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DOMINGO, EL DIA DEL SEÑOR

 

 

COMENTARIOS SOBRE EL EVANGELIO DEL DOMINGO

PEDRO MARI ZALBIDE

 

 

Domingo de Resurrección

II Domingo de Resurrección

III Domingo de Resurrección

IV Domingo de Pascua

V Domingo de Pascua

VI Domingo de Pascua

Ascensión del Señor

 

 

 

 

28 de Mayo de 2017



Fiesta de La Ascensión Mt 28,16-20


EL ULTIMO ENCARGO

 

Así concluye Mateo su evangelio. Los discípulos fueron a Galilea, al monte que Jesús les había indicado y él les da esta encomienda: "Haced discípulos entre los habitantes de todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Y sabed esto: que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo". Se trata del último recado de Jesús, antes de subir al cielo.

"Entre los habitantes de todas las naciones". El encargo de Jesús declara manifiestamente el carácter misionero del cristiano en virtud del bautismo recibido. Esta vocación goza de una proyección universal, no está restringida a un lugar determinado o a un reducido número de personas. Admiro a los misioneros, que, dejando su tierra, su familia, sus costumbres, se embarcan en la honrosa aventura de dar a conocer el evangelio, pasando muchas veces calamidades, penurias, peligros, contagios de enfermedades. Son los misioneros que están en vanguardia. Y no me olvido de los que, desde la retaguardia, proporcionan vitalidad a la empresa. Recordad a santa Teresita del Niño Jesús que, en su corta vida (veinticuatro años), colaboró, con su oración y su amor, a la causa. Tan es así que el papa Pío XI la proclamó patrona de las Misiones.

"Haced discípulos". Es decir, haced seguidores de Jesús, dadlo a conocer, contadles lo que habéis visto y oído, orientadlos con una clara inclinación hacia los pobres y necesitados, haced hombres y mujeres de fe, enseñadles que lo más esencial en un cristiano es el amor, un amor que culmina en el dar y compartir, no sólo riquezas y alimentos, sino también amistad, cercanía, sonrisas. Y todo ello con palabras, y sobretodo con el ejemplo... Pero comprenderéis que uno no puede hacer discípulos sin antes haber adquirido un certificado de capacitación para la docencia, ni ejercer una determinada actividad sin ofrecer garantía de que podrá realizarla dignamente. De ahí que, antes de ser mensajeros de la buena noticia, misioneros, tanto de vanguardia como de retaguardia, habremos de entrenarnos con seriedad y constancia en la tarea de empaparnos de evangelio hasta el corazón.

"Yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo". Jesús nos ha dado un encargo, una encomienda y también una seguridad: no nos deja solos, abandonados, a nuestro albedrío. Dice que estará con nosotros todos los días; no que vendrá de vez en cuando a ver cómo nos va la tarea-, sino todos los días, es decir, siempre y en todo momento... A veces, en el desarrollo de nuestro apostolado, creemos inconscientemente que el resultado (éxito o fracaso) de las actividades que llevamos a cabo depende únicamente de nuestras propias fuerzas, olvidando que es Dios quien da el incremento; es Jesús, que está todos los días con nosotros... Ahora bien, él, en justa correspondencia, pide de nosotros entusiasmo y coraje al servicio del evangelio.

Conocí, hace años, un cartero con el que me tropezaba todas las mañanas y teníamos nuestra pequeña charla. Yo iba a mis cosas y él venía de Correos con un buen lote de correspondencia para repartirla a domicilio. Un día, le dije: "¿Qué tal, Manolo?". Y él, visiblemente agobiado, me respondió: "Tengo prisa porque no sé si me dará tiempo para repartir toda esta mercancía". "Tranquilo -le dije-. Lo que no puedas entregar hoy, déjalo para mañana". Y él me repuso: "Ni hablar. Puede que haya alguna carta cuyo destinatario esté esperándola con ansiedad".Y lo comprendí: "Claro"...

Pues bien, quiero pensar que Jesús, que nos ha dado el encargo de evangelizar, y que está todos los días con nosotros, espera de nosotros lógicamente un respuesta pronta, clara y decidida.

Como el destinatario de la anécdota.
 

 

21 de Mayo de 2017



LAS DIEZ PALABRAS

 6º domingo de Pascua Jn 14,15-21



Nuestro idioma nos permite jugar con los vocablos, utilizando a veces lo que en retórica se llama sinécdoque, esto es, tomar la parte por el todo. Así, cuando nos referimos a las siete frases que Jesús pronunció en la cruz como su último testamento, nos hemos acostumbrado a calificarlas como
Las Siete Palabras. De la misma manera, Los Diez Mandamientos me gusta denominarlos, atendiendo a su etimología (Decálogo), Las Diez Palabras de Dios.

Los mandamientos de la ley de Dios no son sino las pautas de conducta a seguir para que la calidad de nuestra vida de creyentes sea recta y sana, saludable. En tiempos pasados, fueron entendidos como un imperativo tétrico cuyo incumplimiento nos conducía irremediablemente al infierno, con su parafernalia de demonios y de fuego. Hoy, tenemos otra percepción: entendemos que el móvil de nuestro comportamiento de creyentes debe ir sellado, según Jesús, con el marchamo del amor. "Si me amáis de verdad -dice-, guardaréis mis mandamientos... El que acepta mis mandamientos y los pone en práctica, es el que me ama de verdad".

De Las Diez Palabras, las tres primeras se refieren a nuestras relaciones con Dios: amarlo sobre todas las cosas, no ponerlo por testigo y santificar las fiestas. Y las siete restantes están relacionadas con nuestro comportamiento con el prójimo: fomentar una sana convivencia familiar, respetar las vidas ajenas, fomentar una postura sana y positiva ante la sexualidad, respetar lo que no es nuestro, amar la verdad y detestar la mentira, respetar la intimidad afectiva del prójimo, y no codiciar los bienes ajenos... Jesús luego, a requerimiento de un doctor de la Ley, dirá que esta diez Palabras se resumen en dos: Amarás a Dios y amarás al prójimo.

Prójimo es cualquier persona respecto de otra. Así, sin más. Pero para un cristiano, prójimo es el hermano a quien debemos querer, respetar y ayudar, especialmente si se encuentra ante situaciones que requieren nuestra colaboración. Es el espejo de Jesús ("lo que hagáis a uno de éstos, a mí me lo hacéis"), y el campo más idóneo donde ejercitar la misericordia.

Comprendo que no todos los prójimos somos iguales. Los hay fáciles, intermedios y difíciles. Los primeros son aquellos que con su buen carácter, su amabilidad, su cordura y ecuanimidad, te facilitan el camino y no tienes más remedio que amarlos. Los segundos (la mayoría) son aquellos que con sus debilidades y sus aciertos van caminando por la vida tratando de rectificar sus fallos y fomentar sus buenas acciones. Y el tercer grupo lo engrosan aquellos que, por la acritud de su carácter, por su aspereza en el trato o por la tozudez e intransigencia en sus criterios, hacen casi imposible el diálogo y la convivencia... Por supuesto que el mandamiento del amor es extensivo a toda clase de prójimos, sin hacer excepciones ni dar pábulo a las preferencias.

La virtud de amar como Jesús quiere exige de nosotros un cúmulo de actitudes, a veces difíciles de poner en práctica. Cito algunas que pueden ayudarnos a cumplir el cometido y servirnos a la vez de termómetro para medir nuestros progresos: el espíritu de sacrificio, la capacidad de perdonar, la constancia, el ser receptivos, el saber escuchar, el desprendimiento, la dulzura... y, como colofón, la intención de buscar siempre el bien ajeno y no el propio... Esto lo entendió de maravilla, hace quinientos años, la heroína de Ávila, Teresa de Jesús, cuando escribía: "El amor perfecto tiene esta fuerza: que olvidamos nuestro contento para contentar a quien amamos"

 

 

14 de Mayo de 2017

5 Domingo de Pascua



EL TRIÁNGULO DE JESÚS

Jn 14,1-12



El pasado domingo Jesús nos decía que el pastor va llamando a sus ovejas, a cada una por su nombre, que las acompaña a salir del aprisco y que, una vez que han salido, se pone delante de ellas y les va abriendo camino. Y hoy da un paso más afirmando taxativamente:
"Yo soy el camino". Es decir, el camino que nos lleva al Padre.

Cuando uno quiere dirigirse a un lugar, lo primero que necesita es conocer la ruta a seguir y ello se logra valiéndose de algún mapa, o bien preguntando a quien le puede informar, o dejándose acompañar por alguien que, casualmente, vaya también a la misma localidad. De lo contrario, se perdería irremediablemente... A mí me sucedió en una ocasión. Hace muchos años, iba yo con mi "Seat 600" por esos pueblos pequeños y distantes de los campos de Castilla y llegó un momento en que me sorprendió un cruce de caminos. No había ninguna señal que pudiese orientarme y yo no sabía si tenía que ir a la izquierda, a la derecha, o si debía seguir adelante. Al cabo de un tiempo, apareció un "ángel de la guarda" (otro 600) que aclaró mis dudas y tranquilizó mi desasosiego: "Usted vaya hacia delante". Y fui hacia delante.

En nuestra peregrinación hacia el Padre, el camino es Jesús, y no la ocurrencia puntual de cualquier sabihondo o cualquier embaucador. A veces, somos nosotros mismos quienes dificultamos la marcha: puede suceder que, por ignorancia o por desidia, nos desviemos y salgamos del camino; también puede ocurrir que, por comodidad, inventemos atajos engañosos; en ocasiones, por despiste o dejadez, nos alejamos de quien nos dirige; y hasta podemos caer en la ingenuidad de seguir consejos de otros, que están equivocados o pretenden que nos perdamos.

Jesús también nos dice: "Yo soy la verdad"... Los veranos de mi infancia, debido a la delicada salud de mi madre, transcurrieron en Logroño, donde el clima se encargaba de aliviar a los asmáticos. El centro de gravedad de la ciudad riojana se encontraba en El Espolón, donde había bicicletas de alquiler, teatro de guiñol con sus muñecos, bancos para sentarse y un par de charlatanes emulando al legendario León Salvador. A mi me hacía feliz escucharlos: su facilidad de palabra, sus ocurrencias, la habilidad de que hacían gala para engatusar al auditorio. Pasé horas y horas boquiabierta, admirando a ambos "predicadores... Un día, detecté que había discrepancias entre lo que uno y otro decían refiriéndose al mismo asunto. Y me pregunté: "¿Quién de ellos dirá la verdad?"... Jesús, ante la avalancha que hay de criterios, opiniones, creencias, sale a nuestro encuentro: "Yo soy la verdad". Y es que la verdad es tan manipulable, que fácilmente es suplantada por cualquier sofisma engañoso.

Y por último, Jesús afirma: "Yo soy la vida". Ya el domingo pasado lo dejó bien claro: "El ladrón, cuando llega, no hace más que robar, matar y destruir. Yo he venido para que tengan vida, y la tengan abundante"... La vida. Cada vez que leo o escucho este vocablo, mi mente vuela hacia esos escenarios macabros y desoladores que desfilan cada día en los telediarios: guerras que nunca terminan, muertes indiscriminadas, constantes y horribles, ríos de sangre de niños y mayores que se multiplican con una saña imparable... ¿Por qué se desprecia tanto a la vida humana?

Y en otro orden de cosas, me pregunto: "¿Qué es de nuestras vidas, de nuestra vida de cristianos?". Jesús, que es fuente de vida, ¿en qué medida influye en mi existencia, en mis criterios, en mi forma de actuar, en mi estado de ánimo?, ¿doy testimonio de mi fe y razón de mi esperanza, o más bien ando por la vida desanimado, flojo, sin garra, sin entusiasmo, sin alegría? ¿me preocupan los problemas y las angustias del prójimo?...

Y Jesús repite: "Yo soy la vida".

Camino Verdad. Y vida...

Un triángulo equilátero perfecto.

 

7 de Mayo de 2017

4º Domingo de Pascua

 


EL PASTOR Y EL REBAÑO

Jn 10,1-10



A las casas se entra por la puerta. Quienes se introducen por las chimeneas o escalan la tapia para no ser vistos son intrusos, bandidos y ladrones;
a las casas se entra por la puerta. Y al aprisco, también. La puerta del redil está confeccionada con un conjunto rudimentario de estacas y redes que hacen posible el acceso. Jesús hoy se ha puesto el atuendo de pastor, ha enumerado las funciones que éste realiza en bien de las ovejas y, no contento con todo ello, ha revelado un pluriempleo inesperado: nos ha afirmado que él es también la puerta del aprisco... Vamos a ver cómo se digiere todo esto.

El pasaje evangélico de hoy consta claramente de dos partes.
Jesús quiere manifestarnos que él es el buen pastor y comienza por adoctrinarnos acerca de la función que un pastor desempeña en relación con su rebaño: En primer lugar, quiere dejar bien claro que el pastor entra por la puerta, y no por vericuetos extraños, como hacen los ladrones y salteadores. Cuando entra, las ovejas en seguida reconocen su voz. Él va llamándolas a cada una por su propio nombre. Las acompaña a salir del aprisco. Cuando ya han salido todas, se pone delante de ellas y les va abriendo paso. Y ellas le siguen, porque conocen su voz. En cambio, nunca siguen a un extraño porque su voz les resulta desconocida... A continuación, Jesús, viendo que no le entendían, aclaró abiertamente que el era la puerta del aprisco, y que quienes le precedieron tratando de arrogarse tal honor no eran sino ladrones y salteadores. Y siguió aclarando: "El ladrón, cuando llega, no hace más que robar, matar y destruir. Yo he venido para que todos tengan vida, y la tengan abundante".

Trasladando la enseñanza de Jesús a nuestro tiempo y a nuestro entorno, podemos afirmar que Dios ha entrado en nuestro aprisco, en nuestras vidas, con ropaje de pastor sencillo y que nosotros, si queremos pertenecer a su rebaño, habremos de afinar nuestro oído para reconocer inmediatamente su voz.
Él nos va llamando a cada uno por nuestro propio nombre, señal de cortesía, de cercanía y afecto, y nos acompaña a salir del aprisco, es decir de nuestro egoísmo, de nuestras minucias, y nos va abriendo camino; y nosotros le seguimos porque su voz nos es familiar.

Pero cuidado. Él nos pone sobre aviso de quienes usurpan el honor de pastores que no son sino lobos en medio de corderos. Hoy en día, todos prometen felicidad: la publicidad, la incitación al consumo, las promesas de los políticos en tiempos de campaña, el cebo engañador de las rebajas... y no podemos- ser tan ciegos que nos dejemos engatusar por cielos imaginarios que nos ofrecen ni sumarnos a cualquier pancarta por halagüeña que se nos presente. También existen criterios ambientales desviados, ausencia de valores auténticos, actitudes desmadradas respecto a la sexualidad, mentalidades peregrinas acerca de la religión y de todo atisbo de espiritualidad, vacío interior sin horizontes...

Jesús concluye diciendo:
"El ladrón, cuando llega, no hace más que robar, matar y destruir. Yo he venido para que todos tengan vida, y la tengan abundante". Con otras palabras: Seguir los pasos del Pastor nos conduce a la vida, a los pastos sabrosos, a la plenitud; en tanto que dejarse llevar por estos "falsos mesías", falaces y embaucadores, nos aboca irremediablemente al fracaso y a la mediocridad... Ahora, eso sí, hemos de entrar por la puerta de la verdad y la vida, que se llama Jesús.

 

 

30 de Abril de 2017


 


ANDANDO POR EL CAMINO

Domingo de Pascua Lc 24,13-35

 


Veintidós kilómetros. Once de ida y once de vuelta. Al ir, desinflados por la desesperanza. Al volver, henchidos de alegría y júbilo.
Once son los kilómetros que distan entre Jerusalén y Emaús... Efectivamente, desconsolados y taciturnos, los dos discípulos avanzan lentamente, como si les frenara la abulia y el desencanto. Ellos esperaban, pero... han pasado tres días desde entonces, y el tiempo les está ya quemando en sus relojes... Se les acerca un señor desconocido y entablan conversación. El señor se interesa por lo que están hablando. Les pregunta que qué pasa. Y ellos le toman por un extranjero que no tiene idea de lo sucedido en los días pasados. El tal señor es un hombre culto y muy versado en las Sagradas Escrituras. Intenta abrir los ojos a los dos de Emaús. Llegan a la ciudad de los dos y el señor desconocido hace ademán de seguir su camino. Se está haciendo de noche y le invitan a que se aloje en su casa. Accede, entra y se queda con ellos. Los estómagos reclaman ya su cena. Y he aquí que el invitado, sentados los tres en la mesa, toma el pan, da gracias a Dios, lo parte y se lo da. Entonces se les abrieron los ojos y le reconocieron; pero él desapareció de su vista.

Resulta curioso y admirable constatar cómo el trato y el roce entre personas sensatas y buenas va amasando paulatinamente la amistad. Los dos de Emaús y el "extranjero" (Jesús) han sintonizado sin conocerse, con la misma naturalidad con que el río baja desde el monte hasta la llanura. Y es que la amistad es el resultado de la comunicación entre personas sanas y sin prejuicios. Incluso hasta el punto de acoger al otro, al desconocido, y ofrecerle cobijo en tu propia casa.

Ayer asistí a una reunión, en Santander, de personas responsables del movimiento apostólico de personas mayores Vida Ascendente. Nos conocemos desde hace muchos años y nos sentimos ya tan amigos que aquella reunión fue una delicia. Cada uno expresaba libremente su opinión o parecer, el diálogo fluía sin esfuerzo y la sintonía fue perfecta. La amistad constituyó la atmósfera del encuentro.

Y es que la amistad es la hermana gemela del amor... Recordemos el final de la escena evangélica de Jesús y los dos discípulos cenando: "Jesús tomó el pan, dio gracias a Dios, lo partió y se lo dio a ellos". En ese momento, dice el relato, se les abrieron los ojos y le reconocieron; pero él desapareció de su vista.

Le reconocieron "al partir el pan". La Eucaristía fue el punto de encuentro de los discípulos de Emaús con Jesús. Y la Eucaristía es siempre la celebración del amor. De ahí que quien esté enemistado con el prójimo deba dejar la ofrenda en el altar e ir a reconciliarse con el hermano, que es siempre imagen certera de Jesús: "Lo que hagáis a uno de éstos...".

A base de meditar el "mandamiento nuevo" de Jesús, he llagado a la conclusión de que me gustarla modificar o rectificar aquella pregunta-respuesta que aprendimos en el catecismo de nuestra niñez. Se cuestionaba: "¿Cuál es la señal del cristiano?". Y la respuesta decía: "La señal del cristiano es la santa Cruz". Y mi modesta sugerencia consiste en que pienso que lo más certero sería decir: "La señal del cristiano es el amor". Y la amistad, por supuesto.

 

 

23 de Abril de 2017



II Domingo de Pascua

Jn 20,19-31



CREYENTES Y TESTIGOS

A la resurrección de Jesús le sigue el fenómeno de las apariciones: a María Magdalena el domingo pasado; hoy a los apóstoles, estando ausente Tomás y más tarde con Tomás incluido; y el próximo domingo leeremos el relato de la aparición a los dos discípulos de Emaús. En estas apariciones observamos unas características comunes que refuerzan e imprimen veracidad a lo narrado por los evangelistas.

Efectivamente, en todas ellas,
la iniciativa parte siempre de Jesús; los testigos reconocen que es el mismo Jesús que murió, lo identifican; Jesús les confía una misión, la de ser testigos suyos ante los hombres; y existe una auténtica experiencia del encuentro de Jesús con los apóstoles, a quienes se deja ver para que se cercioren de que Jesús está presente entre ellos y de que lo estará siempre "hasta la consumación de los siglos".

Cada vez que abordamos la lectura de este pasaje, solemos limitarnos a resaltar la tozudez e incredulidad del apóstol Tomás y su rapidez luego en arrepentirse de su terca actitud:
"¡Señor mío y Dios mío!"... Pero yo hoy quiero poner mi atención en lo que he calificado como "características" de las apariciones de Jesús resucitado.

La iniciativa parte de Jesús. Los apóstoles estaban tan afectados por todo lo sucedido, y "el temor a los judíos" era tan imponente, que estaban encogidos, como arrugados, con el cerrojo de la puerta echado y con la voluntad paralizada para tomar cualquier decisión. Jesús, cuando no se le busca, es siempre él quien viene a nuestro encuentro.

Los apóstoles reconocen a Jesús, lo identifican. A veces, tenemos a Jesús tan cerca de nosotros (léase prójimo) que una extraña ceguera nos impide verlo, identificarlo, sentirlo. Estamos lejos de la actitud de los apóstoles, que protagonizaron una auténtica "experiencia religiosa" ante la presencia del resucitado. Hasta el mismo Tomás, una vez aclarada la duda, se unió a la actitud mística de sus compañeros.

Jesús les confía una misión, la de ser sus testigos ante los hombres. Las dos modalidades más genuinas de ser testigos de Jesús y de su evangelio son la palabra y el ejemplo, concediendo prioridad a este último, ya que la palabra ilustra, e incluso convence, en tanto que el ejemplo arrastra. Como aconsejaba san Francisco de Asís: "predica el evangelio en todo momento; y cuando sea necesario, utiliza las palabras".

Jesús les asegura que estará siempre con ellos, hasta la consumación de los siglos. A menudo, los hombres somos tan torpes y tan vanidosos que los éxitos de nuestras buenas obras, de nuestros proyectos, de nuestros logros los atribuimos a nuestro buen hacer. Nos olvidamos de que es Dios quien da el incremento, es Jesús que está con nosotros hasta que se acabe el mundo. Ello debe reportarnos una buena dosis de humildad, ya que sólo somos insignificantes peones en la construcción del Reino; y una sensación placentera de tranquilidad, ya que nuestro "compañero de obra" es nada menos que Dios.

No me olvido del breve diálogo mantenido entre Jesús y el apóstol Tomás:
"No seas incrédulo, sino creyente". "¡Señor mío y Dios mío!". Y quiero puntualizar que creer no significa únicamente admitir como cierto lo que te dicen o comunican, sino hacer nuestro el mensaje recibido y vivirlo. Digamos, en conclusión, que la fe es sencillamente vida.

Resumiendo: Dios nos quiere creyentes y testigos. Como el apóstol Tomás.

 

 

16 de Abril de 2017

 


Domingo de Resurrección

Jn 20,1-9

"NO SABEMOS DÓNDE LO HAN PUESTO"



El pasaje evangélico de hoy nos relata la angustia de María Magdalena buscando a Jesús resucitado. En la mañana del domingo, antes de salir el sol, ella se ha dirigido al sepulcro. Al verlo vacío; ha acudido desaforada adonde se hallaban Pedro y Juan y les ha dicho, desconsolada y nerviosa:
"Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto"...

Dice el evangelista que Pedro y Juan corrieron inmediatamente hacia el sepulcro y comprobaron que estaba vacío (tan sólo estaban las vendas y un paño); entonces creyeron. Después, los discípulos se fueron a casa... Marea Magdalena se habla quedado fuera llorando junto al sepulcro. Se asomó al interior y vio dos ángeles vestidos de blanco, que le preguntaron: "Mujer, ¿por qué lloras?". "Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto".

Volvió la vista atrás y vio a Jesús que estaba allí pero no le reconoció. Jesús le preguntó:
"Mujer, ¿por qué lloras?, ¿a quién estás buscando?". Ella, creyendo que era el jardinero, le contestó: "Señor, si te lo has llevado tú, dime dónde lo has puesto y yo misma iré a recogerlo". Entonces Jesús la llamó por su nombre: "¡María!". Ella se volvió y exclamó en arameo: "¡Raboni!" (que quiere decir: "¡Maestro").

Los cuatro puntos cardinales de esta estampa evangélica son:

En primer lugar, la angustia de María Magdalena buscando al Maestro, como una pregunta sin respuesta...

En mi modesta experiencia, he visto y he tratado a personas profundamente angustiadas por intentar tener fe, por querer encontrar a Jesús; personas cuyo dolor les atormentaba en sus intentos fallidos de búsqueda. Yo les estimulaba a que siguieran buscando con tesón y sin prejuicios, que hicieran silencio en su interior y que miraran a su alrededor con ojos limpios y sinceros, garantizándoles que acabarían por encontrar a Dios y hasta saborearlo.

La angustia de María Magdalena ha cristalizado en la la patética frase:
"¡No sabemos dónde lo han puesto!"... Una de las necesidades más perentorias que anidan en el corazón humano es el deseo de felicidad. En nuestro camino encontramos a menudo promesas engañosas de felicidad (dinero, placer, confort, holganza...) que nos brindan tan sólo efímeros destellos de dicha fugaz que nos abandona apenas la tocamos. Es entes cuando nos lamentamos reconociendo el fracaso y derrotados, como barco sin brújula, clamamos angustiados: "¡No sabemos dónde la han puesto!"... Y es que nos hemos obcecado buscando la felicidad en lugares, personas o cosas en donde no estaba.

Todo esto nos conduce a no reconocer a Jesús, cuando en realidad lo tenemos delante. Como le sucedió a María Magdalena...
La fe nos dice que Dios está dentro de nosotros. De ahí que hemos de aprender a sumergirnos en nuestro interior más intimo y bucear hasta lo más profundo de nuestro corazón porque, como descubrió san Agustín de Nipona, "en el interior de cada persona habita la verdad"... Y el otro espejo donde encontramos a Dios es el prójimo, imagen de Jesús encarnado en todo aquel que nos necesita: "Lo que hagáis... a mi me lo hacéis".

Y por último, hemos de concluir que la escena evangélica que hemos contemplado tuvo un final feliz. En aquel cruce de miradas, de llamarse mutuamente por su nombre, de fundir sus corazones en una complicidad sincera, se hallaban destellos interminables de felicidad... Si profundizamos seriamente en el domicilio de la verdad, en nuestro corazón,
nos encontraremos con Jesús cara a cara, ojos a ojos; él nos llamará por nuestro propio nombre, y nosotros diremos llenos de júbilo: "¡Raboni!", que quiere decir "¡Maestro!".

 

                                                                                                                                                                                                                                                                                              

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