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Pedro Saez. Presbítero

 

 

Día 28 DOMINGO VII TIEMPO PASCUAL


LA ASCENSIÓN



HOMILÍA


Los tres textos escenifican el remate y culminación de la obra de Jesús.

Vino a este mundo a ser la Palabra de Dios que iluminara nuestras vidas. Su fidelidad a la misión le costó la vida. Vida que le fue gloriosamente restituida por el Padre (2ª Lec.)

Cumplida su misión solo quedan dos cosas: Encargar a los Apóstoles que llevaran su obra a todas las gentes (3ª Lec.) y regresar al Padre de quien había salido (1ª Lec.)

El “modo” de ese “regreso” lo escenifican los Evangelistas a la manera de una ascensión física a los cielos, también físicos.

Es evidente que se trata de una escenificación con la que los Apóstoles nos quieren comunicar el hecho vivido por ellos del regreso de Jesús al misterio del Padre.

Jesús no se elevó físicamente, ni el Padre lo sentó a su derecha, ni el cielo está arriba. Pero de alguna manera han de decirnos lo que ellos SÍ VIVIERON: la marcha de Jesús, concluida su misión en la tierra. Nos encontramos con la misma situación de las apariciones. Se dieron, y se dieron realmente, por todo cuanto hemos recordado estos últimos domingos, pero se dieron al modo espiritual, como corresponde a un cuerpo espiritual, resucitado.

Como sobre el modo ya reflexionamos este y el año pasado, damos un paso adelante para meditar sobre las palabras de aquellos personajes que aparecen con Jesús en el monte, tras su Ascensión.

La expresión ¿Qué hacéis ahí mirando al cielo? generalmente se ha entendido como una especie de regañina, o si se prefiere de advertencia, a todos aquellos que conciben el cristianismo como un desasirse de los asuntos de este mundo para dedicarse a la contemplación de las “ideas” celestiales.

Esa “regañina” paso a ser una acerba crítica por pensadores como Marx, que consideró a la religión como una “ideología”, que a la manera del opio, alienaba a los creyentes retirándolos de los compromisos de la ciudad terrenal, o por Nietzsche que los acusaba de nihilistas por menospreciar lo terreno como algo sin valor en sí.

Nosotros no podemos ser sordos a las críticas que nos hagan desde fuera porque, es verdad que Cristo sigue siendo molesto para mucha gente que solo desearía eliminarlo, pero hay otra gente que con buena voluntad pone el dedo en la llaga de defectos que nos afectan por mil motivos, entre los cuales están la debilidad, la inteligencia limitada y lo complejo de las situaciones.

Agradecidos por la contribución de estos buenos colaboradores, y de la mano de la esencia misma del cristianismo, nos urge una seria reflexión sobre lo que pueda haber de verdad, es decir, de fallo por nuestra parte, a fin de corregirlo con rigor y valor.

Con esta sana intención hemos de entender las palabras de aquellos personajes a los Apóstoles: ¿Qué hacéis ahí mirando al cielo, cuando hay tantas cosas y tan urgentes que hacer?

Ya en homilías anteriores, siguiendo las orientaciones del Papa Francisco en su Exhortación “Laudato, Sí” recordábamos que Dios nos puso en la tierra para actuar, para hacer, no exclusivamente para contemplar. El “Dominad la tierra” que nos decía por medio de la revelación equivale a encargarnos que completáramos la obra de la creación iniciada por Él.

Dios nos ofreció un mundo como un formidable conjunto de posibilidades. Somos los humanos los que hemos de hacerlas emerger convirtiéndolas en ricas realidades. Entre todos hemos de conseguir:

una sociedad bien trabada en las relaciones humanas, - donde el amor y la justicia sean la atmósfera que impere-,

una comunidad perfectamente tecnificada -capaz de resolver los problemas de orden material-

una naturaleza bien cuidada y mimada - que sea espléndido almacén de productos alimenticios al mismo tiempo que hermosa vivienda para todos-

Eso es lo que significa el encargo de Dios: “Dominad la Tierra”.

Tal encargo, sin embargo, no debe hacernos olvidar que el compromiso cristiano con el mundo debe llevarse adelante “mirando al cielo” El cristianismo no es ni un sindicato ni un partido político, aunque pueda compartir con ellos su preocupación social, sino una actitud comprometida de fe, esperanza y acción.

Es una idea acertadamente expuesta por el papa Francisco en el Discurso con ocasión de la 54 Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones”. “La relación con el Señor implica ser enviado al mundo como profeta de su palabra y testigo de su amor".

Enviados al mundo pero enviados por Dios para rematar su gran obra.

En una época tan tecnificada y enamorada de sí misma, es necesario y urgente ayudar al hombre a mirar hacia arriba, si no queremos seguir naufragando en una civilización que ha equivocado los papeles. La civilización occidental ha terminado “amando” las cosas y utilizando a los hombres y mujeres. En el proyecto de Dios los hombres y mujeres debían ser amados y las cosas utilizadas en su bien.

Los cristianos debemos ser constructores del mundo pero embebiéndolo en la savia evangélica, aquella que hace brotar lo mejor de nosotros y de la naturaleza. Es lo que nos quiso decir Jesús con sus exhortaciones sobre ser la luz del mundo, la sal de la tierra, la levadura de la masa.

Quizás no haber sabido impregnar al mundo de esa savia ha sido la causa de que mucha gente haya dejado de mirar “Arriba” para concentrase exclusivamente en el “abajo”.

Todavía estamos a tiempo. Nos lo decía el Papa en la alocución antes citada. “Aunque experimentemos en nosotros muchas fragilidades y tal vez podamos sentirnos desanimados, debemos alzar la cabeza a Dios, sin dejarnos aplastar por la sensación de incapacidad o ceder al pesimismo, que nos convierte en espectadores pasivos de una vida cansada y rutinaria”. (J.M.O. por las Vocaciones)

Confiemos en Dios, confiemos en nuestras fuerzas, escuchemos el texto evangélico y sin dejar de pensar en el cielo luchemos por construir la tierra como esa casa común feliz y confortable que Dios quería para todos. AMÉN.

 

 

Día 21 domingo VI Tiempo Pascual



Para que las celebraciones Eucarísticas, las Misas que todos los domingos celebramos, puedan ejercer sobre nosotros toda su benéfica influencia espiritual es imprescindible que tengamos una idea clara de qué es lo que venimos hacer en ellas.

En síntesis podríamos decir que venimos para conocer el mensaje de Jesús, (lecturas y homilía), revisar nuestros comportamientos ordinarios a la luz de ese mensaje, (Examen), pedir perdón por nuestros fallos en la medida en que los tengamos (peticiones de perdón) y comprometernos a aplicar de ahora en adelante las enseñanzas de Jesús. (consagración en la que sellamos nuestra Alianza con Dios)

Siguiendo este esquema nos acercamos a una Eucaristía tan importante como la del día de hoy, en la que los textos insisten en la presencia del Espíritu Santo en nuestra vida.

En la primera parte: escucha de la palabra de Dios tenemos tres grandes e importantes enseñanzas.


1ª GRAN ENSEÑANZA.

No cualquier actitud es apta para recibir el Espíritu Santo.

Dice Jesús que el “mundo” no puede recibir el Espíritu porque no lo conoce. Esto podría “arreglarse” dándoselo a conocer, pero la “cosa” es mucho más grave: el mundo no solo no conoce al Espíritu, es que, da la severa impresión, de que no le interesa lo más mínimo conocerlo.

Una primera razón de esa falta de interés sería que el Espíritu prometido es “La Verdad” y al mundo actual le importa muy poco la verdad. Es un mundo intelectualmente muy influido por el sofisma, por la mentira, por el “aparentar”. Antes se hablaba de la importancia de SER, poco a poco se fue cambiando por la del TENER. Hemos dado un paso más en arenas movedizas: ahora cuenta el “APARENTAR”, el “PARECER”. Hoy privan las fachadas aunque no tengan nada por dentro.

Buena parte de la culpa de esa desviación la tienen los medios de comunicación que “nos saturan indiscriminadamente de datos, todos al mismo nivel, y termina llevándonos a una tremenda superficialidad a la hora de plantear las cuestiones morales” (E.G. nº. 64)

A esta superficialidad intelectual, que nos hace movernos en el relativismo, se une una segunda razón que impide el deseo de conocer a Dios: La mentalidad “Exitista y privativista” (E.G. nº 209) Es una mentalidad dominadora que conduce a un individualismo enfermizo incapaz de contemplar y actuar con respeto al gran valor que es la persona, incapacitando a quien la padece para toda apertura a un humanismo cristiano (E.G. nº 68) en el que pudiera andar a sus anchas el amor, perfecta manifestación del Espíritu de Dios.

Concurre todavía una tercera razón: Gran parte de la humanidad va por la vida unas veces tan excesivamente entretenida y otras tan obsesivamente preocupada por las cosas e intereses materiales, que apenas le quedan ganas y tiempo para pensar en abrirse a la acción del Espíritu, no obstante padecer una tremenda soledad y vacío espiritual. Hay tan poca calma, tan escaso sosiego y, por otra parte, tanto ruido que resulta bastante difícil poder escuchar los llamados del Espíritu.

Da la impresión, y parece que ya se la daba a Jesús, de que gran parte de la humanidad no está todavía preparada para recibir el Espíritu.


2ª GRAN ENSEÑANZA.

Hay un criterio para saber si se es o no apto para recibirlo.

El criterio definitivo para saber si nosotros estamos dispuestos a recibir el Espíritu de Dios es analizar nuestra vida para descubrir si guardamos o no los preceptos de Jesús. ”Si me amáis, guardaréis mis mandamientos”

Este es un tema que ha salido en muchas ocasiones y por eso podemos pasar sobre él sin dedicarle más tiempo que el de llamarnos la atención sobre su valor y recordar la advertencia de Jesús: “No todo el que me dice Señor, Señor, entrará en el Reino de los Cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre”. (Mt. 7,21)


3ª GRAN ENSEÑANZA.

La voluntad de Dios es que todos puedan y quieran recibirlo.

No obstante todo lo anterior SÍ es posible hoy en día y en medio de todas esas dificultades, recibir el Espíritu Santo y hay mucha gente que lo desea y se esfuerza en ello.

Por parte de Jesús la oferta es clara y tajante “El que conoce mis mandamientos y los guarda, ése me ama; y al que me ama lo amará mi Padre, y yo también lo amaré y ME MANIFESTARÉ A ÉL” (Jn. 14, 21)

Un poco más abajo, (Jn. 14,23) continúa: "si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él y haremos morada en él”

Esta es claramente la voluntad de salvífica de Dios. Jesús lo dejo muy claro cuando insistió que: Él no vino a condenar al mundo sino a que el mundo se salve por Él, (Jn. 3, 17), no vino para apagar la mecha que aún humea (Mt.12,20), no vino para castigar al hijo pródigo, (Lc. 15,11ss) ni a la oveja perdida, ni a nadie que quisiera acercarse a Él. Vino como el buen pastor que recoge a las ovejas, las pone sobre sus hombros y las trae al redil (Jn. 10, 11ss), VINO PARA LOS ENFERMOS, para salvarlos, (Lc. 5,32) porque los sanos no necesitan médico.

La infinita misericordia de Dios es algo patente a lo largo de toda la Revelación. Lo ha señalado muy precisamente el Papa Francisco: En el núcleo fundamental del Evangelio “lo que resplandece es la belleza del amor salvífico de Dios manifestado en Jesucristo muerto y resucitado “ (E.G. nº 36)

Dios no nos ha de fallar. Queda “lo nuestro”: los puntos segundo, tercero y cuarto. ¿Nos arrepentimos de las veces que no le hemos dejado actuar libremente? ¿Nos comprometemos a SÍ dejarle actuar de ahora en adelante? ¿En qué y dónde le vamos a dejar actuar?

Lo que le contestemos será el “verdadero contenido” de ese pacto de la Nueva y eterna Alianza que es la Eucaristía que estamos celebrando.
 

 

 

 

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