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J. A. Pagola

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El Día del Señor ¿Quién es Jesús?  

 

 

 

QUIÉN ES JESÚS CERCANO A LA NATURALEZA (5)
 


No le falta razón a G. Vermes cuando afirma que Jesús es "un hijo de la campiña galilea". Galilea es la tierra donde Jesús creció y vivió. Nunca hizo grandes viajes como Pablo de Tarso. A él le gustaba recorrer los caminos de Galilea, Samaria y Judea o atravesar el lago de Genesaret con sus amigos pescadores. Subía con frecuencia a las colinas que rodean este lago para rezar a su Padre en el silencio de la noche (Mt, 14,23; Mc 1,35) y a veces se retiraba a un valle discreto para descansar lejos de la muchedumbre (Mc. 31).

Jesús vivió en medio de la naturaleza, atento a la vida del campo, con los ojos muy abiertos al mundo que lo rodeaba. Basta oírlo hablar. La abundancia de imágenes y observaciones tomadas de la naturaleza nos muestran a un hombre que sabe captar y disfrutar de la creación.

Jesús se ha fijado muchas veces en los pájaros del cielo que no siembran ni almacenan en graneros pero vuelan llenos de vida, alimentados por Dios su Padre (Mt 6,26) y le han entusiasmado las anémonas, flores rojas que cubren en abril las colinas de Palestina (Mt. 6,28), ni Salomón en toda su gloria se vistió como la más pequeña de estas flores.

Caminando una primavera hacia la casa de sus amigos de Betanía observa las higueras de cuyas ramas llenas de savia comienzan a brotar las primeras hojas y Jesús advierte que ya se acerca el verano (Mt. 24,32).

Al pasar por los campos, ve con qué fuerza crece el trigo que ha sido sembrado en un buen terreno pero también se fija en cómo queda ahogado el que brota entre zarzas y espinos (Mc. 4,38). Sabe muy bien lo difícil que es separar el trigo y la cizaña pues observa que crecen muy juntos (Mt. 13,24-30). En otoño contempla las viñas rebosantes de racimos y observa también cómo se secan y se echan el fuego los sarmientos que han sido cortados de la vid (Jn. 15,1-8).

Jesús ha levantado muchas veces sus ojos para contemplar los rebaños de ovejas y corderos que alegran las colinas de Galilea (Jn. 10) y ha visto también las cabras y cabritos que se alimentan en las tierras más resecas de Judea (Mt. 25, 32-33).

Al entrar en las aldeas, se fija en las gallinas que esconden a sus polluelos bajo las alas (Mt. 23,37) y en los perros que se acercan a los mendigos para lamer sus heridas (Lc. 16,21).

Jesús disfruta del sol y de la lluvia y da gracias a Dios que "hace salir el sol sobre buenos y malos y manda la lluvia sobre justos e injustos" (Mt. 5,45). Conoce los nubarrones grises que anuncian la tormenta (Mt. 16,4) y el viento sur que indica la llegada del calor (Lc. 12,55).

Jesús no sólo vive abierto a la naturaleza pero, además, invita a quien le escucha a ir más allá de lo que ve en ella. Su mirada es una mirada de fe. La creación entera se convierte en parábola que nos puede sugerir el mundo de Dios. Esta tierra en que vivimos es el lugar donde se puede entrever la presencia y la actuación salvadora de Dios.

Jesús se alegra por el sol y la lluvia pero, aun más, por la bondad de Dios con todos sus hijos, sean buenos o malos (Mt. 5,45).

Sabe que el viento "sopla donde quiere" sin que se pueda precisar "de dónde viene y a dónde va", pero él percibe en el viento una realidad más profunda: el Espíritu Santo de Dios (Jn. 3,8).

Admira las flores del campo y los pájaros del cielo pero intuye tras ellos el cuidado amoroso de Dios por sus criaturas (Mt. 6,25-30). Observa la desigual respuesta de la tierra a la siembra e invita a todos a acoger con fe la Palabra de Dios (Mt. 13, 18,23).

Esta manera de vivir abierto intensamente a la vida y al entorno natural ponen a Jesús en contacto directo con las personas. A Jesús le puede entender cualquiera. No es necesario tener unos conocimientos especiales. Basta la propia experiencia de la vida.

"La vida y el mundo, la existencia de cada uno, son colocados ahora bajo la luz directa de la realidad y de la presencia de Dios". Este estilo de vivir tan directo, tan natural, tan vital, obliga a quienes le escuchan a plantearse las cuestiones más decisivas de la vida. Como dice acertadamente B. E Meyer, "si uno se encuentra con Jesús... hay una cosa clara: se produce una cita, no una teoría".

Jesús no nos conduce hacia teorías abstractas. Nos enfrenta a la vida concreta.

 

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