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DOMINGO, EL DIA DEL SEÑOR

 

 

COMENTARIOS SOBRE EL EVANGELIO DEL DOMINGO

JOSE MARÍA CASTILLO

Domingo 17

Domingo 18

Domingo 19

Asunción de María

Domingo 20

 

 

 

 

 

 

DOMINGO 20 TIEMPO ORDINARIO

 

Juan 6, 51-58

EN aquel tiempo, dijo Jesús a la gente:
«Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne por la vida del mundo».
Disputaban los judíos entre sí:
«¿Cómo puede este darnos a comer su carne?».
Entonces Jesús les dijo:
«En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día.
Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él. Como el Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre, así, del mismo modo, el que me come vivirá por mí.
Este es el pan que ha bajado del cielo: no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron; el que come este pan vivirá para siempre».

Palabra del Señor

 


Estas palabras de Jesús que, según el criterio del evangelio de Juan, explican el significado de la Eucaristía, dicen varias cosas:

1) Que en la Eucaristía está presente el mismo Jesús, su carne y su sangre.

2) Que esa presencia está vinculada al pan y al vino.

3) Que ese pan y ese vino son verdadera comida y verdadera bebida.

4) Que esa comida y esa bebida dan vida, una vida plena, abundante, sin limitación alguna. Lo cual quiere decir esto: si lo que más apetecemos los mortales es tener vida, una vida que no se vea amenazada, carente de ilusión y de alegría, en la Eucaristía nuestra vida se une a la vida de Jesús y adquiere la plenitud de vida que caracterizó la vida de Jesús. Una vida tan plena, que supera hasta el límite de la muerte. Es vida total, que rebasa la historia, es decir, supera las limitaciones propias del tiempo y el espacio.


Nótese que Jesús no pone el acento de su explicación en el hecho de su "presencia" en la Eucaristía. Jesús pone todo el peso de sus palabras en la "vida" que tendrá y llevará el que le recibe al comer "el pan de la vida". Nunca se ha puesto en duda el hecho de la presencia de Jesús en la Eucaristía. Otra cosa ha sido la explicación de ese hecho. Hasta el s. XI, la explicación común se tomó de la filosofía de Platón. Era la explicación simbólica. Después se impuso la explicación a partir de la filosofía de Aristóteles, la realidad como substancia y accidentes. Esta es la doctrina oficial de la Iglesia. En el s. XX, se empezó a hablar de la explicación fenomenológica, es decir, lo que importa es la "finalidad" y la "significación" del pan y el vino en la Eucaristía.


En la Eucaristía no recibimos el cuerpo "histórico" de Jesús, porque ese cuerpo ya no existe. Recibimos el cuerpo "resucitado". En la Eucaristía no tomamos carne y sangre (cf. Jn 6, 63). Recibimos a una persona, a Jesús mismo. Pero dos personas (el creyente y Jesús) no pueden unirse nada más que mediante expresiones simbólicas, que así es como se expresa la entrega, la donación y la unión de un ser personal con otro. El pan y el vino de la Eucaristía, si los analiza un químico, siguen siendo pan y vino. Pero ese pan y ese vino, para el creyente, simbolizan y contienen la presencia de Jesús en nuestras vidas. Comulgar, por tanto, no es recibir una "cosa sagrada", sino unirse a Jesús, de forma que la vida de Jesús sea vida en nuestra vida y forma de vivir. Por eso Jesús insiste más en la "vida" que en la "presencia".
Lo que importa no es saber que Jesús está en la Eucaristía, sino vivir como vivió Jesús y tener la vida que tiene Jesús, el Señor de la vida.
 

 

 

 

ASUNCIÓN DE MARÍA

 

Lucas 1, 39-56

EN aquellos días, María se levantó y se puso en camino de prisa hacia la montaña, a una ciudad de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel.
Aconteció que, en cuanto Isabel oyó el saludo de María, saltó la criatura en su vientre. Se llenó Isabel de Espíritu Santo y, levantando la voz, exclamó:
«Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? Pues, en cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre. Bienaventurada la que ha creído, porque lo que le ha dicho el Señor se cumplirá».
María dijo:
«Proclama mi alma la grandeza del Señor,
“se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humildad de su esclava”.
Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes en mí:
“su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación”.
Él hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
“derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.
Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de la misericordia”
—como lo había prometido a “nuestros padres”—
en favor de Abrahán y su descendencia por siempre».
María se quedó con Isabel unos tres meses y volvió a su casa.
 

Palabra del Señor

 


Ni en el Nuevo Testamento ni durante los primeros siglos de la vida de la Iglesia hay testimonios sobre la asunción de María a los cielos. Los primeros datos que se conocen sobre la fiesta litúrgica de la Asunción datan del s, VI. La creencia en la Asunción se fue imponiendo en la Edad Media. El papa Pío XII definió esta creencia, como dogma de fe, en 1950, tras una consulta al episcopado del mundo entero, que afirmó la fe de la Iglesia en la Asunción de María.


El contenido de esta festividad es la creencia en que María, la madre de Jesús, "terminado el curso de su vida mortal, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celestial" (Pío XII). Lo más lógico es que María murió, cosa que ha sido negada por algunos teólogos. El contenido del dogma católico se centra en la creencia de que María vive glorificada, también en su corporalidad, con el Señor.


Dado que la fe en la vida después de la muerte trasciende la historia, esta festividad es una ocasión privilegiada para que la memoria de lo que fue la vida de María en este mundo sirva para fortalecer nuestras convicciones cristianas. María fue una mujer de fe, como dice Isabel en el evangelio de hoy. Y esa fe le llevó al convencimiento de que Dios actúa en la historia destronando a los soberbios y poderosos, al tiempo que enaltece a los humildes; a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos. Así vivía la madre de Jesús, María, la fe que le llevó a educar a su hijo según los criterios que, en su ministerio público, transmitió a la gente. Si Jesús mostró en su vida la preferencia y la sensibilidad que siempre tuvo para con las gentes más humildes, los pobres y desamparados de este mundo, eso lo aprendió de su madre, que lo educó en estos criterios y le inculcó estas convicciones.

 

 

 

DOMINGO 19 TIEMPO ORDINARIO

 

Proclamación de la Buena Noticia de Jesús según san Juan 6, 41-51

EN aquel tiempo, los judíos murmuraban de Jesús porque había dicho: «Yo soy el pan bajado del cielo», y decían:
«¿No es este Jesús, el hijo de José? ¿No conocemos a su padre y a su madre? ¿Cómo dice ahora que ha bajado del cielo?».
Jesús tomo la palabra y les dijo:
«No critiquéis. Nadie puede venir a mí si no lo atrae el Padre que me ha enviado.
Y yo lo resucitaré en el último día.
Está escrito en los profetas: “Serán todos discípulos de Dios”.
Todo el que escucha al Padre y aprende, viene a mí.
No es que alguien haya visto al Padre, a no ser el que está junto a Dios: ese ha visto al Padre.
En verdad, en verdad os digo: el que cree tiene vida eterna. Yo soy el pan de la vida. Vuestros padres comieron en el desierto el maná y murieron; este es el pan que baja del cielo, para que el hombre coma de él y no muera.
Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre.
Y el pan que yo daré es mi carne por la vida del mundo».

Palabra del Señor

 


Lo primero que el evangelio de Juan deja claro aquí es que Jesús era un ser humano. La gente lo veía y lo sabía: tenía su padre y su madre, como todos los humanos. Este es uno de los grandes temas del IV Evangelio: dejar firmemente asentada la humanidad de Jesús. Porque cuando se escribió este evangelio, ya tenían fuerza algunos de los movimientos gnósticos a los que este evangelio se propone combatir. El peligro de los gnósticos no estaba en que negaran la divinidad. Todo lo contrario: lo que no admitían era la humanidad de Jesús.


El IV Evangelio habla de Jesús y de Dios utilizando el lenguaje de los sentidos: "ver", "oír", "comer"... Dios era tan trascendente para los gnósticos que era incompatible con la materia, con lo carnal, con lo que se puede percibir por los sentidos. El Evangelio ve en esto un peligro fuerte para la fe. Es el peligro de que la divinidad oculte a la humanidad de manera que deformamos a Jesús. Es ese Jesús tan sobrenatural y celeste, que eso no es un ser humano. Ahora bien, lo que entonces ocurre es que, no solo deformamos a Jesús, sino que además e inevitablemente deformamos a Dios.


Todo el que piensa que para acercarse a Dios tiene que alejarse de lo humano, ha deformado a Dios y a Jesús hasta tal extremo, que ya le es imposible creer y relacionarse con el Padre del que nos habla Jesús. El camino para acercarse a Dios es el camino que Dios hizo para acercarse al hombre: humanizarse. No hay otro camino. Ese camino nos da miedo. Porque nuestros instintos de "endiosamiento" son más fuertes que la sencillez propia de lo humano.

 

 

 

DOMINGO 18 TIEMPO ORDINARIO

 

Proclamación de la Buena Noticia de Jesús según san Juan 6, 24-35

EN aquel tiempo, cuando la gente vio que ni Jesús ni sus discípulos estaban allí, se embarcaron y fueron a Cafarnaún en busca de Jesús.
Al encontrarlo en la otra orilla del lago, le preguntaron:
«Maestro, ¿cuándo has venido aquí?».
Jesús les contestó:
«En verdad, en verdad os digo: me buscáis no porque habéis visto signos, sino porque comisteis pan hasta saciaros. Trabajad no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura para la vida eterna, el que os dará el Hijo del hombre; pues a este lo ha sellado el Padre, Dios».
Ellos le preguntaron:
«Y, ¿qué tenemos que hacer para realizar las obras de Dios?».
Respondió Jesús:
«La obra de Dios es esta: que creáis en el que él ha enviado».
Le replicaron:
«Y qué signo haces tú, para que veamos y creamos en ti? ¿Cuál es tu obra? Nuestros padres comieron el maná en el desierto, como está escrito: “Pan del cielo les dio a comer”».
Jesús les replicó:
«En verdad, en verdad os digo: no fue Moisés quien os dio pan del cielo, sino que es mi Padre el que os da el verdadero pan del cielo. Porque el pan de Dios es el que baja del cielo y da vida al mundo».
Entonces le dijeron:
«Señor, danos siempre de este pan».
Jesús les contestó:
«Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí no tendrá sed jamás».

Palabra del Señor

 


 

Está claro, en este evangelio, que (junto con el tema de la salud) lo primero y lo que más preocupa a los humanos es la comida. Por eso buscan a Jesús de nuevo los que se habían saciado de comer. Las dos primeras preocupaciones de la vida son estar sanos y poder comer lo necesario. Por eso es tan básica y tan lógica la preocupación por el pan, es decir, no pasar necesidad. De ahí, que la crisis económica nos preocupe tanto a casi todos, menos a los que se están forrando de ganar dinero ahora precisamente, cuando hay más hambre en el mundo.


Cuando Jesús advierte que lo buscan motivados por ese interés, les dice que hay algo más importante, algo que les conviene más. Hay un alimento superior, el que da "vida eterna", que no se refiere a la "otra vida", sino a "una vida distinta de la existencia de antes". Jesús les dice así que no basta el interés por la comida y la sana economía, sino que lo determinante es una vida en la que se imponga, antes que ninguna otra cosa, la bondad, el respeto, la solidaridad. Porque, cuando ese es el tipo de vida que se impone, se resuelve, no solo el problema del hambre, sino tantos otros problemas humanos que nos hacen desgraciados o, si se resuelven, nos hacen felices.


Esta nueva vida se alcanza por medio de la fe, es decir, la adhesión a Jesús, a su mensaje, a su forma y estilo de vida. Cuando el Evangelio se hace en nosotros convicción, entonces empezamos a vivir esa vida distinta, la "vida eterna", que nos cambia y cambia el mundo.

 

 

 

DOMINGO 17 TIEMPO ORDINARIO

 

Juan 6, 1-15

EN aquel tiempo, Jesús se marchó a la otra parte del mar de Galilea, o de Tiberíades. Lo seguía mucha gente, porque habían visto los signos que hacía con los enfermos.
Subió Jesús entonces a la montaña y se sentó allí con sus discípulos.
Estaba cerca la Pascua, la fiesta de los judíos. Jesús entonces levantó los ojos y, al ver que acudía mucha gente, dice a Felipe:
«¿Con qué compraremos panes para que coman estos?».
Lo decía para probarlo, pues bien sabía él lo que iba a hacer.
Felipe le contestó:
«Doscientos denarios de pan no bastan para que a cada uno le toque un pedazo».
Uno de sus discípulos, Andrés, el hermano de Simón Pedro, le dice:
«Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos peces; pero ¿qué es eso para tantos?».
Jesús dijo:
«Decid a la gente que se siente en el suelo».
Había mucha hierba en aquel sitio. Se sentaron; solo los hombres eran unos cinco mil.
Jesús tomó los panes, dijo la acción de gracias y los repartió a los que estaban sentados, y lo mismo todo lo que quisieron del pescado.
Cuando se saciaron, dice a sus discípulos:
«Recoged los pedazos que han sobrado; que nada se pierda».
Los recogieron y llenaron doce canastos con los pedazos de los cinco panes de cebada que sobraron a los que habían comido. La gente entonces, al ver el signo que había hecho, decía:
«Este es verdaderamente el Profeta que va a venir al mundo».
Jesús, sabiendo que iban a llevárselo para proclamarlo rey, se retiró otra vez a la montaña él solo.

Palabra del Señor

 


Por una serie de razones, que aquí no hay sitio para explicar, la Eucaristía se ha deformado en la Iglesia hasta tal punto, que ya es prácticamente imposible reconocer lo que quiso Jesús. Y no digamos, si se trata de una misa de pontifical solemne en una catedral. El problema está en que la Eucaristía tuvo su origen en las comidas de Jesús con la gente, especialmente en la multiplicación de los panes y en la cena de despedida. Pero todo eso ha desaparecido. Y la comida compartida se ha convertido en un ceremonial religioso que además no se entiende y a mucha gente ni le interesa.


Además, la misa se ha organizado de forma que la atención de los creyentes se centra en la presencia de Jesucristo y en la comunión. Otros, lo que desean es que la misa les aproveche para ser ellos mejores, para rezar por un difunto o quizá otra intención. Así las cosas, a muchos de los que van a misa no les interesa lo que de verdad quiso Jesús: la comensalía, la mesa compartida, destinada a construir una comunidad humana basada, no en la religiosidad, ni en la piedad y devoción, y menos aún en la sumisión al poder sacerdotal. La comensalía de Jesús con todos, empezando por los pecadores y descreídos, fue pensada para construir la convivencia y las relaciones humanas sobre la bondad, el respeto, la ayuda mutua y la solidaridad.


Jesús se hace presente en la Eucaristía. Por eso, el derecho de los cristianos a celebrar la presencia de Jesús entre ellos está antes que el privilegio de los sacerdotes a presidir la misa. Cada día hay menos sacerdotes y más cristianos sin Eucaristía. Y sobre todo más gente a la que ni le interesa ir a misa. La Iglesia se está desmoronando por sí sola. Los que mandan han conseguido que solo les queden los grupos incondicionales.

 

 

 

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