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Pedro Saez. Presbítero

 

Día 22, Domingo IV de Pascua

HOMILÍA



Gozosos con la Resurrección de Jesús (Domingo de Resurrección), comprometidos con una fe razonada como la de Santo Tomás (domingo 2º de Pascua) tras revisar en profundidad las pruebas aportadas por los Apóstoles (domingo 3º de Pascua) la liturgia de este 4º domingo, tras insistir en la Resurrección de Jesús, (1ª Lec. Hch. 4, 8-12) nos muestra la interpretación que hace el propio Jesús de su muerte (3ª Lec. Jn. 10, 11-18) y la razón de aceptarla (2ª lec.1ªJn. 3, 1-2)

El Evangelio nos muestra a Jesús dueño de la situación de modo y manera que afirma rotundamente que nadie le quita la vida sino que Él la da porque quiere, porque, sabiendo que eso le costaría la vida, ha querido venir a salvar a sus ovejas (Jn. 10,11)

Es importantísima esta afirmación de Jesús porque nos manifiesta claramente que lo que le pasó, no le pasó porque la gente lo determinara así, ni como consecuencia de algún sanguinario decreto del Padre, sino por el extraordinario amor con el que nos amó. Nadie ni nada hubiera podido con Jesús, de no haberlo permitido Él.

Fue su amor quien le movió a ser uno como nosotros precisamente para ser nuestro referente, aún en las situaciones más extremas en las que nosotros pudiéramos encontrarnos.

San Juan supo ver esto con toda claridad y afirma en su Evangelios que “Jesús nos amó hasta el fin”. (Jn. 13,1) Gracias a su entrega nunca estaremos completamente solos en nuestra vida; Él con su ejemplo y palabra permanecerá junto a nosotros indicándonos cómo enfrentarnos con honradez, fortaleza y prudencia, con dignidad y grandeza de espíritu a cualquier situación en la que nos encontremos.

Dejándonos llevar por lo impresionante de su pasión, solemos fijarnos más en la brutalidad de quienes lo masacraron, que en lo que de grandeza tuvo su gesto. Lo más significativo en la muerte de Jesús fue el amor que derrocho en favor de la humanidad. Nos lo dijo aquella noche del primer Jueves-Santo, allá en el Cenáculo, para que no nos cupiera la menos duda: “Nadie tiene mayor amor por sus amigos que el que da su vida por ellos” (Jn. 15,14)

Los ejecutores de la muerte de Jesús fueron los pecados de unos hombres concretos: la soberbia de los Sumos sacerdotes, el desencanto de Judas, el hedonismo de Herodes, la irresponsabilidad de Pilatos, el borreguismo del pueblo, etc. pero solo pudieron hacerlo porque Él lo permitió así.

Lo dijo bien claro: “Yo doy mi vida. Nadie me la quita, sino que la doy yo por mí mismo. Tengo el poder de darla y el poder de recobrarla. Soy el buen pastor y el buen pastor da su vida por las ovejas porque le importan las ovejas”.

Le importamos porque todos somos hijos de Dios. Es lo que nos decía San Juan en la segunda lectura: “Mirad qué gran amor nos ha dado el Padre al hacer que nos llamemos hijos de Dios y lo seamos de verdad. Queridos míos, somos hijos de Dios, y un día le veremos tal y como es”.

Un amor así debe ser correspondido por nosotros de una manera eficaz, poniendo en práctica todo cuanto nos ha enseñado. La mejor forma de agradecerle su esfuerzo es aprovechándolo al máximo, convirtiéndolo en nuestro estilo de vida y en compromiso personal.

Su deseo de que “todo esto” se extendiera hasta el final de los tiempos y a todas las gentes debe despertar en nosotros un firme “empeño” en cooperar con el Espíritu a que todo eso llegue a nuestros contemporáneos y a los que nos sucederán.

Igualmente hemos de sentirnos fuertemente unidos a todos cuantos hemos conocido el cristianismo, no como simples socios de un mismo club, sino como miembros de una gran empresa cuya cabeza es Cristo.

Teológicamente somos mucho más que una sociedad. El ejemplo con el que Jesús quiso dárnoslo a entender fue el del sarmiento y la vid. Todos, por el Espíritu que ha sido derramado sobre nosotros, formamos una unidad espiritual que San Pablo ejemplariza con el cuerpo humano (1ª Cor. 12,12-14); aunque miembros diferentes, formamos el Cristo total, en acertada expresión de San Agustín.

Eso quiere decir que nuestra forma de actuar debe ser conforme con la de nuestra cabeza. Él se entregó por todos nosotros. Nosotros debemos tener la misma actitud de entrega respecto de los demás. No podemos seguir mirándonos de reojo, a ver que sacamos de nuestras relaciones con ellos. Nuestra mirada debe ser franca, limpia, animosa como quien se ofrece a echar una mano. Como fue la de Jesús y como sigue siendo en la actualidad con nosotros y nuestros despistes.

También nuestros sentimientos deben ser como los de Él. Él sintió por nosotros misericordia, compasión, perdón. Son los sentimientos que también nosotros debemos manifestar a los demás. Él nos lo dejó como testamento: “Bienaventurados los misericordiosos”. (Mt. 5,7)

Las palabras de Jesús siempre aligeraron el alma, levantaron el espíritu, animaron a la lucha esperanzada. Son esos los efectos que también deben producir las nuestras a quienes nos oyen.

San Pablo decía que debíamos vivir como resucitados. Efectivamente. La resurrección de Jesús debe animarnos a resucitar también nosotros y a vivir de otra manera: a la manera de Jesús. Por eso quizás más exacto fuera decir que debemos vivir no como resucitados sino COMO EL RESUCITADO, como el mismo Jesús.

No perdamos el tiempo. No dejemos que se apaguen los entusiasmos de la Gran Pascua de la Resurrección de Jesús.

Es una formidable ocasión de darnos a luz a una nueva vida, como le recomendaba Jesús a Nicodemo. No podemos volver al seno materno pero si darnos a nosotros mismos una nueva vida en conformidad con la que nos consiguió Jesús con su Resurrección. No tengamos miedo al cambio porque no estamos solos. Jesús nos lo prometió: “estaré con vosotros hasta la consumación de los siglos” (Mt. 28,20) y en otra ocasión: “no os dejaré solos, enviaré al Espíritu que os aclarará todo cuanto yo os he dicho”. (Jn. 14,25)

Tampoco tengamos pena de que en el cambio vayamos a perder algo importante para nuestra vida. Dios nunca nos recortará cuanto nos haga grandes. Jamás nos orientará hacia algo que merme nuestra grandeza. Todo lo contrario Él, como el buen campesino, poda todo cuanto perjudica a la verdadera vida para que esta pueda brotar en toda su grandeza. Ha venido para que tengamos vida y vida abundante. (Jn. 10,10) No desaprovechemos su oferta. AMÉN
 

 

Día 15 DOMINGO III de PASCUA

HOMILIA



Hace quince días, celebramos la festividad de la Resurrección de Jesús. Nuestro sentimiento fundamental era el de la alegría manifestada con el doble ¡aleluya! ¡Aleluya!

El pasado domingo, 2º de Pascua, los Textos nos animaban a creer en ella con la misma fe profunda que Santo Tomás. Por eso decíamos como él: ¡Señor mío y Dios mío!

Hoy, tercer domingo de Pascua, la Liturgia nos ofrece los argumentos que aportan en favor de la divinidad de Jesús los que convivieron con Él.

Son razones de dos tipos: Las del cumplimiento en la vida de Jesús de las profecías hechas sobre Él, tal y como aparece en la primera lectura (Hch. 3, 13-15, 17-19) y las del hecho de su gloriosa resurrección, de la cual se presentan como testigos que dan fe de ello. (Lc. 24, 35-48)
Respecto del primer punto. Es importante esta prueba ya que los Apóstoles están “hablando” a personas que incluso han protagonizado aquellos acontecimientos vaticinados por los profetas. Vosotros, les dice San Pedro, al que el Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob, el Dios de nuestros Padres glorificó, vosotros le entregasteis y rechazasteis ante Pilato, el cual había decidió ponerlo en libertad; vosotros rechazasteis al santo y justo, y pedisteis la libertad de un asesino.

No nos refieren los Evangelistas historietas de tiempos ambiguos, sin precisa localización de lugares y protagonistas sino hechos concretos vividos con personajes reales de aquellos momentos.

Los apóstoles recuerdan al pueblo lo que les habían enseñado los profetas: que el Mesías tenía que padecer pero que resucitaría. Este pensamiento era tan generalizado entre el pueblo judío que Jesús se lo recordó a los discípulos que iban hacia Emaús, (Lc 24,26) y ya antes lo había hecho cuando camino de Jerusalén les advirtió que: “Debía ir a Jerusalén y sufrir muchas cosas de parte de los ancianos, de los principales sacerdotes y de los escribas, y ser muerto, y resucitar. (Mt. 16,21)

La idea de la inmolación del Mesías y su Resurrección estaba profundamente arraigada en el corazón del pueblo hebreo y es lo que los Apóstoles quieren subrayar para conseguir el reconocimiento de Jesús como tal.

El segundo argumento es igualmente sólido. Los Apóstoles afirman rotundamente que han visto, oído, comido y hablado con Jesús Resucitado, con aquel que los reunió en torno a Él para comenzar la obra de la Redención.

Afirman haber hablado con Él en lugares cerrados, (el Cenáculo), en parajes abiertos, (mar de Tiberíades), en carretera, (discípulos de Emaús), etc. etc. en todo tipo de escenarios nada aptos para subjetivas alucinaciones.

Lo afirman personas de diferente sexo: hombres, (los Apóstoles) y mujeres, (las buenas mujeres) en diferente situación anímica: de duda, de temor, de desconcierto.

A pesar de semejante pluralidad, todos, de repente, tras afirmar haberse encontrado con Jesús, se convierten en creyentes sin dudas, sin miedos, sin límites. No solo eso, se transforman en fervientes predicadores de todo cuanto dijo e hizo Jesús.

Indudablemente Jesús Resucitado estuvo con ellos.

De no ser así, paradójicamente, se hubiera producido, a cuenta de Jesús, uno de los más grandiosos milagros en la historia de la humanidad: que todos, de modo radical, de repente, en la misma dirección y jugándose la vida sin recompensa material alguna, hubieran coincidido. Mayor milagro que esa coincidencia y en esas circunstancias, poquitos.

Sí, Jesús resucitó. Otra cosa sería incompatible con todo lo que nos ofrecen los Apóstoles e incomprensible con los comportamientos de los primeros cristianos.

La segunda lectura, (1ª Jn. 2, 1-5a) nos ofrece algunas reflexiones hechas por el Apóstol en consonancia con la fe en la Resurrección de Jesús.

1.- Creer en la Resurrección es convertirnos al mensaje de Jesús, lo cual implica, dejar de obrar con criterios inhumanos que maltratan al prójimo.

2.- La razón de ser fieles a Jesús es pensar en el gran amor que Jesús nos tuvo: Hijos míos, os escribo esto para que no pequéis, es decir, para que no os separéis del amor de Cristo.

3.- Nunca debemos caer en la desesperación si por flaqueza alguna vez no hemos sabido estar a la altura de las circunstancias. “Si alguno peca, tenemos junto al Padre un defensor, Jesucristo, el justo”.

4.- Contamos con un criterio seguro para saber si vamos o no por el buen camino, si le somos fieles: Sabemos que le conocemos en que guardamos sus mandamientos. “El que afirma que le conoce, pero no guarda sus mandamientos, es un mentiroso y la verdad no está en él”.

5.- Vivir en la confianza de que conseguiremos el definitivo encuentro con Dios: “porque el que guarda su palabra, es perfecto”.

Estas son algunas de las conclusiones prácticas que, de la mano del Apóstol, podemos tener en cuenta en nuestra religiosidad.

Los testimonios de los Apóstoles y de la primitiva comunidad cristiana llegados hasta nosotros son los que hoy, ahora, nos permiten reunimos con fe en este templo de San Vicente.

Se está cumpliendo el deseo de Jesús: “predicar en su nombre el arrepentimiento y el perdón de los pecados a todas las naciones, (a nosotros) comenzando por Jerusalén”.

Gracias Apóstoles, gracias cristianos que nos habéis precedido a lo largo de la historia en la misma fe, gracias Jesús.

 

 

 

 

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