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J. A. Pagola

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Pedro Saez. Presbítero

 

Día 16 DOMINGO XV T. O.

 

Sab. 12, 13, 16-19 Dios concede el arrepentimiento a los pecadores

Rom. 8, 26-7 El espíritu intercede por nosotros con gemidos inenarrables

Mt. 13, 24-43 dejad al trigo y a la cizaña hasta el final, hasta el día de la siega.


 

HOMILÍA

El domingo pasado oíamos decir a San Pablo, que la “Naturaleza entera gemía con dolores de parto….esperando la aparición de los hombres de Dios”

La liturgia nos ofrecía los recursos suficientes para hacer posible la aparición de esos hombres y mujeres nuevos, mediante la aceptación del agua de la gracia derramada sobre nosotros por Dios, según la expresión del profeta Isaías, (1ª lectura) o de los buenos resultados de las semillas sembradas por Dios en nosotros, que nos anunciaba Jesús. (3ª Lectura)

Hoy la Liturgia nos anima a ello, porque Dios, no solamente nos ofrece su perdón, (1ª lectura) sino también la fuerza del Espíritu necesaria para ello (2ª lectura) y hasta su paciencia. (3ª lectura)

Tenemos, es verdad, una historia de debilidad que puede inducirnos a la desesperanza respecto a la posibilidad de otros tiempos mejores para nosotros y para el mundo. Si solamente contáramos con nuestras fuerzas, es fácil que esa desesperanza tuviera un firme fundamento. Pero no es así.

Dios nos ofrece su ayuda y nos la ofrece sabiendo esperar.

En la parábola de la cizaña tenemos una buena prueba de ello. Ante la impetuosidad de los jornaleros por arrancar la cizaña, el señor del campo les pide paciencia, hasta que todo aquello se aclare.

San Pablo insiste en esta idea de la ayuda de Dios, pero, hijo de su tiempo, como todos, no puede librarse de entender las cosas en categorías distintas a las nuestras. Él piensa que “El Espíritu intercede por nosotros con gemidos inenarrables”.

Jesús habló tan claramente sobre la “misión” del Espíritu, que la podamos entender más correctamente que lo que lo hizo el Apóstol.

Espigando en los capítulos 14 y 16 del Evangelio de San Juan tenemos suficiente documentación para hacernos una idea bastante exacta sobre la misión del Espíritu sobre nosotros.

Según el Evangelio de San Juan, Jesús, en la celebración de la Pascua, tras instituir la Eucaristía, se dirigió a los Apóstoles en una larga conversación de despedida y orientación. Entre otras muchas cosas les dijo:

“Yo pediré al Padre que os mande otro defensor que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad ...No os dejaré abandonados; volveré a estar con vosotros… Os he dicho estas cosas estando con vosotros; pero el Espíritu Santo, el que el Padre enviará en mi nombre, Él os lo enseñará todo y os recordará todo lo que os he dicho…Muchas cosas tengo que deciros todavía, pero ahora no estáis capacitados para entenderlas. Cuando venga Él, el Espíritu de la verdad, os guiará a la verdad completa… Yo no os voy a decir que rezaré por vosotros al Padre, porque el mismo Padre os ama, ya que vosotros me habéis amado y habéis creído que yo salí de Dios”.

Hasta aquí las palabras de Jesús.

Respecto a la enseñanza paulina de que: “El Espíritu “intercede” por nosotros”, tenemos una “interesante” precisión hecha por Jesús. Jesús les dijo claramente a los apóstoles que ni siquiera Él iba a interceder por ellos ante el Padre “Porque el mismo Padre os ama”. Intercesores ante Dios, como Padre nuestro que es, parecen estar de más. El supremo intercesor que todos tenemos ante Dios es el amor que Él, como Padre, nos tiene. Incluso cuando éramos pecadores, como el mismo apóstol reconoce en la carta a los romanos (5,8). Por consiguiente no hemos de entender la acción del Espíritu como una mediación sino como una ayuda.

Así nos lo indicó claramente Jesús. “No os dejaré huérfanos”; y vendrá para ayudarnos a entender la Revelación, para ayudarnos a descubrir “la verdad plena”.

Una “ayuda” que hemos de entenderla convenientemente. La ayuda del Espíritu no se realiza mediante instrumentos mecánicos como puedan ser las pastillas o las inyecciones en el orden sanitario. NO. El Espíritu nos ayuda según nuestro específico modo de ser: el racional. La meditación asidua y profunda de la palabra revelada tiene capacidad suficiente para transmitirnos su Espíritu convirtiéndose en el motor profundo de nuestra vida.

Jesús cuando habla de esto alude indistintamente al misterio Trinitario. Dice: “El Espíritu os guiará a la verdad completa. Pues no os hablará por su cuenta, sino que os dirá lo que ha oído y os anunciará las cosas venideras. Él me honrará a mí, porque recibirá de lo mío y os lo anunciará. Todo lo que el Padre tiene es mío; por eso os he dicho que recibe de lo mío y os lo anunciará”.

Es el Espíritu de Dios recogido en el evangelio, el Espíritu de Dios que subyace en Él, el que se hace presente en nuestro interior organizando la vida según ese mismo Espíritu que late en su interior. La ayuda que nos presta es la capacidad que la palabra de Dios tiene para empapar nuestra mente cuando nos abrimos a ella. Jesús nos dijo que había venido para darnos ejemplo, para que viendo y meditando sobre lo que Él había hecho nosotros nos condujéramos de la misma manera. La imitación de su comportamiento es el modo de hacerle presente en toda su fuerza dentro de nuestra vida.

El domingo pasado recordábamos otras palabras de Él muy a propósito. Les dice a los apóstoles: bienaventurados vosotros porque vuestros ojos ven y vuestros oídos oyen” y el domingo anterior gritaba “Quien tenga oídos para oír que oiga”. Se trata de escuchar y meditar lo que Jesús hizo y dijo. Así actúa la gracia de Dios en los seres racionales.

Apelar a la ayuda de Dios no es, por consiguiente, ni infantilismo, ni un alarde de magia sino TOMAR LAS ACTITUDES OPORTUNAS para que las enseñanzas de Jesús nos vayan calando hasta la médula de modo y manera que, como decía en otra ocasión San Pablo, ya no seamos nosotros los que vivimos sino que sea Cristo quien vive y actúa desde dentro de nosotros. AMÉN.
 

 

Día 15 DOMINGO XV T. O.


HOMILÍA


Isaías, en visión profética, nos habla de un agua que hará germinar una nueva tierra. (1ª.Lec. 55,10-11)

San Pablo (2ª lec. Rom. 8, 18-23) ve a la naturaleza, tanto en su dimensión humana como en la correspondiente a la animal-vegetal, necesitada de una profunda transformación.

Jesús (3ª lec. Mt. 13, 1-23) nos habla, mediante la parábola del sembrador, de los resultados positivos, que pueden esperarse para nosotros y para la naturaleza, de la “siembra” de la palabra de Dios, si sabemos aceptarla y convertirla en el alma de nuestras acciones y compromisos.

Estas ideas se relacionan directamente con lo que veíamos el domingo pasado sobre la desorientación que padece una humanidad que todavía no ha alcanzado una verdadera madurez y que, más bien, se porta con la violencia de una juventud recientemente descubierta, que legitiman plenamente, por desgracia, aquellas sorprendentes palabras de San Pablo: “La creación entera gime y está en dolores de parto”

¿A qué dolores de parto se refiere el Apóstol hablando de la naturaleza? ¿Qué es eso de que la naturaleza espera la manifestación de los hombres de Dios? ¿Para qué tiene que esperarlos y por qué tiene que hacerlo?

San Pablo alude a la desorientación que ha experimentado el hombre en el orden moral y a las consecuencias que ese desorden ha tenido para la naturaleza. Toca, pues, el Apóstol dos gravísimos asuntos de máxima actualidad: la falta de visión sobrenatural del hombre actual tecnificado y el gran y grave problema de la degradación de la naturaleza.

Muy frecuentemente consideramos los “pecados” como ofensas a Dios, desligándolos de su constitutiva referencia a la convivencia entre nosotros y al correcto uso de las cosas.

Esto es debido, tal vez, a entender el pecado fundamentalmente como una desobediencia a un ser superior que puede mandar. Se ha perdido con ello el punto de vista de la maldad del objeto mismo de aquello que consideramos pecado.

Si robamos, desobedecemos a Dios y Él nos castigará. Sí, con tal de que veamos claro, que el robar es pecado porque hace daño a alguien y ESO es lo que Dios reprueba. El robar no es pecado porque esté prohibido por Dios, sino que está prohibido por Dios, porque el robar es malo en sí, y es malo en sí, porque causa dolor a los demás, porque rompe las condiciones de confianza mutua, porque convierte a la sociedad en una cueva de ladrones. Por todo eso, Dios nos ha prohibido que robemos. Robar no es más que un caso concreto de quebrantamiento de un precepto extraordinariamente positivo: que nos amemos. Hacer el mal es lo contrario del amor y en consecuencia lo contrarios del bien que nos debemos unos a otros.

Cuando los hombres nos hemos dejado llevar por el egoísmo desenfrenado, cuando hemos destrozado la naturaleza y explotado a los indígenas, cuando hemos cometido esas felonías no estábamos ofendiendo a Dios sino a la naturaleza y al prójimo y ESO es lo que Dios trata de evitar con sus preceptos, con sus prohibiciones: que nos hagamos daño unos a otros y a la naturaleza.

La naturaleza no cometió pecado pero ha sufrido las consecuencias del pecado de los hombres y ha quedado en necesidad de rápida rehabilitación, no por ideas economistas, que no están mal y es un buen propósito de los ecologistas, sino, sobre todo, porque la hemos desviado de su primitiva razón de ser; de aquello para lo que la había pensado Dios: ser habitación cómoda para todos y despensa universal de todos. Amplísimamente expuso estas ideas el Papa Francisco en su Exhortación “Laudato, Sí”, como ya comentamos ampliamente varios domingos.

Cuando los humanos nos convirtamos de verdad, dejaremos de pervertir a la naturaleza y ésta, LA NATURALEZA, podrá cumplir la preciosa misión que Dios le ha encomendado.

No desvaría por tanto San Pablo, cuando dice que la naturaleza gime con dolores de parto. SÍ, ella está esperando el hombre nuevo que la respete y la conduzca a su verdadera finalidad.

Ese hombre nuevo que aceptando esa lluvia de la que nos hablaba el profeta, esa simiente que nos ofrecía Jesús, dé a luz un mundo nuevo. Hombres nuevos creadores de un mundo nuevo; hombres y mujeres con clara conciencia de ser inquilinos, que no propietarios absolutos, de una tierra pensada por Dios como habitación confortable de todos y para todos.

Seamos esos hijos de Dios que espera la tierra, que necesita el mundo, para que todo quede abierto a la esperanza.

Las últimas palabras de Jesús: “quien tenga oídos para oír que oiga” tienen el carácter de llamada de urgencia a una humanidad que tiene la mente embotada, tienen tapados los oídos y los ojos cerrados, para no ver nada con sus ojos ni oír con sus oídos, ni entender con la mente ni convertirse a Él para que nos cure.

Hagámosle caso nosotros, para que pueda decirnos como a los apóstoles: ¡Dichosos vuestros ojos porque ven, y vuestros oídos porque oyen! AMÉN.

 

 

 

 

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