Inicio

J. A. Pagola

Homilías

Lecturas del día

El Día del Señor

Diapositivas Eucaristía

Contactos

 

 

DOMINGO, EL DIA DEL SEÑOR

 

 

COMENTARIOS SOBRE EL EVANGELIO DEL DOMINGO

PEDRO MARI ZALBIDE

 

13 Domingo

14 Domingo

15 Domingo

16 Domingo

Santiago Apóstol

San Ignacio de Loyola

Domingo 17

Domingo 18

Domingo 19

 

 

 

15 de Agosto de 2018



La Asunción de la Virgen María

Lc 1,39-56

MARÍA POR DENTRO

 


Hoy, festividad de La Asunción de la Virgen María, día en que ha volado al cielo, queremos conocer a fondo sus sentimientos, su vida interior. Y para ello, vamos a hurgar en su corazón, cofre donde guardaba celosamente su intimidad.

El título más honroso de María, origen y fuente del resto, es el privilegio que nadie le podrá arrebatar:
MARÍA FUE LA PRIMERA CREYENTE EN JESÚS... Ella escuchó al ángel; comprendió su mensaje porque ambos hablaban el mismo idioma (el de Dios); tenía dudas ("¿Y cómo va a ser esto...?") y preguntó; y por último, aceptó ("Que se haga en mí cuanto tú has dicho")... En definitiva, que María escuchó y dijo SI. A esto se le llama disponibilidad: Cheque en blanco para Dios. Sin condiciones. Sin descuentos. Sin demanda de intereses. Sin exigencias.

En segundo lugar, observamos que MARIA FUE EXQUISITAMENTE SENCILLA. Jamás se creyó superior o diferente a las demás mujeres de su entorno. Hacía las mismas cosas que sus vecinas de barrio: compras, tareas domésticas, charlas con sus amistades... Nunca había soñado con ser la Madre del Salvador, anunciada por el profeta Isaías. Lo que tuvo de grandeza o de honor lo atribuyó siempre al Señor ("Mi alma proclama la grandeza del Señor"). No tuvo reparo alguno en aparecer tal cómo era. Sabía perfectamente que el ruido no hace bien y que el bien no hace ruido. Y es que la virtud, o es sencilla, o no es virtud.

A esto añadimos que
MARIA SE PREOCUPO DE LOS PROBLEMAS DEL PRÓJIMO. Su condición de mujer le ayudó a ser detallista y servicial: En las Bodas de Caná, solucionó el sonrojo de aquellos dos jóvenes, arrancando de su Hijo el primer milagro; y, ante el embarazo de su parienta Isabel, le faltó tiempo para ir a ayudarla.

Además,
MARÍA FUE FUERTE ANTE EL DOLOR. Se lo había anticipado el anciano Simeón ("Una espada de dolor..."). Y vaya que si era cierto. Pero ella, ante la adversidad, ante la terrible cadena de sufrimientos a lo largo de la Pasión, vivió y bebió, sin quejarse, el cáliz que compartió con el fruto de sus entrañas. Y ello con decisión y valentía; lo que la hizo merecedora del título de Corredentora.

Pero, sobre todo,
MARÍA FUE MADRE. Todos tenemos experiencia de lo que representa una madre en nuestras vidas. Ella lo es todo para sus hijos. Es: su primer "ángel de la guarda", su primera "enfermera", su primera "educadora", la que da solución a sus problemas... La mayor gloria de una madre es cuidar de sus hijos. A una madre le alimenta el ver felices a sus hijos... Pues bien; María es: Madre de Dios (desde la Anunciación), Madre nuestra (se lo dijo a Juan desde la cruz) y Madre de la Iglesia (Concilio Vaticano II).

Como buenos hijos de esta Madre, le pedimos encarecidamente que seamos como ella: creyentes, sencillos, preocupados por los problemas del prójimo, y fuertes ante la adversidad. Y le pedimos con toda nuestra alma que influya ante Dios para que se solucionen los problemas más urgentes de nuestra sociedad: paro, pobreza a pie de calle, droga, delincuencia, increencia ambiental, desesperanza...

¡Madre, te necesitamos!
 

 

12 de Agosto de 2018



19 Domingo T. O. Mt 6,41-51


GARANTÍA DE LA VIDA ETERNA



Es curioso observar cómo nos aferramos a la vida "como a un clavo ardiendo". De niños, queremos hacernos mayores; de adultos deseamos que la vitalidad se prolongue durante muchos años con idénticas energías; y en la edad mayor, a pesar de los achaques e incomodidades que nos va regalando el tiempo, deseamos seguir viviendo... Decía, el pasado siglo, un ilustre pensador que "no nos quejamos de que la vida sea corta, sino de que se acaba"; aunque viviéramos doscientos años, nos parecería corta nuestra frágil existencia. Y es que, en el fondo de nuestro ser, hay unas ansias incontenibles de inmortalidad.

Hoy Jesús, avanzando en sus reflexiones preparatorias a la institución de la Eucaristía, conociendo perfectamente nuestra vocación de inmortalidad, se ha dirigido así al auditorio:
"El que cree tiene vida eterna... Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre".

Tengo la impresión de que aquel público no entendió el mensaje del Nazareno, pero yo creo que lo que si comprendieron fue lo de
"vivir para siempre"... Ahora bien, no se trata sólo de comer el pan, sino que, en previsión ante un viaje tan largo, debemos ir preparando con calma la maleta sin olvidar prenda alguna, al igual que un escolar ha de ocuparse en realizar los deberes en casa para llevárselos al día siguiente al profesor.

En nuestro caso, "los deberes" que hemos de ir cumplimentando son:

*
Una fidelidad incondicional al mensaje de Jesús. Sin poner trabas o condiciones a las exigencias marcadas por el evangelio.

*
Sensibilidad activa ante las personas necesitadas: de alimento, de alegría, de afecto, de consuelo, de compañía. de amistad, de que alguien les quiera.

*
Honradez y seriedad intachables: en el dinero, en los negocios, en los criterios y modo de pensar. en el cumplimiento de lo prometido.

* Comprensión y tolerancia con quienes no piensan ni obran como nosotros, a la vez que esfuerzos para ponernos en su lugar por ver lo que en ellos encontramos de bueno y aprovechable.

*
Talante pacificador ante situaciones conflictivas, que requieran de nosotros el punto oportuno de cordura, bálsamo conciliador que cure heridas y resucite sonrisas de fraternidad y de sentido común.

*
Hablar a menudo con Dios; lo que entendemos por rezar. Jesús nos insiste a que lo hagamos "sin interucción", que es lo mismo que decir "a todas horas", sin parar. Si no lo hacemos, corremos el peligro de desviarnos, de despistarnos del verdadero camino.

Cumpliendo a rajatabla estas recomendaciones, iremos hacia la tierra prometida como los niños se dirigen por la mañana a la escuela con la cartera al hombro, joviales, saltarines, juguetones, tomándose bromas ingenuas unos a otros y desbordando alegría porque en el macuto que portan en sus espaldas contiene buenas dosis de esfuerzo y de trabajo; porque van con "los deberes hechos"... Y el profesor les felicitará y les premiará.
 

 

5 de Agosto de 2018



18 Domingo T. O. Jn 6,24-35

NI HAMBRE NI SED



Los dos castigos más espantosos que pueden sobrevenirle al cuerpo humano son, sin género de duda, la tortura del hambre y la angustia de la sed. Y es que la comida y el líquido alimento resultan imprescindibles para seguir viviendo... Yo, hambre, lo que es hambre, no he sufrido nunca. Pero la experiencia de la sed me ha visitado alguna vez, con ocasión de una operación quirúrgica, o en el proceso de alguna enfermedad importante.

El pasado domingo Jesús les dio de comer abundantemente a la multitud que le seguía. Hoy, aquella gente andaba buscándolo, hasta que lo encontraron.. Jesús los recibió con un leve reproche:
"Me buscáis, no porque habéis visto signos, sino porque comisteis pan hasta saciaros". Y aprovechó para darles el mensaje pretendido con la famosa multiplicación: "Trabajad no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura para la vida eterna, el que os dará el Hijo del hombre".

No cabe duda de que el Maestro conocía como nadie las consecuencias angustiosas del hambre y de la sed. Por eso hizo hincapié en dejar bien claro que su carne era verdadera comida y su sangre verdadera bebida. Y concluiría con aplomo:
"Yo soy el pan de vida. El que viene a mi no tendrá más hambre, y el que cree en mí no tendrá más sed". Al leer esta expresión, a modo de eco, me viene a la mente el recuerdo del agua viva que le ofreció a la samaritana, agua que salta hasta la vida eterna, con plena garantía de que quien beba de ella no tendrá más sed.

Jesús utilizó el símil de la comida y la bebida como remedios para saciar el hambre y calmar la sed, con la finalidad de conducir al auditorio al conocimiento de que su cuerpo y su sangre serían auténtica comida y bebida que podían satisfacer plenamente ambas necesidades. Yo quisiera hoy andar el camino de Jesús, pero al revés; quiero sugerir que quienes nos alimentamos con la eucaristía deberíamos dejarnos interpelar por todas las calamidades que soportan quienes son víctimas de esa hambre y esa sed a las que hemos hecho referencia:

En primer lugar, pensemos en los pobres de solemnidad cuya única preocupación se cifra en encontrar algo que llevarse a la boca. Un amigo mío que estuvo nueve años de misionero en Angola me contaba, con tristeza, que eran numerosas las familias que, cada noche, angustiadas„ se hacían, sin obtener respuesta, la pregunta fatídica: "¿Comeremos mañana?"... Añadamos a esto el drama de las guerras, donde miles y miles de personas mueren indiscriminadamente, niños incluidos, y los que sobreviven quedan marcados para toda su vida... Hoy, además, tristemente, son innumerables los expulsados de su país por capricho de sus gobernantes, obligados a solicitar refugio en geografías extrañas donde son recibidos o no, y caminan mascando angustia, agrandando el dolor y el deseo de retornar a sus lugares de origen... Y no olvidemos a los inquilinos de los hospitales, sometidos a operaciones quirúrgicas y análisis y pruebas continuamente, soportando muchas veces una sed espantosa y agotadora...

Todos ellos, de una forma u otra, son victimas del horror de la sed y del hambre. Y quienes frecuentamos periódicamente la celebración de la Eucaristía, el gran "supermercado" que satisface el hambre y el sublime "manantial" que calma la sed, no podemos permanecer impasibles ante las múltiples manifestaciones de las necesidades... Con la oración, mediante algún tipo de voluntariado, o a través de una aportación económica, no podemos desentendernos de ellos, volviendo la cara hacia otro lado... ¿O es que tenemos, en lugar de un corazón una piedra, o en lugar de sangre horchata?

 

 

29 de Julio de 2018




17 Domingo T. O. Jn 6,1-15


ESO ES MULTIPLICAR



A partir de hoy, y en los cuatro domingos siguientes, la liturgia ha recogido pasajes del evangelio de Juan cuya única finalidad es preparar al auditorio, ofreciéndole un avance de lo que será el sacramento de la Eucaristía. El escenario de hoy resultó ser todo un espectáculo de omnipotencia divina. Un enorme gentío acudió a Jesús: puntualiza el evangelista que eran unos cinco mil hombres (todos sabemos que en aquellos tiempos, en Palestina, predominaba el machismo, y las mujeres y los niños no contaban para las estadísticas)... El elenco de actores estaba sobradamente preparado y dispuesto: la concurrencia descomunal de todo aquel gentío, los apóstoles y Jesús. Y comenzó la representación... El evento consta de tres actos dignos de reseñar:

El primero podría titularse:
"Jesús se compadece de todos aquellos que, por seguirle, se han quedado sin comer, y actúa para remediar la situación". Actitud que no nos causa extrañeza, puesto que poner solución a cualquier necesidad, en el Maestro era ya un tic.

El acto segundo se llamaría: "Jesús pide colaboración a sus discípulos para solventar el problema". En realidad, no la precisaba para realizar el milagro, pero "quiso necesitarla", insinuándonos que no basta con que él actúe, sino que hemos de colaborar con él, convirtiéndonos así en "sus colaboradores". Somos como el muchacho del relato, que tenía tan sólo cinco panes y dos peces; pero aun así quiere que los pongamos a producir.

Y el tercer acto, reitera las palabras de Jesús:
"Recoged los pedazos que han sobrado; que nada se pierda". De la misma manera que se despilfarra el dinero, puede fácilmente suceder que, en nuestro a veces lánguido caminar, desaprovechemos valores, cualidades, talentos con los que Dios nos ha favorecido, y que nos justifiquemos pensando que nos sobran. Sin embargo, estamos dilapidando una riqueza inmensa de oportunidades, desoyendo el consejo de Jesús: "Recoged" los pedazos que han sobrado; que nada se pierda".

En esta representación teatral creo ver todo un programa de vida que puede iluminar nuestra tarea como cristianos responsables: en primer lugar,
Jesús quiere que seamos compasivos, misericordiosos; que sintamos como nuestros los problemas del prójimo, sus angustias, sus vacíos de esperanza y que no nos conformemos con un lánguido lamento pasivo (¡qué pena me da!), sino que pongamos manos a la obra, que actuemos seriamente intentando remediar la situación... Además de eso, Jesús nos pide colaboración; quiere que seamos, con él, constructores activos del reino, aunque nuestra aportación nos parezca ridícula, comparada con su omnipotencia; aunque no tengamos disponibles más que "cinco panes y dos peces", una voluntad débil y una constancia enfermiza... Y por último, el deseo de Jesús se centra en instarnos a "que no se pierda nada", a que los pedazos que nos sobran, el tiempo que robamos al reloj con nuestro ocio, las sonrisas que, por desidia, dejamos de regalar a quienes nos rodean, la apatía cansina con que desechamos las oportunidades de hacer el bien..., todo ello lo recojamos con mimo y lo destinemos a que dé fruto... Ojalá pueda decirse de nosotros la expresión con que concluye el evangelista: "Recogieron los pedazos que habían sobrado y llenaron doce cestos"...

Hace años, en la catequesis, al comentar este pasaje, un niño vivaracho y espontáneo, exclamó sin cohibirse: "¡Eso es multiplicar!"

 

 

31 de Julio de 2018

 


Fiesta de San Ignacio de Loyola Lc 10,1-9

OFERTAS PARA VIVIR

 


Escuchar con atención y aceptar de buen grado los consejos de una persona mayor, experimentada, cabal, ejemplo de cordura... no siempre ha resultado fácil, ya que ello implica modificar nuestros hábitos o prescindir de alguna de nuestras veleidades caprichosas; nos insinúa que hemos de realizar alguna pequeña "obra" en la intimidad de nuestro domicilio interior, que es realmente donde habita la verdad.

Hoy, festividad de san Ignacio de Loyola, fundador de la Compañía de Jesús, hombre entero, de una sola pieza al servicio de los planes de Dios, he creído oportuno algunos pensamientos, recomendaciones, insinuaciones... que extraigo de su genial invento, mundialmente conocido y practicado, que es, sin género de duda el trabajo meditado de sus Ejercicios espirituales. Mi intención es tan sólo ofreceros un suculento surtido de canapés que hagan de indicadores en el camino monótono de nuestra vida de cristianos.

En primer lugar, en el semblante del corazón del santo guipuzcoano, puede leerse con grandes caracteres lo que fue su obsesión y el lema de toda su su vida:
TODO A LA MAYOR GLORIA DE DIOS. A veces los cristianos somos tan insensatos que enseguida nos creemos protagonistas de nuestras buenas acciones, nos imponemos medallas y engorda nuestra vanidad satisfecha. No nos percatamos de que todo cuanto de bueno llevamos a cabo debe anotarse en el haber de la "cuenta corriente" de Dios y no en nuestro beneficio egoísta e interesado.

En cuanto a nuestras relaciones con el prójimo, Ignacio de Loyola insiste con contundencia en presentarnos un slogan obligado: En todo, amar y servir... Y, para apuntalar con claridad el mensaje, añadirá: El amor se ha de poner más en las obras que en las palabras. Lo que vulgarmente se recoge en la expresión: predicar con el ejemplo. Y resume su lección de forma más escueta y exigente: El cristiano es un ser para los demás.

Como consecuencia de lo anteriormente expuesto, puntualizará: Todo buen cristiano ha de inclinarse más a salvar la proposición del prójimo que a condenarla. En más de una ocasión, nos aferramos a nuestra propia opinión y el egoísmo nos nubla la vista para al menos entender lo que el prójimo expone y, con ello, se hace imposible el diálogo... Para llevar a la práctica esta recomendación de san Ignacio, son precisas varias actitudes por nuestra parte. En primer término, hemos de reconocer con humildad que nosotros no tenemos la exclusiva de la verdad; ello sería de una estupidez intolerable. Después, se hace absolutamente imprescindible que pongamos en funcionamiento la virtud de la comprensión, que no es otra cosa que ponernos en la piel del otro. Ello nos conducirá, como consecuencia obligada, a la actitud de diálogo, y no a un barullo de monólogos interesados y sordos y, al igual que el riachuelo transparente que trisca juguetón por su cauce, nos llevará a la verdad.

En lo que se refiere al control personal de uno mismo y a la tarea de ser mensajeros del evangelio, es decir apóstoles, el santo guipuzcoano nos recomienda cordura y sensatez, sin prisas eufóricas que se apagan enseguida como fuegos de artificio, sino con serenidad constante y continuada. Nos sugiere:
En tiempos de desolación, nunca hacer cambios. Y es que, cuando se actúa impulsados por la pasión, casi nunca se acierta... Y en cuanto a la tarea de evangelizar, Ignacio de Loyola nos insta a: Ser contemplativos en la acción, es decir que no hagamos las cosas atropelladamente, sino que encontremos tiempo para la reflexión y la meditación; algo así como una mezcla de Marta y María, las hermanas de Lázaro.

El broche de oro de todas esta recomendaciones o consejos lo pone el santo en una consigna que no podemos olvidar:
Encontrar a Dios en todas las cosas. Esto es, buscar y hallar la voluntad de Dios, y actuar poniendo todo el empeño en nuestro trabajo y confiar en Dios porque todo depende de él.

He aquí el surtido de canapés que nos ofrece san Ignacio de Loyola para que los desgustemos con satisfacción y los pongamos en práctica con ilusión y alegría... Que nos aproveche.
 

 

25 de Julio de 2018
 



Festividad de Santiago Apóstol Mt 20,20-28


"¿PODÉIS BEBER MI CÁLIZ?"
 


Aquella petición ambiciosa y vehemente de una madre que buscaba, como todas, lo mejor para sus hijos, y la respuesta de Jesús en forma de pregunta, así como la actitud de los "recomendados", se cumplieron fielmente, como era de esperar. La esposa del Zebedeo pretendía nada menos que recabar del Maestro una localidad VIP para sus dos vástagos en el reino de los cielos. Jesús quiso conocer la disposición de los muchachos:
"¿Podéis beber mi cáliz?". Y ellos dijeron que si.

El Mesías se rodeó de doce colaboradores y, en una ocasión, les confirió el título de "amigos". Ahora bien, la amistad es un tesoro que, como toda perla, admite distinta graduación e intensidad que conocemos con el nombre de "quilates". Así sucede que, como en todos los órdenes de la vida, siendo verdad que la madre quiere por igual a todos sus hijos, y que el amigo lo es con respecto a todos los componentes de la cuadrilla, sin embargo nadie se libra de una ligera jerarquización e intimidad entre ellos... Jesús, en este aspecto, no fue una excepción. En varias ocasiones, que él juzgó importantes, el evangelio nos presenta al Maestro con sus tres preferidos: Pedro, Santiago y Juan, el futuro primer papa de la Iglesia y los dos hijos del Zebedeo. Estuvieron presentes en la escena de la resurrección de la hija de Jairo; fueron los únicos invitados a contemplar la maravilla de la transfiguración del Señor, en el monte Tabor; y gozaron del privilegio de acompañarle en Getsemaní, donde Jesús sudó sangre.

En cuanto a la respuesta afirmativa de los dos hermanos al requerimiento del Mesías:
"¿Podéis beber mi cáliz?", dieron buena fe los dos hijos de aquella madre ambiciosa y vehemente. Según certifica el libro de los Hechos de los Apóstoles, Santiago fue pasado a cuchillo por orden de Herodes Agripa, y Juan, por mandato del emperador Domiciano, fue condenado a ser sumido en una caldera de aceite hirviendo, prueba que superó con deportividad, por lo que fue desterrado a la isla griega de Patmos, donde murió. Como puede comprobarse, se cumplió la petición de la madre y los hijos respondieron generosamente con lo prometido... En cuanto a la colocación solicitada por la esposa del Zebedeo, lo de uno a la derecha y otro a la izquierda, tenemos que admitir que Dios no se ocupa de tanto detalle. En el cielo, todos los bienaventurados están equidistantes del Creador, disfrutando de la misma beatitud e idéntica alegría. Lo demás son pequeñeces, menudencias humanas que allí no cuentan.

Yo nunca he sido masoquista, y ahora tampoco. Pero, viendo el ejemplo de apóstol Santiago, me siento obligado a reflexionar acerca del sufrimiento cristiano:
"el que quiera ser mi discípulo, que se niegue a sí mismo, que tome su cruz y que me siga" A él le preguntó Jesús si sería capaz de beber su cáliz; a nosotros nos instó a que tomáramos nuestra cruz de cada día. Tomar nuestra cruz implica que, previamente, nos neguemos a nosotros mismos, a nuestros caprichos, a nuestros pequeños, y no tan pequeños, egoísmos... En nuestra cruz de cada día se dan cita diversas y variadas facetas de las que no hemos de desechar ninguna. Estas son: asumir con paciencia el contratiempo de la enfermedad; encajar con fortaleza el cupo de incomodidad originado por la convivencia; soportar con serenidad las molestias que surgen con nuestros compañeros de trabajo, o de ocio; aceptar con comprensión las que a veces aparecen en la familia, entre miembros de diferentes generaciones o entre personas de diferente carácter... "El que quiera ser mi discípulo, que cargue con cruda cada día y que me siga".
 

 

22 de Julio de 2018


16 Domingo T. O. Mc 6,30-34

SIN BRÚJULA




Aquel día Jesús estaba cansado. Invitó a sus apóstoles a que le acompañasen a un sitio tranquilo para descansar. Al llegar al lugar, deseado, apareció una multitud de personas que deseaban verle y oírle. Él, contemplando a toda aquella pobre gente, desnortada y con ganas de algo que llevarse a la boca, pues se habían olvidado de comer, "se compadeció, porque andaban como ovejas que no tienen pastor; y se puso a enseñarles muchas cosas". Y, por supuesto, multiplicó unos panes y unos peces para que comieran... Una vez más, Jesús hizo caso omiso de su cansancio y se empleó en atender a aquellas personas, necesitadas de atención y de orientación. Estaban "como ovejas sin pastor", es decir como barco sin brújula.

El evangelio no se escribió para pasar el rato; para leerlo y quedarnos tan tranquilos, tan pasivos, tan indolentes, sino para que lo pongamos en práctica, para que lo hagamos realidad en nosotros, en la sociedad en que vivimos y en los problemas que acucian y esclavizan a nuestros congéneres.

Los tiempos actuales de la historia se me antoja que están como agrietados por una serie de carencias y de desconcierto, situación similar a la multitud del pasaje evangélico de hoy; que nos presenta a gentes "como ovejas sin pastor", sin brújula, sin ilusión, sin apenas motivos para vivir con alegría, hundidos en un escepticismo estéril generalizado... Una mirada desinteresada, realista y sin prejuicios, nos ofrece un panorama claramente "blancoscuro". Por una parte, observamos multitud de personas serenas y honradas que, diariamente, ejercen su cotidianidad con sencillez y alegría, encontrando en ello su realización personal y la felicidad junto a los seres que las rodean. Pero, como contrapunto, nos hallamos ante una sociedad enfermiza y desconcertada. Los ingredientes de este descontento son:

Se detecta una evidente pérdida de valores humanos, como la verdad, la honradez, la fidelidad en los compromisos... En cuanto a lo religioso, prolifera la increencia ambiental, la frialdad ante cualquier palabra, imagen, actitud que presenten visos de espiritualidad...

Laboralmente, somos víctimas de la escasez de empleos y el excesivo aumento de parados, afectando de manera espectacular al mundo juvenil, aburrido y desencantado de la vida... Como consecuencia, es tan voluminoso el tiempo de ocio, y tan descorazonador que, en muchos casos, la droga y el alcohol encuentran el terreno abonado para hacerse presente, desgraciando vidas y desestructurado familias enteras... El escepticismo ante la clase política y quienes la dirigen, que a menudo pretenden engañarnos con verdades a medias y con promesas complacientes, en la seguridad de que no las cumplirán... En definitiva, no hay altura de miras y nos arrastramos con desgana en el mullido césped de la mediocridad. Damos la impresión de que, efectivamente, hemos perdido la brújula.

Sin embargo, no quisiera instalarme en la estación del pesimismo derrotista, porque no es mi estilo y porque estoy plenamente convencido de que el mejor antídoto contra la oscuridad es la luz. Me viene al recuerdo el proverbio oriental que decía: "Vale más encender una pequeña lámpara que maldecir la noche". Pensemos en la avalancha de toda esa gente sencilla y buena que son felices en el jardín del anonimato y desprenden en su entorno un aroma perfumado de serenidad y de paz. Y sumémonos a ellos, enarbolando la antorcha olímpica de la fuerza, el arrojo y la deportividad...

En medio de un mundo deprimido, apático, desencantado, seamos generadores de alegría y de esperanza... Saldremos todos ganando.

 

 

 

8 de Julio de 2018
 

14 domingo T. O. Mc 6,1-6


COLECCIONISTA DE PROFETAS




La expresión de Jesús de Nazaret:
"Ningún profeta es bien recibido en su tierra" ha sufrido, a lo largo de los tiempos, ciertas metamorfosis, denotando siempre la dificultad que uno encuentra para ser reconocido como un gran hombre en su propio pueblo. Así tenemos frases como "nadie es un señor delante de su criado", "nadie es héroe para su ayuda de cámara", el conocido refrán que afirma que "nadie es un gran hombre para su mayordomo"... acuñándose la expresión hoy más generalizada de que "nadie es profeta en su tierra".

Resulta que hoy Jesús ha venido a su pueblo, Nazaret, y, al ser día festivo, se ha puesto a predicar en la sinagoga con una elocuencia y una sabiduría admirables. El público, extrañado ante tanta erudición, se ha puesto a decir:
"Pero éste, ¿de donde saca tanta ciencia y tanta oratoria? ¿No es el carpintero, el hijo de María? Si aquí nos conocemos todos..."Total que el Mesías, percibiendo la cerrazón de sus paisanos y la impermeabilidad exteriorizada en sus rostros y sus comentarios, ha reconocido: "Ningún profeta es bien recibido en su tierra".

Entonces me he preguntado: ¿Tan difícil es que alguien sea profeta en su tierra? He pensado en los que coleccionan sellos o monedas, en la paciencia que exteriorizan buscando los ejemplares más raros, desconocidos o antiguos, y me he decidido: "Voy a hacerme coleccionista de profetas". De seres que en su propio pueblo o ciudad te impresionan con su conducta generosa y callada y te llevan a pensar en Dios; al fin y al cabo, "profeta" significa "el que habla en nombre de Dios".

He confeccionado un listado con los nombres de las personas que he encontrado para mi colección, y que os ofrezco ya:

* En mis primeros años de sacerdocio visité a Jacinta, una señora enferma que, con una serenidad y una paz imperturbables, me contó que llevaba encamada 45 años y me aseguró que era feliz porque estaba cierta de que Dios la quería. Yo, con mis 24 recién cumplidos, me quedé estupefacto.

* Don Andrés, un docente jubilado, se dedicaba a recoger papeles y periódicos desechados, que luego vendía, dedicando su importe a paliar la penuria de los necesitados.

* Antonia, una señora mayor, después de oír misa, acudía todos los domingos a un domicilio para acompañar a una anciana, con el objeto de que su hijo y nuera pudieran dar un paseo de dos horas, antes de comer.

* Ricardo, un hombre jubilado y maduro, acudió en una ocasión a Cáritas. Le preguntaron qué deseaba, cuál era su demanda, y él contestó que no quería pedir, sino a dar, y quería saber en qué podría servir para hacer el bien. Quienes lo recibieron quedaron extrañados y le encomendaron acompañar a un señor anciano y demenciado. A los ocho meses, se le murió el anciano. Le encomendaron la misma tarea con otro que, a los siete meses, falleció también. Después, muy pronto, el bueno de Ricardo abandonaba este mundo, víctima de una neumonía.

* El bueno de Nicolás, hombre generoso y afable donde los haya, tenía la extraña costumbre de acudir una vez por semana al hospital de la localidad con el propósito de visitar a alguien que no tuviese quien viniera a verle. Se presentaba en Recepción, preguntaba quién era el enfermo que nunca recibía visitas, y allí iba él a hacerle compañía. Le llamaban "el visitador de nadie". Él se dirigía a platicar un buen rato con el enfermo de turno y salía satisfecho porque había hecho feliz a una persona.


Después de contemplar estas escenas tan edificantes, he decidido seriamente seguir mi tarea de coleccionista de profetas en su tierra. Seguiré completando el listado, al que ya no me queda otro remedio que sumarme. Yo también quiero ser profeta en mi entorno.

 

 

15 de Julio de 2018


15 Domingo T. O. Mc 6,7-13

LIGEROS DE EQUIPAJE

 

A veces somos tan torpes que cuando viajamos, a la hora de hacer la maleta, se nos pone en funcionamiento el virus del nerviosismo y atiborramos la valija con cosas innecesarias que luego no utilizaremos. Yo las llamo las "menudencias del por si acaso"; las hemos incluido entre la ropa solamente por si acaso las necesitamos. Y, como contrapunto, nos sucede también que, por mucho que cavilemos, siempre nos olvidamos de algún objeto importante o de algún documento absolutamente imprescindible.

Hoy el evangelista nos narra el rito de "la misión". Jesús ha reunido a los doce apóstoles y los envía a predicar el mensaje de salvación. Y les da unas recomendaciones que no tienen desperdicio: les ordena que no lleven nada para el camino, excepto un bastón; ni pan, ni zurrón, ni dinero en el bolsillo. Les indica que calcen sandalias y que no lleven más que un traje. Ah, y les dice también que, si en algún sitio no quieren recibirlos, lo dejen y se vayan a otro lugar... Todo un programa de la más severa austeridad.

Queda, pues, bien claro que para ser testigos del evangelio es absolutamente necesario ir "ligeros de equipaje"... Pero tengo la impresión de que nuestra religiosidad, nuestro seguimiento a Jesús, nuestro talante de cristianos adolece a menudo de autenticidad, denotando un error de enfoque que podría ser hasta preocupante. Tomamos la religión como un vale, una especie de salvoconducto para conseguir la vida eterna. Nos tambaleamos en nuestra falta de equilibrio y buscamos con avidez apoyaturas, garantías... "seguridades". Y no es así. En el fondo, se trasluce una evidente falta de madurez y una carga excesiva de infantilismo. Necesitamos ser conscientes de que el evangelio es audacia, utopia, riesgo, un salto en el vacío con la certeza de que nos conduce a la luminosa plenitud.

Al escuchar las recomendaciones que Jesús hace a los apóstoles en el momento del envío invitándoles a la austeridad, uno saca la conclusión de que el Maestro apunta a ese enemigo que todos llevamos a cuestas y que se llama egoísmo: el pan, la alforja, el dinero... son los puntos de mira de tan mala enfermedad.
Jesús quiere a los suyos ligeros de equipaje y trabajadores a tope. Sólo les permite llevar el bastón, el amigo más valioso para remediar el cansancio. El nazareno conoce muy bien que el egoísta sólo piensa en conseguir su propio placer, en tanto que el generoso goza contemplando el placer de los demás... Una vez más, Jesús quiere desmitificar el excesivo volumen de las "maletas de viaje", que entorpecen nuestra agilidad y multiplican nuestras servidumbres.

¿Conocéis la historia de don Romualdo? Se trata de un poderoso empresario, inteligente, hábil para los negocios, ambicioso insaciable, dotado de un poderoso imán para captar grandes fortunas, y sus amistades estaban instaladas en la más alta aristocracia... Don Romualdo tenía una manía; o varias, pero quiero referirme a una concretamente. En un cuarto oscuro, tenebroso, ocultaba una enorme maleta en la que guardaba, y archivaba las cosas que más apetecía, con el propósito de que le duraran para siempre. Allí podían verse una buena suma de millones en metálico, tarjetas de crédito, escrituras de numerosos inmuebles ubicados en el extranjero, comprobantes de sus cuentas corrientes en paraísos fiscales, algunas fotos familiares... Un buen día, falleció su esposa, víctima de una enfermedad que los doctores calificaron con el nombre de "opulencia". Y a los cuatro meses (el amor es el amor) falleció él. En este caso el parte médico certificó que la causa del fallecimiento había sido "opulencia aguda". Y el magnate fue camino del cielo, con su maleta a cuestas. Al pasar por la aduana celestial de equipajes, el director de la aduana le informó: "Lo siento, Señor, pero esto aquí no tiene valor alguno". Y le requisaron la maleta.

 

 

 

1 de Julio de 2018


13 Domingo T.O.


NO FUE UN ILUSIONISTA

Mc 5,21-43
 




La verdad es que Jesús de Nazaret no fue un ilusionista, el típico prestidigitador que saca palomas y pañuelos de su chistera para sorprender a los cándidos espectadores. Hoy lo vemos curando enfermedades y devolviéndoles la alegría a seres humanos que la habían perdido. A Jairo le resucita a su hija, y a la pobre mujer que padecía hemorragias la vuelve a la normalidad.

La teología tradicional nos presentó siempre los milagros de Jesús (y las profecías que realizó) como prueba inequívoca de su divinidad. Pero pienso que, aunque sea cierto que los milagros constituyen una prueba fehaciente de que él era Dios, Jesús, al curar enfermos, no pretendía maravillar al personal para llenarlos de asombro, sino que el móvil que lo llevaba a actuar de esa manera era más bien la lástima que le invadía al contemplar el sufrimiento de aquella pobre gente, hasta el punto de confesar que
"se le revolvían las entrañas".

Si observamos detenidamente las curaciones de Jesús, nos encontramos con que en casi todas ellas el Maestro hace referencia a la fe. A la mujer que padecía hemorragias le dice:
"Tu fe te ha salvado". Y a Jairo, jefe de la sinagoga, lo tranquiliga: "No temas; basta que tengas fe". Da la impresión de que Jesús entendía la fe como requisito para realizar el milagro. A Jairo le bastaba con que el Maestro le impusiera las manos a su hija; y la mujer enferma sólo deseaba tocar el manto de Jesús, segura de que de él saldría una fuerza especial, capaz de curarla.

Quiero distinguir entre lo que yo entiendo por "fe humana" y lo que concibo como "fe cristiana". Fe humana es la que consiste en "creer a los demás mortales porque nos ofrecen suficiente garantía de lo que nos dicen o hacen: damos crédito a lo que nos cuentan, y tenemos plena confianza en lo que hacen los profesionales de los oficios cotidianos: el panadero, el lechero, el que nos atiende en la carnicería... En tanto que la "fe cristiana" consiste en
"creer en Jesús", dejarse seducir por su persona y por su mensaje. Esta es la fe que movilizó a la mujer enferma y al jefe de la sinagoga.

El pasaje evangélico de hoy constituye todo un reto y una invitación a que tomemos el pulso a nuestra fe. ¿Nos seduce Jesús de Nazaret, o más bien estamos sesteando en nuestros rezos y ritos rutinarios y repetitivos con los que creemos cumplir el expediente, pero en realidad no nos enamora seriamente la persona de Jesús y su mensaje? ¿Somos como Pedro caminando sobre las aguas que, al primer titubeo, se hundía y sólo recurrió al Maestro acuciado por el miedo? ¿O como el resto de apóstoles que, amenazados por una fuerte tempestad, se llenaron de pavor al constatar cómo el vendaval se iba apoderando de la barca, que, poco a poco, se hundía?

La fe, en definitiva, consiste en fiarse de Jesús. El infatigable viajero san Pablo dirá: "Sé muy bien de quien me he fiado"...

Amigos, ¿cómo conseguiremos una fe seria, acendrada, en el profeta de Nazaret? Sencillamente, buscándolo. Él está fundamentalmente en dos lugares inequívocos:
en la Eucaristía, derroche de amor y alimento que da vida; y en el prójimo, esa otra "Eucaristía" inconfundible: "Lo que hagáis a uno de éstos lo más pequeños, a mí me lo hacéis". Los pobres, los desarrapados, los marginados, la escoria de la sociedad, aquellos a quienes nadie quiere, son los preferidos de Jesús; y en ellos se ha encarnado el Mesías. Son sus preferidos, la niña de sus ojos... Mi condición de creyente la manifiesto con estas sencillas palabras: "Yo de Jesús me fío".

 

 

 

Inicio

J. A. Pagola

Homilías

Lecturas del día

El Día del Señor

PPS Eucaristía