Inicio

J. A. Pagola

Homilías

Lecturas del día

El Día del Señor

Diapositivas Eucaristía

Contactos
 

 

Pedro Saez. Presbítero

 

 

DOMINGO II DE CUARESMA

 

HOMILÍA


El domingo pasado reflexionamos sobre los sentimientos con los que hemos de acercarnos a la celebración del misterio de la Redención. Esos sentimientos eran: los de AGRADECIMIENTO por lo que supone la gesta de Jesús en favor nuestro, de FE, porque su personalidad y comportamiento es digno de crédito y los de SILENCIO-MEDITATIVO porque solo rumiando en un contexto de silencio el drama de Jesús experimentaremos todos sus frutos.

Hoy damos un paso más y nos acercamos a la comprensión de toda la grandeza que este misterio supone para todos y cada uno de nosotros.

Atendiendo a la síntesis que nos ofrecen los textos sagrados del día de hoy podemos entender el Misterio de la Redención como la realización de las viejas promesas hechas por Dios a Abrahám (primera lectura, Gen. 15, 5-12, 17-18) que culminarán con nuestra transformación a la medida de Cristo (segunda lectura, Flp. 3, 17/4,1) según su condición de Dios y hombre verdadero (tercera lectura, Lc. 9, 28b-36)

Comenzaremos analizando los términos en los que se enuncia.

Misterio, porque todo lo que afecta a la vida íntima de Dios, lo es para nosotros. Cómo Jesús es hijo de Dios y cómo Jesús es Dios y Hombre al mismo tiempo, es algo que desborda totalmente nuestra capacidad cognoscitiva. No podemos darle más vueltas.

Redención. El término redención hace referencia a que Jesús nos ha redimido, nos ha salvado. Nos ha salvado de qué, cómo y para qué.

La respuesta tradicional a estas preguntas es poco más o menos esta: Dios estaba enfadado con el hombre a causa del pecado cometido por Adán y Eva. El llamado pecado original. Jesús vino a este mundo para sacrificar su vida como cordero ofrecido al Padre para conseguir que nos perdonara. Según esta concepción las respuestas a los anteriores interrogantes sería: Jesús nos ha salvado del castigo divino, el modo hubiera sido el holocausto de su propia vida y el para qué, conseguir que los hombres quedáramos reconciliados con Dios.

Sin embargo, tal vez, debiéramos hacer un esfuerzo por entender todo esto más en conformidad con los datos que nos suministra la ciencia con la doctrina evolucionista sobre el origen del mundo y del hombre y por la mejor comprensión del contenido Revelado, alcanzado por su normal desvelamiento a lo largo de la historia.

En cuanto al primer punto. ¿De qué nos redimió? Nos redimió de vivir en el pecado, entendiendo por esto: vivir en el alejamiento del verdadero Dios. La humanidad se había inventado dioses falsos fabricados por el mismo hombre y/o había elevado a la categoría de dioses ideas como el poder, el dinero, el prestigio, etc. etc. Jesús vino a rectificar ese error hablándonos del verdadero Dios como de un Padre que nos ama. Hasta la Revelación, el Dios verdadero era el gran desconocido, como también lo eran sus orientaciones sobre cómo vivir la vida. Jesús vino a redimirnos, a salvarnos de la mundanidad pagana.

En cuanto al segundo punto ¿Cómo nos redimió? También esto exige una adecuada comprensión.

No podemos concebir que Dios, que es amor, calme su ira hacia nosotros destrozando físicamente a Jesús. Ningún padre que esté en sus cabales se satisface con el tormento y martirio de su hijo. San Pablo, presionado por su formación judía y su personalidad de ciudadano romano, fue incapaz de caer en la cuenta de la absurda contradicción de afirmar que tanto amó Dios al mundo que no perdonó a su propio Hijo. No se entiende que Dios nos ame a nosotros más que a su propio hijo. ¿Quién de vosotros sacrificaría a un hijo en medio de tremendos tormentos por salvar la vida de otras personas? No se ve lógico. ¡Amar más a otros que a tu propio hijo! ¿por qué?

La prudencia nos exige creer que hay ideas, verdades, que superan la capacidad humana pero no aceptar absurdas contradicciones. La fe es aceptar lo que no vemos, no luchar contra el sentido común. “Chesterton decía que la Iglesia nos pide al entrar en ella que nos quitemos el sombrero no la cabeza”

La muerte de Jesús no es la realización de un siniestro plan concebido por Dios para otorgarnos su perdón, sino la consecuencia de ser fiel a los principios que rigieron su vida. Creo que hoy le pasaría lo mismo si volviera. La participación de los pecados en la muerte de Jesús la veremos, Dios mediante, el domingo de Ramos.

Si espigamos textos evangélicos nos encontramos con que Jesús nos salvó presentándose como nuestro referente, nuestro ejemplo a seguir. Lo dijo clara y expresamente: “Ejemplo os he dado para que vosotros hagáis como yo he hecho” “Yo soy el camino, la verdad y la vida” para todos vosotros. Pero es que esto lo había dicho también el Padre: “Este es mi hijo, escuchadle”. La salvación nos viene por la aceptación de las enseñanzas de Jesús que nos llevan al Padre.

Esto nos aclara mucho más evangélicamente, en qué consiste la redención, nuestra salvación.

En cuanto al tercer punto ¿Para qué nos redimió?

Para que viviéramos la vida desde una perspectiva transcendente.

Jesús nos ha salvado de tres grandes merodeadores que inquietan y desazonan nuestra vida: la perplejidad existencial, - qué pinto yo en el mundo- el miedo a la muerte -qué será de mí, y la incertidumbre en el obrar -Qué debo hacer mientras estoy en el mundo-

De la perplejidad existencial nos ha salvado al descubrirnos el sentido de nuestra existencia. Gracias a Él sabemos por qué vivimos, por qué existimos. Nos ha garantizado que nos ha creado Dios. Existimos por el amor de Dios.

Del miedo a la muerte, porque nos ha afirmado que después de esta vida nos espera otra en el misterio de Dios , nuestro Padre.

De la incertidumbre en el obrar Porque a través de sus enseñanzas y ejemplo sabemos cómo portarnos en esta vida para vivirla en toda su grandeza y honestidad.

Jesús nos ha ofrecido la fe que nos alumbra, la esperanza que nos conforta y el amor que nos impulsa.

Esta es la gran salvación que nos ha traído Jesús de Nazaret: vivir la vida de otra manera: con fe, esperanza y amor.

Nos ha salvado de andar náufragos por la vida, caminar a tientas y quizás, en más de una ocasión, fuera de los caminos del bien.

Es un tema, que hemos de plantearlo no dentro de la venganza de Dios sobre el hombre pecador sino del amor entre Dios y el hombre, entre la grandeza de Dios y la debilidad humana. Tema que quedó pendiente el domingo IV del T.O. (3 de Febrero)

A entender todo esto está dedicado este santo tiempo de CUARESMA. Pediremos a Dios en esta Eucaristía y en las por venir, la fuerza y luz necesaria para ello, para entenderlo y para vivirlo. AMÉN.

 

 

DOMINGO I DE CUARESMA


El próximo domingo, Dios mediante, reflexionaremos sobre el contenido del Misterio de la Redención.

Hoy, de la mano de las lecturas correspondientes a este primer domingo de Cuaresma, nos fijaremos en las actitudes básicas que deben estar presentes en nuestro espíritu durante este santo tiempo para que el contenido del misterio de la Redención cale lo más profundamente posible en nuestra personalidad.

El primer texto, tomado del Deuteronomio (26, 4-10) nos habla de una actitud de AGRADECIMIENTO hacia Dios por la preocupación por su pueblo. Dios tiene compasión de ellos y ellos agradecidos le ofrecen las primicias de los frutos conseguidos allí adonde los había conducido.

Esta debería ser nuestra actitud ante Dios durante toda nuestra vida pero de modo especial en este tiempo en el que vamos a meditar sobre la gesta de Jesús en favor nuestro. El Drama de Jesús que contemplaremos la semana de pasión, y al que nos iremos preparando a lo largo de estos días de cuaresma, es el drama de un loco de amor que fue capaz de dar su vida por orientar la nuestra.

Murió por ser el Buen Pastor que da su vida por sus ovejas. Esas ovejas somos todos y cada uno de los que ahora tranquilamente estamos reunidos recordándolo en este templo de San Vicente Mártir.

Los sentimientos de agradecimiento mantenidos a lo largo del tiempo cuaresmal contribuirán a un mejor aprovechamiento del misterio de la Redención porque nos harán estar más atentos a su contenido.

La segunda lectura tomada de la carta de S. Pablo a los Romanos (10, 8-13) nos indica a la FE como otra de las actitudes básicas para este tiempo especial de la Cuaresma. La virtud de la fe nos invita a creer en Jesús y a creer en la obra realizada en favor nuestro: rescatarnos del paganismo y sus errores para insertarnos en una nueva vida basada en la transcendencia.

Desarrollar ampliamente esta idea será, si Dios quiere, la tarea del próximo domingo, segundo de cuaresma, pero ya desde hoy debemos excitar nuestra credibilidad en ese Jesús que nos ofrece su vida como ejemplo salvador para la nuestra. Jesús se merece ser creído por nosotros y en esa actitud hemos de mantenernos durante este tiempo preparatorio para beneficiarnos más plenamente de su obra salvadora.

En la lectura del Evangelio (San Lucas 4, 1-1) Jesús nos muestra con su comportamiento otras dos actitudes básicas para que toda reflexión religiosa pueda suponer para quien la haga, un verdadero enriquecimiento espiritual.

Por una parte nos indica la necesidad de buscar espacios de SILENCIO. Un silencio imprescindible, más que nunca en este ruidoso mundo del siglo XXI, para que el “estruendo” del mundo no nos incapacite para oír a Dios. Él se fue al desierto. No podemos hacer lo mismo, la mayoría de nosotros y de las veces, pero sí podemos y debemos, incluso por salud mental, hacernos con algunos espacios de tiempo en los que sea posible oírnos y oír a Dios. Para los más ocupados podría servirles la Eucaristía dominguera intensamente vivida. Creo, sin embargo, que por muchas que sean nuestras ocupaciones, si de verdad nos decidimos a ello, más veces de las que pensamos será posible encontrar tiempos de silencios.

Por otra, Jesús nos indica el para qué de esos aislamientos: para PENSAR. Para pensar en Dios y para pensar en nosotros mismos. O si se prefiere para convertirnos en objetos de nuestra propia reflexión desde la perspectiva de Dios.

Ambas actitudes: silencio y reflexión, nos permitirán desplazar a un segundo plano las tentaciones de la mundanidad que nos seguirán acosando durante el tiempo de cuaresma tratando de distraernos de una seria valoración de la gran oferta que nos hace Jesús.

El mal a lo largo de la Cuaresma y de toda nuestra vida, seguirá sugiriéndonos -como a Jesús entonces- aunque con un lenguaje distinto, que nos despreocupemos de todo aquello que no sirva para engordar en el campo político, económico, social, etc. etc. Que no perdamos el tiempo en algo que no nos reporte beneficios materiales. Que la vida son tres días y hay que saberlos vivir a tope, sin esas preocupaciones espirituales.

Seguirán sonando en torno a nosotros cantinelas como si adoras al mal, si te pliegas a sus exigencias, si no respetas a nada ni a nadie todo lo de este mundo puede ser tuyo y que si desprecias el orden de las cosas y te muestras temerario, sin límites, podrás llegar muy lejos.

Con estas mismas innobles promesas el hombre, nosotros, cada uno de nosotros, nos sentiremos tentados a pasar por el tiempo de cuaresma y el de toda la vida sin haber hecho un serio planteamiento del sentido mismo de nuestra existencia; sin haber entrado a fondo en toda la grandeza del misterio de la Redención. Solo si hemos sido capaces de encontrar esos momentos de soledad reflexiva tendremos la suficiente munición como para retirar la malsana influencia de esas solicitaciones mundanas y poder dedicarnos a responder agradecidos y con fe a la oferta de Jesús.

El tiempo de cuaresma no es para hurgar en nuestras miserias, ni para atormentarnos por ellas, ni para apalearnos inmisericordes con ayunos y penitencias sino para acercarnos lo más íntimamente posible al gran tema de nuestra Redención. Es para ESO para lo que es imprescindible despertar esos sentimientos que nos han señalado los textos de este primer domingo de cuaresma: agradecimiento, fe, silencio y reflexión.

¡Aprovechemos el tiempo! No defraudemos a Dios ni a los hombres, ni a nosotros mismos. AMÉN
 

 

 

 

Inicio

J. A. Pagola

Homilías

Lecturas del día

El Día del Señor

PPS Eucaristía