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Domingo 20 Ordinario

Pedro Saez. Presbítero

 

 

Día 15 miércoles 19ª semana T.O.

 

La ASUNCIÓN

HOMILÍA

 


María, tal y como nos cuenta San Lucas (3ª lec. 1, 39-56) tras la sorpresa de la Anunciación se entregó en cuerpo y alma a Dios para realizar el plan de Salvación de la humanidad consistente en que Jesús se encarnara en su seno para enseñarnos el camino hacia Dios.

En otras palabras. María se ofrecía para que Jesús entrara en el mundo en carne mortal. Con razón, proféticamente, exclamó María que la llamaremos bienaventurada todas las generaciones porque Dios ha hecho obra grande con ella. ¡Nada menos que ser la introductora de Jesús en el mundo! No ha habido obra más grande ni más importante.

Por haber realizado una labor tan extraordinaria es por lo que el Evangelista San Juan en el Apocalipsis, con un lenguaje propio, lleno de imágenes y símbolos, la contempla con esa grandeza que acabamos de escuchar en la primera lectura (Ap. 11, 19/12,1-6,10) La imagina teniendo a sus pies la luna y rodeada de estrellas.

San Pablo , segunda lectura, (1ª Cor. 15,20-27) nos pinta el mismo triunfo con un lenguaje más sobrio, pero dependiendo de la antigua idea del origen del mundo.

“Cristo ha resucitado de entre los muertos como primicias de los que mueren… Primero Cristo; luego los que son de Cristo”.

Entre los que son de Cristo ocupa un lugar preferentísimo su Madre, la que fue felicitada por el Ángel como la llena de gracia y la que vivió siempre como ´”La Inmaculada”.

El triunfo de Cristo revertía sobre ella como su gran colaboradora que había sido.

Es la gran fiesta de María pero también, como nos recordaba San Pablo, la de todos aquellos que imitándola en su absoluta fidelidad a Dios conseguirán la corona de la Gloria. Jesús el primero, luego María y detrás todos los que vivieron conforme al plan de Dios.

Entre ellos esperamos encontrarnos nosotros que, como fieles hijos de Vizcaya, la ensalzamos con la gozosa esperanza de que un día Ella, como nuestra Amatxu de Begoña, nos reciba en un abrazo eterno después de que tantas veces hemos subido hasta sus plantas y le hemos pedido que nos mirara con amor. Ella fijo que lo ha hecho. Ahora queda que también nosotros la miremos a Ella con amor.

Que ese compromiso de fidelidad a Ella y a su Hijo Jesús sea el homenaje que hoy le tributamos gozosos por su Gloriosa Ascensión a los Cielos. AMÉN.
 

 

DOMINGO XX TIEMPO ORDINARIO

HOMILÍA



Estos dos últimos domingos hemos tratado de descubrir y entender para qué bajó Jesús del cielo. El domingo 18 del tiempo ordinario, supimos que para quitarnos los que pueden considerarse como agobios existenciales. Sus enseñanzas eran lo suficientemente importantes y fundamentadas como para que nos quedase muy claro que nuestra existencia tiene sentido, tiene entidad, que no es una burbuja flotando en el viento de la nada, sino que es una empresa que se realiza en las manos de Dios. Ocho días más tarde, el domingo pasado, 19 del mismo tiempo litúrgico, dábamos un paso más y descubríamos que, otra de las razones que le habían movido a estar entre nosotros era la de querernos mostrar un estilo de vida en conformidad con la grandeza de nuestra condición de personas y de hijos de Dios: el camino del amor. Sus enseñanzas y ejemplo de vida fueron todas en esa dirección.

Hoy, domingo 20 del Tiempo Ordinario, los textos nos muestran una faceta más de lo importante que fue para nosotros que viniera al mundo. Con ella, con su venida, quiso mostrarnos palpablemente su voluntad de unirse profundamente a nosotros. Eso parece desprenderse claramente de su afirmación: “El que come mi carne y bebe mi sangre vive en mí y yo en él”. (Tercera lectura, Jn. 6, 51-58)

Los alimentos entran dentro de nosotros en su concreto y específico modo de ser pero, tras la laboriosa actividad del organismo, pasan a convertirse en la realidad somática de cada uno de los comensales. Lo que entra como pollo, lechuga, garbanzos, etc. etc. termina siendo hueso, sangre, cartílagos, músculo, riñón, etc. etc. Los alimentos dejan su “propia entidad ”para elaborar las piezas que integran el edificio del cuerpo humano.

Lo mismo sucede con la Eucaristía. Cuando Jesús afirma: “Yo soy el pan vivo bajado del cielo” nos está diciendo que cuando se hace presente dentro de nosotros bajo las especies de pan y vino, una vez “asimilado espiritualmente”, se transforma en constructor de nuestra personalidad cristiana. Comienza a ser el verdadero motor de nuestra existencia. Esto lo vio tan claro San Pablo que no duda en afirmar que Jesús vive tan íntimamente dentro de él que ya no es él quien vive sino que es Cristo quien vive dentro de él, conduciéndole por la vida.

La auténtica espiritualidad consiste precisamente en eso: en “dejar” que sea Dios el constructor de nuestra personalidad cristiana y, consecuentemente, el motor de toda nuestra actividad.

Una vez aceptado esto es lógico que afirme también que quien come de ese pan, al vivir espiritualmente con su vida, con la de Jesús, vivirá eternamente. Si dejamos que Jesús viva dentro de nosotros y que dirija toda nuestra vida, pasaremos a gozar de la prerrogativa de la vida de Jesús: la eternidad. Su voluntad al respecto es clara: quiere que donde esté Él estemos también nosotros. (Jn. 14,3)

La idea de fundirnos espiritualmente con Dios, si cumplimos su voluntad, es una de las que aparecen clara y reiteradamente expuestas por Jesús. Por ejemplo en la alegoría de la vid y los sarmientos, recogida por el Apóstol y Evangelista San Juan en su Evangelio (15, 5) Yo soy la vid, vosotros los sarmientos. El que permanece unido a mí y yo en él, da mucho fruto”

Aparece también en la despedida que tuvo con los Apóstoles en la Última Cena. En un momento determinado les dijo: “El que me ama guardará mi doctrina, mi Padre lo amará y mi Padre y yo vendremos a él y viviremos en él. (Jn. 14,23).

Puede parecer esta reflexión algo excesivamente teórico o extrañamente místico pero no es así de ninguna manera. ¿Nos damos cuenta de la profunda transformación que operarían en nosotros y en el mundo entero estas verdades? ¿Nos damos cuenta de lo que sería nuestro mundo si todos los que decimos creer en la presencia de Dios dentro de nosotros le dejásemos obrar libremente? ¿Cómo sería el mundo si todos dejásemos “libre” a Dios dentro de nosotros y nos mostrásemos justos, prudentes, veraces, comedidos, amantes de los demás como Él nos amó? ¿Cómo sería ese mundo? ¿No es verdad que hasta desde un punto de vista egoísta merecería la pena que todos lucháramos por conseguir un mundo así?

Nos imaginamos lo que sería mi familia si todos los que la integramos nos dejáramos llevar por el espíritu de Jesús. Si todos viviéramos como vivió Jesús. Si todos nos esforzáramos por hacer dentro de ella lo que haría Jesús? ¿Cómo sería mi familia? ¿Cómo serían todas las familias del mundo?

Y si cada uno en su diario quehacer, el que sea: catedrático, peluquero, tendero, ministro, barrendero, estudiante, obrero, lo que sea. Si todos actuáramos como lo haría Jesús ¿nos damos cuenta qué mundo tendríamos? ¡Todos cumpliendo fielmente con nuestro deber! El paraíso aquí en la tierra.

Los pensamientos que nos transmite Jesús no son evasiones alienantes ni ensoñaciones sentimentales. NO. Son unas orientaciones concretas para construir personalidades integras, equilibradas, dueñas de sí mismas y constructoras de una sociedad sin clases, sin explotaciones, sin injusticias, sin sufrimientos causados por la perversión de los hombres.

El consejo que da San Pablo a los cristianos de Éfeso (segunda lectura, 5, 15-20) tiene plena vigencia: “No seáis insensatos, sino inteligentes, aprovechando el tiempo, porque los días son malos. Por consiguiente, no actuéis como necios, sino procurad conocer cuál es la voluntad del Señor”.

Es la misma exhortación que nos hacía la primera lectura (Prov. 9, 1-6) “Venid, comed de mi pan y bebed del vino que yo he preparado. Caminad por la senda de la inteligencia. Dejad de ser imprudentes y viviréis”.

No desoigamos estos consejos. Los días que nos toca vivir son malos, ciertamente. Podemos estar en la hora 25, ya sin tiempo para nada, pero también al comienzo de una nueva etapa de la humanidad. Aquella en la que por fin, como dice el himno de la alegría, “los hombres volverán a ser hermanos”. No lo dudemos; solo depende de que dejemos actuar al espíritu de Jesús dentro de nosotros. AMÉN

 

 

DOMINGO XIX TIEMPO ORDINARIO


HOMILÍA



Los textos litúrgicos del domingo pasado nos aportaban una de las razones que le impulsaron a Jesús a hacerse presente entre nosotros: liberarnos, con sus enseñanzas y promesas, de los agobios existenciales, es decir, de todos aquellos que se originan ante el interrogante del sentido de nuestra existencia. Las “angustias” nacidas de la “intrigante” pregunta: ¿Quién soy yo y qué estoy haciendo en este mundo?

Recordábamos que las enseñanzas de Jesús respondían perfectamente a estos interrogantes. Nos dijo claramente la razón última por la que existimos (Dios nos ama y por amor nos ha creado); qué podemos esperar de la vida (Realizarla de tal manera que nos lleve al encuentro con Dios); y qué después de ella. (Gozar eternamente de ese encuentro)

Los textos de esta mañana aportan una nueva luz para esclarecer la razón de la presencia de Jesús en el mundo.

Dice Jesús: “Yo soy el pan de la vida. Éste es el pan que baja del cielo; el que come de él no muere.... Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente; y el pan que yo daré es mi carne por la vida del mundo” (Tercera lectura: Jn. 6,41-51)

Jesús se nos ofrece como pan de vida, pero de una vida que no es la puramente biológica, porque esa, la biológica, sí muere.

¿A qué vida puede referirse? Si no es a la vida mortal es evidente que se refiere a “otra”, que será inmortal, espiritual. A una vida cuyo alimento sea de tal naturaleza que perdure siempre, sea válido siempre. El único “alimento espiritual” que perdura siempre, lo decía San Pablo en su famoso canto al amor de la carta a los corintios, es el amor. La fe y la esperanza pasarán. En el cielo ya no hay que creer, sino ver, ni esperar, sino gozar. Lo único que permanece y permanecerá siempre es el amor. ¡Claro! Dios es AMOR. Es el permanente.

Efectivamente. La vida que vivió Jesús, como Dios y como hombre, es la del amor y por eso es también la que nos exige a nosotros si queremos ser como fue Él.

Por eso no solamente nos propuso de forma clara y tajante el precepto del amor: “Esto os mando, que os améis los unos a los otros” sino que nos señaló la forma en que lo deberíamos practicar: “Como yo os he amado”. Como ama y amó Él.

“Ejemplo os he dado para que vosotros hagáis como yo he hecho”, les dijo en la Última Cena

Un ejemplo perfecto porque toda su vida fue una constante entrega a los demás. Asistió a enfermos, consoló a atribulados, escuchó a solitarios, perdonó a ofensores, animó a descorazonados, aclaró dudas a los inquietos, defendió a los amigos, reprendió a quien lo necesitó, repartía lo que tenía, alabó las buenas acciones de los demás, hizo un milagro para salvar la alegría en una boda, se entregó hasta no tener tiempo de descansar. Con razón cuando San Pedro quiso resumir su personalidad dijo que: “Jesús había sido un hombre bueno que entregado a Dios pasó haciendo el bien a todos”. El bien y a todos. ¡Qué grandeza de corazón!

Es más. El cumplimiento de dicho precepto lo puso como criterio incuestionable y necesario para que alguien sea reconocido como su seguidor: “En esto conocerán que sois mis discípulos, en que os améis los unos a los otros”

Sus sólidas ideas y la fuerza de su ejemplo son capaces de alimentar los mejores y mayores esfuerzos que tenga que realizar el hombre en su entrega a los demás. En ese sentido Jesús es el pan vivo que alimenta toda acción buena y que, como al profeta Elías [Primera lectura (1º Re, 19, 4-8)] nos mantiene vivos, activos en la verdadera vida que es la del amor.

Aparece tan palpablemente a través de las enseñanzas y ejemplos de Jesús su preocupación por enseñarnos a vivir con un amor como el suyo, “como yo os he amado”, que San Pablo, [Segunda lectura, (Ef. 4, 30/5, 2)] convencido de su valor esencial dentro del mensaje de Jesús exhortaba a los cristianos de Éfeso a vivir el amor como lo vivió Cristo.

El Apóstol no solo se esforzó por animar a que los cristianos viviesen el amor al estilo de Cristo sino que en alguna ocasión, por ejemplo en la 1ª carta a los cristianos de Corinto (13, 4-7) les pormenoriza los ingredientes del amor. Les dice:

El amor es paciente. Es lo mismo que decir que no quiere romper la paz. La paz se rompe por el odio más o menos fuerte. Quien ama no odia y en consecuencia no está dispuesto a romper la paz. Cuando se ama de verdad el amado nunca cansa, nada invita a romper con él.

Es servicial. El amor hace pensar en el otro y en consecuencia en sus necesidades. De este modo esas necesidades se convierten en propias. La actitud lógica es ayudar al otro a superarlas.

El amor no tiene envidia. La envidia surge como reacción negativa a los bienes del otro. En el amor los bienes del otro causan alegría por consiguiente no hay razón para la envidia.

No es presumido ni orgulloso. Ambos vicios son signos de un cierto desprecio hacia la otra persona. Quien ama no desprecia; todo lo contrario: valora, estima al otro.

No es grosero, ni egoísta, ni se irrita. Por las mismas anteriores razones.

No lleva cuentas del mal. Esto es muy importante. Llevar cuenta de los perdones que has concedido te lleva a una postura de mártir respecto de la otra persona, que, lógicamente pasa a tener la categoría de torturadora, lo cual la aleja, mejor, abre una enorme fosa que puede acabar en ruptura de la vida conyugal. Por el contrario si queremos salvar el amor hemos de pensar en las veces que el otro nos ha perdonado: Esto nos animará a sentirnos amados por él, en lugar de martirizados, y en actitud de acercamiento agradecido. Pensar en los perdones recibidos es una magnífica forma de evitar roturas definitivas.

El perdón es otro de los integrantes del amor humano. Dadas las limitaciones del ser humano son inevitables las fricciones. No nos hagamos ningún tipo de ilusiones de una vida sin tropiezos. La vida en convivencia incluye los roces y, en consecuencia, los perdones mutuos.

Lo que importa es saber reaccionar pronto y generosamente ante ellos. Nada de ir guardándolos con la esperanza de que se disolverán con el tiempo. NO, tarde o temprano se producirá la explosión. Cada vez que se produzca uno hay que resolverlo lo más pronto posible mediante el diálogo y la generosidad. Nunca os acostéis sin daros un beso con el que se reconcilien los ánimos doloridos. Dejarlo para mañana es un paso más hacia la definitiva ruptura.

El amor tiende a fundir a los amantes. Hay expresiones altamente significativas al respecto. Los padres dicen frecuentemente a su bebe ¡te comería! El beso, signo de amor, es una succión, es como querer meter al otro dentro de uno. También es significativa la expresión: “Llevar a uno en el corazón”, dentro de uno mismo. Las caricias, son una forma de acercamiento. Aprovechemos las muestras de amor para ayudar a mantenerle vivo. El amor hay que alimentarlo cada día, a todas las horas. Y no tanto con grandes entregas, que también, por supuesto, cuanto con pequeños detalles que endulzan la vida y la hacen deseable. Si el amor no se alimenta se va apagando… igual que el fuego.

Volveremos sobre ello, Dios mediante, en octubre, domingo XXVII del T. O.

Jesús vino a este mundo para enseñarnos a vivir AMANDO. Leamos frecuentemente el Evangelio, no olvidemos sus enseñanzas, y sobre todo, no dejemos de practicarlas. AMÉN

 

 

Día 5 DOMINGO XVIII T. Ordinario

HOMILÍA


Es relativamente frecuente que las enseñanzas de Jesús sean mal interpretadas. Le sucedió allá en Palestina cuando las propuso por primera vez y, por desgracia, lo siguen siendo en nuestro tiempo, y por las mismas razones.

El domingo pasado veíamos cuanta era la dificultad para que entendamos cómo es el Dios predicado por Jesús, y lo fácilmente que los hombres caemos en la tentación de “elaborarlo” conforme a nuestras ideas y no a los datos revelados por Jesús.

Unas veces es la soberbia la causante de este fenómeno. Un caso típico lo tenemos en el episodio de Jesús con los fariseos a la puerta del Templo. (Jn. 2,19-21). Jesús intentando que comprendieran que en Él se cumplían las Escrituras les dijo: “Destruid este Templo y en tres días lo levantaré”

Los judíos llenos de soberbia le contestaron: ¿En cuarenta y seis años ha sido construido este Templo, y tú lo vas a levantar en tres días?

¡Jesús! ¿Cómo pretendes enseñarles nada a aquellos doctores que lo sabían todo? ¡Qué ocurrencia!

La soberbia les impide preguntar y aprender algo nuevo. ¡Ya lo saben todo!

Otras veces los causantes del error son “las ideas preconcebidas”. Un caso significativo es el que tiene lugar cuando Jesús les habla de la Eucaristía. El prejuicio de que siendo el hijo de José no podía ser el Mesías enviado por Dios, les impidió entender el sentido profundo de sus palabras. La máxima expresión de su voluntaria ceguera fue su comportamiento cuando les dijo que había que comer su cuerpo y beber su sangre. Incapaces de realizar el más mínimo esfuerzo mental por entender qué es lo que quería decir, le abandonan escandalizados. Con una mente abierta, desprovista de prejuicios que los determinara a pensar en una única dirección, le hubieran preguntado sobre el sentido de sus palabras. Hubiera sido lo lógico, pero la lógica y los prejuicios caminan muy pocas veces juntos.

En otras ocasiones, es la ingenuidad la causante de la tergiversación. Es el caso de la samaritana. El diálogo es precioso. (Jn. 4, 1-26)

“Jesús le dijo: Todo el que beba de esta agua volverá a tener sed; pero el que beba del agua que yo le dé, no tendrá sed jamás”.

La samaritana encantada le dice: “Señor, dame de esa agua, para que no tenga más sed y no tenga que venir a sacarla”

La pobre, en su ingenuidad, piensa que Jesús le ofrece un agua que le librará de tener que ir diariamente a buscarla al pozo. No ve más allá de la comodidad del cuerpo, cuando Jesús le está ofreciendo un agua muy distinta. No pocas veces la desviación viene provocada por una idea infantil de lo que supone el verdadero seguimiento de Jesús. Esto aparece claramente en el caso de los seguidores como consecuencia de la multiplicación de los panes y los peces. Les dijo Jesús: “En verdad, en verdad os digo: me buscáis, no porque hayáis visto señales, sino porque habéis comido de los panes” (Jn.6,26) . Eso era todo lo que habían entendido de la acción de Jesús.

Si nosotros no queremos caer en el mismo error de interpretar mal lo que nos dice la Revelación, hemos de eliminar las causas que lo motivan: la soberbia, los prejuicios, la ingenuidad y la simpleza.

En segundo lugar hemos de excitar la mente para que esté en actitud de investigar en aquellos contenidos que Dios quiere comunicarnos.

El cristiano, como persona madura que debe ser, no puede permitirse el lujo de andar merodeando por las ramas sin esforzarse en entrar en el meollo de las cosas; en este caso concreto, de la revelación. Se necesita un cierto esfuerzo mental para calar hondamente en la riqueza de lo revelado, de modo y manera, que una vez rectamente comprendido, pueda ser el motor de los comportamientos.

En tercer lugar es preciso despertar el estado de ánimo imprescindible para conectar con Dios: la humildad y la sencillez. Lo dijo expresamente Jesús: “Yo te alabo, Padre, porque has escondido estas cosas a los sabios y a los entendidos, y se las has manifestado a los sencillos (Mt. 11,25) La sencillez y la humildad son los canales por los que nos conectamos con Dios y Él con nosotros.

Eliminados los obstáculos, dispuesta la mente a investigar con seriedad y en actitud de humildad estamos bien dispuestos para acercamos a Jesús y preguntarle sobre sus asombrosas palabras: “Yo soy el pan de la vida. El que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí no tendrá sed jamás” [Tercera lectura (Jn. 6,24-35)]

Jesús, ¿de qué sed y de qué hambre nos hablas? ¿Qué sed es la que Tú quitas y qué hambre es la que Tú sacias? ¿Qué es lo que has querido decirnos?

Evidentemente Jesús no se está refiriendo en este momento al hambre y sed biológicas. Por supuesto que la tuvo en cuenta y la remedió cuantas veces estuvo en su mano, como nos informan los Evangelistas en sus narraciones, pero no fue esa la razón de su presencia entre nosotros. Lo que le motivó a encarnarse fue el hambre y sed de destino que padecía la humanidad, la inseguridad en el caminar, la carencia de referente sólido a dónde mirar.

El hambre y la sed que Jesús vino a quitarnos es aquella que aparece por el desconocimiento del sentido de la existencia humana. Por eso como remedio a la desorientación existencial; la producida por el no saber ni de dónde venimos ni a dónde vamos ni qué hacemos mientras tanto, nos la remedió con su oferta de ser “El Buen Pastor” que guía a sus ovejas por caminos seguros. (Mt. 9,36)

Frente a la incertidumbre de no tener un claro itinerario por la vida, expuestos a perdernos en sus muchos vericuetos, Él se ofrece como nuestro camino verdad y vida” (Jn. 14,6)

Frente a la náusea provocada por la posibilidad de caminar bajo un cielo vacío hacia la nada, convirtiendo la vida en una pasión inútil, nos ofrece su mano para conducirnos a un destino eterno. “Vendré y os tomaré conmigo para que donde yo estoy estéis también vosotros”. (Jn. 14,3)

La incertidumbre de no saber si merece la pena obrar siempre el bien, teniendo en cuenta que no pocas veces la fidelidad al bien provoca males materiales, desaparece ante la firmeza de su garantía: “Todo el que cumpla los mandamientos será amado de mi Padre y vendremos a él y haremos en él nuestra morada” (Jn.14,22-23)

Esos agobios existenciales, de orientación de sentido, son los que elimina Jesús con el pan de sus enseñanzas indicándonos claramente quiénes somos de verdad, qué hacemos aquí y que nos espera después. Él es quien de verdad alivia nuestros agobios (Mt. 11,28) porque Él es el pan que Dios prometió que llovería del cielo. [Primera lectura (Ex.16, 2-4, 12-15)] para que encontráramos descanso para nuestras almas, si nos acercamos a Él mansos y humildes de corazón (Mt. 11,29)

San Pablo [Segunda lectura (Ef. 4, 17, 20-24)] nos exhorta a que, una vez descubierta nuestra verdadera realidad, no vivamos como paganos sino como Cristo nos enseña: hombres y mujeres nuevos creados según Dios, en justicia y santidad verdadera.

Hombres y mujeres nuevos comprometidos en conseguir un mundo en el que no haya más hambre ni sed material, ¡por supuesto! pero también, en que no haya más hambre y sed de sentido existencial.

Hombres y mujeres gozosos con conciencia de hijos de Dios, que forman ya ahora y aquí la gran familia de Dios y lo harán luego eternamente, allá, en la casa del Padre. AMÉN

 

 

 

 

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