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Pedro Saez. Presbítero

 

DE VACACIONES

 

 

DOMINGO IX LA SANTÍSIMA TRINIDAD.

HOMILÍA



Dt. 4, 33-34, 39-40;

Rom. 8, 14-17;

Mt. 28, 16-20

Ya la denominación de esta festividad como la del “Misterio de la Santísima Trinidad” nos exime de todo intento por alcanzar una perfecta comprensión de ella.

Por definición un misterio es algo incognoscible, por consiguiente, cualquier intento por aclararlo conduce necesariamente al fracaso. Otra cosa es que, para entendernos nosotros, aplicando algunos conceptos filosóficos, propios incluso de una determinada filosofía, la escolástica, hablemos de una única naturaleza y tres personas distintas. Repito: esto es exclusivamente para uso nuestro, no para explicar el misterio de la esencia íntima de Dios. En Dios todos nuestros conceptos resultan insuficientes y solo con aplicación analógica.

Para alejar de nosotros toda duda respecto a las posibilidades de entender el misterio trinitario, finjamos que queremos explicar a una vaca la segunda guerra mundial.

¿Cómo le haríamos entender la postura de Roosevelt y Churchill, frente a Hitler y Mussolini? ¿Qué palabras emplearíamos? ¿De qué símbolos o imágenes nos valdríamos?

Sería una tarea absolutamente imposible. Una vaca nunca podrá hacerse una idea de lo que fue y representó la segunda gran guerra mundial. No tenemos un medio apto para la intercomunicación. La vaca está “programada” para expresar mediante mugidos cuatro vivencias instintivas elementales, mientras que nosotros nos movemos en un lenguaje abstracto. La distancia es abismal.

Pues, todavía es mucho mayor la distancia entre nosotros y Dios.

Sin embargo es indudable que cuando en la Revelación se nos habla de ELLA, de la Santísima Trinidad, es porque algún conocimiento nos viene bien a la hora de elaborar nuestra religiosidad. Es evidente este razonamiento porque Dios nunca hace cosas ni declaraciones en vano. Si las ha hecho será por algo.

Atentos, pues, a las informaciones que nos ha dado a través de la Revelación tratemos de entenderlas como algo que Dios ha considerado importante para nosotros.

Una de las “facetas” en las que más ha insistido la Revelación, sobre todo Jesús, para acercarnos un poco a la comprensión del misterio Trinitario es la de considerar a Dios como PADRE.

Múltiples textos hablan de esa paternidad de Dios tanto con respecto a Jesús como a nosotros.

Respecto a Jesús:

Mateo 11,27 Todas las cosas me han sido entregadas por mi Padre; y nadie conoce al Hijo, sino el Padre, ni nadie conoce al Padre, sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.

Lucas 2,49 Entonces Él les dijo: ¿Por qué me buscabais? ¿Acaso no sabíais que debo ocuparme de las cosas de mi Padre?

Juan 17,11 “Ya no estoy en el mundo, pero ellos sí están en el mundo, y yo voy a ti. Padre santo, guárdalos en tu nombre para que sean uno, así como nosotros”


Respecto a nosotros

Mateo 7:11 Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará cosas buenas a los que le piden?

Lucas 12:32 Jesús dijo: No temas, rebaño pequeño, porque vuestro Padre ha decidido daros el reino.

Mateo 5,48 “Por tanto, sed vosotros perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto”.

Juan 1,12-13 “Pero a todos los que le recibieron, les dio el derecho de llegar a ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre, que no nacieron de sangre, ni de la voluntad de la carne, ni de la voluntad del hombre, sino de Dios”

Mateo 6, 9 “Vosotros orad de esta manera: “Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre”

Una idea que entendieron y expusieron perfectamente los Apóstoles en sus enseñanzas.

1ª Corintios 1:3 “Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de misericordias y Dios de toda consolación.

San Pedro (1ª, 1,3) “Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, quien según su gran misericordia, nos ha hecho nacer de nuevo a una esperanza viva, mediante la resurrección de Jesucristo de entre los muertos”

1 Juan 3,1 “Mirad cuán gran amor nos ha otorgado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios; y lo somos”

En la Revelación aparece el Padre como el origen de todo. Por ejemplo en: Hechos 17,24-28 Dios hizo el mundo y todo lo que hay en él, puesto que es Señor del cielo y de la tierra. No habita en templos hechos por manos de hombres, ni es servido por manos humanas, como si necesitara de algo, puesto que El da a todos el ser.

También Jesús aparece en la revelación como Dios, como otra manifestación de Dios. Sobre ello tenemos suficientes textos en los que Él mismo lo afirma.

Asegura que Él existió antes de Abraham (Juan 8,58). Se declaró uno con Su Padre (Juan 10,30) y que Él es igual a Dios (Juan 5,17-18).

Hay un momento en el que los judíos le dicen: “¿Por cuánto tiempo vas a tenernos en suspenso? Si tú eres el Mesías, dínoslo claramente.” Jesús respondió, “Las obras que hago en nombre de mi Padre son las que me acreditan” Y para que no les cupiera la menor duda les dijo “El Padre y yo somos uno.” (Juan 10, 25-30)

No solo proclamó ser Dios, sino que declaró tener el poder de Dios para juzgar a las naciones (Mateo 25,31-46), para resucitar muertos (Juan 5, 25-29) y perdonar pecados (Marcos 2,5-7).

Así como Dios-Padre nos eleva a la categoría de hijos, Dios-Hijo, Jesús, se nos ofrece como: la luz del mundo” (Juan 8,12), el camino, la verdad y la vida” (Juan 14,6) el único camino al Padre” (Juan 14,6) la resurrección y la vida” (Juan 11,25) el Buen Pastor” (Juan 10,11) la puerta” (Juan 10,9) el pan vivo” (Juan 6,51) la vid verdadera” (Juan 15,1). Saber esto es lo que a nosotros nos interesa para iluminar cristianamente nuestra vida. Jesús en su “esencia” es y seguirá siendo un misterio para nuestra limitada mente, pero respecto de nosotros es “todo eso”.

La tercera manifestación de Dios a través de la Escritura es como “Espíritu Santo”.

Para no alargarnos, recordamos cuanto vimos en la Festividad de Pentecostés.

Entonces contemplamos al Espíritu Santo como fuego, viento y paloma que nos fortifica, potencia, ilumina y serena. Un algo que “llena” nuestra vida y la inscribe en la órbita de lo sagrado San Pablo en la carta a los Romanos (8,14-17) sintetiza así la actuación del Espíritu:

“Todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, son hijos de Dios. Pues no habéis recibido un espíritu de esclavitud para volver otra vez al temor, sino que habéis recibido un espíritu de adopción como hijos, por el cual clamamos: ¡Abba, Padre! El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios, por tanto, ya no eres siervo, sino hijo; y si hijo, también heredero”.

Recogiendo todo lo visto tenemos que el misterio de la Santísima Trinidad con ser tan lejano a nosotros en cuanto a su esencia y comprensión, se nos ha “revelado” como tres manifestaciones del UNICO Dios: como Padre que nos da el ser, como Hijo, Palabra de Dios que nos enseña el camino hacia el Padre y como Espíritu que nos fortifica e impulsa en ese caminar.

Podríamos pensar que, de la misma manera que en el seno materno estamos rodeados por el líquido amniótico, en el mundo de la existencia estamos enmarcados en el misterio Trinitario.

Así lo entendió y lo propuso San Pablo en su discurso en el Areópago de Atenas: (Hch. 17, 27-28) Dios no está lejos de cada uno de nosotros, ya que en Él vivimos, nos movemos y existimos, como alguno de vuestros poetas ha dicho también.

Este es el gran contenido de la Festividad de la Santísima Trinidad: nosotros “abrazados” por la vida íntima de Dios. Sepamos vivir, movernos y existir en Él. AMÉN.
 

 

DOMINGO VIII PENTECOSTÉS

HOMILÍA



Jesús en la última cena había prometido a los apóstoles el envío del Espíritu Santo para que los mantuviera firmes cuando Él ya no estuviera con ellos y también para que los ayudara a entender correctamente lo que Él les había enseñado (Jn. 15, 26-27) (Tercera lectura)

La festividad de Pentecostés hace referencia a la solemne venida del Espíritu Santo sobre la Iglesia. Es lo que aparece en la primera lectura tomada de los Hechos (2,1-11)

San Pablo saca las consecuencias que nos ha recordado la segunda lectura (1ª Cor. 12, 6-7, 12-13)


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Los ejemplos sensoriales, las imágenes, sirven para que lo que vemos nos ayude a comprender aquello sobre lo que se nos quiere informar. Las imágenes nos ayudan a comprender las ideas.

Dios cuenta también con ese recurso para acercarnos a la comprensión de las grandes verdades que desea comunicarnos.

En los relatos de hoy, festividad de Pentecostés, como en otros muchos, Dios se vale de elementos sensibles para “darnos a entender” la eficaz , aunque misteriosa, acción del Espíritu Santo sobre nosotros.

Como toda acción divina, es inalcanzable comprensivamente por nosotros. Los elementos sensoriales solamente nos sirven para “acercarnos un poco” a su profundo significado.

Hoy escuchamos que el Espíritu se manifestó en forma de lenguas de fuego. Indudablemente este símbolo no ha sido arbitrariamente elegido por Dios. Con él nos quiere dar a entender que lo que hace el fuego en el orden material es semejante a lo que hace el Espíritu sobre nosotros en el campo de lo sagrado.

El fuego es útil para desinfectar, por ejemplo, una zona contaminada por una epidemia. Por su fuerza destructora fue empleado también por el hombre primitivo para defenderse de las fieras. En una fragua vuelve dócil a los metales duros convirtiéndolos en objetos útiles.

Además de “eso” también ilumina y da calor, abriendo posibilidades ilimitadas al avance de la civilización. Gracias a él se vence a la noche ampliando el tiempo de ver, se abre un campo ilimitado a la industria, aumenta también extraordinariamente las posibilidades culinarias del hombre con nuevos sabores de cocido, asado, frito, etc.

Cuando Dios nos habla de lenguas de fuego refiriéndose al Espíritu Santo, nos está diciendo que tiene fuerza tanto para purificarnos de nuestros pecados como para aumentar espectacularmente nuestras posibilidades de actuación, como para doblegar nuestra indómita voluntad y para defendernos de los ataques del mal.

Se le representa también con una paloma. A la paloma se la considera como el símbolo de la paz. Su simbología nos manifiesta que uno de los efectos de la Presencia del Espíritu es alcanzar la paz interior fundamento necesario para conseguir la paz exterior.

En el relato de los Hechos se lo compara con un viento fuerte. Las propiedades del viento son bien conocidas. Mueve a los barcos de vela, a los molinos de viento y las aspas de las torres productoras de energía eólica.

Son los efectos del Espíritu sobre nosotros: nos ofrece su fuerza para movernos y actuar.

Con todo esto no sabemos QUÉ es el Espíritu Santo pero sí todo aquello que nos interesa saber sobre ÉL: que nos purifica, que aumenta nuestras posibilidades y que nos da la fuerza necesaria para llevarlas a la práctica. “ESO” es lo que nos interesa saber y eso es lo que nos ha querido comunicar Dios con todas esas imágenes. “ESO” es lo que necesitamos para poder decir al final de nuestra vida lo que le decía San Pablo a Timoteo (2ª Tim. 4, 7-8) “He combatido el buen combate, he concluido mi carrera, he conservado la fe; sólo me queda recibir la corona merecida, que en el último día me dará el Señor, justo juez; y no sólo a mí, sino también a todos los que esperan con amor su venida”.

La “misión” del Espíritu Santo es llenar nuestra vida elevándola a un orden sobrenatural.

Jesús había dicho a Nicodemo que “el que no nazca del agua y del Espíritu no podrá entrar en el Reino de Dios” (cfr. Jn 3,3 y 3,5).

San Pablo les escribía a los gálatas (4,6-7) “Todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, son Hijos de Dios. Pues no recibisteis un espíritu de esclavos para recaer en el temor; antes bien, recibisteis un espíritu de hijos adoptivos que nos hace exclamar: ¡Abbá, Padre! El Espíritu mismo se une a nuestro espíritu para proclamar que somos hijos de Dios”

En la Sagrada Escritura se hace mención muchas veces a estar lleno del Espíritu.

Así por ejemplo se muestra en Zacarías, que profetizó el cántico del Benedictus, habiendo “quedado lleno del Espíritu Santo”. El mismo tipo de expresión se utiliza cuando Isabel, al recibir a María, “llena del Espíritu Santo” dijo “Bendita tu entre las mujeres…” (cfr. Lc 1,41). Algo similar se afirma del anciano Simeón, puesto que “estaba en él el Espíritu Santo” , y este espíritu le había revelado que no moriría antes de haber visto al Cristo del Señor (cfr. 2,27).

En la primera lectura aparece Pedro “lleno del Espíritu Santo”.

Una afirmación semejante tiene lugar cuando Pedro y Juan son liberados por el Sanedrín. Llegan a los suyos, y después de haber contado todo y hacer una oración en común, “retembló el lugar donde estaban reunidos, y todos quedaron llenos del Espíritu Santo y predicaban la Palabra de Dios con valentía” (Hch 4,31).

San Pablo en esa misma carta (5,22) señala como frutos del Espíritu el amor, la alegría, la paz, la paciencia, la afabilidad, la bondad, la fidelidad, la mansedumbre, el dominio de sí…”

La sensación de concordia que aparece en el relato de los Hechos (2,11) cuando la gente constata que “somos diferentes y todos les oímos hablar en nuestra propia lengua” es una manifestación del carácter vinculante de la acción del Espíritu sobre nosotros.

Una constatación importante ésta de que todos entendían lo mismo con diferentes lenguas. Podría apuntar a la necesidad de dejar hablar al Espíritu a las diferentes civilizaciones en su propia lengua, costumbres y ritos.

Es importante saber entender los signos de los tiempos para que hablando todos lo mismo cada uno sea capaz de captarlo desde su propia cultura.

El Papa Francisco es muy sensible a toda esta problemática y constantemente está pidiendo que nos adaptemos a las nuevas situaciones que se le plantean a la Iglesia.

Sin dejar de ser la Iglesia de Jesús, inmutable en lo fundamental, es absolutamente urgente que seamos sensibles a todas esas situaciones diferenciadas para que el mismo evangelio diga lo mismo a todas las gentes, pero de modo que cada uno lo entienda en su propia idiosincrasia.

La Iglesia tiene que vivir un nuevo Pentecostés, donde cada uno oiga al mismo y único Espíritu, pero en su propia lengua, es decir, según su cultura, situación política, económica, personal. Lo de café para todos, ¡vale! con tal de que cada uno lo tome en su taza, no en una empleada indiscriminadamente para todos.

La Iglesia no debería tener miedo a esa apertura. Jesús en varias ocasiones dijo a los Apóstoles en situaciones que ellos creían perdidas: ¡no tengáis miedo, soy Yo!

En lo que esté de nuestra parte abrámonos a la voz y acción del Espíritu y favorezcamos que los demás puedan hacerlo también.

Terminamos esta pequeña reflexión pidiendo que venga sobre nosotros ese Santo Espíritu. Ven Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor. AMÉN.
 

 

 

 

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