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Pedro Saez. Presbítero

 

Día 25 DOMINGO II DE CUARESMA

HOMILÍA




De la primera lectura (Gen. 22, 1-2, 10-13, 15-18) se desprenden dos lecciones muy importantes: la extraordinaria fe de Abrahán, que mereció el elogio divino y la negativa por parte de Dios de aceptar un sacrificio humano.

Aunque este segundo punto pueda parecer absolutamente superfluo, no lo era en aquellos tiempos en los que los sacrificios humanos de adultos, niños y doncellas estaban vigentes, tal y como enseña la Historia.

Eran frecuentes en China, sobre todo durante el reinado de la dinastía Shang, los Celtas, los Cartagineses, en seis siglos se calcula que ofrecieron a los dioses unos 20.000 niños. También en las civilizaciones precolombinas. Los aztecas sacrificaban niños al dios Sol para que no se apagase y los incas, criaban niños sanos y robustos para tener algo completamente puro que ofrecer a los dioses.

Que Dios le dijera a Abrahán que no quería un sacrificio humano era muy necesario en aquellos tiempos, en orden a eliminarlos definitivamente de una verdadera religiosidad.

La segunda lección de este primer texto hace referencia a la naturaleza y premio de la fe.

En este caso, como en la mayoría de ellos, la fe se nos manifiesta como “extraña” a lo que podríamos llamar la lógica humana. No tiene más que un hijo, no puede tener más y lo va a sacrificar y, es así, como será padre de muchos. A los ojos de la cara no parece esto muy claro, más bien contradictorio. Pero es que la fe no “mira” con los ojos de la cara sino con los ojos de la creencia razonada y justificada en Dios. La naturaleza de la fe es precisamente eso “fiarse”. Esa confianza es la que Dios premia.

La segunda lectura, tomada de San Pablo (Rom. 8, 31b-34) nos muestra claramente que a él, lo mismo que a todo ser humano, le resulta muy difícil liberarse del todo, del ambiente en el que se desenvuelve.

San Pablo nos “explica” la Redención influido por las categorías del pueblo romano y, en general del mundo entero en aquellos tiempos. Dos ideas presidían la “justicia”: el que la hace la paga bien pagada, y el castigo no tiene misión recuperadora del delincuente sino solo la venganza, pagar por el delito cometido.

Ya fue un gran avance, hablar de la pena del Talión que trataba de evitar sobrepasarse en el castigo. Bastaba la igualdad: ojo por ojo y diente por diente.

En este contexto no es difícil para San Pablo, ciudadano romano, caer en la tentación de que la empresa de Jesús revistiera el carácter de pago cruento de un tremendo delito cometido por los hombres: la desobediencia a Dios.

Dios, por fortuna, no es un juez romano. Dios va por otros caminos muy diferentes. Nos amó y nos envió a Jesús para manifestarnos toda su misericordia y amor hacia nosotros.

San Juan está mucho más acertado cuando dice que Jesús se entregó por nosotros porque nos amó hasta el fin. (Jn. 13,1)

En esta interpretación, más amorosa que jurídica, hemos de entender las palabras del Apóstol: Dios nos amó tanto que, por salvarnos, no perdonó a su propio hijo.

Sin duda alguna se trata de una exageración literaria para intentar hacernos comprender cuánto es el amor que Dios nos tiene.

Ninguno de los que estamos aquí, pienso yo, se fiaría de alguien que no perdonara a su hijo y dijera que nos iba a perdonar a nosotros. Si no perdona a su hijo mucho menos, lógicamente, estará dispuesto a perdonar a los demás.

Sin embargo la expresión paulina es válida como un esfuerzo por “levantarnos” a una cierta comprensión de lo que es el amor de Dios hacia nosotros.

Los humanos empleamos bastante frecuentemente expresiones que, aunque suenan contradictorias, tienen un contenido perfectamente lógico. Eso lo sabéis muy bien las madres, y pienso que también los padres. ¿Quién de vosotros madre o padre, o abuelos, no habéis dicho en alguna ocasión a vuestro bebe ¡te comería! precisamente para demostrarle el extraordinario amor que le tenéis? Sin embargo, no es lógico comerse a uno vivo para demostrarle el amor. Pero todo el mundo lo entendemos perfectamente. Pues, algo así debió querer decirnos San Pablo.

Que Dios nos ama sin límites, como a hijos suyos.

Un dato que avala la negativa para interpretar de una manera “sacrificial-cruenta” la obra de Jesús es lo que hemos concluido acerca del texto de Abrahán: la negativa por parte de Dios de que Abrahán le sacrificara una persona.

Si Dios repudia los sacrificios humanos resulta raro pensar que hubiera organizado todo el plan de nuestra salvación a base de sacrificar a Jesús.

Jesús no es un cordero que elija el Padre para ser sacrificado cruelmente como elemento reconciliador entre Él, Padre-ofendido y nosotros, hijos –ofensores. No. De ninguna manera. Jesús es la expresión del amor del Padre hacia nosotros sus hijos desorientados, vagando por la tierra, como ovejas sin pastor.

Jesús vino a enseñarnos el camino del bien, aceptando los riesgos que eso comporta. En esos riesgos sabidos y aceptados es donde su gesta, por heroica, se convirtió en tragedia, en drama, en el Drama de Jesús.

Su empeño por defender la verdad, criticar la soberbia, condenar la violencia, denunciar la hipocresía, rechazar el odio, propagar la misericordia y el perdón, así como la necesidad de amar a los demás, es lo que le llevó al patíbulo, como lo volvería a llevar hoy, si estuviera entre nosotros, y se empeñara en eliminar esos mismos vicios de nuestra sociedad. No nos quepa la menor duda.

Todo su estilo y programa de vida dinamitaba el mundo pagano y el mundo pagano se lo hizo pagar con la vida. Ese fue el verdadero “Drama de Jesús”, y sigue siéndolo. Volveremos en otro momento, Dios mediante, sobre esta idea.

Dentro de ese empeño por salvarnos, por animarnos a tomar en serio la vida, hemos de entender la transfiguración del Señor en el monte Tabor, (3ª lectura, Mc. 9, 2-10)

Es un episodio importante de recordar en este momento de la Cuaresma. Tiene, como misión especial, darnos aliento y ánimo en la idea de que los padecimientos que suframos por ser fieles a Jesús están abiertos al definitivo encuentro con Dios, con el Padre Eterno. Tras los esfuerzos en esta tierra, la glorificación en la otra.

La exhortación “Escuchadlo” que se oye allí es el refrendo de Dios a la obra salvadora de Jesús, al mismo tiempo que resulta ser la garantía absoluta de nuestra esperanza.

Contemplemos el Tabor como “unos alientos espirituales” en la dura carrera de la vida por alcanzar la meta definitiva. La esperanza que ese acontecimiento despierta en nosotros es una especie de palmada que Dios nos da para decirnos: “sigue adelante”

Resumiendo: las alegrías del triunfo anunciado en el Tabor nos animan a tener en Jesús la misma fe que Abraham tuvo en Jahvé. Que así sea.
 

 

Día 18 DOMINGO I DE CUARESMA

HOMILÍA



En el primer texto (Gen. 9, 8-15) Dios nos ofrece su perdón.

Presentada con un ocurrente ropaje literario -adaptado a la mentalidad de los pueblos primitivos a los que inicialmente iba destinada la Revelación- aparece la clara voluntad de Dios de ofrecernos su perdón, cuantas veces se lo pidamos con sincero corazón.

Ninguno podrá decir con verdad aquello de D. Juan Tenorio: “Llamé al cielo y no me oyó”. Dios, como Padre que es, siempre oye nuestras súplicas. Disposición divina que nos produce una grandiosa tranquilidad espiritual.

San Pedro (2ª lectura, 1ª Pe. 3, 18-22) alude también a la tabla de salvación que Dios ofrece a los humanos a través del sacramento del Bautismo. El agua bautismal que se derrama o cubre al bautizando, según los ritos, es la escenificación de la misericordia de Dios limpiando por dentro a quien lo recibe. El bautizado adulto comienza una nueva vida, la vida según el plan de Dios voluntariamente aceptado por el nuevo cristiano.

Jesús, (3ª lectura, Mc. 1, 12-15) nos ofrece los remedios para mantener “viva” esa nueva vida alcanzada mediante el Bautismo o, si ha habido algún fallo posterior, recuperada por medio del sacramento de la reconciliación.

La vida biológica es una buena maestra a la hora de enseñarnos sus recursos: la vida para subsistir necesita alimento y descanso.

La poca alimentación, la desnutrición, es causa de debilidad, de falta de fuerzas. Igualmente sucede con el descanso. Es imprescindible saber “parar” todos los días algunas horas para dedicarlas a él. Alimentarse y dormir son absolutamente imprescindibles. Cualquier ahorro de estos dos elementos es pernicioso, porque mina las fuerzas para enfrentar los demás asuntos de la vida.

Exactamente igual sucede con la vida espiritual. Si no la mantenemos fuerte, las preocupaciones mundanas irán calando más y más hondo en ella hasta convertirla en algo exclusivamente intra-mundano y, en más de una ocasión, por causa de los vicios, en perturbadora de la convivencia.

Jesús nos ofrece algunas importantes orientaciones al respecto.

En el texto que hemos leído aparece una. Se retira, esta vez al desierto, en otras lo hace al monte. Es decir, sabe sacar ratos de soledad para reflexionar sobre el gran asunto que trae entre manos: qué está Él haciendo en el mundo, a qué ha venido.

Estar sobre ello, hacernos también nosotros esas mismas preguntas, nos es imprescindible, si luego queremos tener una base sólida para enfrentar los obstáculos que aparecerán a lo largo de la vida, tratando de “engullirnos” en su mundana pegajosidad. Solo sabiendo para qué estoy yo en el mundo sabré actuar convenientemente en cada momento y situación. Seneca decía que no hay viento favorable para quien no sabe a dónde va.

El relato de la permanencia de Jesús en el desierto que nos hacen Marcos y Lucas es más amplio y en él aparecen otras dos grandes enseñanzas.

Una: señalarnos la universalidad de las tentaciones experimentadas por Jesús, otra, la correcta forma de enfrentarnos a ellas para vencerlas.

Dos enseñanzas de total aplicación a todos nosotros.

No olvidemos que Jesús quiso ser en todo semejante a nosotros precisamente para podernos orientar con su ejemplo. Sus respuestas son los “referentes” de nuestra actuación ante las mismas circunstancias. Veamos, pues.

El “enemigo” le ofreció pan para distraerle de la austeridad e introducirle en el egoísmo: tú llena el vientre y déjate de preocupaciones salvadoras.

El enemigo le ofreció convertirse en “espectáculo”. Nada de vida sencilla, satisface tu vanidad y que todo el mundo te admire.

El enemigo le ofreció poder. Nada de entregarte a los demás, domínalos y enséñales quien es el que manda.

Tras el primer recurso, que era buscar tiempos de soledad para reflexionar, el segundo sería, hacer frente a las tentaciones desde un primer momento. Nada de coquetear con ellas porque son muy seductoras. Como afectan a dimensiones muy profundas en la realidad humana, todavía muy poco evolucionada, afloran fácilmente; podría decirse que están muy a flor de piel. Enseguida surge la violencia, el egoísmo, las argucias, etc. involucionándonos hacia el animal que todavía hace muy poco éramos. Eso hace que sea muy peligroso darles la mínima ayuda. No retirarlas inmediatamente es echar leña al “fuego animal” todavía muy vivo dentro de nosotros.

No olvidemos que solo hace 3.000 años antes de Cristo cambia la edad de la nueva piedra, neolítico, por la de los metales. En la historia de la evolución este tiempo es insignificante. La evolución comenzó muy probablemente hace 13.700 millones de años. 6 o 7 mil años son nada en el proceso evolutivo, un par de lunas, que dirían los indios. Por eso el “animal” que también somos, nos es tan peligrosamente cercano con sus exigencias.

Un tercer recurso es conseguir una suficiente formación religiosa.

Jesús va rebatiendo con textos bíblicos las diferentes argumentaciones del mal. La tentación le sugiere: “Dice la Escritura”. Jesús SABE contestar rebatiendo la astucia del mal: también dice la escritura, y ofrece una respuesta sabia.

Es muy importante haber alimentado nuestra formación religiosa “desanclándola” de las cuatros historietas que nos contaron cuando, siendo niños, acudíamos a la catequesis. El contenido dogmático de la Revelación es mucho más sólido y profundo que aquello que conocimos entonces. Actualizarlo es imprescindible. Muchas consideradas dificultades o dudas de fe son en realidad, perdonadme, carencia de conocimientos sólidos.

El progresivo avance de este santo tiempo nos irá ofreciendo recursos para dominar las tentaciones de todo tipo, de modo y manera que quedemos sólidamente preparados y dispuestos para que la Pascua de Resurrección sea para nosotros, ya en este mundo, una realidad palpable.

Busquemos algunos espacios para la reflexión, seamos rápidos en el rechazo de la tentación, buceemos en la lectura de los Evangelios y vida de Jesús y en la Pascua podremos sentirnos resucitados con Cristo para iniciar una nueva vida con Él.

Con ello habremos convertido en realidad para nosotros aquello que decíamos en el Salmo: “Tus sendas Señor son misericordia y lealtad para los que guardan tu Alianza. AMÉN

 

 

 

 

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