

15 de Abril de 2018

3 Domingo de Pascua. Lc 24,13-35


AL PARTIR EL PAN
 



Leyendo el pasaje de la aparición de Jesús resucitado a los dos discípulos de Emaús, uno se sorprende, en primer lugar, de lo mucho que tardaron en reconocerlo. En los once kilómetros que recorrieron juntos, ¿es posible que estuvieran tan ciegos que no se percataron de que era Jesús quien les hablaba?, ¿tanto había cambiado? Tuvieron tiempo de entablar amistad con el "extranjero", hasta el punto de invitarle a quedarse aquella noche con ellos.
Por el camino, les había explicado las Escrituras "de pé a pá", ¿y seguían sin conocerlo?... La gran sorpresa llegó al final: le invitaron a cenar y le ofrecieron cobijo para aquella noche. Y resulta que, en la cena, el invitado tomó el pan, dio gracias a Dios, lo partió y se lo dio. En aquel momento se les abrieron los ojos y lo reconocieron; pero él desapareció de su vista... Luego, les faltó tiempo para regresar a Jerusalén, a contar lo que les había sucedido y cómo hablan reconocido a Jesús cuando "partía el pan".

"La fracción del pan". Entre los apóstoles y los primeros cristianos se acuñó esta expresión para designar la celebración de la Eucaristía, sacramento del amor entre Dios y los creyentes, y el de estos entre sí. No olvidemos que Jesús la instituyó en la última cena, en momentos sumamente delicados e importantes. En las cenas de despedida siempre concurren dos sentimientos difícilmente reconciliables: la alegría de haber convivido largo tiempo con quien se despide. y la pena de este por dejar a sus amigos íntimos. Este dilema Jesús lo solucionó de un plumazo: instituyó el sacramento de la Eucaristía, con lo cual se iba y, a la vez, se quedaba con nosotros.

La fracción del pan, o Eucaristía, es el acto más impotente que realizamos los cristianos. Nos reunimos junto a Jesús para celebrar juntos, en comunidad, la maravilla del amor.
Partir, compartir y repartir. Existe un estrecho parentesco entre estos tres verbos. El pan del amor, Jesús, "se parte" porque no es alimento para una sola persona, sino para "compartirlo" con el resto de la comunidad de cristianos, y después "repartirlo", como buenos apóstoles, mediante el testimonio creíble en medio de nuestros ambientes, circunstancias y personas con quienes convivimos. La Eucaristía es como esa bendita estación de servicio donde repostamos combustible para vivir con dignidad nuestra condición de seguidores de Jesús.

La celebración eucarística, dada su importancia y grandeza, requiere por nuestra parte una condición y un compromiso. La "condición" se cifra en que, como el amor de Jesús es un gran pozo de donde extraemos vida, es necesario que llevemos un cubo de disposición, de capacidad receptiva, para llevar a casa buena cantidad de ilusión, estimulo y ganas de vivir como cristianos. Y el "compromiso" se deriva del hecho de que, como la celebración de la fracción del pan es escuela de santidad, no basta con que acudamos al acto, sino que luego, como buenos alumnos, habremos de "hacer los deberes".

¡Qué lejos queda el concepto de ir a misa para cumplir un precepto! El amor no necesita imposiciones, sino que vuela él solo, a golpes de corazón. Atraviesa inconvenientes, montañas y hostilidades. Y es enormemente imaginativo: inventa, como el agua, recovecos, grietas y agujeros por donde colarse. Como reconocía san Pablo,
"el amor no acaba nunca".

Amigos cristianos, compañeros de viaje, ¡hasta mañana, que nos encontraremos en la "fracción del pan"!
 

 

Domingo de Resurrección Jn 20,1-9


AQUÍ NO HAY MÁS QUE VENDAS


Las prisas ("por la mañana muy temprano") de María Magdalena y la complicidad de los apóstoles Pedro y Juan nos dan fe de que, como se esperaba,
Jesús ha resucitado. ¡Aleluya! Efectivamente, "antes de salir el sol", la joven de Magdala ha ido al sepulcto para ver cómo transcurrían los acontecimientos y he aquí que se ha encontrado con que la piedra que tapaba la entrada del mismo estaba quitada. Le ha faltado tiempo para correr a la ciudad a comunicálselo a Pedro y a Juan. Estos han acudido inmediatamente al lugar del enterramiento y se han introducido en el sepulcro, constatando que estaba vacío; solamente han encontrado unas vendas de lino tiradas por el suelo y un sudario bien plegado, colocado aparte.

La fiesta que hoy celebramos, la más importante del año, nos exhorta encarecidamente a que pongamos en marcha, con seriedad y constancia, la tarea de nuestra propia resurrección, nuestra conversión, que consiste en sembrar vida donde hasta ahora ha habido muerte, dejadez, tibieza, tratando de recuperar al "hombre nuevo" y enterrando con fuerza al "hombre viejo" que nos ha traicionado durante algún tiempo.

Lo primero que hemos de hacer es armarnos de sinceridad y bajar con decisión a nuestro propio sepulcro. Allí deberemos dejarnos acusar por todo aquello que signifique muerte, apatía, pasividad, indolencia..., pequeños vendajes que hemos fabricado para ocultar nuestra herida, pero que no son sino un lastre engañoso y desechable que nos impide volar... Y seguidamente nos emplearemos en contagiarnos del Jesús resucitado. El referente del cristiano es siempre la persona de Jesús. Y ¿cómo era Jesús?, ¿qué hacía?, ¿qué pretendía de nosotros?

La primera condición a resaltar en la persona del hijo de María era la constante relación con el Padre a través de la oración. ¡Cuántas veces nos indican los evangelios que se retiraba a orar, a comunicarse con su Padre! Y luego, toda su vida fue un auténtico derroche de misericordia: curaba enfermos, perdonaba pecados, consolaba a quienes estaban tristes, vivió escorado totalmente hacia los pobres, redimía esclavitudes, aclaró lo de trabajar en sábado, rectificó la ley del Talión, desbancó el odio con el antídoto del amor, dio la vida por aquellos a quienes amaba, que eran todos... Todo un mensaje, y una exigencia, para quienes nos esforzamos por seguirle.

En esta tarea de nuestra "resurrrección-conversión" encuentro un aspecto que me inquieta y me preocupa. Por una deformación ancestral de la que no culpo a nadie, estamos acostumbrados, a la hora de la penitencia, a acusarnos casi exclusivamente de las infidelidades cometidas, y rara vez de nuestras deslealtades de omisión, aquello que debimos hacer y no hicimos: acompañar a quien se encuentra solo y va perdiendo alegría por todos los poros de su alma, solidarizarnos con quienes no tienen techo, con los refugiados, con las víctimas de la hambruna o de las guerras, con los niños que nacen para morir enseguida por inanición, con la cadena interminable de injusticias que ahogan y destruyen a quienes las padecen... Si nos sensibilizamos ante toda esta problemática y aportamos nuestro "granito" de arena en busca de una eficaz solución, podremos afirmar que estamos empezando a convertirnos, a resucitar.

Entonces, cuando algún curioso acuda a mi "sepulcro" a contemplar mi mediocridad y mi apoltronamiento estéril, se encontrará con que "he resucitado", con que ya no estoy allí. Y verá solamente, tirados por el suelo, un vendaje inservible y algún que otro esparadrapo.
 

 

8 de Abril de 2018

 

2 Domingo de Pascua Jn 20,19-31

CREER ES ENAMORARSE

 


Quiero pensar, sin temor a equivocarme,
que la primera aparición de Jesús resucitado la obsequió, como buen hijo, a su madre María. Los evangelios no mencionan el evento porque ella, una vez más, ejercitó el silencio y guardó el secreto en su corazón, para luego meditarlo. Después, Jesús se hizo el encontradizo con María Magdalena. Y, en tercer lugar, se apareció a los discípulos, reunidos en una casa, con las puertas bien cerradas por miedo a los judíos... Todos conocemos lo que sucedió. Jesús les deseó la paz. Les mostró las manos y el costado. Ellos se llenaron de alegría. No estaba Tomás. Y cuando le contaron lo sucedido, se mostró escéptico exigiendo pruebas. A la semana siguiente, volvió Jesús y ese día estaba también Tomás. Jesús le reprochó dulcemente su incredulidad, y el discípulo confesó al punto el primer Credo del cristianismo: "¡Señor mío y Dios mío!".

Todo ello nos conduce a una reflexión seria acerca de la realidad de nuestra fe. Es de sobra conocida la diferencia substancial existente en estas dos expresiones: "creer a" y "creer en" una persona. Creer a una persona consiste en dar por cierto lo que esa persona nos dice, nos cuenta, nos comunica; en tanto que creer en alguien representa algo más profundo e íntimo: es fiarse totalmente, y sin reservas, de ese alguien en quien hemos depositado nuestra confianza.

Ya la filosofía griega nos advirtió sabiamente que, para querer una cosa, es de todo punto necesario conocerla previamente; nadie ama lo que no conoce. Por lo que conocer a Jesús es requisito indispensable para amarlo. Y este amor es el único garante de que creemos en él. Cuando alguien toma una decisión importante, decisiva, en la que se juega su propia vida y su destino definitivo, si es importante conocer el mensaje de quien lo propone para convencer, mucho más lo es el ser seducido y arrastrado por la persona que realiza la oferta.
De ahí que comprometerse con Jesús, creer en Jesús, no es otra cosa que fiarse de él, como lo hizo san Pablo, abandonarse en sus manos..., en una palabra "enamorarse" de él.

El poder seductor de Jesús yo lo cifraría, en primer lugar, en su mirada; que los ojos también hablan.
La mirada del Maestro era dulce, delicada, cautivadora: ¿Recordáis lo que puntualiza el evangelista en el pasaje del diálogo que protagonizó con el joven rico: "Mirándolo, lo amó"?... Después, resaltaría su sencillez y su predilección por los más desfavorecidos de la sociedad: la ternura con que acogía a los niños y niñas quienes les constituyó modelo obligado e imprescindible para entrar en el reino de los cielos, y el dolor incontenido que exteriorizaba cuando contemplaba a a los pobres, a los enfermos, a los menesterosos, a los marginados y despreciados por el estrato social de los "civilizados", de los "cultos... Además, Jesús nos enseñó a orar.

Vivía en constante conexión con el Padre. Y cómo lo haría que los discípulos alucinaban, lo que les hizo solicitar del Maestro: "Señor, enséñanos a rezar"... Nos instó encarecidamente a que le viéramos en el prójimo, perfecta imagen suya... Nos invitó a perdonar, a corregirnos unos a otros con talante fraterno... Todas estas actitudes, y muchas otras más, contemplamos en Jesús de Nazaret, lo que contribuye a que le conozcamos, amemos y le sigamos. Ante este panel maravilloso, no nos queda otro remedio que exclamar como san Pedro, llenos de admiración: "¿Adónde vamos a ir, si tú tienes palabras de vida eterna?".
 

 

 

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