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Vida buena


La narración que escuchamos estos últimos domingos viene dando vueltas a una misma idea: nuestra relación con Jesús nace directamente de nuestra cercanía al Padre. Si nos acercamos a nuestro Padre del Cielo desde lo más hondo de nuestro corazón, viviremos en amistad y cercanía con Jesús. Y recibiremos su alimento, el pan que es más que pan. También en tiempos de Jesús era prioritaria la preocupación por la supervivencia: qué comeré hoy, qué vestiré mañana, en donde reclinaré mi cabeza… Jesús quiere que sus discípulos trasciendan los afanes de la vida cotidiana, y para ello les ofrece su pan. Un pan que no es cualquier cosa, viene del amor del Padre y sacia el hambre de eternidad.

Cuando vivimos en intimidad con Jesús, alimentados por su pan, somos capaces de llegar más allá de nuestros límites. La vida que vivimos en esa buena compañía es vida plena, a impulsos del amor del Padre, y sobrepasa el mero cumplimiento para ser testimonio arrollador. Pero sucede que no estamos en la sintonía adecuada, y nuestra vida no pasa, por ahora, de ser un arrastrarnos aburridillo que no arrolla nada. Porque no nos dejamos acercar a Dios. No lo tenemos presente. Lo sacamos de nuestro centro de atención colocándolo en un rinconcito, fuera de nuestra vista, nuestra escucha y nuestro tiempo. Donde no pueda alcanzarnos el corazón.

Y el corazón, lo “jondo", el fondo de nuestra conciencia, es donde está lo mejor de nosotros, aquello que nos acerca a Dios y nos equipara a todos. Todas las tradiciones espirituales coinciden en esto: retornando al interior es como llegaremos a la inmensidad del amor. A ese amor que nos llena y rebosa, que no se ciñe a normas porque nace de la experiencia viva de sentirnos radicalmente amados por nuestro Padre. Ahí nace la vida verdadera, la vida eterna. Eterna, no por larga, sino por honda, ancha y profunda, la vida en comunión.

Acercarnos a Jesús, el amigo que nos descubre hasta dónde podemos llegar cuando vamos a su lado. Acercarnos al Padre, que nos lleva de su mano y vigila que no tropecemos. Tener a ambos en el primer plano de nuestra percepción y nuestra conciencia. Estar disponibles para recibir el regalo de la fe, que nos arrastra con fuerza a vivir la vida verdadera. La vida que se traduce en amar a los semejantes impulsados por una fuerza irresistible. Vida plenamente humana, vida abundante, vida arraigada en Jesucristo.

Vida que, en cada gesto con el prójimo, expresa la ternura infinita que experimentamos cuando cerramos los ojos y nos dejamos caer en las manos de nuestro Padre, Madre, amor invencible.


A. GONZALO

 

 

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