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J. A. Pagola

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DOMINGO, EL DIA DEL SEÑOR

 

 

COMENTARIOS SOBRE EL EVANGELIO DEL DOMINGO

PEDRO MARI ZALBIDE

 

 

12 Domingo Ordinario

13 Domingo

14 Domingo

15 Domingo

16 Domingo

17 Domingo

Santiago, apóstol

San Ignacio de Loyola

 

 

 

 

SANTIAGO APOSTOL

 

25 de Julio de 2017



Festividad de Santiago Apóstol

Mt 20,20-28

¡AY, LA LENGUA!



Todas las madres son iguales. Desean lo mejor para sus hijos y, a veces, esos efluvios afectivos las conducen a cometer imprudencias y a ser atrevidas; si bien, por otra parte, estos desatinos están siempre justificados por su condición maternal. La madre de Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, ha acudido a Jesús con sus dos vástagos y le ha pedido encarecidamente que los coloque en el reino, uno a su derecha y otro a su izquierda; y se ha quedado tan ancha.
Jesús le ha respondido que esos asuntos los lleva directamente el Padre.

Hoy, festividad de Santiago, me gustaría hacer hincapié en una de las enseñanzas que el apóstol nos brinda en su carta, y que se refiere al poder que, para bien o para mal, ejerce la lengua en nuestras vidas. El hijo de Zebedeo nos insta a que controlemos este miembro tan pequeño, capaz de honrosas proezas y de desventurados deslices. Recuerdo que los médicos de mi infancia, cuando te ponías enfermo y eran reclamados por tu madre, venían a tu casa y la primera exploración consistía en introducirte una especie de cucharilla en la boca, te invitaban a que sacases la lengua y observaban cuidadosamente tus interioridades. Al parecer, a través de la lengua detectaban tu dolencia... Algo así nos sucede en nuestra vida de cristianos. La lengua nos define, nos retrata y nos delata.

Cito algunas de las afirmaciones del apóstol:
"Si alguno no cae hablando, es un hombre perfecto, capaz de poner freno a todo su cuerpo. Si ponemos a los caballos frenos en la boca para que nos obedezcan, dirigimos así todo su cuerpo".

"Mirad también las naves: aunque sean grandes y vientos impetuosos las empujen, son dirigidas por un pequeño timón adonde la voluntad del piloto quiere. Así también la lengua es un miembro pequeño y puede gloriarse de grandes cosas".

"Mirad qué pequeño fuego incendia un bosque tan grande. Y la lengua es fuego, es un mundo de iniquidad; la lengua, que es uno de nuestros miembros, contamina todo el cuerpo".

"Toda clase de fieras, aves, reptiles y animales marinos pueden ser domados y de hecho han sido domados por el hombre; en cambio ningún hombre ha podido domar la lengua".

"Es un mal turbulento, lleno de veneno mortífero". "Con ella bendecimos al Señor y Padre, y con ella maldecimos a los hombres, hechos a imagen de Dios; de una misma boca proceden la bendición y la maldición".

"Esto, hermanos míos, no debe ser así. ¿Acaso la fuente mana por el mismo caño agua dulce y amarga?".

Estoy pensando que qué razón tenían los médicos de mi infancia que, observando la lengua, adivinaban nuestras miserias.

Hace años, en la parroquia donde ejercí durante bastante tiempo, comenté en la homilía estas palabras del apóstol Santiago acerca del control al que hemos de someter nuestra lengua. Confieso que hice todas mis reflexiones pensando en una feligresa que era de lengua fácil y no dejaba títere con cabeza. Concluí la misa y, a la salida, me estaba esperando la mencionada señora que, al encontrarme en el pórtico, me sorprendió:

"Don Pedro, le felicito por la homilía. Me ha encantado. ¡Qué bien les viene a algunas amigas mías que para qué le cuento! Y es que la gente habla...".

Yo la escuché callado y dije para mis adentros: "¡Vaya por Dios!".

 

 

30 de Julio de 2017



17º Domingo T.O.


¿DÓNDE ESTÁ EL TESORO?

Mt 13,44-52



Tenia yo ocho años cuando se inauguró el cine parroquial de mi pueblo y, desde entonces, nuestro juego de los domingos por la tarde venía marcado por la película que acabábamos de visionar. Si había sido de carácter taurino, todos éramos Manolete, y más tarde el Viti o el Cordobés. Si se había desarrollado en el Oeste, jugábamos con pistolas vulgares de hojalata mala y luchábamos, ¡ring, ring!, hasta que caía el contrario. Y si habçia tratado de adivinar dónde se ocultaba el tesoro, andábamos todos en danza, en su búsqueda, con el grito agobiante de "¿Dónde está el tesoro?"... Jesús nos dice hoy:
"El reino de Dios puede compararse a un tesoro escondido en el campo. El que lo encuentra, lo primero que hace es esconderlo de nuevo; luego, lleno de alegría, va a vender todo lo que tiene y compra aquel campo".

En el campo de nuestra vida confluyen un sinnúmero de circunstancias, experiencias, proyectos... que van tejiendo nuestra existencia, monótona pero a la vez variante, mostrándonos diferentes halagos, propuestas y sueños que nos mantienen entretenidos cavilando acerca de qué es lo que nos conviene y puede hacernos felices. Como si, en realidad, estuviésemos preguntándonos:
"¿Dónde está el tesoro?".

Para los cristianos, desde el día en que nos bautizaron, el tesoro es Dios, nuestra fe, nuestra esperanza y nuestros prójimos como verdadero trasunto de Dios. Ello es fuente de alegría y de felicidad. Pero yo me pregunto: "¿Vivimos como cristianos, como portadores de un tesoro infinito?". Porque de continuo veo a la gente amargada, derrumbada, tristona, quejosa de todo, como si no fuera consciente del tesoro que lleva dentro y se hará eternidad cuando Dios venga a buscarnos.

Decía Jesús que el que encontró el tesoro lo escondió de nuevo y luego, lleno de alegría, vendió cuanto tenía y compró aquel campo. Es decir que, para adquirir el campo se nos exige previamente que vendamos cuanto tenemos... A lo largo de la historia han sido numerosos los hombres y mujeres, nacidos en la nobleza, que vendieron sus riquezas y las repartieron entre los pobres. Los cristianos de a pie, en la actualidad, no somos potentados ni hemos nacido en cunas de oro, pero sí se nos pide que nos despojemos de nuestro egoísmo, de nuestra comodidad, de nuestros criterios interesados, de nuestra apatía, de nuestra tibieza... Dios nos quiere desnudos de equipaje, abiertos a su voluntad, respetuosos con sus designios. Abiertos a tomar nuestra cruz y seguir al Maestro.

Diréis algunos: "¡Qué fuerte es todo lo que nos pide el Señor!". ¡Naturalmente! Dios no quiere medias tintas ni mediocridad de ningún tipo. Ya hemos consignado en diversas ocasiones que la fe en Jesús es gratuita, pero no barata.

Y seguiremos preguntándonos: "Pero ¿por qué Dios nos exige tanto?, ¿es que quiere amargarnos la vida?". Y el Maestro, desde arriba, nos lo explicará:
"Mirad. Reconozco que el precio es un poco caro, pero es porque el tesoro que se esconde en el campo tiene un valor infinito".

Y nosotros, boquiabiertos, reaccionaremos: "¡Ah!".

 

 

SAN IGNACIO DE LOYOLA

31 de Julio de 2017




Fiesta de san Ignacio de Loyola

MÍSTICO Y REALISTA

Lc 10,1-9


En el calendario litúrgico, los nombres de los santos aparecen con una apostilla aclaratoria que nos indica la condición en que destacaron:
mártir, doctor, virgen, apóstol... Y en la fiesta de hoy, san Ignacio de Loyola, el titulo que le aplica es el de "místico y realista".

El misticismo se define como un estado extraordinario de perfección religiosa que consiste esencialmente en cierta unión inefable del alma con Dios por el amor, y que va acompañada accidentalmente de éxtasis y revelaciones... El místico no filosofa acerca de Dios, sino que lo experimenta dentro de sí, y se funde con él como la gota que cae en el océano para convertirse en océano... Sin embargo, hay que hacer notar que un místico, a la vez, es es una persona normal y corriente: tiene sus necesidades, pasiones, temores, como todo ser humano... Entre los místicos del siglo XVI, contamos con dos titanes de la santidad:
Teresa de Ávila y Juan de la Cruz, que combinaron su experiencia de Dios con la actividad andariega en busca de nuevas fundaciones para la gloria de Dios. Hoy añadimos al grupo a Ignacio de Loyola, que vivió intensamente su unión con Dios y a la vez fundó la Compañía de Jesús. Sus Ejercicios Espirituales dan testimonio de su extraordinaria unión con Dios.

Manifiestan los más entendidos que "todos tenemos la semilla de lo místico". Es decir que nuestra unión con Dios a través del del amor siempre es susceptible de mejora. Nuestra vida espiritual no puede contentarse con participar en actos piadosos, monótonos, rutinarios, y a veces aburridos, con los que "cumplimos con los deberes", como los niños que tienen que presentar al día siguiente, cumplimentadas, sus tareas escolares. Nuestra relación con Dios ha de ser visceral, cordial, profunda, vital, de suerte que sea Dios el motor de nuestras vísceras, de nuestro corazón y de nuestra vida.
No olvidemos que "todos tenemos la semilla de lo místico".

Ignacio de Loyola fue también "realista". La mística no constituye una especie de anestesia que nos adormece y nos aleja de la realidad: del mundo, de las personas, de sus problemas, sino que más bien debe traducirse en expandir esa relación íntima con Dios a través del amor y en empujarnos a remediar lo que esté a nuestro alcance, dando así testimonio de que nuestra fe es auténtica. Al igual que Teresa de Ávila y Juan de la Cruz se desgastaron en crear fundaciones y en "patear" caminos, Ignacio de Loyola plasmó su unión con Dios en un desgañitarse y contactar con la problemática del momento, tarea que le llevó a fundar la Compañía de Jesús. Estaba convencido de que no se trataba tan sólo de llevar "el cielo" dentro, sino que era de todo punto necesario "pisar tierra".

Los seguidores de Jesús, quienes formamos la Iglesia, no siempre hemos sido reflejo del Maestro en el cumplimiento del mensaje evangélico. A lo largo de los siglos, este mensaje se ha visto sometido a elucubraciones filosóficas y teológicas, a veces tan minuciosas y abstrusas que nos han estrujado el cerebro e, insensiblemente, nos hemos ido alejando de la realidad, de la problemática más acuciante que está minando nuestra sociedad. Hemos filosofado acerca de la fe, pero no nos hemos mojado suficientemente en introducirla, de modo operativo, en el sufrimiento de los eternos olvidados. Hemos sido muy "doctores" y muy poco "samaritanos". Hemos adolecido de falta de realismo y de compromisos serios. Ojalá aprendiésemos a ser, como san Ignacio, como santa Teresa y como san Juan de la Cruz, místicos y realistas.


 

 

23 de Julio de 2017
 

16º Domingo T.O.

CON VOCACIÓN DE ÁRBOL

Mt 13,24-43



Jesús, en estos últimos domingos, así como en tantos otros, para impartir sus enseñanzas, ha optado por el género literario de las parábolas, extraídas de las costumbres y modos de vida del auditorio, gente sencilla que vivía de la agricultura, la ganadería y la pesca. Les ha hablado de la semilla del sembrador, de la cizaña, del grano de mostaza, de la levadura que fermenta la masa, del tesoro escondido en el campo, de la perla de gran valor, de la red repleta de peces. Y en otra ocasión les hablará del buen pastor, de la oveja perdida, de la congoja con que una mujer busca la dracma hasta que la encuentra... Si analizamos las parábolas de Jesús, constataremos que siempre elige experiencias y detalles pequeños, insignificantes de la vida diaria, pero que concluyen con un final exitoso... Hoy quiero detenerme en el grano de mostaza, la más pequeña de todas las semillas y que termina por convertirse en un árbol que da cobijo a los pájaros y autorización para que construyan sus nidos.

Todos sabemos que, tanto en el Antiguo Testamento como en el Nuevo, Dios se valió de personas sencillas, irrelevantes, sin doctorados..., para realizar grandes proezas. El mismo Jesús dio gracias al Padre porque había escondido "estas cosas" a los sabios y engolados y se las había revelado a los humildes y a los que son "poca cosa" y no cuentan en la cotización de este mundo.

La parábola del grano de mostaza fue ideada por Jesús para animarnos, eliminar complejos y estimularnos a trabajar con alegría e ímpetu en los duros trabajos del evangelio. Lejos de acoquinarnos, los escollos y dificultades deben constituir un acicate para continuar en el tajo con fuerzas renovadas, Tengamos en cuenta que somos una pequeña semilla, pero con vocación de árbol.

Para lograr el objetivo, se requiere por nuestra parte la observancia de una serie de actitudes y pautas de conducta: En primer lugar, el reconocimiento de nuestra pequeñez. Dios se sirve de los pobres, sencillos y débiles para llevar a cabo sus planes.. No debemos acobardarnos a causa de nuestra poquedad, sino más bien llenarnos de alegría porque se ha fijado en nosotros y nos ha escogido... En segundo término, Dios nos quiere decididos y valientes, sin arredrarnos ante la dificultad, porque sabemos muy bien de quién nos hemos fiado... Otro de los mayores deseos de Dios es que seamos solidarios y hermanos. No podemos escatimar esfuerzos ante el prójimo que nos necesita. El comportamiento del buen samaritano es el mejor espejo donde mirarnos, el más convincente ejemplo a seguir, el más eficaz acicate para que despertemos, la mejor expresión de la misericordia... Y por último, la confianza en Dios, que nos acompaña
siempre y es quien da el incremento.

Si somos fieles a estas pautas de conducta, no tengo la menor duda de que llegaremos a ser un árbol frondoso y espléndido en cuyas ramas vendrán a posarse multitud de pájaros. Y nosotros les daremos cobijo y autorización para que construyan sus nidos.


 

 

Domingo 15 Tiempo Ordinario

 

16 de Julio de 2017



15º Domingo T.O.

¿COMPROMISOS SERIOS?

Mt 13,1-23



Conocí, en mis años de Salamanca, a un estudiante de Medicina que, sobre la mesa de estudio de su habitación, había colocado un slogan, a modo de acicate o aliciente, que decía: "El que no consigue lo que desea es porque no lo ha querido de verdad, o porque no ha puesto los medios para lograrlo".

Me viene a la memoria el recuerdo de aquel futuro galeno, y de su slogan, cuando leo y medito el evangelio de hoy:
la parábola del sembrador. Él lanza a voleo la semilla y parte de ella cae al borde del camino, otra parte entre piedras, un tercer lote cae entre cardos, y finalmente el último lote cae en tierra fértil. Trato de conocer a qué parcela del campo pertenezco, y llego a la conclusión de que mi fe se ajusta al trozo de terreno salpicado de piedras.

Jesús, en la explicación de la parábola, dice: "Estos son como la semilla que cayó entre las piedras: oyen el mensaje y de momento lo reciben con mucha alegría; pero no tienen raíces y son volubles; así que, cuando les llegan pruebas o persecuciones a causa del propio mensaje, no pueden mantenerse firmes". No soy como la semilla que cae al borde del camino, donde están los que no prestan atención al mensaje, ni tampoco la que cae entre cardos, esto es, como los que oyen el mensaje, pero lo dejan morir sin que dé fruto, porque sólo se preocupan de los problemas y negocios de esta vida. Pero tampoco puedo afirmar con la boca grande que pertenezca a la tierra fértil donde la semilla da un fruto cumplido y generoso.

Tengo bien claro que la fe es el resultado de un encuentro importante con Dios, que nos conduce a algún compromiso decidido y serio.
Como le sucedió a Zaqueo, que devolvió cuatro veces lo que había robado; y a la Samaritana, que cambió de vida porque se encontró con el agua viva que calma de verdad la sed; y a los dos de Emaús, que se les abrieron los ojos y creyeron en el resucitado al partir el pan.

Cuando he afirmado que mi parcela es el trozo de campo que se halla entre piedras, he intentado manifestar sencillamente que, aunque oigo el mensaje del sembrador, lo recibo, y sigo recibiendo con alegría, ante las dificultades, escollos y pruebas que me visitan en mi caminar, no siempre estoy a la altura de las circunstancias, me acoquino y me arrugo, escatimando un algo mi generosidad y casi nunca logro alcanzar "el sobresaliente". La semilla da fruto, pero no cumplido y sabroso... Ha llegado la hora de que me comprometa seriamente con Jesús.

En cualquier caso, me atrevo a comentar las otras parcelas del campo: A quienes personifican el borde del camino, los que no prestan atención al mensaje, a los alejados, a los ausentes de Dios, yo les aconsejaría que se acerquen a Jesús ya que la primera condición para para conocer algo es la aproximación, la cercanía; c
omo decía a quien se interesaba por su modo de vida: "Venid y lo veréis"... A quienes encarna el trozo de campo repleto de cardos, esto es, a los que dejan morir a la semilla sin que dé fruto ocupados locamente en los problemas y negocios de esta vida, yo les rogaría que no se apeguen como lapas a los bienes de este mundo y vuelvan su rostro hacia Jesús, el verdadero rico: rico en misericordia... Y por último, a quienes representan la tierra fértil donde la semilla da fruto sano y abundante yo les diría, sencilla y llanamente, que les envidio y voy a intentar emularlos. Prometo despojarme de todos mis estorbos y acoger la semilla y mimarla hasta que fructifique cumplidamente... También yo quiero alcanzar "el sobresaliente".
 

 

9 de Julio de 2017

14º Domingo T.O.



UN DERROCHE DE TERNURA

Mt 11,25-30



Jesús hoy nos ofrece un regalo maravilloso. Se ha vestido de arquitecto y nos invita a que conozcamos y utilicemos un hermoso edificio que ha ideado para nosotros. Consta de dos módulos perfectamente equipados. El primero está dedicado a una adecuada relajación de nuestros músculos, de nuestras preocupaciones, de nuestros agobios; y el otro lo ha destinado para la docencia: una especie de universidad donde aprender a vivir.

La vida humana es un constante caminar hacia delante. En el itinerario encontramos flores, panoramas soleados, sonrisas agradecidas... En ocasiones, también nos topamos con escollos, con tramos pedregosos, con problemas, con ingratitudes. La ruta, a veces nos depara un banco para descansar, reflexionar y contemplar animalitos pequeños qué reptan a nuestro alrededor como compañeros de viaje. Ese pequeño oasis de relajación nos reconforta y anima a seguir caminando... Y seguimos caminando, para volver a cansarnos. Con los años, los pensamientos, las preocupaciones, los achaques pesan cada vez más. Hasta que, decididamente, lo confesamos sin ningún pudor:
"Estamos cansados". Es entonces cuando Jesús sale al encuentro de nuestras fatigas y nos invita a que nos acomodemos en el primer módulo del edificio, el de la relajación: "Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os daré descanso".

El descanso que nos regala Jesús no es una anestesia para dormirnos y despreocuparnos de todo. Se trata de un remanso de paz, de sosiego, de alivio para nuestro corazón atormentado. Y la paz no hace ruido, es como una semilla que anida en nuestro interior con vocación de dar fruto; la paz nos conduce a ver en el prójimo al hermano a quien debemos ayudar, valorar y querer. Una vez más, comprobaremos que la paz, cuando se hace extensiva hacia los otros, crece y se convierte en más paz... Desde esta perspectiva, estaremos siempre ocupados en remediar situaciones angustiosas, en solucionar problemas que detectemos en nuestra sociedad; trabajaremos y no percibiremos el cansancio,
porque todo lo que hagamos con quien nos necesita, se lo estamos haciendo al mismo Jesús. Jesús, que es el refugio de los desvalidos.

El segundo módulo del edificio en cuestión está destinado a la docencia. En él se enseña a vivir con honradez, a respetar los derechos de todos, a colaborar desinteresadamente en todas las causas nobles, a tratarnos con amabilidad...
El director de la escuela, el Maestro es Jesús, que nos dice: "Aprended de mí, que soy sencillo y humilde de corazón. Así encontraréis descanso para vuestro espíritu, porque mi yugo es fácil de llevar, y mi carga ligera"... Cuando Jesús afirma: "Aprended de mí, que soy sencillo y humilde de corazón", no pretende que seamos también nosotros sencillo y humildes (que también), sino que intenta presentarse no como un profesor "hueso" que martiriza al alumno, sino como un maestro delicado y cordial con sus alumnos. Es como si hubiera dicho: "Venid a mi escuela, que soy un docente respetuoso y afable". Y hubiera añadido, como de hecho lo hizo: "Mi yugo es fácil de llevar, y mi carga ligera".

Yo he optado por inscribirme en esta escuela y ser alumno de Jesús. En ella voy a aprender a: olvidarme de mí mismo por estar ocupado en los demás;

ser sencillo y no mirarme en el espejo de la autocomplacencia;

ser afable y dominar mis rarezas;

solidarizarme con quienes luchan contra las injusticias;

ser más respetuoso con mis seres queridos;

ceder de mi persona, de mis caprichos y, si hiciese falta, hasta de mis derechos por favorecer a mis prójimos necesitados...

Quiero vaciar mi mochila de sus cansancios y llenarla de paz. Y a propósito de lo que digo, dejadme que recuerde la leyenda que reza en el cementerio de Salamanca, en la tumba donde yace el cuerpo del eminente profesor bilbaíno don Miguel de Unamuno. Dice así:

 

"Méteme, Padre Eterno, en tu pecho, misterioso hogar,

dormiré allí, pues vengo deshecho del duro bregar".

 

 

2 de Julio de 2017



13 Domingo T.O. Mt 10,37-42

DIOS ES BUEN PAGADOR



El pasaje evangélico de hoy consta de dos partes. En la primera, Jesús afirma categóricamente:
"El que no está dispuesto a tomar su cruz por seguirme, no es digno de mí". Y en la segunda, hace hincapié en que toda buena acción que realicemos tendrá su recompensa: "El que dé un vaso de agua fresca al más insignificante de mis discípulos por ser discípulo mío, os aseguro que no quedará sin recompensa".

Tomar la cruz y seguir a Jesús es siempre dificultoso, y la tentación que tenemos los humanos suele ser evadirnos de lo difícil y apoltronarnos en el sofá de la comodidad. Sin embargo, Jesús quiere que le sigamos con todas las consecuencias haciendo así de
"corredentores" con él...

Se me ocurre que podríamos distinguir en la vida dos clases de cruces: aquellas que nos vienen sin responsabilidad por nuestra parte (salud, enfermedades, desarreglos meteorológicos...), y otras que son consecuencia de nuestra mala gestión (debidas a conductas desviadas, o desidia...; en fin, porque no hemos tomado la vida en serio). En el primer caso, no tenemos más remedio que afrontar las cosas como vienen, y actuar con una fortaleza a veces heroica, y con la esperanza de que algún día se solucionen. Y en el segundo caso, no nos queda otra solución que poner manos a la obra para corregir lo defectuoso y enderezar lo que esté torcido...

Ahora bien, no olvidemos la condición previa que Jesús nos exige para tomar la cruz y seguirle: que renunciemos a nosotros mismos. Ello equivale a decir que hemos de desprendernos de nuestros egoísmos, caprichos y veleidades. que hemos de liberarnos de las ataduras que ahogan nuestra libertad, revestirnos de una buena dosis de generosidad, y pensar más en las necesidades del prójimo que en nuestro propio confort.

En la segunda parte del relato evangélico, a modo de incentivo,
Jesús manifiesta que toda obra buena tendrá su recompensa. Los apóstoles, en más de una ocasión, preguntaron al Maestro acerca de cuál sería la recompensa que habrían de recibir a los que le habían seguido dejándolo todo. Y él les decía que estuviesen tranquilos, que su Padre era buen pagador. De ello dio buena cuenta Jesús cuando llegó el momento de repartir la paga a los trabajadores de la viña, pagando la cantidad convenida a los de la primera hora y abonando idéntica cantidad a los últimos contratados... Jesús retrata la generosidad del Padre utilizando una expresión tan corriente como clarificadora: "El que dé un vaso de agua fresca al más insignificante de mis discípulos, os aseguro que no quedará sin recompensa".

Generalmente, cuando se habla de proporcionar a alguien "un vaso de agua fresca", se da por supuesto que nos referimos a alguna persona que tiene la boca reseca y que es víctima de una sed espantosa... En el evangelio, "tener sed" posee una relevancia especial, profunda, que supera la mera urgencia fisiológica.
Jesús pidió de beber a la samaritana en el pozo de Jacob porque tenía sed, no de agua, sino de ganar a una mujer desorientada y traerla al buen camino; y la mujer, a su vez, tenía sed de felicidad, del "agua viva" que le ofrecería luego el Maestro.

Y Jesús, cuando se hallaba cosido a la cruz y exclamó: "tengo sed", por supuesto que tenía la boca reseca, pero, más allá del agobio físico, tenia sed de nosotros, de ganarnos para su causa...

Y, puestos a ampliar el campo de "la sed", hemos de pensar que se trata de un término que, en lenguaje coloquial, se utiliza para significar "ausencia de algo necesario para vivir". Y ello nos interpela y nos hace volver la mirada hacia el prójimo: la enorme cantidad de pobrezas que contemplamos en este complicado mundo, todas esas personas que "tienen sed" de vivir, de comer, de que desaparezcan las injusticias, de que alguien les sonría... Si colaboramos, según nuestras posibilidades, a la solución de estas angustias, un día escucharemos de labios de Dios: "Tuve sed y me disteis de beber".

 

 

25 de Junio de 2017



12 Domingo T. O. Mt 10,26-33

VALEMOS MÁS QUE LOS PÁJAROS


Hoy veo a Jesús un tanto preocupado. Poniendo a sus discípulos al corriente de lo que les sucederá cuando él se vaya, les ha lanzado un jarro de agua fría:
"Os envío como ovejas en medio de lobos... Os entregarán a las autoridades... Os azotarán en las sinagogas... Cuando esto ocurra, no os preocupéis por cómo habéis de hablar o que habéis de decir, pues en aquel momento Dios os dará las palabras oportunas...". Y claro, los discípulos se han quedado arrugados, cariacontecidos, atemorizados. Pero Jesús sale al quite: "No tengáis miedo de la gente... ¿No se venden dos pájaros por poco dinero? Sin embargo, ninguno de ellos cae a tierra si vuestro Padre no lo permite. Así que no tengáis miedo; vosotros valéis más que todos los pájaros".

Con este pasaje
Jesús quiere salir al paso de nuestros miedos, nuestros complejos, y fomentar en nosotros la confianza en Dios Padre, que es providente, es decir, que mira siempre por nosotros para nuestro bien. Esta confianza en Dios Padre pulveriza todos nuestros temores, nuestras cobardías, nuestros reparos.

En este acoquinamiento ante la dificultad confluyen, casi siempre, y de forma solapada, dos elementos que, como los ratones avezados, van corroyendo lentamente nuestras iniciativas. Estos despiadados roedores son: la vanidad, y la pereza. A veces estamos tan poseídos de nosotros mismos que, ante la dificultad, y el miedo a no salir airosos de la prueba, preferimos abandonar, alegando cualquier pretexto inventado con el que solapadamente escondemos nuestro orgullo. Y en otras ocasiones es la pereza la rémora que nos frena y nos impide vencer nuestra inercia.

Jesús hoy quiere que nos animemos, que no nos achantemos ante la adversidad; que le demos cara, confiados en que contamos con la seguridad de que Dios Padre nos protege en todo momento. No olvidemos que
"valemos más que todos los pájaros".

Y hablando de la confianza en un Dios que nos cuida y nos mima, quiero traer a colación las escenas familiares que observo en estos días en las grandes superficies y en las tiendas y bares espaciosos. No es infrecuente encontrarte con familias de padres jóvenes que acuden con sus niños pequeños a estos locales en que los peques corretean sin ningún pudor, con afán competitivo, de vez en cuando vuelven la vista hacia la madre o el padre por comprobar si les dan el "visto bueno" y en seguida reanudan la carrera; o se suben a los taburetes y a esas mesas altas que se estilan ahora, arriesgando su estabilidad... No, ellos no tienen miedo al peligro; se sienten arropados por sus progenitores, que no quitan la vista de los niños, por lo que se encuentran súper-protegidos.
Así ha de ser nuestra confianza en Dios; total y absoluta.

Correteamos por la vida sin preocuparnos por el riesgo, porque tenemos la certeza de que Dios Padre, Padre y Madre, no deja de mirarnos, de cuidar nuestros pasos, de mimarnos y abrazarnos. Como nuestros padres de aquí abajo.

 

                                                                                                                                                                                                                                                                                              

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