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HOMILÍA PARA EL VERANO

 

 


 DOMINGO 19° del T. O.

Yo soy el pan bajado del cielo
 


Introducción

Elías, ante el fracaso absoluto, desea morir, se tumba bajo una retama y se queda dormido. Al despertar, encuentra un pan y un jarro de agua, acepta la invitación del ángel del Señor, come y recobra las fuerzas para seguir el camino (1 Re 19,4-8).

El salmo insiste: «El ángel del Señor acampa en torno a sus fieles y los protege. Gustad y ved qué bueno es el Señor» (Sal 33,2-9).

«Sed imitadores de Dios, y vivid en el amor como Cristo os amó y se entregó por nosotros». Es la recomendación de san Pablo en la segunda lectura (Ef 4,305,2).

San Juan da un paso más en su catequesis sobre el pan de vida. «Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo: el que coma de este pan vivirá para siempre» (Jn 6,41-51).
 


Homilía

«¿No es este Jesús, el hijo de José? ¿No conocemos a su padre y a su madre? ¿Cómo dice ahora que ha bajado del cielo?». Partiendo de esta reacción crítica de la gente ante la afirmación del Señor: «yo soy el pan bajado del cielo», san Juan nos hace afrontar el quid primordial de nuestra fe en Cristo: ¿Creemos de verdad que él es el pan de vida, es decir, la vida misma de Dios que ha bajado del cielo?

Aquellos judíos estaban dispuestos a aceptar muchas cosas de Jesús, hasta que era un gran profeta. Pero reconocer la presencia de Dios en un paisano de carne y hueso como ellos resultaba excesivo y blasfemo. Conocían a sus padres, a su familia, sabían su procedencia nazarena. ¿Cómo puede salirnos ahora con semejante arrogancia? San Lucas nos cuenta parecida trifulca, y la sitúa en Nazaret. La afirmación de Jesús es, en el fondo, la misma: insiste en ser el Mesías enviado por Dios. «Hoy se cumple en mí esta profecía (sobre el Mesías) que acabáis de escuchar». Sus paisanos responden con idéntica réplica: Pero, ¿no sabemos que eres de nuestro pueblo y que eres el hijo del carpintero...? El pueblo judío podía esperarse cualquier cosa, menos que Dios bajase del cielo en un hombre. Por eso san Juan ya había afirmado en la primera página de su evangelio: «Vino a los suyos, pero los suyos no le recibieron».

Nos cuesta, nos cuesta muchísimo aceptar la presencia de Dios en algo tan normal y natural como es un hombre. Aunque este hombre haga milagros. En todo caso, si es así, podremos llegar a llamarlo «buena persona» y hasta «santo», si nos aprietan mucho. Pero ¡de ahí a llamarlo Dios... o a creer que Dios está presente en él ...! Nos cuesta, nos cuesta muchísimo reconocer a Dios en lo cotidiano y sencillo, en lo habitual y humano. Pero él se presenta no donde nosotros queremos, sino donde él quiere; no donde a nosotros nos gustaría, sino donde él tiene previsto. Lo hemos repetido en otras ocasiones, y tendremos que repetirlo muchas más veces, porque es una idea esencial a nuestra fe cristiana.

Abundando en esta idea, san Juan nos dice que para aceptar a Jesús como «Pan bajado del cielo», no podemos acercarnos a él con criterios humanos, sino con la fe, que es don de Dios. «Nadie puede venir a mí, si no lo atrae el Padre que me ha enviado». Es cierto que el discípulo amado juega con ventaja: la de haber confirmado su fe con la luz de la resurrección de Cristo. Aunque no vayáis a pensar que le resultó un camino de rosas. A él, como al resto de los apóstoles, le costó lo suyo el llegar a creer en el Señor resucitado. Pero, transformado por la nueva luz pascual, quiere enseñarnos el camino que a ella conduce a través de su evangelio. Por eso insiste en que revisemos nuestra fe si queremos aceptar y seguir al Señor.

A partir de ahí, el evangelista vuelve a ilusionarnos subrayando y repitiendo la afirmación de Jesús: "Yo soy el pan de vida". Y para más encandilarnos, agrega lo que añadió el Maestro: «Vuestros padres comieron en el desierto el maná y murieron: este es el pan que baja del cielo, para que el hombre coma de él y no muera».

Esta referencia al maná ¿no os recuerda un poco al pan del que nos ha hablado la primera lectura? Elías, hundido moralmente por el fracaso de su misión profética, y destrozado físicamente por la huida precipitada de la persecución, se tumba bajo una retama del desierto y al caer extenuado suspira: «¡Basta, Señor! ¡Quítame la vida!». Un pan, regalo del cielo, ese del que decimos que «sabe a gloria», repone sus fuerzas, recobra las ganas de vivir y prosigue su marcha a través del desierto similitud con el maná es manifiesta. Y el apunte hacia el pan de los tiempos mesiánicos, también.

Pero, llegado el momento de la verdad mesiánica, Cristo supera con creces los signos prefigurados en el pan del profeta y en el maná: «Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre».

Si estas palabras provocaron tamaña controversia entre las gentes, imaginaos el altercado a que dio lugar la aseveración final del evangelio de hoy: «Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo». Pero ese será tema para tratar en los dos próximos domingos.

Por ahora nos quedamos en lo expuesto como mensaje para este día. Y sobre todo nos quedamos con el Señor. Con él hacemos un alto en el camino para reparar nuestras fuerzas con el pan de la vida al que nos invita en la Eucaristía. «Gustad y ved qué bueno es el Señor», hemos cantado con el salmo responsorial. Efectivamente, vamos a experimentar lo bueno que es el Señor. Vamos a gustar las delicias de su pan. Si además salimos dispuestos a que los que se crucen con nosotros, de aquí o de fuera, puedan gustar y comprobar la bondad del Señor a través de nuestra bondad, la dicha será completa.
 

 

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