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J. A. Pagola

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1.- cuando nace un niño...  

 

 

enhorabuena!

Un niño nace:

 Alguien ha hecho posible esta maravilla, alguien ha sido capaz de amar, de esperar y de sufrir.

  Ese alguien sois vosotros: los padres.

  Un hijo es el fruto de un amor creativo.

  Es el resultado de la capacidad creadora del hombre y de la mujer.

  ¿Puede haber algo más grande para el hombre y la mujer que transmitir la vida?.

¿Existe algo más sublime que ser creadores?

  Por eso, ¡enhorabuena, padres!

  Vuestros familiares, amigos y vecinos sin duda os han felicitado ya.

  También la Iglesia os felicita sinceramente:

porque habéis aceptado la misión de colaborar con Dios creador,

porque habéis tenido la generosidad de amar la vida,

porque habéis asumido la responsabilidad de ser padres.

 

  Estad seguros que Dios está cerca de vuestra alegría.

  Sin palabras, sin gestos sorprendentes, Dios sigue alentando la vida que desde el principio creó.

  Nosotros, casi sin darnos cuenta, prolongamos su obra.

  Quizás merezca también que, ahora, le digamos a Dios:

                       

                            ¡gracias!  

 

    

HAY QUE CELEBRARLO

      

Cuando algo grande sucede en nuestra pequeña historia personal, solemos celebrarlo.

Nacer o incorporarse activamente a la sociedad, terminar la carrera o contraer matrimonio, concluir una tarea importante o conseguir un puesto en el trabajo, son hechos que comprometen y deciden el futuro del hombre.

Son momentos, situaciones que el hombre   celebra.                    

Una celebración no es nunca un acto solitario. Es siempre un acto en común, porque su elemento central es compartir algo con los demás.

Por eso, convocamos a los familiares y amigos, les invitamos a una comida, a una merienda o a un café... y nos reunimos con ellos. Y aquel día hacemos fiesta.

 

  celebrar algo es compartir festivamente lo mas intimo de nuestra vida a TRAVÉS de unos gestos externos.

 

En algunos de estos casos es costumbre también ir a la Iglesia.

  Así nos lo han enseñado de siempre...

  Quizás vosotros ya lo habéis decidido, en este caso:

  “Hay que avisar al cura, para ver cuándo bautizamos al niño”.

  Está muy bien. Pero...

  ¿Habéis pensado los motivos por los que queréis hacer esto?

  ¿Estáis seguros de lo que vais a celebrar en la Iglesia?

  ¿Sabéis lo que esto significa?

  Vamos a intentar aclarárnoslo un poco.

 

ii.- ¿ES NECESARIO BAUTIZAR A LOS NIÑOS?

 

“ASÍ nos lo han enseñado siempre”

  Es cierto. La Iglesia siempre ha enseñado y practicado el bautismo de los niños. Pero no siempre lo ha hecho de la misma manera.

  La primera comunidad cristiana estaba formada, sobre todo, por adultos. Era una comunidad “subterránea” y clandestina; perseguida las más de las veces; aceptada por pocos; compuesta de hombres y mujeres sencillos.  En medio de aquel mundo pagano y hostil, era muy difícil creer y vivir como cristiano.  Por eso, antes de admitir a alguien en la comunidad cristiana, se le exigía una preparación muy seria, una madurez probada.  Aunque también se bautizara a niños de padres verdaderamente cristianos, lo más normal era, en estas circunstancias, el bautismo de adultos. Eso era en los primeros siglos de la historia de la Iglesia.

  Pasaron los cuatro primeros siglos.  Había crecido el número de creyentes.  Oficialmente, la religión católica fue reconocida como la religión del Estado.  Para muchos, pertenecer a la Iglesia ya no era una carga ni un riesgo, sino un honor.  Ser cristiano comenzó a estar «bien visto».  El peligro de apostasía disminuyó.

  Cambiaron las circunstancias y también las exigencias.

  Si se tenía la garantía de que los niños iban a crecer y a vivir en una sociedad cristiana, ¿por qué mantener las exigencias anteriores?  Si normalmente iban a ser cris­tianos, ¿por qué privarles de la gracia del bautismo?

  ¿No se debía garantizar de este modo su salvación, en un mundo en que era frecuente la mortandad infantil?

  Estas y otras razones condujeron a que se extendiera cada vez más el bautismo de los niños.  Así, lo que en un principio estaba pensado más bien para adultos, ahora, se aplicó, generalizándose, a los niños.

  Esta es la práctica que se ha mantenido en la Iglesia hasta nuestros días.  Bautizar a un niño cuando nace es lo normal, lo que todo el mundo hace.  A nadie le causa extrañeza, aunque sus padres tengan unas creencias y lleven una vida que tienen poco que ver con el Evangelio.  Lo raro sería que no lo hicieran así.  Entonces es cuando les señalaríamos con el dedo.  El bautismo ha llegado a ser como un acto más de incorporación a la vida.

 

  “queremos que nuestro hijo sea cristiano”

 

Cuando unos padres expresan este deseo, la Iglesia, la comunidad parroquial, se alegra.

  ¿Puede estar triste una familia cuando nace un hijo?

  De igual modo, la familia de los cristianos, tampoco puede estar triste cuando un miembro nuevo entra en ella. Por eso lo celebra en la fiesta del bautismo.

  La petición del bautismo para un niño, el deseo de que sea cristiano, es algo legítimo y santo. Toda persona nacida de padres cristianos tiene el  derecho a ser bautizada. Sus padres tienen el deber de conducirle a la vida de la fe, a la gracia del bautismo, a la comunidad cristiana.

 

Pero...

 

¿Basta con bautizar a un niño para hacerlo cristiano?

 

El deseo de bautizar a un niño es muy bueno, pero no basta. El bautismo es una cosa muy santa, pero no lo es todo. Con ello no hemos dado más que el primer paso. No hemos hecho sino poner el fundamento de un edificio que habrá que ir construyendo piedra por piedra, a lo largo de toda la vida.

  Y hay personas que en la Iglesia olvidan esto último. Por eso, hay muchos «cristianos» bautizados, pero pocos cristianos convencidos.  Una cosa es llamarse cristiano, y otra muy distinta serlo de verdad...

  ¿Dónde queda, entonces, el bautismo? ¿Se puede seguir bautizando a los niños, si no existe una cierta garantía de fidelidad?

   

razones que valen...  

                                     razones que no valen

  Para querer bautizar al hijo.

 

  Sin duda, vosotros los padres soñáis en buscar lo mejor para vuestro hijo, porque le queréis de verdad.  Estáis seguros de que el bautismo es algo bueno, y por eso queréis bautizarlo.  Tal vez conocéis lo que esto significa, o tal vez no.  De todos modos, cada uno tiene sus razones cuando toma una decisión en la vida.

  ¿Habéis pensado en las razones que motivan esta decisión vuestra?

 

  ¿POR QUE QUERÉIS BAUTIZAR A VUESTRO HIJO?

 

Pensároslo bien.

  Si es porque vosotros sois creyentes y queréis darle vuestra fe;

  porque vivís como cristianos y queréis enseñarle este estilo de vida;

  porque pertenecéis a la Iglesia y queréis introducirle en ella;

  porque amáis a Dios y queréis que él también lo ame;

  porque os consideráis hijos de Dios y queréis que él lo sea...

 

  ¡ADELANTE!  VUESTRAS RAZONES SON VALIDAS.

          Para bautizar a vuestro hijo.

 

  Pero si lo hacéis simplemente «porque todo el mundo lo hace»:

  «porque es una costumbre de familia, y no es posible oponerse»;

  «porque es necesario que al niño no le falte ningún documento»;

  «porque, si no lo hacemos, a lo mejor le pasa algo malo»;

  «porque no queréis que nadie os critique por no hacerlo»;

  «porque, aunque no tengáis fe, ya sabrá él lo que hace después»...

 

 ¡PENSADLO EN SERIO! 

        ESTAS NO SON RAZONES VALIDAS

  para pedir el bautismo para vuestro hijo.

 

  En la vida, cada uno es libre para optar por una cosa u otra.  La Iglesia no obliga a tomar decisiones en las que no se cree.  Se alegra de vuestros deseos, está dispuesta a acogeros y ayudaros.  Pero quiere que vuestra actitud sea sincera, consciente y libre.

  Pero, -os preguntaréis- ¿qué nos pide, pues, la Iglesia para bautizar a nuestro hijo?


III.- LO QUE PIDE LA IGLESIA PARA BAUTIZAR A LOS NIÑOS

 

      CUANDO LAS COSAS CAMBIAN

 

Todo el mundo lo dice. Y todos lo sabemos.

¡Cómo han cambiado las cosas!

  En efecto, el mundo y la sociedad vive en medio de cam­bios continuos.

  Cada época trae consigo una sensibilidad nueva, y quizás también, un nuevo sentimiento religioso. Por eso, hoy en día, el hombre y la mujer sienten su relación con Dios y con los demás de forma diferente.

  Antes creíamos más en un Dios lejano, ante quien sen­tíamos temor.  Hoy aceptamos mejor un Dios cercano, que nos invita al amor.  Antes atribuíamos todo a Dios, hoy todo lo atribuimos al hombre.  Antes la sociedad se decía cristiana, hoy vivimos en medio de una sociedad descristianizada.

  Para muchas personas, aunque estén bautizadas, creer en Dios y pertenecer a la Iglesia es algo que les dice bien poco. Algunos rechazan expresamente su fe.  Los más ni la rechazan, ni la aceptan con sinceridad; sencilla­mente prescinden de ella.

  Entonces, ¿es que ya no hay cristianos? 

  No queremos decir esto. 

  Hoy como siempre hay cristianos verdaderos, sinceros, comprometidos.

  Tal vez nunca ha existido en la Iglesia un planteamiento tan serio del ser cristiano más encarnado en el mundo, con un nuevo sentido comunitario, con una fe más consciente...

  Pero lo cierto es que la fe ha dejado de ser algo que tienen todos los bautizados.  Y, por lo tanto, algunos padres que piden el bautismo de sus hijos, también han podido descuidar y perder su fe.

  Y si los padres no tienen fe, ¿qué garantía tiene la Iglesia de que los niños van a ser educados en la fe? ¿Puede, en estas circunstancias, administrar el bautismo? ¿Debe admitir, sin más ni más, a todos los que piden el bautismo de sus hijos?

La Iglesia, por lo menos, pide que los padres tengan fe y se sientan miembros de la comunidad cristiana.

   

LA FE VERDADERA

La Iglesia no rechaza a nadie que se acerca a ella.  Pero tampoco acepta a cualquiera que a ella se dirige, si no está dispuesto a cumplir con las exigencias de la fe.

  Lo que la Iglesia pide a los padres para bautizar a sus hijos no es dinero, ni posición social.  Sus puertas están abiertas a todos, sobre todo a los más humildes.  Y los sacramentos no se compran ni se venden.  La Iglesia pide sencillamente lo que pide Cristo:

 

LA FE VERDADERA Y EL PROPÓSITO SINCERO DE HACER TODO LO POSIBLE PARA EDUCAR EN ELLA A SUS HIJOS.

 

Esto es fácil decirlo. Lo difícil será saber cuándo hay fe verdadera. Por eso nos hacemos estas preguntas:

 

¿EN QUE CONSISTE LA FE VERDADERA?

 

¿QUE ES TENER FE?

 

Desde luego, no siempre es fácil encontrar la respuesta que buscamos.  Son muchos los interrogantes que nos asaltan en la vida, ante los cuales casi no podemos más que guardar silencio.  Pero el hombre no puede renunciar a preguntarse, a buscar...

  A pesar de nuestras ansias casi infinitas de felicidad, no podemos por menos de constatar nuestros fracasos.

  ¿Por qué sufrimos cada día?

¿Por qué existe el mal, y el dolor y la enfermedad y la muerte?

¿Por qué hay odio e injusticia, guerra y hambre en el mundo?

¿Qué sentido tiene la vida?

¿Quién soy yo?

  Los hombres hemos intentado explicar todo esto de mil maneras.

  El dinero y el egoísmo, la opresión y el poder de los hombres pueden ser la causa de muchos de nuestros males.  Contra todo esto es preciso luchar.  El hombre puede liberarse de muchas cosas que le esclavizan o encadenan.

Y a pesar de todo, el hombre seguirá siempre interro­gándose:

 

¿Por qué sufro?

¿Por qué hago sufrir a los demás?

¿Cuál es el sentido de mi vida?

¿Dónde está la meta de mi liberación plena?

 

LA FE ES LA RESPUESTA MAS RADICAL A LOS INTERROGANTES DEL HOMBRE, PORQUE EN ELLA DESCUBRIMOS EL SENTIDO DE NUESTRA VIDA.

 

Bien, pero... Si tener fe es encontrar el sentido de nuestra vida, ¿en qué consiste este sentido del vivir? ¿Quién nos garantiza que es la verdad?

  Por nuestras propias fuerzas seríamos incapaces de saberlo.  El hombre tiene una capacidad limitada.  Sus palabras no siempre dicen verdad, no siempre cumple lo que dice. Somos conscientes de nuestros fallos.

  Si podemos hablar del sentido verdadero de nuestra vida, es porque Alguien, por encima de nosotros mismos, se ha hecho presente en nuestra historia para comunicárnoslo.

  Porque Dios mismo nos lo ha dicho:

  «De muchos modos habló Dios en el pasado a nuestros Pa­dres por medio de los Profetas; en los últimos tiempos nos ha hablado por medio de su Hijo Jesucristo» (Hb 1, 1-2)

  Y la palabra que Cristo ha dicho al mundo es verdadera (Jn 5, 19-47; 8, 31-32. 45-47).  El dijo de sí mismo: Yo soy el camino, la verdad y la vida» (Jn 14, 6).

 

Sus obras, sus milagros, testifican que en él no hay mentira (Jn 14, 10-11).

  «Pasó por el mundo haciendo el bien a todos» (Act. 10, 38)

  Curando a los enfermos, defendiendo a los pobres y humildes, luchando contra el pecado y la injusticia.  Para esto fue enviado por el Padre:

  «El Espíritu del Señor sobre mí, porque me ha ungido.

Me ha enviado a anunciar a los pobres la Buena Nueva, a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor» (Lc 4, 18-19).

 

A los que creían en él les dio un mandamiento nuevo:

  «Que os améis los unos a los otros, como yo os he amado» (Jn 13, 34-35; 1 Jn 3-4)

  Al final, los poderosos y las autoridades del pueblo le llevaron a la muerte.  Le hicieron morir en una cruz.  Porque no creían en él.  Les molestaba.  Era una persona incómoda a quien había que eliminar.

  Esta fue la prueba más grande de su amor a los hombres:

  «La prueba de que Dios nos amo es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros» (Rom. 5, 8).

  Pero su muerte no fue un fracaso, sino una victoria sobre el pecado, el mal, la injusticia y la muerte (1 Cor 15, 54-57).  El bien, el amor no podían morir.

  Con su vida, muerte y resurrección, Cristo nos ha dicho no sólo quién es Dios, sino también quién es el hombre, cuál es el sentido de su vida.  Desde entonces sabemos qué significa la vida y la muerte.

  «Cristo, nuestro Salvador, ha destruido la muerte y, con la luz del Evangelio, ha dado sentido a la vida y al más allá» (2 Ti m 1, 10).

  Por todo esto,

 

TENER FE ES:

 

Y CONOCER  a JESUCRISTO, ACEPTAR A

   JESUCRISTO. Confiar en su palabra.

 

Y asimilar las actitudes que dieron

   sentido a su vida y tratar de vivirlas

   ahora, de manera creativa, desde

   nuestras circunstancias concretas.

 

Y  ACEPTAR SU SALVACIÓN, ESPERAR LA VIDA ETERNA.

 

LUCHAR, COMO EL, POR EL BIEN Y LA JUSTICIA.

 

Y COMPRENDER, AMAR Y AYUDAR A LOS DEMÁS.

 

Todo esto es lo que pide la Iglesia a los padres para bautizar a sus hijos. Pero hay algo más.

 

 

un cristiano, una cristiana, siente su pertenencia a la COMUNIDAD DE LA    IGLESIA

 

 

Los que creemos en Cristo, e intentamos vivir sus enseñanzas, formamos la comunidad de los creyentes, la gran familia de la Iglesia.

  Por el bautismo entramos a formar parte en esa familia, nos comprometemos a participar de sus tareas en el mundo.  Todos los bautizados formamos y somos la Iglesia, el Pueblo de Dios, que peregrina hacia la casa del Padre.  A esta Iglesia Jesús la ha constituido como la prolongación de su obra en el mundo:

  «Id por todo el mundo y proclamad la Buena Noticia a todos los hombres... Haced discípulos de entre todas las gentes, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado.  Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mc 16, 1 S; Mt 28, 19-20).

  A lo largo de los siglos, esta Iglesia ha procurado ser fiel a la misión que Cristo le encomendó.  Unas veces ha manifestado mejor esta fidelidad, otras peor.  Las luces y las sombras, el pecado y la virtud, aparecen también en la Iglesia, mezclados.  No debe causarnos extrañeza, ya que la Iglesia está compuesta de hombres pecadores y nece­sitada, por tanto, de constante purificación.

  Todo bautizado debe amar a esta Iglesia, debe sentirse perteneciente a ella, a pesar de sus defectos, que son los nuestros.  Contra ellos debemos siempre luchar todos.  No basta criticar a la Iglesia y decir «que está mal».  Es preciso sentirse implicados en esta crítica, y poner los medios para que sea mejor.

  De la misma manera que uno no es buen hijo si acepta a su padre, pero rechaza a su familia, así uno no puede ser buen cristiano si acepta a Cristo, pero rechaza a su Iglesia.  Esto significaría rechazar a la comunidad de hermanos en la fe.

  Tened claro una cosa: aceptar a la Iglesia no es estar de acuerdo con los defectos de sus miembros o su jerarquía, sino sentirse pertene­ciente a ella, y luchar contra su pecado.

 

  Pero, ¿dónde vive esta Iglesia de Cristo? ¿Dónde podemos encontrarla? 

 

Es cierto que la Iglesia está extendida por toda la tierra, es universal.  Pero se realiza y vive en las Iglesias locales (=Diócesis), en las comunidades particulares (=parroquias) y en los grupos eclesiales (=pequeñas comunidades).  Todas estas comunidades, aún estando unidas en la fe y en la caridad, tienen sus peculiaridades, se configuran de modo distinto.

  A un cristiano se le pide pertenecer a una comunidad determinada.  La que sea.  Y sentirse unido a sus miembros, y reunirse con ellos para celebrar la Eucaristía, y ejercer con ellos, el servicio a los demás, y comprometerse con ellos en la lucha por un mundo mejor y más justo.  Esto es pertenecer a la comunidad de creyentes.

  Por eso, Cristo y la Iglesia exigen a los padres, para bautizar a sus hijos:

 

 AMAR A LA IGLESIA Y SENTIRSE A ELLA UNIDOS. 

  PERTENECER A UNA COMUNIDAD Y PARTICIPAR EN SUS TAREAS.

  SERVIR A LOS HERMANOS EN LA FE Y COMPROMETERSE CON ELLOS.

  HACER LO POSIBLE PARA DESPERTAR EN SU HIJO EL SENTIMIENTO DE

   PERTENENCIA A ESTA COMUNIDAD.

 

 

iv.- ¿qué significa el bautismo?  

Hemos visto lo que la Iglesia pide para bautizar a los niños. Pero, ¿qué significa bautizar a un hijo?. Está claro que, nosotros los padres, tenemos que poner la fe y sentirnos unidos a una comunidad. Pero, ¿qué le da el Bautismo a nuestro hijo?. ¿En qué se distingue una persona bautizada de una que no lo está?.

 

EL BAUTISMO ES GRACIA DE DIOS

 

        Porque nos comunica una vida nueva:

 

Sí. Vosotros, los padres, habéis hecho posible que naciera una vida nueva.

  Esto os engrandece y sentís un orgullo grande y legitimo.

  Pero hay otra vida más maravillosa todavía, y que nosotros no percibimos con nuestros ojos: es la vida de dios. Una vida nueva que no morirá nunca, y que Dios nos concede porque quiere, porque Jesús la ha merecido por nosotros.

  ¿Sabéis lo que significa el agua del Bautismo?. Pues no es otra cosa que un elemento visible, que expresa este nuevo nacimiento a la vida de Dios. Claro que no es el agua en sí la que obra esta transformación, sino el Espíritu Santo, que actúa a través de este signo externo.

 

         Porque nos hace hijos de Dios:

 

Cuando un día vuestro hijo comience a hacer los primeros balbuceos, sentiréis la alegría de escuchar que os llama: “papá, “aita”, “mamá”, “ama”. Es normal, porque vosotros sois sus padres y habéis hecho posible que naciera a la vida.

  Con el Bautismo, este hijo vuestro ha llegado a ser también hijo de dios; ha sido capacitado para llamar a Dios “padre”, porque ha recibido su misma vida.

  Y un día, cuando vosotros le enseñéis a decir: “Padre nuestro, que estás en el cielo...”, Dios sentirá también una gran alegría por este reconocimiento de una plegaria sencilla e inocente, la de vuestro hijo. Enseñádselo así rezando junto a su cuna.

 

  Porque nos une a Jesús:

 

Las cosas que Cristo ha hecho por los hombres no son para olvidarlas. Jesús, siendo Hijo de Dios, nos salvó de la muerte, del pecado y del mal. Y esto a costa de su vida: por su Muerte y Resurrección.

 

Vuestros hijos se hacen hijos de Dios precisamente porque Cristo lo ha hecho posible. Por eso, ser bautizado es unirse a Cristo, es participar de su Muerte y Resurrección, es comprometerse a no olvidar lo que El ha hecho por nosotros, viviendo como el mismo Jesús vivió.

 

Cuando vuestros hijos os pregunten: “¿Por qué decimos PADRE a Dios?”, decidles: “Porque Jesús es nuestro hermano”.

 

 

      Porque nos hace miembros de un pueblo nuevo: la Iglesia:

 

Los padres habéis dado a vuestro hijo algo más que una vida: le habéis dado un hogar, una familia; le habéis rodeado de personas que le quieren y le ayudan.

  Sin vuestra protección y vuestro cariño no podría vivir.

  Pues también Dios da a sus hijos algo más que una vida: les da una gran familia, donde todo debe ser puesto en común, donde todos creen en un mismo Jesús y se aman: la iglesia.

  Todos cuantos por el Bautismo son hechos hijos de Dios, entran a formar parte de la Iglesia, nueva comunidad.

  Por todo ello: enseñad a vuestros hijos a vivir como hermanos con los demás; decidles que no están solos. En una familia todos se aman, porque todos tienen un mismo Padre y poseen unos mismos intereses, una misma fe.

 

    el bautismo es un compromiso para el hombre.

 

Que afecta a los niños:

 

Ellos son los principales comprometidos a dar una respuesta a Dios, a ser fieles a la gracia recibida y a vivir la fe en la comunidad que es la Iglesia.

  Pero, ¿cómo es esto posible, si ellos no son capaces de hacer este compromiso?

  Desde luego, los niños no son conscientes de lo que hacen. Sin embargo, con el Bautismo reciben una misión que tendrán que cumplir más tarde, cuando sean responsables de su vocación cristiana.

  ¿En nombre de quién reciben esta vocación?

“En nombre de la Iglesia entera”, que es la que les presta su fe y suple su falta de decisión personal.

  Es la fe de toda la Iglesia lo que hace posible el que, a pesar de las limitaciones que se dan en el niño, pueda éste ser bautizado y comprometerse.

  Pero también es la Iglesia la que carga con la responsabilidad de educarlo en la fe.

 

       Da una gran responsabilidad a los padres:

 

Porque ¿quién es esta Iglesia que se hace responsable de la fe de los bautizados?  Pues los padres, fundamentalmente.

  Por eso, la fe de los padres es tan necesaria que sin ella no se podría celebrar el Bautismo.

  Sólo cuando los padres tienen fe verdadera, podemos estar seguros de que los hijos recibirán una verdadera educación cristiana.  Porque, ¿cómo pueden educar en la fe unos padres, si ellos mismos no creen?

  La Iglesia necesita garantías, exige que los padres acepten el compromiso de educar cristianamente a sus hijos y de hacerles crecer en la fe, por medio de la palabra y el ejemplo.

  Bautizar a los hijos y no preocuparse de su fe, es como embarcarles en una aventura y luego abandonarles al naufragio.

 

          Pide la colaboración de los padrinos:

 

Los padrinos tienen por misión ayudar a los padres en la educación cristiana del niño; comparten con ellos la responsabilidad de darles un testimonio cristiano.

  Ellos no deben reemplazar a los padres, pero sí deben estar dispuestos a colaborar y ayudarles a cumplir su misión.  Es como si la comunidad cristiana concretara su colaboración a la educación en la fe en aquellas personas que juzga más capaces de llevar adelante esta tarea: los padres y los padrinos.

   

 y el bautismo ¿qué exige a la comunidad parroquial?

 

La Iglesia no es algo abstracto, es una realidad visible y viva en la comunidad cristiana a la que nosotros pertenecemos.  Y esta comunidad también es respon­sable de la educación cristiana de sus miembros más pequeños.

  Ella debe prestarles el ambiente, el testimonio, las condiciones favorables para su crecimiento en la fe. ¿Qué pasaría si los padres enseñaran a sus hijos una cosa y los niños vieran lo contrario en el ambiente que les rodea? ¿Acaso no deben colaborar todos los miembros de una familia a «levantar la casa»? ¿Puede uno negar su aportación, cuando los demás se han sacrificado por él?

  Pues igual sucede en la comunidad cristiana: todos debemos contribuir y aportar nuestra palabra y nuestro ejemplo para edificar esta Iglesia de la cual somos miembros.

  Los niños tienen derecho al amor, la solicitud y el apoyo de la comunidad, tanto antes del Bautismo como después de la celebración.  Y nosotros tenemos la obligación de ofrecérselo, sobre todo cuando acuda a la catequesis para prepararse a la Primera Comunión. Y después, más tarde, a la Confirmación.  Y sobre todo, debemos, ofrecer nuestro apoyo en la Eucaristía que celebramos los domingos.

                  

              con vuestra ayuda, os esperamos ahora y siempre.

 


 

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