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Pedro Saez. Presbítero

 

 

DOMINGO II TIEMPO PASCUAL



Los textos que hemos escuchado contienen importantes ideas y datos para nuestra fe.

En primer lugar una confirmación de la Resurrección de Jesús. No obstante el aparente fracaso de Jesús, el grupo de sus seguidores aumenta considerablemente. Unos seguidores que se apartaban de sus convicciones judías en las que habían sido educados y que vendían sus cosas para poder atender a las necesidades de los demás. Un acontecimiento así solamente puede explicarse por la presencia de Jesús en medio de su Iglesia, tal y como lo había prometido a los apóstoles. Yo estaré con vosotros hasta la consumación de los tiempos” (Mt. 28,20)

La expansión es tanto más “probativa” de la presencia de Jesús, cuanto que se realiza en situaciones de persecución. Lo dice San Pedro: “De momento os veis obligados a sufrir diversas pruebas”

Otras ideas o datos ofrecidos por los textos serían:

*.- Seguir insistiendo en el hecho de la Resurrección de Jesús como el fundamento de la “esperanza a una herencia incorruptible”

*.- El encargo de Jesús a los apóstoles de predicar el Evangelio.

*.- La potestad conferida a los Apóstoles de perdonar pecados.

*.- La tozudez de Santo Tomás en la aceptación de la resurrección.

Estos puntos los dejaremos para sucesivas reflexiones porque esta mañana parece prudente y urgente centrarnos en aquello de San Pedro: “os veis obligados a sufrir diversas pruebas”

Parece mentira que en pleno siglo XXI, cuando la humanidad se ha entusiasmado con la llamada Ilustración y ha proclamado las declaraciones de “Los derechos humanos de Virginia” del 12/06/ 1776, “De los derechos del hombre y del ciudadano” de la Revolución francesa del 26/08/1789 y la de “Los derechos humanos” de la Asamblea General de las Naciones Unidas del 10/12/1948, la carta de San Pedro tenga una tan trágica y tremenda actualidad.

“A los presbíteros que hay entre vosotros los exhorto yo, testigo de los sufrimientos de Cristo y participante en la gloria que habrá de manifestarse en el futuro…. Vuestro enemigo como león rugiente da vueltas y busca a quién devorar. Resistidlo firmes en la fe, sabiendo que vuestros hermanos, esparcidos por el mundo soportan los mismos sufrimientos. Cristo os perfeccionará después de un breve padecer, os confirmará, os fortalecerá y os consolidará”

Cristianismo y persecución van muy unidos a lo largo de los tiempos. Es una dolorosa y cruenta historia que comenzó con el mismo Jesús que, calificado por San Pedro como un hombre bueno, poseído por Dios, que pasó haciendo el bien a todos, terminó, sin embargo, en el patíbulo de la cruz, allá en el Gólgota.

Él lo sabía. Lo sabía respecto a su fin -me matarán pero resucitaré, (Lc. 9,22)- y lo sabía respecto al destino de sus seguidores. Se lo dijo abiertamente: Si me han perseguido a mí también os perseguirán a vosotros. (Jn. 15,20)

Las persecuciones unas veces son “abiertas”, proclamadas, como las que padecen muchos cristianos en varios territorios dominados por los comunistas, por fanáticos islamistas, o por otros extremismos y que han obligado a decir al Papa que "La persecución a los cristianos hoy es mayor que la de los primeros siglos" (“Angelus” del día 26/12/16 festividad de San Esteban)

Otras veces son persecuciones “camufladas”. Por ejemplo de libertad de expresión, y así se desprecia, se burla, se mofa impunemente al mismo Cristo crucificado o a María Santísima, su madre.

Otras, como actos de gamberrismo callejero como los incidentes de las procesiones en Sevilla.

Otros “más sutiles” apelan a la no confesionalidad para arremeter contra toda manifestación religiosa hecha por radios y televisiones públicas como si no fuera misión de lo público asistir a las demandas honestas de los ciudadanos; como si los valores morales fueran un perjuicio a la sociedad; como si el propagar ideas religiosas perjudicara a la salud moral de la sociedad.

Esto de ninguna manera debe interpretarse como la defensa de impunidad en favor de cualquier confesión religiosa. Cuando se cometan abusos por parte de los creyentes, sean los que sean, y tengan la jerarquía que tengan, y tengan lugar donde tengan lugar, deben ser denunciados y sometidos a los tribunales ordinarios, como corresponde a una sociedad que dice moverse en el campo del derecho. Eso es vivir civilizadamente, lo otro huele bastante a intransigencia y/o dictadura.

Tampoco se trata de defender derechos especiales para los católicos, o en general para los creyentes según las diversas religiones, sino de exigir que se respeten los derechos humanos a los que tenemos derecho no por creyentes sino por personas que como las demás contribuyen también económicamente mediante el pago de los impuestos al desarrollo de la nación. Los cristianos somos ciudadanos y contribuyentes y como tales sujetos de todos los derechos humanos.

El movimiento anticristiano es tan generalizado que ha sido objeto de advertencia por parte del Papa Francisco. En la Exhortación El Gozo del Evangelio denuncia la pretensión de todos aquellos que quieren reducir el cristianismo a actuaciones dentro de los templos. “El proceso de secularización tiende a reducir la fe y la Iglesia al ámbito de lo privado y de lo íntimo” (nº 64)

No tenemos por qué sorprendernos. Nos lo había advertido Jesús. Lo que sí debe sorprendernos es que muchos creyentes anden coqueteando con posturas políticas que favorecen todas esas cosas.

¿Por qué nos diría Jesús que los hijos de las tinieblas son más astutos que los hijos de la Luz? ¡Qué cosas tenía Jesús! ¿Verdad? ¡Qué ocurrencias!

También nos dijo que fuéramos prudentes como serpientes. Seguramente que también fue otra ocurrencia de Jesús.

Jesús no nos convoca a la violencia pero sí a tener los ojos bien abiertos para que sepamos a qué juega cada uno y con quien se puede o no contar a la hora de la verdad.

Esta reflexión no puede terminar sin exhortarnos como creyentes a ser ciudadanos honrados, que nunca demos con nuestros comportamientos base a que se menoscaben los valores cristianos perjudicando o entorpeciendo la extensión del Reino de Dios entre los hombres y mujeres de nuestro tiempo.

Con humildad pero con fortaleza y sobre todo con nuestro ejemplo seamos en pleno siglo XXI como los apóstoles: TESTIGOS Y DEFENSORES DE LA RESURRECCIÓN DE JESÚS. AMÉN

 

 

HOMILÍA

Domingo de Resurrección

 


En los Hechos de los Apóstoles, libro que escribió el evangelista San Lucas y en el que narra el comienzo de la comunidad cristiana a partir de la Resurrección de Jesús, aparecen los apóstoles, encabezados por Pedro, que es quien toma la palabra, para asegurar a los presentes que Jesús ha resucitado.

Lo hace recordando a los judíos lo que ellos mismos habían visto y oído. No se trata de un personaje desconocido, no. Ese al que habéis crucificado es al que hemos visto resucitado.

Una afirmación completamente absurda de no haber ocurrido exactamente lo que ellos predican. ¿A qué viene proclamar un hecho si ellos saben que es falso?

Su insistencia en proclamar el hecho de la Resurrección de Jesús es comprensible si tenemos en cuenta que sin ella, sin la Resurrección de Jesús, toda la dimensión transcendente de nuestra religiosidad desaparecería, para quedar convertida en un proyecto puramente humano.

Jesús hubiera sido un ideólogo del tipo de Sócrates, Platón o alguno de los extraordinarios pensadores que se han esforzado por orientar los comportamientos humanos hacia una convivencia pacífica, amén de a un noble desarrollo de la personalidad de cada ciudadano. Un proyecto grandioso capaz de entusiasmar a quien lo conozca, pero nada más. Todo lo trascendente quedaría reducido a una bella perspectiva creadora de una ilusionante esperanza; eso sería todo.

Lo que garantiza el origen divino y por consiguiente el valor objetivo y real de las enseñanzas y promesas de Jesús es su Resurrección. Esa es la que muestra de manera incuestionable aquello que decía San Juan al comienzo de su Evangelio: Jesús es la palabra de Dios hecha carne.

Las consecuencias para todos nosotros de esa Resurrección nos las ofrece San Pablo en el fragmento de carta que hemos escuchado. Se nos propone vivir como hombres y mujeres nuevos.

Un hombre nuevo, en el sentido paulino, es aquel que abandona unas actitudes para implantar otras diferentes. Ciertamente que San Pablo se está refiriendo a aquellos que viviendo en el paganismo con unas costumbres licenciosas han conocido a Cristo, y como él mismo dice, se han revestido de Él, de Cristo.

Ese no es exactamente nuestro caso. Nosotros ya optamos por el seguimiento de Jesús, por eso estamos aquí ahora celebrando la Eucaristía, pero, en aquel deseo de Jesús de que fuéramos perfectos, lo cual es deseo compartido por todo buen padre respecto de sus hijos, siempre nos es posible pulir defectos a fin de que aparezcan más sensiblemente las virtudes. Es a lo que nos anima el Apóstol con su carta: siempre podremos ser más compasivos, más bondadosos, más humildes, pacientes y comprensivos; en una palabra: siempre podremos inaugurar en nosotros un cristianismo nuevo más comprometido, más semejante al de Jesús.

El Evangelista San Juan nos trasmite las primeras impresiones del desconcertante hecho de la resurrección. Primero las de María Magdalena cuya perplejidad la lleva a correr junto a Pedro y Juan para comunicarles el acontecimiento. Luego el de los apóstoles, que siguiendo la petición de la Magdalena, han ido veloces a verlo personalmente. Efectivamente, la piedra está quitada, el sepulcro está vacío, el sudario recogido y los lienzos por el suelo y ellos, desorientados. Es entonces cuando de repente recuerdan con toda claridad lo que les había anunciado Jesús: “El hijo del hombre será entregado y muerto pero resucitará”

Tras esta vivencia experimentan una profunda transformación en toda su vida. Se convierten en los testigos de esa Resurrección y en prometedores de la salvación para todos cuantos crean en Jesús.

Sobre todo esto, volveremos a insistir D. M. a lo largo de este tiempo pascual, pero ya desde ahora podemos pensar que, si no hubieran estado firmemente convencidos de la Resurrección de Jesús jamás hubieran podido afirmar con la firmeza que lo hicieron cosas como las dichas por San Pablo: buscad las cosas de arriba, donde Cristo está sentado a la diestra de Dios; pensad en las cosas de arriba, no en las de la tierra. Vosotros habéis muerto, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios. Cuando Cristo se manifieste entonces vosotros también apareceréis con él en la gloria.

¿Cómo podrían atreverse a garantizar la vida eterna en nombre de un pobre ajusticiado en el Gólgota si no les constara a ellos que ese ajusticiado era algo mucho más que hombre? Por otra parte. De no constarles la Resurrección de Jesús. ¿Cómo podría explicarse el rumbo que dieron a su vida, toda ella dedicada a los trabajos, sufrimientos y hasta martirio por predicar la Resurrección de Jesús, si ellos no le hubieran vuelto a ver resucitado? ¿Cómo se explicaría su profunda transformación de hombres asustados y encerrados en el Cenáculo por miedo a los judíos en defensores públicos, ante las amenazas de los judíos y nada menos que del imperio romano? Las promesas y su dedicación no tienen ningún sentido sin la certeza absoluta de la Resurrección de Jesús.

Sí, Jesús resucitó y sus promesas están abiertas para todos nosotros, para todos los que como los apóstoles, nos alegramos del triunfo de Cristo.

Vivamos con la gozosa esperanza de que esas promesas serán realidad para nosotros algún día. AMÉN.
 

 

 

 

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