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Pedro Saez. Presbítero

 

 

Domingo 2º T. Ordinario

HOMILÍA


El domingo pasado centrábamos nuestra reflexión sobre la exhortación del Padre a que escuchemos a Jesús. Tenemos que escuchar a Jesús, pero ¿Dónde habla? ¿Dónde dice cosas?

Dios nos habla con diversos lenguajes según las circunstancias. Uno de esos lenguajes, sin duda el principal, es Jesús de Nazaret, considerado como la palabra de Dios hecha carne y reconocido solemnemente por el Padre como su hijo a quien debemos escuchar, según recordábamos el domingo pasado en el episodio de su Bautismo en el Jordán.

La lectura repetida, sosegada, meditada, en silencio, de las enseñanzas de Jesús, tanto cuando nos enseña sus pensamientos como cuando nos muestra sus comportamientos, son el lugar idóneo por excelencia para saber qué es lo que Dios nos dice y nos pide a cada uno en los diferentes momentos y situaciones en las que nos encontramos.

“Los Evangelios”, el Nuevo Testamento, es un libro que todos deberíamos tener en nuestra biblioteca como uno de los más utilizados por nosotros. Es ahí donde se nos muestra la grandeza del pensamiento de Jesús y se nos convoca a seguirle. Es ahí donde vemos ejemplos maravillosos de amor, de entrega, de fidelidad, de justicia, de misericordia, de prudencia, etc. etc. que nos invitan a alzarnos sobre las miserias del mundo para soñar en otro donde todo eso sea realidad.

Es ahí donde vemos ejemplos de generosidad, de entrega, de perdones, de fidelidades que nos animan a imitarlas.

Es ahí donde se habla de esperanzas eternas compensadoras de los esfuerzos y tenacidades gastadas en conseguirlas.

Es ahí donde vislumbramos el verdadero sentido de nuestra existencia terrenal efímera, pero abierta a la transcendencia eterna, en el misterio de Dios, Padre y creador de todo.

Es ahí donde cogemos aliento y fuerzas para no sucumbir en la batalla.

Los Evangelios son el pan que nos alimenta y nos mantiene vivos espiritualmente en el diario vivir.

Es en ellos donde especialmente podemos escuchar lo que Jesús quiere decirnos a cada uno de nosotros en cada una de nuestras situaciones personales.

Pero no solamente ahí podemos escuchar lo que Dios quiere decirnos y pedirnos. El acontecimiento de las bodas de Caná, 1ª Lectura ( Jn. 2, 1-11) nos remite a otro gran vocero de Dios: los signos de los tiempos.

La necesidad de vino en una boda solicitó la intervención de Jesús. De no haber sido así, no hubiera comenzado su vida pública entonces. Fue una necesidad la que provocó la acción de Jesús. Igualmente, a nosotros se nos debe despertar el espíritu cristiano ante las situaciones concretas en las que se nos manifieste el mundo.

Dios nos solicita a través de los acontecimientos. El mundo en sus múltiples deficiencias como el hambre, la injusticia, la violencia, la ignorancia, la guerra, clama por gente que quiera comprometerse en la tarea de resolverlas. Ahí está Dios, diciéndonos lo que espera de nosotros en esa situación concreta; pidiéndonos nuestra colaboración para erradicarlas.

Los cristianos hemos de estar atentos a estas solicitaciones entendiéndolas como llamadas del mismo Dios a nuestra cooperación.

Nadie podemos sentirnos excluidos de escuchar y poner en práctica el mensaje evangélico en razón a nuestra pequeñez. En la gran empresa de Dios hay trabajo para todos según su situación. Son diversas funciones pero el mismo Señor quien las reparte, nos decía San Pablo en la segunda lectura, (1ªCor. 12, 4-11)

Cada uno de nosotros podemos hacer una pequeña aportación, es verdad, muy pequeña en muchos casos, pero millones de pequeñas aportaciones resultan una aportación substancial.

Escuchando las diversas llamadas de Dios, sea a través de Jesús o de las penurias del mundo, mereceremos el elogio que escuchábamos al profeta Isaías en la primera lectura ( 62, 1-5) “Serás una corona preciosa en manos del Señor, una diadema real en la palma de tu Dios. Como un joven se casa con su novia, así tu constructor se casará contigo; y como el esposo se recrea en la esposa, así tu Dios se recreará en ti. AMÉN
 

 

DÍA 13, DOMINGO DEL BAUTISMO DE JESÚS


De la misma manera que el domingo pasado, la presencia de los magos escenificaba la universalidad de la venida de Jesús al mundo, el cuadro que nos acaba de presentar el evangelista San Lucas, en la tercera lectura, nos muestra con toda claridad la continuidad de la Revelación del Antiguo Testamento con la del Nuevo, iniciada por Jesús.

Evidentemente, Jesús no tiene que acudir al Jordán para ser bautizado por San Juan, porque en él no hay pecado alguno. No podemos interpretarlo tampoco como una pura ficción. Solo queda que lo representado por el cuadro descrito nos manifieste una verdad profunda, que es la que hemos indicado: Jesús es el continuador de la Revelación iniciada en el pueblo judío.

Esta es la razón de poner esa voz con la que Dios, el gran Revelador, sale garante de lo que a partir de ese momento anuncie Jesús. “Escuchadle”, es su expresa voluntad. (3ª Lec. Lc. 3, 15-16, 21-22)

Sobre esta garantía por parte de Dios, de la persona de Jesús, volveremos, Dios mediante, dentro de quince días ( tercer domingo del tiempo ordinario) . Hoy nos centraremos sobre una doble pregunta que se formula por sí misma: Escucharle, ¿Para qué? ¿Para qué quiere el Padre que escuchemos a Jesús? Y ¿Dónde podemos escuchar a Jesús, ahora, a dos mil años de distancia?

Dejaremos la segunda de las cuestiones para el próximo domingo, Dios mediante. Hoy nos centraremos en la primera: ¿para qué quiere Dios que escuchemos a Jesús? ¿Para qué?

Ciertamente no para ser superficialmente informados de un mensaje aleatorio que puede interesarnos como cualquier otro asunto que aparezca en los medios de comunicación. Es decir, para tener una cierta información de algo que se dice por ahí.

Menos aún, para esgrimir algunas expresiones sacadas de contexto y empleadas torticeramente para apabullar a otros en discusiones de tipo religioso. Son expresiones muy manidas estas: también Jesús dijo, o no te acuerdas de tal frase. Es convertir algunas expresiones aisladas y fuera de contexto en armas arrojadizas al enemigo dialéctico en las ocasiones en las que alguien se quiere salir con la suya, independientemente del sentido autentico y contextuado de la cita a la que se recurre.

Tampoco para considerarlo como un bello programa, bien trabado y orientado, pero sin valor operativo, al modo como puedo conocer la Odisea o la Ilíada de Homero o la Eneida de Virgilio. Son poemas muy bonitos capaces de deleitarnos con su lectura, pero nada más. Narran aventuras de otros tiempos, otros países y otras gentes. Nada más.

Tampoco sería una actitud correcta conocer las Escrituras, la Revelación, para saber estar correctamente en conversaciones, reuniones, asambleas en las que se traten temas religiosos evitando así ser tenido como un ignorante en “temas piadosos”.

Para nada de eso está empeñado Dios en que escuchemos a Jesús.

Si queremos saber con exactitud para qué hemos de escuchar a Jesús no nos queda otro remedio que acudir a la misma Revelación.

En la primera de las lecturas, tomada del Profeta Isaías, (42, 1-4, 6-7) además de salir garante Dios de la misión del “siervo a quien protege” -está anunciando a Jesús- le asigna estas misiones: traer la justicia a las naciones, no apagar la mecha humeante, y ser luz de las naciones.

San Pedro, testigo de la vida y enseñanzas de Jesús, le presenta como alguien al que “ungió Dios con el Espíritu Santo llenándolo de poder y que pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el demonio” (2ªlec. Hch. 10, 34-38).

¿Para qué quiere Dios que escuchemos a Jesús?

Para dejarnos empapar del espíritu de justicia que nos ofrece Jesús, para ayudarle a llevar ese mismo espíritu a la vida de las gentes y de los pueblos, para no apagar la mecha humeante de nuestras propias inquietudes y ayudar a eso mismo a los demás, a mantenerse en pie firme ante las adversidades, para dejarnos iluminar por la luz de sus enseñanzas y proyectar esa misma luz sobre el mundo que nos rodea. Para todo eso quiere Dios que escuchemos a Jesús. Para convertirnos en militantes de una campaña de transformación del mundo en aquellos pequeños peri-mundos en los que nos desenvolvemos cada uno de nosotros.

Jesús ha venido para enseñarnos y ofertarnos un programa de vida capaz de llenar las más grandes aspiraciones del ser humano en su dimensión individual y social.

Precisamente por eso es por lo que se despidió de sus más íntimos colaboradores, los Apóstoles, encargándolos que fueran por todo el mundo enseñando lo que Él les había comunicado.

Dios quiere que escuchemos a Jesús para llevar acabo la gran transformación del mundo que, como hemos recordado en el adviento, camina como barco sin brújula o, como ya dijo Jesús, como ovejas sin pastor.

Oigámosle. Y oigámosle penetrando profundamente en la riqueza enorme del contenido de su mensaje. No por las ramas y con cuatro tópicos sino como quien ha digerido plenamente las enseñanzas de Jesús, su Evangelio, y lo ha convertido en su estilo de vida.

Así es como habremos cumplido la voluntad del padre de que escuchemos a Jesús. AMÉN

 

 

 

 

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