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Pedro Saez. Presbítero

 

34 DOMINGO T. O. Día 26/11 Cristo Rey


HOMILÍA


Tanto el Antiguo Testamento [1ª Lect. (Ez. 34, 11ss)] como el Nuevo [3ª Lect. (Mt. 25,31-46)] nos hablan del juicio de Dios sobre nosotros pero con una maravillosa posibilidad: formar parte del Reino que Jesús entregará la Padre [2ª Lect. (1ªCor. 15, 20-26,28)]

La figura de Jesús se nos ha manifestado a lo largo de estos domingos como ese pequeño barco que existe en todos los puertos: “el Práctico” y que tiene como misión conducir a los buques para que sin ningún riesgo puedan llegar a la zona de amarre.

En medio del oleaje de nuestras propias pasiones, en medio de los vientos que nos azotan por todas partes, en medio de los vaivenes que amenazan con tragarnos, aparecía Jesús con sus enseñanzas y ejemplo de vida ofreciéndonos una segura carta de navegación.

En otros tiempos, y bajo la idea de que lo máximo que se podía ser era rey, los cristianos agradecidos a Jesús por su ayuda, le quisieron reconocer como REY.

Fue el Papa Pio XI, el 11 de diciembre de 1925, quien instituyó esta solemnidad que cierra el tiempo ordinario. Su objetivo es, decía el Papa, “recordar la soberanía universal de Jesucristo confesándolo como supremo Señor del cielo y de la tierra, de la Iglesia y de nuestras almas”.

Está bien ese nombramiento de Rey como expresión de nuestro deseo de manifestarle nuestro agradecimiento y como promesa de que aceptamos ser guiados por Él.

Es aquí donde hemos encontrado precisamente el término con el que designar más exactamente lo que Él pretendía ser para nosotros y como Él quería que nosotros lo viéramos: como guía espiritual, como El Buen Pastor que va delante de sus ovejas.

Él mismo se llamó así y nos dijo lo que quería darnos a entender con esa auto-denominación.

Que Él era quien estaba dispuesto a dar su vida por nosotros.

Que Él era quien nos conocía por el nombre y, porque individualmente nos amaba, nos quería en su redil.

Que Él era quien nos iba a llevar a los pastos donde pudiéramos llenar nuestra mente y corazón con la verdad y el amor.

Que Él era quien estaba dispuesto a buscarnos cada vez que insensatos dejáramos el grupo para hacer nuestro malsano capricho.

Que Él era quien nos recogería sobre sus hombros para traernos y curarnos de las heridas que nos hubiéramos hechos en nuestros desvaríos.

Que Él era aquel del que siempre nos podríamos fiar porque no es un asalariado, un interesado egoísta en nuestro bien sino que nos ama y le duele nuestro descarrío.

Dejémosle ser todo esto y sentirá que su esfuerzo por salvarnos ha sido reconocido y valorado por todos nosotros.

Hay una escena en el Evangelio narrada por Marcos y Lucas (Mr. 4.35-41; Lc. 8.22-25) en la que Jesús calma la tempestad.

Jesús entró en la barca y sus discípulos le siguieron. He aquí que se levantó en el mar una tempestad tan grande que las olas cubrían la barca; pero él dormía. Vinieron sus discípulos y le despertaron, diciendo ¡Señor, sálvanos, que perecemos!

Él les dijo: ¿Por qué teméis, hombres de poca fe? Entonces, levantándose, reprendió a los vientos y al mar; y se hizo grande bonanza.

Y los hombres se maravillaron, diciendo: ¿Qué hombre es éste, que aun los vientos y el mar le obedecen?”

Es una escena que hoy cobra toda su realidad. Por una parte, un mundo embravecido, amenazando con llevarse todo por delante, por otra, una humanidad asustada y desconcertada.

Ambas cosas, susto y desconcierto, única y exclusivamente porque tenemos a Jesús dormido, sin atrevernos a despertarlo.

El mal que hay en el mundo es vencible, digan lo que digan nuestras pasiones, nuestros tentadores externos y determinadas fuentes de información.

Decía el Papa Francisco en la “Evangelii Gaudium”: …Algo traigo a la memoria que me hace esperar. Que el amor del Señor no se ha acabado, no se ha agotado su ternura. Mañana tras mañana se renuevan…..Bueno es esperar la salvación del Señor” (nº 6)

En el nº 11 dice: “Jesucristo puede romper los esquemas aburridos…cada vez que intentamos volver a la fuente y recuperar la frescura original del Evangelio, brotan nuevos caminos, métodos creativos, otras formas de expresión, signos más elocuentes, palabras cargadas de renovado significado para el mundo actual”

Como Buen Pastor nos seguirá diciendo como allá en Palestina: venid a mi todos los que estáis cansados y agobiados y yo os descansaré.

El Evangelio, Jesús, tiene potencialidad para empujarnos en esa tarea grandiosa, urgente y ardua de elaborar un mundo que huela a Evangelio; que mantenga viva la esperanza de algo mejor.

Hace falta que despertemos a Jesús, y que, de una manera especial los cristianos, le pongamos en pie y juntos con Él convirtamos a la Iglesia en la gran evangelizadora del mundo.

Lo pedía el Papa en ese mismo documento. “No podemos quedarnos tranquilos en espera pasiva en nuestros templos, hay que pasar a una pastoral decididamente misionera” (nº 15)

Nada de pesimismos derrotistas. Podemos estar contemplando la total paganización del mundo o asistiendo al parto de otro nuevo en el que vivir sea de verdad algo gozoso. Eso depende de nosotros. De que sepamos elegir quien nos pastoree: Jesús o la mundanidad.

No convirtamos esta festividad en un episodio pasajero. En nuestras manos está convertirla en la gran decisión de, pastoreados por Jesús, trabajar intensamente para convertirlo en el gran guía universal, el constructor del reino que al final de los tiempos ofrecerá al Padre y en el que Dios será todo para todos. AMÉN.
 

 

33 semana T. O. Día 19 domingo

HOMILÍA



Los textos bíblicos de este domingo nos animan a trabajar con destreza [1ª lect. (Proverbios 31, 10 ss)] viviendo como hijos de la luz [2ª lect. (1ªTes. 5, 1-6)] para poder acceder al premio de los que velan [3ª lect. (Mt. 25,14-30)]

Un resumen que viene a rematar perfectamente el desarrollo de las homilías de estos últimos domingos que deberían concluir con una serie de compromisos concretos.

Comenzamos este ciclo el día 8 de Octubre, domingo XXVII del Tiempo Ordinario, constatando que el mundo va a la deriva por falta de ideales. Sin valores fijos el hombre y la mujer andan buscando algo que los oriente pero sin saber lo que es, ni poner demasiado empeño en encontrarlo. Recordábamos a Ortega que decía que lo peor que nos pasa es que no sabemos qué nos pasa. Así es. Sentimos y padecemos una enorme tormenta que nos ha cogido sin brújula y sin carta de navegación.

Hojeando las Escrituras, Dios nos proponía dos grandes puntos de orientación: admitir como supremo valor el amor y fortalecer la voluntad para vivir coherentes con él en nuestras relaciones ordinarias de la vida.

Finalmente, y también de la mano de la Revelación, el domingo pasado descubrimos la grandeza del ser humano. El hombre, en el proyecto de Dios, no es un náufrago lanzado a un mar embravecido, sino una criatura especialísima que, dotada de razón y conciencia, puede dirigir su singladura hacia el puerto del que salió como obra de Dios y en el que se le espera como hijo que vuelve de un arduo caminar.

Es muy profundo el epitafio que reza en la tumba de Unamuno, allá en el cementerio de Salamanca. “Méteme Padre eterno en tu pecho, misterioso hogar, descansaré allí, pues vengo deshecho del duro bregar”.

Ese es exactamente nuestro destino en el plan de Dios. Descansar eternamente en el misterio de Dios después de haber consumido la vida esparciendo el bien en nuestro derredor.

Nos lo ha recordado el Evangelista San Mateo: “Criado bueno y fiel, entra en el gozo de tu señor”.

Es tan grande lo que nos espera que Jesús nos insistió en que no nos descuidáramos y lo dejáramos escapar.

San Pablo entendió bien esta urgencia y por eso les recomienda a sus fieles que no se desorienten, que no olviden lo que han aprendido del Evangelio.

Eran como nosotros, aunque de una Iglesia en otro sitio, allá en Tesalónica y en otros tiempos, siglo I, pero con los mismos riesgos que nosotros: vivir tan ocupados por las cosas del mundo que nos olvidemos de las que se refieren a nuestra espiritualidad. El remedio que les ofrece San Pablo es igualmente válido en la actualidad: “Vivir como hijos de la luz olvidándonos de las tinieblas anteriores. Todos vosotros sois hijos de la luz e hijos del día; no sois hijos de la noche ni de las tinieblas. Por tanto, no echaros a dormir como los otros, sino estad alerta y sed sobrios”.

Ser hijos de la Luz es vivir iluminados por las enseñanzas de Jesús. Es comprometernos a vivir.

Las relaciones intra-eclesiales, superando una vinculación superficial o medio jurídica por una profunda unión espiritual con el resto de los miembros de la comunidad vistos como integrantes del Cuerpo Místico de Cristo. San Pablo en la carta a los Romanos nos anima a poner a disposición de la comunidad los talentos que cada uno tenga.

La vida familiar, tomando posturas comprensivas, tolerantes, de ayuda, de perdón entre todos los que la integran. Padres, hijos, hermanos formando una piña fuerte aunque no cerrada a la convivencia con los demás.

Las relaciones de vecindad, procurando no solo no ser gravoso para los otros vecinos sino ofreciéndoles una sincera colaboración y ayuda.

Las relaciones laborales, siendo responsable de las tareas que se tengan encomendadas en los distintos estamentos de la producción -obrero, director, patrono, sindicalista- fomentando un trato agradable y justo entre todos.

La vida de estudiante, dedicándose seriamente al estudio, traducido en un serio esfuerzo por alcanzar una sólida formación que le capacite para ser miembro activo y eficaz cuando se inserte en la sociedad productiva.

En los momentos de expansión y descanso gozando de las posibilidades al alcance. Siendo alegres sin caer en posturas denigrantes, incompatibles con la dignidad de la propia persona y la de los otros.

En el ejercicio de la autoridad, cumpliendo estrictamente la justicia y la equidad.

Vivir como hijo de la luz es vivir de tal manera que los demás puedan considerar la vida como un don a disfrutar en paz y sosiego.

Vivir como hijo de la luz es enfocar la vida como quien tiene la gozosa responsabilidad de desarrollarla al máximo en favor de todos.

Vivir como hijo de la luz es sentirse solidario de los problemas del mundo, poniendo a contribución las energías necesarias para cooperar a la edificación de otro, que sea una morada agradable para todos los que lo integran.

Vivamos la vida así, como hijos de la luz y la viviremos esperanzados y gozosos como nos lo prometía el salmo: Dichosos los que aman al Señor y siguen sus caminos, porque serán felices y verán la prosperidad de Israel. AMÉN
 

 

32 SEMANA T. O. DÍA 12 DOMINGO


HOMILÍA

 


La síntesis de las lecturas de hoy es muy clara y sencilla:

Si se está atento [3ª lect. (Mt. 25, 1-13 )] se puede alcanzar la sabiduría [1ª lect. (Sab. 6,12-16] que nos llevará al encuentro con Dios [2ª lect. (1ª Tes. 4, 13-18)]

Dentro de nuestro empeño en encontrar valores que orienten nuestra vida de personas y de personas creyentes, hoy los textos de la Sagrada Escritura nos invitan a entrar en el meollo mismo del ser humano en orden a sabernos posicionar como tales en el desordenado mundo que nos circunda.

La comprensión de la grandeza del mensaje transmitido por Dios está garantizada en la primera de las lecturas.

En el libro de la Sabiduría (1ª lect) se dice: “Se deja encontrar por quienes la buscan”

Al ser una proposición con carácter universal, es también una oferta para todos y cada uno de nosotros. Su verificación es notoria puesto que muchísima gente, algunas de las cuales veneramos hoy como santos públicamente conocidos y reconocidos, han vivido sabiamente y hoy los propone solemnemente la Iglesia como ejemplos a imitar. También en nuestro derredor, en la vida diaria, encontramos personas que viven honesta mente su vida. Hombres y mujeres que viven con la sabiduría de Dios, incluso muchos, sin saberlo porque no son “creyentes”

El mal hace mucho ruido y causa tanto dolor que le convierte en algo muy sensible en el mundo, a veces, excesivamente aireado por la prensa sensacionalista. Pero eso no quiere decir que solo se dé el mal en el mundo. El bien existe pero con su carácter discreto pasa desapercibido, muchas veces incluso tapado por el ruido ensordecedor del mal.

Que la posesión de la Sabiduría sea una oferta universal no quiere decir que no exija esfuerzo por nuestra parte.

Es el consejo-advertencia que nos hacía Jesús en el Evangelio (3ª lect) “Estad en guardia y preparados” para que no se pase la oportunidad de encontrarla.

Estarlo es de una importancia suprema puesto que nos sitúa en la línea del definitivo descubrimiento de nuestra realidad personal.

El descubrimiento de nuestra condición de persona abocada a la eterna existencia en el misterio de Dios es vertebral en la organización de nuestra vida y el aprovechamiento y orientación de las expectativas que ella nos ofrezca. Es algo que afecta a la comprensión de la persona como tal. ¿Qué soy yo? ¿Quién soy yo, de verdad?

Según la Revelación nuestra vida se entiende y explica desde una decisión amorosa de Dios que nos invita a vivirla aquí de tal manera que nos hagamos dignos de vivirla luego eternamente junto a Él.

Es la gran noticia que nos transmitía San Pablo en la segunda lectura: “Si creemos que Jesús ha muerto y ha resucitado nos reunirá con Él y estaremos siempre con Él”

La grandiosidad de esta afirmación no hemos de entenderla como que aporta algo maravilloso que se “añade” a la condición de hombre, sino como una nueva concepción del hombre mismo; algo que embebe todo cuando uno es y hace: somos “algo divino”, una “realidad” que “objetiviza”, que convierte en realidad concreta el proyecto amoroso creador de Dios. Cada persona es el proyecto creador de Dios realizado individualmente.

Esto cambia totalmente la visión del hombre. De ser algo efímero, pasa a ser un paréntesis entre el amor de Dios creador y el amor de Dios acogedor.

No somos una nada entre dos ceros, la nada de antes de nacer y la nada después de morir, que decía la filosofía existencialista atea, sino todo lo contrario, un resultado de la acción amorosa creadora y receptora de Dios. Los cristianos sabemos que antes de nacer somos un proyecto en la mente de Dios y después de morir uno que descansa eternamente en el pecho de Dios.

Podríamos decir que el hombre es un deseo de Dios realizado en carne. Como carne sentimos las limitaciones propias de ese material; como “intento” de Dios somos “un- algo- abierto- a- regresar- a- Dios.

El hombre no es una burbuja de aire aparecida por azar de la simple combinación de materia resultado de un cúmulo de probabilidades, sino la realización concreta de un proyecto de Dios, destinado a regresar a su fuente mediante una decisión consciente y libre.

Como “criatura de Dios” somos una más de las innumerables que integran el cosmos, pero con la peculiarísima y extraordinaria capacidad de sabernos creados y orientados por Dios hacia Él. Cuando Nietzsche afirmó que el hombre actual es una flecha lanzada desde el mono hacia el superhombre tuvo una intuición genial al descubrir que el hombre no es una realidad definitivamente hecha. Se equivocó al considerar el punto de partida y de llegada. El hombre es un ser proyectado por Dios camino de su definitiva “plenificación” en Dios, tras su carrera temporal en el mundo.

La aportación de la Revelación a la comprensión más profunda de la realidad humana es un verdadero regalo de Dios que debemos aprovechar hasta las últimas consecuencias.

Escuchemos la exhortación de Jesús: estemos atentos para que no perdamos la gran oportunidad de comprender nuestra vida como una gran expectativa hacia Dios. AMÉN.
 

 

 

 

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