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Pedro Saez. Presbítero

 

 

DOMINGO XXXIII T.O

HOMILÍA



Hemos venido reflexionando sobre las palabras de Jesús, de las que había dicho San Pedro que para nosotros “eran de vida eterna”. El domingo fue la última de esas reflexiones porque comienza próximamente el tiempo de Adviento con su perfil propio, y aún nos quedan dos asuntos por tratar:

1º.- Hoy. ¿Qué significa eso de que son para nosotros palabras de vida eterna? ¿Qué nos reporta a nosotros tomarlas en serio y llevarlas a nuestra vida ordinaria? Y ¿Qué nos supone vivir al margen de ellas? ¿Qué nos pasa si no las tenemos en cuenta?

2º.- El Próximo domingo. Cómo festejar y agradecer a Jesús su obra salvadora. La festividad de Cristo Rey

Volvemos al tema de hoy. ¿Qué nos supone a nosotros seguir las orientaciones de Jesús o no seguirlas? Los textos sagrados de hoy nos ofrecen la respuesta a ambas cuestiones.

En la primera lectura (Dan. 12,1-33) se dice que los muertos despertarán unos para la gloria y otros para la perdición.

En el Evangelio [tercera lectura (Mc. 13, 24-32)] leemos que vendrá el Señor a juzgarnos según nuestras obras.

En ambos textos aparece una desigual valoración según se haya o no seguido al gran Sacerdote, Cristo, (segunda lectura (Heb. 10, 11-14, 18)


Sí, tenía razón Pedro cuando nos dijo que las palabras de Jesús tenían un valor eterno para nosotros: el premio eterno o la recusación eterna.

Sobre el primer supuesto: ser fieles a Dios en el seguimiento de Jesús, hemos reflexionado largamente en otras ocasiones y lo seguiremos haciendo porque es el contenido de nuestra fe y esperanza y la última razón de nuestra caridad.

Esta mañana parece mejor dedicar unos minutos al segundo: si no seguimos esas palabras de vida eterna ¿Qué pasará entonces?

Por estos textos y otros muchos es evidente que a Dios no le da lo mismo que le hayamos sido fieles o infieles. Evidentemente NO. No le da igual y por eso no es igual para nosotros una cosa u otra.

El Señor nos ha querido advertir del peligro de desoírle, con ejemplos terribles como: ser condenados al fuego eterno, ir allí donde no hay más que llanto y crujir de dientes o expresiones durísimas: “Id malditos de mi Padre”.

¿Es este comportamiento, son estas expresiones, compatibles con su infinita misericordia? ¿No están en franca oposición con las actuaciones de Jesús, siempre inclinado a la misericordia?

Es verdad que Jesús SOLO las emplea en momentos en los que el pecador en actitud de franca soberbia se reafirma en su pecado y rechaza acogerse a la misericordia de Dios. Aun así, esas penas tremendas y eternas ¿no parecen una crueldad excesiva, incompatible con un Dios padre misericordioso?

Dejemos el juicio de Dios para Dios. Escuchemos sus consejos y advertencias y caminemos con la gozosa esperanza de que nada de eso le sucederá a quien pone su confianza en Él. A NADIE.

El domingo 15 del tiempo ordinario, fue el 15 de Julio, reflexionamos sobre la libertad del hombre. Recordábamos que el comportamiento de Dios era semejante al que vosotros tenéis con vuestros niños pequeños cuando tratáis de evitar que se pierdan en una infantil interpretación de su libertad, haciendo cosas que les malcriarán en el presente y les harán desgraciado en el futuro. Un comportamiento totalmente permiso, excluido de toda exigencia, no sería una manifestación de amor hacia ellos sino una traición por dejación de la orientación necesaria.

De la misma manera hemos de contemplar las "amenazas” de Jesús, por llamarlas de alguna manera. El Evangelio no es un sistema de terror sino una “Buena Nueva” que viene a iluminar nuestra aventura de vivir.

Lo que a nosotros nos interesa de verdad es no olvidar nunca que el propósito de la revelación es positivo, indicador de unos comportamientos que nos llevan a plenitud como personas, como sociedad entera y como caminantes hacia Dios. Son orientaciones que nos permitirían vivir a todos en un mundo feliz, antesala de aquel otro, en la casa del Padre, al que todos hemos sido convocados.

Esto es en lo que hemos de insistir en la reflexión de hoy. El juicio, lo que será de los que no sigan ese camino, dejémoselo a Dios. Él es el único que de verdad conoce el interior del ser humano.

Nosotros amémoslo con todo el corazón con la absoluta certeza de que, por el amor que Él nos tiene, se cumplirán sus promesas sobre nosotros. Así, será.

 

 

 Domingo XXXII T. O.

HOMILÍA



Los textos litúrgicos que vamos a escuchar nos inculcan dos virtudes fundamentales en la vida cristiana: la humildad y la generosidad, muy unidas entre sí porque solo el humilde, el que no se tiene por encima de los demás y los desprecia, puede sentir generosidad ante el necesitado.


Respecto a la humildad.

La humildad es una virtud que nos hace reconocer nuestras debilidades y a tenerlas en cuenta a la hora de actuar. Tiene como vicio opuesto la soberbia que se manifiesta, tanto en el convencimiento de la superioridad sobre los demás, como en una falsa humildad que estratégicamente se presenta como humildad pero con el exclusivo intento de ser supervalorado por los demás.

Es el vicio que más fustigó Jesús. Todo lo perdonaba menos la soberbia, y no porque Él fuera remiso a ello sino porque la soberbia, por su misma naturaleza, excluye pedir perdón. El soberbio se considera perfecto por consiguiente no tiene ninguna razón para excusarse. El soberbio es un personaje lleno de sí mismo, incapaz de aceptar la más mínima influencia del exterior. Se cree dios y por eso se siente autosuficiente, impecable.

En el texto evangélico que acabamos de escuchar Jesús se muestra verdaderamente duro con ese vicio: “Guardaos de los maestros de la ley, a los que les gusta pasearse con vestidos ostentosos, ser saludados en las plazas, ocupar los primeros asientos en las sinagogas y los primeros puestos en los banquetes. Ellos serán juzgados muy severamente”. Nos lo ha recordado la 3ª lectura (Mc. 12, 38-44)

También se despachó a gusto con el fariseo del templo: Os digo que éste –el publicano- descendió a su casa justificado pero aquél -el fariseo- no; porque “todo el que se ensalza será humillado (Lc. 18,14)

La soberbia es lo más pernicioso en el orden moral y espiritual porque, al no reconocer ningún límite externo a sus decisiones, el soberbio se convierte en una isla incapaz de ser abordada por nada ni por nadie. El soberbio es la primera víctima de su soberbia, morirá en su tozudez.

En cuanto a la generosidad. Se la define como la virtud que nos inclina a dar a los demás por encima de lo que sería estrictamente justo. Es dar algo de lo que es nuestro. Es el caso que nos ha recordado la primera lectura (1Rey. 17, 10-16) y también el Evangelio a cuenta del óvolo de la viuda.

La generosidad no solo se manifiesta en el campo del dinero sino también en el del tiempo dedicado a los demás: atender a un enfermo, escuchar a un pelma, ayudar a un anciano, enseñar a quien no sabe, etc. son también gestos de generosidad hacia los demás.

En ese sentido altruista está seriamente emparentada con la virtud de la caridad cristiana que nos invita a pensar en las necesidades de los demás y a procurarles la solución, en la medida de nuestras posibilidades. Lo cual nos remite a otra virtud: la misericordia que, según el Papa en su última exhortación: “Alegraos y Regocijaos” es “el corazón palpitante del Evangelio” (nº 97) A su vez, esto es posible solo si descendemos del trono, si somos humildes, y pensamos en los demás. En realidad todas las virtudes se implican mutuamente.

El vicio opuesto sería la avaricia cuyo típico representante literario sería El Avaro”, obra del famoso Molière, que narra la vida de un individuo que solo piensa en tener dinero.

Jesús en esta materia, como en todas, nos ilumina no solo con sus enseñanzas sino también con su ejemplo.

Se olvidó de sí mismo para entregar toda su vida, toda, no ratos más o menos grandes, toda su vida, a servirnos de guía en nuestro peregrinaje por la tierra. Fue su forma de realizar en la práctica aquello que había dicho de sí mismo: Yo soy el Buen Pastor que da su vida por sus ovejas” (Jn. 10,11)

Es lo que reconoce el autor de la carta a los Hebreos [segunda lectura, 9, 24-28) cuando dice que “Jesús se presentó ante Dios en favor nuestro”

Estemos atentos a estas sabias enseñanzas de Jesús y poniéndolas en práctica vayamos pareciéndonos cada vez más a Él. Será la forma en la que iremos haciendo realidad el espíritu del Evangelio en el mundo al mismo tiempo que haciéndonos acreedores a los premios eternos. AMÉN.

 

 
 

 

 

 

 

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