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Pedro Saez. Presbítero

 

 

DOMINGO  V  DE PASCUA 

 

La liturgia nos muestra   los primeros pasos de aquel pequeño grupo de seguidores de Jesús que formaban la naciente Iglesia de los cristianos.

Es importante conocerlos  porque lo son de esa misma Iglesia de la que ahora nosotros formamos parte integrante. Nosotros somos los sucesores de aquellos. Nos ayuda saber cómo fueron y qué hicieron  tanto para conocer nuestras raíces como para tenerlos de referente en nuestro quehacer eclesial.

La Primera lectura (Hch. 14, 21b-27)   nos  da a entender  que la expansión del cristianismo no es casual sino que responde a una seria actividad por parte de los apóstoles. Pablo y Bernabé no paran de  visitar  pueblos diferentes en los que predican el Evangelio. A su vuelta a  Antioquía muestran su gozo porque  había quedado abierta la puerta de la fe a los paganos. 

Pronto esos esfuerzos van cristalizando en pequeñas comunidades que requieren la presencia de un nuevo pastor. Así es como van dejando presbíteros por los lugares por donde pasan.

Junto a la fe les advierten que su decisión de formar parte del Reino de Dios les supondrá muchas tribulaciones. Aquellos cristianos no tenían un cristianismo fácil y bastante cómodo como el nuestro. Su fe les exponía realmente al martirio.

La  tercera lectura  (Jn. 13, 31-35)   recoge las palabras de Jesús con  las que quiso mostrarnos  uno de los dos mandamientos en los que, según Él,  se resume toda la Ley y los profetas: “Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros”.

Sobre este punto reflexionamos largamente el domingo IV del tiempo ordinario, concretamente el 3 de febrero.  Entonces recordamos que de las tres virtudes teologales la que permanecerá eternamente es el amor. La fe cesará cuando podamos ver a Dios. La esperanza también porque la expectante espera se convertirá en gozosa presencia. Sólo el amor permanecerá, porque el AMOR es el mismo Dios. Dios es AMOR. En consecuencia nuestro eterno descanso en Dios consistirá en nuestro eterno descanso en el AMOR.

El amor es no solo  nuestro eterno destino, sino también el alimento de nuestro presente. Mediante el amor nada ni nadie nos es indiferente. Todo cobra un nuevo valor y sentido. Los enamorados ven todo de distinta manera. Cuando se ama  todo es bello, todo es agradable, todo merece la pena de ser vivido.

Cuando está presente el amor  el mundo y las personas se nos acercan con rostro sonriente, prometedor. El amor nos invita a fundirnos con lo amado, a introducirlo dentro de nosotros, a convertirlo en huésped del corazón.

También recordamos entonces las características que señalaba San Pablo (1ªCor. 12, 1,ss) al amor. Ser paciente, comprensivo, perdonador, amigo de la vedad, capaz de disculpar, de creer, de servir. Recordábamos una muy importante en la vida práctica sobre todo dentro de la familia: no llevar cuenta de los perdones que doy sino de los que los demás me dan a mí. Era la forma de evitar ir teniéndome yo por mártir y al otro por verdugo, abriendo así un foso insalvable entre ambos. El perdón de corazón, una de las principales manifestaciones del amor, es la verdadera forma de resolver ese tipo de tensiones dentro y fuera de la familia.

En la segunda lectura (Ap. 21,1-5)  San Juan, en visión apocalíptica,  aporta una esperanza que anima  a superar aquella seria advertencia que hacía San Pablo a los primeros cristianos y a todos nosotros: “formar parte del Reino de Dios  supone  muchas tribulaciones”

Dice el Apóstol: Vi un cielo nuevo y una tierra nueva, porque el

primer cielo y la primera tierra habían desaparecido; vi la nueva Jerusalén, y  oí  una voz potente que decía: Ésta es la morada de Dios con los hombres; él habitará con ellos, ellos serán su pueblo y Dios mismo morará con los hombres.  Enjugará las lágrimas de sus ojos y no habrá más muerte, ni luto, ni llanto, ni pena, porque el primer mundo ha desaparecido…Ahora hago nuevas todas las cosas.

Es el final prometido por Jesús a todos aquellos que escucharon su voz. “Volveré y os tomaré conmigo para que donde yo esté  estéis también vosotros”.  (Jn. 14,3) San Pablo nos muestra una perfecta visión de lo que es la muerte para quien vive de la mano de Dios. Se lo dice a Timoteo desde la cárcel Mamertina donde esperaba la muerte: (2ªTim. 4, 6-9)

“Yo estoy ya a punto de ser ofrecido en  sacrificio; el momento de mi partida está muy cerca.   He combatido el buen combate, he concluido mi carrera, he conservado la fe;    sólo me queda recibir la corona merecida, que en el último día me dará el Señor, justo juez; y no sólo a mí, sino también a todos los que esperan con amor su venida”.

Pidamos la gracia de Dios para que al final de nuestra vida podamos decir como San Pablo  que hemos guardado la fe, esa que recibimos de nuestros antepasados, que la hemos vivido en nuestro presente y que la hemos transmitido a nuestros sucesores.  Que así sea.

 

 

 

Día 12 DOMINGO IV PASCUA


Una constante en la predicación de los Apóstoles fue la de mostrar a Jesús como el gran triunfador de la muerte y del mal.çLa razón nos es ya muy conocida: la Resurrección, al garantizar su condición divina, mantenía en pie todo lo por Él afirmado y prometido.

La liturgia de este domingo nos ofrece tres textos con ese mismo contenido e intención.

En la narración de los Hechos de los Apóstoles (1ªLet. 13, 14, 43-52) aparece San Pablo en la Sinagoga de Antioquía advirtiendo a los judíos que la luz de la palabra de Dios, destinada a ellos en primer lugar, va a ser derramada sobre los gentiles para que también a ellos les llegue la salvación.

La constante terquedad de los judíos les impidió rectificar y resolvieron la situación echando a Pablo y Bernabé de la ciudad.

Ellos convencidos de la verdad de cuanto habían predicado se fueron llenos de gozo y del Espíritu Santo. Nada ni nadie podía hacerles renunciar a lo que ellos habían constatado.

En la segunda lectura (Ap. 7, 9, 14b-17) san Juan, con el típico lenguaje de esta obra, nos presenta la magnitud de la obra realizada por el Cordero. Una de sus notas es que afecta a “Una gran muchedumbre, que nadie podía contar, de toda nación, raza, pueblo y lengua”.

Señala también la extraordinaria importancia del Cordero: “En su sangre es donde toda esa gente ha lavado y blanqueado sus vestiduras”. Finalmente explica el feliz resultado de ese lavado: “están cobijados bajo la tienda de Dios y allí ya no tendrán más hambre ni sed… Dios enjugará todas las lágrimas de sus ojos”

El mismo Evangelista, pero esta vez con lenguaje ordinario literal, (3ª let. 10, 27-30) expone las mismas ideas.
En primer lugar afirma claramente la divinidad de Jesús recogiendo unas palabras del mismo Jesús: “El Padre y Yo somos una misma cosa”

Señala la razón que le ha traído a este mundo: Ser pastor que cuida a sus ovejas

Contempla a la buena gente que le escucha y le sigue: “Mis ovejas escuchan mi voz. Yo las conozco y ellas me siguen”

Indica claramente el triunfo de su pastoreo: “Yo les doy la vida eterna… un gozo que nadie podrá arrebatarles”

Además del mensaje explícito de la Resurrección de Jesús en estos textos subyacen dos ideas que merece la pena subrayar. Una es insistir en la universalidad del mensaje evangélico y otra ser conscientes de los peligros que acechan a sus seguidores.

Los judíos estaban convencidos, y parece ser que siguen en la misma idea, de que Dios es algo suyo, personal y que ellos son su único pueblo al que finalmente tendrán que integrarse todos.

Al comienzo de la expansión del cristianismo esa idea estuvo tan presente que se pretendía exigir a todo el que deseara ser cristiano pasar antes por los ritos judíos. De ahí la famosa controversia sobre la previa circuncisión. El asunto quedó zanjado en el primer Concilio de Jerusalén presidido por Pedro.

Una de las grandes transformaciones ideológicas de los Apóstoles tras los reencuentros con Jesús y su Ascensión, y que también hemos de experimentar nosotros los católicos, fue la de ampliar el horizonte de la predicación del Evangelio según el encargo del mismo Jesús de: “Id por todo el mundo… a todas las gentes”

La cerrazón de mente es muy negativa a la hora de estar abiertos a las nuevas iniciativas del Espíritu dentro de la misma Iglesia Católica. El Evangelio es una formidable oferta de Dios al género humano al que no hemos de señalarle rayas rojas que nos impidan ir desvelando a lo largo de la historia toda la riqueza contenida en él. Nosotros como cristianos y como personas hemos de esforzarnos por tener un espíritu amplio que, sin embargo, nada tenga que ver con el papanatismo ni el esnobismo sino con tener la mente discursiva abierta. Por cierto, la mente nos la ha dado Dios para pensar.

La otra idea, la segunda, sería no desconocer que los causantes de la muerte de Jesús fueron unos hombres concretos pero que representaban las grandes tentaciones que acosan al animal humano.

Precisamente por eso, por ser tentaciones constantes, esos mismos pecados siguen vivos en la sociedad en la que nos movemos. No seamos, pues, incautos infravalorándolos y tengamos los ojos muy abiertos ante los modernos ataques al cristianismo. Jesús, sigue siendo molesto para los dictadores representados entonces en Pilato y hoy por tantos caciques grandes y pequeños que pretenden ser los dueños de su grande o pequeño mundo. Hoy sigue vivo el hedonismo de Herodes en los actuales obsesos por el placer a cualquier precio y condición. La traición de Judas sigue viva en los que se venden por dinero, por placer, por poder, por salirse con la suya. Hay gente que goza haciendo sufrir a los demás, como los soldados que maltrataron a Jesús. No falta gente soberbia que desprecia y trata de mangonear con sus ideas a los demás como hicieron Caifás y Anás. Todos aquellos están muertos pero sus vicios siguen vivos y crean las mismas tensiones con Jesús que los denuncia y desenmascara. No olvidemos la lección a la hora de tomar postura ante determinadas críticas al cristianismo y, mucho menos, apoyarlas con nuestra ingenuidad. No es suspicacia, es una advertencia de Jesús: los hijos de las tinieblas son más sagaces que los de la luz. Los cristianos debemos ser sencillos de mente pero no simples ni incautos. Jesús sigue siendo un objetivo a eliminar por una sociedad todavía muy dominada por los instintos animales heredados de nuestros antepasados en la evolución y, en no pocas ocasiones, potenciados con la capacidad de razonar.
Tengamos muy presentes estas ideas para librarnos de caer nosotros en actitudes irracionales, para no propagar ingenuamente críticas malsanas al cristianismo y para que, como los apóstoles, sepamos ser en el siglo XXI testigos firmes de la Resurrección de Jesús. AMÉN

 

 

Día 5 DOMINGO III DE PASCUA
HOMILÍA


Los apóstoles, a través de sus escritos, siguen ofreciéndonos datos para que los que los leamos podamos estar seguros de haber hecho una acertada elección creyendo en Jesús.


Entre esos datos podemos subrayar los siguientes:

1.- Predicar a Jesús les supone disgustos, martirios y en ocasiones hasta la muerte cruenta como hemos escuchado en la 1ª Lectura (Hch. 5, 27-32, 40-41) No tendría ningún sentido ese comportamiento de no estar absolutamente seguros de la Resurrección de Jesús. ¿Por qué iban a padecer tanto por afirmar algo falso que no les reporta beneficio material alguno? No tiene sentido. Sería sacrificarse o morir por nada y para nada. Por nada porque Jesús sería un impostor por decirse Dios y luego morir en una cruz como un malhechor. Para nada porque ellos no ganaban nada con esa afirmación. Otra cosa es que eso les hubiera enriquecido, dado poder, o cualquier otro beneficio. Es ese supuesto se entendería que se sacrificaran para conseguirlo, o para mantenerlo pero para no lograr nada, es un sinsentido inexplicable. Su comportamiento es solamente explicable por su certeza absoluta en la Resurrección de Jesús.

Se podría objetar que fueron capaces de dar la vida por mantener las ideas de Jesús como tantos otros lo han hecho por defender sus ideas científicas, políticas, sociales, etc. a lo largo de la historia. Muchos paganos honorables han muerto por defender ideas que a ellos les parecían grandes. Pero no es ese nuestro caso. Los Apóstoles y muchos de los primeros cristianos que conocieron los hechos no murieron por ideas sino por declararse testigos de la resurrección de Jesús. Es por defender la verdad de un hecho, no de ideas por lo que ellos mueren.


2.-Otra razón en favor de su absoluta certeza en la Resurrección de Jesús es que de otro modo ellos mismos se estarían condenando eternamente. Si a ellos no les constara la resurrección estarían siguiendo a alguien que, por no haber resucitado, no les podría garantizar la vida eterna y sin embargo se estarían alejando del judaísmo que era su primitiva religión. ¿Qué les quedaba espiritualmente hablando? La fe despertada por Jesús sería falsa y la de La Ley judía, que en esa hipótesis sería la verdadera, queda abandonada. Ellos mismos se condenarían ante Dios. Estarían predicando una fe que salvaría a los demás pero que a ellos les iba a costar su propia condenación. ¡Absurdo!


3.- No es explicable su convicción por otras razones que no fueran la real presencia de Jesús resucitado entre ellos. Las apariciones se realizan en campos muy diferentes. En el Cenáculo, en un camino (los de Emaús) en el campo, en el sepulcro, en el mar de Tiberíades. (3ª Lectura, Jn. 21, 1-19) No es posible pensar que tantos y tan variados escenarios, en horarios tan diferentes, pudiera constituir un “marco” proclive a la aparición de figuras fantasmales del tipo de ilusiones o alucinaciones. Hay que tener en cuenta también que las personas que se reencontraron con Jesús eran de diferente sexo, cultura, edad, situación personal. A esto hay que sumar que en lo único en lo que inicialmente eran todos coincidentes era en manifestar una actitud inicialmente escéptica frente al hecho, tal y como aparece en todos los caso uno de los cuales recordamos el domingo pasado cuando analizamos la postura de Santo Tomás.


4.- Hay otra razón también de mucho peso en favor del reencuentro de Jesús con sus Apóstoles. La profunda transformación que experimentan en sus planteamientos y actitudes.

Los planteamientos cambian frontalmente. No vuelven a hablar de quién es el primero en el reino de Dios, ni a malentender la misión de Jesús, ni el sentido de sus predicaciones, etc. Como ejemplo de “despiste” tenemos el de San Pedro que quiere desviar a Jesús de su misión recibiendo una dura crítica: apártate de mí, Satanás. Ahora entienden que Jesús tenía que padecer y resucitar, entienden sus enseñanzas, le reconocen plenamente como el Mesías, etc.

Igualmente las actitudes. Gente asustada, escondida en el Cenáculo con las puertas cerradas, a partir del convencimiento de la Resurrección de Jesús, salen a la luz pública a desafiar a los poderes políticos y religiosos con sus predicaciones. Sufren persecución pero no solo no pueden con ellos sino que, por sus predicaciones, va creciendo el número de los seguidores de Jesús, como recordábamos el domingo pasado.


5.- Teniendo en cuenta todo lo anterior los reencuentros con Jesús Resucitado no pueden explicarse en modo alguno como estados meramente subjetivos. Son absolutamente reales pero eso no quiere decir que no se realizaran en el campo personal espiritual.

Los que se reencuentran con Jesús apelan a recursos con los que quieren subrayar el carácter real de la aparición como es que les mostrara las yagas de las manos, pies y costado, o que los invitase a comer, etc. pero al mismo tiempo quieren subrayar el carácter personal espiritual del encuentro manifestando que le reconocen por medio de algún gesto especialmente significativo para cada uno de ellos o para el colectivo, según los casos.

Así por ejemplo María Magdalena le reconoce como experiencia personal espiritual al llamarla por su nombre, los de Emaús le descubren en la fracción del pan, en la Eucaristía. Los apóstoles cuando les dice que vayan a Galilea reviven el momento en el que ellos habían comenzado su seguimiento a Jesús. En el mar de Galilea por su forma de hacer. El evangelista termina su relato afirmando que: nadie duda de que es Él.

No dudan y por eso llegan a dar su vida como testigos de que Jesús sí era el mesías esperado.

Los apóstoles que conocieron a Jesús antes de la crucifixión lo reconocieron luego, triunfante, superando la muerte y el pecado, y así nos lo presentan en sus escritos. Son apariciones reales pero en el campo de la espiritualidad objetiva no de la mera subjetividad.

Uno de esos testimonios lo hemos recordado en la segunda de las lecturas (Apocalipsis 5, 11-14) en la que el Apóstol y Evangelista San Juan nos decía “El cordero degollado es digno de recibir la alabanza, el honor, la gloria y el poder”.

El domingo pasado recordábamos las extraordinarias palabras del Evangelista San Juan: esto se ha escrito para que creyendo tengáis vida en vosotros. En ese “vosotros” estamos incluidos todos los que ahora estamos celebrando esta Eucaristía, aquí en San Vicente, en la que Jesús sigue queriendo hacerse presente espiritualmente entre nosotros como en aquel entonces.

Como los ancianos que describe San Juan en ese mismo lugar: digamos también nosotros entusiasmados por la obra de Jesús y creyendo firmemente en su resurrección: Gloria a Cristo Jesús, AMÉN.
 

 

 

 

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