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Pedro Saez. Presbítero

 

21 semana T.O. día 27 domingo XXI


TEXTOS


Is. 22, 19-23 Dios dará la autoridad a Eliaquín para que sea un padre con el pueblo. Dios es defensor de la autoridad.

Rom. 11, 33-36 Dios es la suprema autoridad.

Mt. 16, 13-20 Pedro recibe las llaves del Reino de Dios.



RESUMEN: Dios que es la suprema autoridad (2ª lec.) la confiere a Eliaquín para que sea un padre con su pueblo (1ª lec.) y a Pedro para que apaciente a la Iglesia (3ª lec.)
 


HOMILÍA

La liturgia del día de hoy nos ofrece un pequeño pero muy profundo tratado de lo que es la autoridad en el proyecto de Dios. Podemos contemplar “ese proyecto” a tres niveles, al menos. La autoridad como la ejerce Dios, la autoridad como se ha ejercido en la Iglesia, y la autoridad como debemos ejercerla nosotros en las parcelas en las que la tengamos.

Respecto a la autoridad y Dios.

Dios ejerce el poder supremo como Padre que cuida de sus hijos. Sobre esto ya hemos reflexionado en otras ocasiones por eso dejamos el tema.

Por otra parte en las citas de hoy se manifiesta claramente sobre el tipo de poder que Él nos propone y ejerce.

Respecto a la autoridad en la Iglesia.

Las llaves siempre se han identificado con el poder. Quien las tiene puede entrar y ver lo que hay detrás la puerta. Las llaves abren paso franco. Por eso en las rendiciones se entregaban las llaves de la ciudad. Hoy todavía protocolariamente se entregan las llaves de una ciudad a quien se le quiere dar a entender que aquella es su casa.

La vida de la Iglesia se desenvuelve en contextos históricos concretos y diferentes a lo largo de la Historia.

Los jerarcas de la Iglesia salen de un pueblo que tiene unas ideas, expectativas y posibilidades muy concretas. No vienen de fuera; se han criado aquí, en el mundo en el que tienen que influir desde lo que el mundo ya ha influido en ellos.

Esto hace que la historia de la Iglesia se vea demasiado “infectada” por los ambientes en los que se ha desarrollado.

Ha pasado por periodos en los que su vida ha estado demasiado envuelta en los caciquismos imperiales; en las luchas de poder, en los intereses económico-político-sociales cuando no simplemente guerreros.

En esos tiempos “El Colegio Cardenalicio” más que reunión de pastores encargados de pastorear el rebaño de Jesús, fueron durante demasiado tiempo, consejos de ministros en los que se dilucidaban problemas materiales mundanamente tratados, en muchos casos. Una Iglesia demasiado metida en manejos humanos poco limpios y en todo caso alejados del encargo hecho por Jesús a sus Apóstoles. Tiempos en los que lo “sagrado” - si es que lo había- y lo profano iban de la mano formando una extraña alianza en la que todo era cristiano sin serlo de verdad. Era el Sacro imperio que tenía poco de sacro y mucho de imperio. Eran tiempos de cristiandad oficial, universal, para todos.

Hoy los tiempos son otros. La Iglesia tiene que vivir en un ambiente laico, donde se defienden ideas que nada o poco tienen que ver con el evangelio pero que quedan legitimadas en cuanto a su exposición por el pluralismo político y la libertad de expresión.

La Iglesia, nosotros los cristianos, debemos ser conscientes de que vivimos en un pluralismo al que hay que respetar jurídicamente pero al que hemos de intentar hacer llegar las luces del Evangelio. Los cristianos tenemos un mensaje que Jesús vino a traer a todos. Hemos de hacer partícipe de él a la humanidad entera pero en actitud de humildad.

Se acabó una Iglesia impositiva para dar paso a una Iglesia “ofertora” de un nuevo punto de vista: el de Jesús de Nazaret. Hemos de ofrecer al mundo el cambio de la lógica mundana por la lógica de Dios: la de las bienaventuranzas.

La condescendencia con el pluralismo que nos exige ser respetuosos con los demás no debe impedirnos exigir la suficiente libertad como para poder exponer ampliamente los puntos de vista cristianos tanto a través de una libre evangelización - Libertad Religiosa- como por medio de la enseñanza libremente elegida por los padres, primeros responsables de la educación de los hijos.

El Papa ha sido amplio en la exposición y defensa de estos principios que afectan tanto al nuevo comportamiento de una iglesia en un mundo plural y complejo como en el de la defensa del derecho de los padres a elegir el tipo de educación para sus hijos.

Respecto al ejercicio de la autoridad por nosotros

Todo esto no hemos de aprovecharlo solo para juzgar a quienes tienen autoridad sobre nosotros sino, PRINCIPALÍSIMAMENTE para tenerlo nosotros en cuenta a la hora de ejercer alguna pequeña autoridad que tengamos en la familia, en la escuela, en la parroquia, en el trabajo, en el grupo político, deportivo, etc. etc.

Convendría recordar algunos puntos fundamentales del Evangelio para que los cristianos del siglo XXI no volvamos a caer en los mismos errores del pasado.

1.- Jesús nos muestra un espíritu amplio respecto a los demás. Si no están contra nosotros están con nosotros. Nada de inventarse enemigos a todas las horas.

2.- La Autoridad es una nueva forma de servicio no de mangoneo. Los gobiernos cristianos son diferentes. Lo dijo Jesús expresamente: no así entre vosotros, quien mande sea el servidor de todos.

3.- Por lo mismo, la Autoridad, no confiere el poder de controlar todo y a todas horas a los gobernados.

4.- El talante evangélico de Jesús no es imponer y sancionar sino ofertar y hacer reflexionar. En una situación extrema Jesús no condenó, simplemente dijo, y nada menos que a los Apóstoles: ¿”También vosotros queréis iros”?

5.- La forma de ejercer la autoridad es con misericordia como el buen pastor que cuida y alimenta a las ovejas.

Como remate final recordar que Jesús nos ha mostrado una especie de “grasa” que siempre debemos emplear con las llaves: la grasa de la misericordia. Utilicémosla siempre y seremos mejores súbditos y mejores autoridades. Que así sea.
 

 

Semana 19 T.O. día 13 domingo XIX



TEXTOS

1º Re. 19, 9a, 11-13
Rom. 9, 1-5
Mt. 14, 22-33


HOMILÍA


Estos últimos domingos hemos ido descubriendo que Dios nos invita a plantear y resolver los problemas de la vida -del existir y del convivir- razonando con SU lógica en lugar de con la nuestra cuando esté afectada de “mundanidad”. Iluminados con esa nueva mentalidad se nos pedía ser hombres y mujeres capaces de organizar un mundo nuevo en el que la naturaleza entera dejara de estar presa del mal.

Vimos también que contábamos con la fuerza del Espíritu para ello, alejando así de nosotros el miedo al fracaso en intentarlo.

El domingo pasado, Jesús Transfigurado, nos alentaba a ello prometiéndonos participar de su triunfante glorificación.

Hoy la Liturgia, a través de sus textos, nos convoca a una nueva tarea: Qué hacer con todos esas ideas y proyectos que hemos descubierto, o, quizás, simplemente refrescado.

¿Nos las quedamos nosotros disfrutándolas egoístamente o decidimos que es un legado que hemos de transmitir a los demás?

San Pablo, (2ª Lec. Rom. 9,1-5) con su fogosidad característica, manifiesta claramente cómo entiende él sentirse depositario del Evangelio: “Como cristiano que soy, digo la verdad, no miento. Tengo una tristeza inmensa y un profundo y continuo dolor. Quisiera ser objeto de maldición, separado incluso de Cristo, por el bien de mis hermanos”.

Es una exageración motivada por su afán de dar a conocer a todos el mensaje de Jesús. Le duele de una manera especial que su pueblo, el pueblo judío al que tanto había mimado Dios, rechazase el seguimiento a Jesús.

Es que San Pablo había entendido perfectamente el desasosiego de Jesús por llegar a todos con su mensaje salvador.

En el Evangelio (3ª Lec. Mt. 14, 22-33) lo hemos recordado predicando sin descanso, rezando, confirmando la fe de sus incrédulos apóstoles. Jesús no para. Se manifiesta a lo largo de toda su vida terrenal como un Buen Pastor que cuida con esmero a sus ovejas, a las que se quedan con Él y a las que hay que ir a buscar.

Las fatigas de Jesús son el mejor aval de que lo que Él nos quiere enseñar es algo ciertamente valioso. No se comprende tanto esfuerzo -le costamos la vida en martirio- si no fuera verdaderamente valioso lo que Él vino a comunicarnos.

Esta pequeña reflexión debería bastarnos para entender que, siendo lo ofrecido por Jesús de tanto valor, un tesoro, una perla preciosa, nos decía el mismo Jesús hace unos días, deberíamos transmitirlo a los demás en virtud del amor que le debemos.

Pero, hay más. Jesús, hombre que nunca deja las cosas a medias, rubricó su deseo de que evangelizásemos proponiéndonoslo abiertamente: “Id por todo el mundo enseñando lo que yo os he dicho”. Así es como se despidió de sus Apóstoles. Ya antes les había dicho que los cristianos tenían que ser sal que sazone el mundo, luz que lo ilumine y levadura que lo fermente.

Ellos lo entendieron perfectamente y comenzaron hacerlo inmediatamente después de la venida del Espíritu Santo sobre ellos. Un ejemplo de esto lo acabamos de recordar en la segunda de las lecturas.

Desde entonces todos los cristianos han tenido la sensación de ser, como dijo el papa en la Evangelii Gaudium (nº. 86) “Personas cántaros” para dar de beber a los demás, aquel agua que Jesús prometió a la Samaritana, allá junto al pozo de Jacob, en Sicar. (Jn. 4, 5)

Dentro del campo de los afanes misioneros de todos los cristianos destaca el relativo a la educación de los niños.

Muchísimos niños pasan por nuestras catequesis a más de crecer en una familia cristiana. También un buen grupo de jóvenes se acercan al sacramento de la confirmación. Sin embargo los resultados de ese esfuerzo parecen quedar limitados a celebrar la primera comunión, o al acto sacramental de la Confirmación.

El Papa Francisco ha sido sensible a esta situación y tanto en la primera de sus exhortaciones, “El gozo del Evangelio” como en la tercera, “La alegría del amor” ha tocado ampliamente este tema.

En la Alegría del Evangelio ofrece pensamientos como los siguientes:

Hemos de desarrollar “una pedagogía que lleve a las personas, paso a paso, a la plena asimilación del misterio” (nº 171)

Esto supone practicar “El arte del acompañamiento…. una mirada respetuosa y llena de compasión pero que al mismo tiempo sane, libere y aliente a madurar en la vida cristiana (nº. 169)

En “La Alegría del amor” afirma: En la familia, “que se podría llamar iglesia doméstica” (C.V.II, LG. 11) madura la primera experiencia eclesial de la comunión entre personas…aquí se aprende la paciencia y el gozo del trabajo, el amor fraterno, el perdón generoso, incluso reiterado, y también, el culto divino por medio de la oración y la ofrenda de la propia vida. (nº.86)

Un poco más adelante en el mismo documento contempla a la familia como la primera escuela de los valores humanos en la que se aprende el buen uso de la libertad. (nº. 274)

Si a todos nos urge extender el Evangelio en nuestros ambientes, esa urgencia se hace extrema para todos aquellos que padres, abuelos, padrinos o educadores jugamos un papel importante en el desarrollo de la fe de nuestros encomendados.

Tengámoslo muy en cuenta y pidamos a Dios que nos ilumine para esa difícil misión de ir “forjando” la personalidad creyente de nuestros sucesores en la fe. Ellos son el futuro del cristianismo. No los olvidemos. En gran parte está en nuestras manos que permanezca vivo el mensaje de Jesús a lo largo de la historia.

No tengamos miedo a ofrecerles el Evangelio de Jesús. Es una buena noticia que nos convoca, y les convoca a ellos, a una noble acción: construir un mundo en el amor abierto a la esperanza: a la esperanza humana, conseguir por fin un mundo mejor y a la esperanza eterna, enfocar nuestra andadura terrenal hacia la patria definitiva junto al gran organizador de todo esto: Dios.

No dejemos de hacerlo. AMÉN.
 

 

 

 

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